1985
-De sus papás que están desaparecidos, ¿querrían contarme sus historias: quiénes eran, en qué circunstancias desaparecieron?
Guillermina Mac Donald (9): A mí me habían dicho que mi papá se había muerto de la misma manera que se había muerto mi abuelo, de viejo. Entonces yo decía que no. “¡No! ¡no!, ¡mi papá no es viejo, es joven y fuerte!” Pero mi abuela y mi mamá me querían convencer. Hasta que me dijeron: “Tu papá desapareció por esto y por lo otro”. Y ahí me pareció más de verdad.
Guillermo Báez (11): Cuando desapareció mi papá, yo tenía tres años. Fue en el 76. A mi mamá la habían detenido en el 75 y estuvo cinco años presa. Cuando se llevaron a mi papá yo estaba viviendo con mis abuelos. A veces él venía a visitarme aunque ya estaba buscado. Un día, creo que cuando mi papá ya había sido detenido, fueron a la casa de mis abuelos paternos. Se llevaron a mis abuelos y a mi tía, la hermana de mi papá y los... tort... les preguntaron a los gritos y todo, así, dónde estaba mi papá. Creo que mis abuelos no sabían, no sé. Pero los mataron junto a mi tía. Los dejaron tirados en la ruta 2. Pero al costado. ¿Cómo se llama ese lugar?
-¿En la banquina?
Guillermo: En la banquina, sí. Después mis abuelos maternos me dijeron que los había pisado un camión. Pero cuando salió, mi mamá me dijo la verdad. Mis abuelos no querían correr el riesgo de que yo contara y que también fueran a llevárselos a ellos también.
2001
Guillermo (28): Me imagino que en aquella época yo iba armando como una fábula. Ahora, después de muchos años, después de haber hablado con mi vieja y mis abuelos, armé una cosa que tiene que ver más con la realidad de lo que pasó. Igual no se sabe el momento exacto en que desapareció. Fue en algún mes del ´77. El estaba en la clandestinidad desde marzo del ´76. Iba viviendo en varias casas, de acá para allá... En realidad no sé cómo pasó...
-¿Estaba solo cuando lo secuestraron?
-No se conoce. Sé que fue en abril, mayo del ´77 porque es la época en que pierde contacto con nosotros, que estábamos en Mar del Plata, y con la tía, que vive en Lomas de Zamora. Lo que no se sabe si fue un secuestro, si fue en combate... nada. A mis abuelos paternos y a mi tía, la hermana de mi viejo, los secuestraron en marzo del ´76 y los tuvieron como diez días en la Comisaría IV de Mar del Plata. Después los tiraron en la ruta cerca de Dolores. El cuerpo de mi viejo no apareció nunca.
-¿Tus abuelos te habían dicho que a tu papá lo había pisado un camión...?
-Mirá, ya me lo había olvidado que dijeron eso. O capaz que era mi fantasía. A esta altura del partido ya no sé.
Guillermina Perot (26): ¿Quién era mi viejo? Capaz que a los nueve años lo podía contestar. Ahora no. Hoy día reconozco, soy consciente de que hay un montón de cosas que no sé de mi viejo. Incluso cosas anecdóticas, como qué hacía cuando iba de vacaciones. Lo que uno puede reconstruir, lo que yo pude reconstruir es el amor a la vida, la pasión que sé que él tenía. Hay historias, anécdotas que me han contado. No muy armadas, porque a la familia de mi viejo le costaba mucho hablarme de él. Pero me dicen que tenemos la misma cara.
-¿Cuándo supiste que había desaparecido?
Guillermina: Me lo contó mi vieja cuando yo tenía tres años. Yo preguntaba por él y me dijo : “Se murió de viejo”. Y yo dije: “No, de viejo no se puede haber muerto porque vos sos joven”. “Bueno, está desaparecido”, dijo. Con el tiempo fui comprendiendo lo que significaba esa palabra, por eso tengo el recuerdo de haberlo sabido siempre. Mi viejo desapareció cuando volvía para su casa, en Rosario. Lo estaban esperando y cuando se dio cuenta cruzó por el techo de una vecina pero lo balearon en un hombro y se lo llevaron.
-¿Conservan alguna clase de recuerdos de sus padres?
Guillermo: Lo único que quedó de mi viejo para mí es un disco de María Elena Walsh que me había mandado para mi cumpleaños. En la parte de atrás del sobre me había hecho una dedicatoria. Mis abuelos la tacharon toda con birome. ¡Hicieron un laburo! Los entiendo a mis abuelos, tenían miedo; pero me dá una bronca...
Guillermina: Una vez con mi abuela abrimos una caja donde había cosas de mi viejo: los anteojos que él usaba, fotos con unas novias de él anteriores a mi mamá... Pero ahora mi abuela está enferma, con una hemiplejia, y ya no puedo hablar más con ella. Ni con casi nadie de mi familia, en realidad. Pero la historia continúa, la vida sigue y los procesos de cada uno son diferentes. Yo tengo una necesidad muy grande de hablar de mi viejo, de construir esa historia.
-¿Hay una suerte de silencio tácito?
Guillermina: No es que “de éso no se habla”, pero uno tiene que hacer mucho esfuerzo para que le cuenten cosas. Capaz en algún fin de año mi tío cuenta que tal cosa o tal otra; yo me hago la que no, pero re escucho. No justifico que no me hablen más de él, pero me doy cuenta de que toda la familia sufrió mucho la dictadura... A los cinco años iba con mi abuela a ver a mi tía y a mi tío, que estaban presos. Yo quería conocer a mis tíos. Nos fuimos a La Plata. A mí me encantaba ir a la cárcel. Lo disfrutaba. Yo armé mi familia yendo a visitarlos. Es que no tenía familia en Buenos Aires: eran mi mamá y mi abuela, porque mi otra abuela vivía en Santa Fe; iba y venía. Yo estaba muy sola, pero no he sufrido mi infancia. No tengo recuerdos desagradables, al contrario. Yo de chica era muy orgullosa de mi historia. Mis tíos estaban presos porque habían participado de una revolución, de un movimiento social. Me encantaba éso.
-¿Eran montoneros?
Guillermina: Si. Pero cuando yo pienso en mi viejo no pienso en “los montoneros”; pienso en cada uno de sus compañeros a los que no conocí. Pero bueno, en ese entonces las visitas a la cárcel eran en un pabellón enorme, oscuro, con mesas largas, donde nos metían a todos. Yo tenía un poco de ansiedad. Era muy chiquitita. Desde la cárcel, la hermana de mi mamá me cosía ropa y me mandaba cartas contándome historias de la mitología, como la de Perséfone, la hija de la diosa de la fertilidad; Hades la secuestra para llevarla al infierno, y como ella muerde la granada, que es el símbolo de la sexualidad, queda condenada a quedarse con él. Pero la madre logra que salga todas las primaveras.
1985
-¿Cómo los recuerdan a sus papás?
Guillermo: Mi papá era bancario y militante de la jota pe. Mi mamá también era militante de la jota pe y además era dirigente del gremio de las maestras en Mar del Plata... Una vez un periodista de la radio que nos estaba haciendo un reportaje me preguntó si me hacia mal hablar de esto. Yo le dije que no. Porque me gusta que la gente se entere. Muchos chicos se ponen muy mal cuando hablan de esto, pero otrois no saben ni por qué ni cómo desaparecieron sus padres. Yo me siento bien hablándolo: lo tenemos afrontado el problema. Sabemos por qué desaparecieron nuestros padres.
-¿Por qué?
Guillermo: Porque luchaban por algo mejor. A los que los mataron no les
gustaba que hubiera tantos militantes políticos.
2001
Guillermo: Desaparecieron porque el proyecto ése que estaban intentado llevar a cabo se contraponía directamente con el proyecto dominante.
1985
-¿Cómo les va en la escuela?
Guillermo: Los chicos dicen que yo voy a ser el presidente de la Nación, porque soy el político de la clase. Yo no me siento diferente, ellos me sienten diferente a mí.
2001
Guillermo: De chico me fui con mi vieja a vivir unos años a Austria. Una vez estábamos en un colectivo con otros argentinos y me acuerdo que le pregunté: “¿Es cierto que papá era montonero?”. A ella le agarró como una cosa, nos bajamos y me dijo: “Hay cosas que no se pueden decir”. En ese momento tuve un click. Había cosas que no se podían decir. Cosas que no podía contar. Y otras que no me decían porque era un bocón. A los siete años era consciente de que había cosas que estaban permitidas decir y otras que no. Pero a la vuelta de Austria me gustaba hablar y contar, y hablaba. Tenía necesidad de hablar.
Guillermina: En la primaria no contaba que mi viejo estaba desaparecido, había que callar ciertas cosas. El día del padre inventaba que le regalaba medias Tom, que eran las que estaban de moda en esa época. Siempre inventaba. En mi casa por ejemplo no había una cama matrimonial; como yo era tan misteriosa los chicos no hacían preguntas muy directas, sólo cuando insistían les decía: “No, mi papá está de viaje...”. Inventaba. Un poco me sentía cómoda en ese lugar. Durante toda la primaria falté todos los viernes para ir a visitar a mi familia en la cárcel. En primer grado fue todo mal. Y en segundo la maestra, Susana, se me acercó a preguntarme si tenía relación con alguien de derechos humanos. A ella fue a la única a quien le conté la verdad, y nunca me volvió a poner las faltas. Me encantaría volver a encontrarla. Recién en séptimo grado, cuando hubo que responder datos de cada familia delante de los demás, yo tuve que decir: “Mi papá está desaparecido”. Lloré a mares pero me sentí tan bien... Y es que hasta ese momento había llevado una doble vida, con mi grupo de amigos de los talleres y con los de la escuela, por separado. En algún punto ser hija de desaparecidos en la Argentina era ser marginal.
-Los chicos de la escuela decían que Guillermo iba a ser Presidente de la Nación...
Guillermo (riendo): Estoy lejos de eso... En la adolescencia, que mi viejo estuviera desaparecido era una carta de presentación; lo contaba enseguida. Pero llegó un momento en que me puse a pensar qué estaba haciendo, por qué lo hacía. Calculo que habrá sido para dar lástima, algo un poco morboso incluso. Y también me di cuenta viendo cómo funcionaban otros hijos, sobre todo al principio, cuando la lástima ocupó un papel importante. Ahora no lo cuento si no pinta contarlo. Ahora soy un tipo como cualquiera que se interesa por los demás, que no es lo que veo en la mayoría de la gente de mi edad.
Guillermina: En la infancia fui una persona muy feliz. Desde ese momento en que me lloré todo incorporé los datos de mi historia como algo habitual, y eso fue lo que hice desde que entré al secundario, aunque también me ocupé de recordar que no le había pasado a él solo sino a miles de personas. Lo que yo no sé mucho es qué hacía mi papá fuera de la historia argentina, digamos. Pero siempre tengo el recuerdo de la familia paterna diciéndome lo igual que yo era a él.
1985
Guillermina: A mí me gustaría ser actriz, porque hago como que lloro sin estar llorando. A veces empiezo a llorar, y cuando mi mamá viene a acariciarme y me pregunta qué me pasó yo me río. “Ajajajá te lo creíste. No me pasa nada.”
-Te gusta llamar la atención
Guillermina: A veces.
-¿Por qué? ¿Qué sentís cuando llamás la atención?
Guillermina: No sé.
-¿Que te quieran más?
Guillermina: ¡No! ¡Es por jorobar!
Guillermo: Yo sí lloro mucho. Estoy muy sensible. A veces pasa una cosa que me da bronca y me pongo a llorar. El otro día un chico me agarró por el cuello de atrás, a traición, en la escuela, y me puse a llorar. Pero hgace poquito que me agarró esto. Me dicen algo que no me gusta y lloro: yo soy muy débil.
-¿Querés decir cuando te dicen “algo” sobre tu papá?
Guillermo: Por lo de mi viejo nunca lloré. Al principio lloraba cuando me acordaba de algo de él. Ahora lloro sobre todo cuando me acuerdo de mi primo. Murió hace poco en un accidente. Era buenísimo mi primo. La última vez que lo vie fue el mes antes de las elecciones. ¿Qué me iba a imaginar que veinte días después se iba a morir?
Guillermina: A veces, a la noche, yo pienso en eso. A mí, si estuviera muerta no me gustaría. Una vez le dije a mi abuela, medio llorando “¿por qué hay que morirse?”. Yo mucho no sabía de eso. Yo pensaba que si me moría podía llegar a ver a mi papá.
Guillermo: A mi me gustaría que me dijeran aunque sea dónde está el cadáver. Aunque sea una respuesta.
2001
Guillermina: Yo sé que mi vieja algún día contó que lo vieron en algún campo hecho mierda, pero nunca pregunté. No me interesa saber cuán mal estaba. A mí no me gustaría que mis hijos sepan lo mal que estoy. Yo sé que es un pensamiento un poco duro, pero es así. Ahora lo pienso así. Conscientemente digo: “no, no es algo que me haga bien ni que me haga falta saberlo”. No tengo el “Nunca más” ni me interesa tenerlo. Puede ser que sea un libro que haya servido para algunas personas, pero no para mí.
Guillermo: Lo político lo puedo entender, lo económico lo puedo entender. Hasta la metodología de la violencia la entiendo. Los golpes de Estado, suprimir las libertades. Lo que me desequilibra son las aberraciones, la crueldad. No me entra en la cabeza y lloro, porque la situación me supera. Pero no como antes. A los veintitrés años fui a visitar la casa de Mar del Plata donde lo secuestraron. Mi novia de aquel momento vivía cerca de ahí, pero yo nunca había ido. Ese día estaba medio sensible y pasé. No toqué la puerta ni nada. Me quedé un rato. Y nunca volví. Ahora, cuando estoy sensible pongo el dolor en otro lado. A veces en la sala de ensayos. Hacer música es una forma de construir con el dolor.
-¿Te considerás débil? A los once años decías que eras débil...
Guillermo: Ya no. En ese momento había muerto mi primo y eso me hizo muy mal; fue muy repentino; estábamos haciéndonos amigos... No, no me siento débil. Ahora estoy más armado. Soy más fuerte porque ya tengo un montón de años contándolo.
1985
-¿Qué cosas sueñan?
Guillermina: Una vez soñé que estaba con toda mi familia y luchábamos para que unos señores no entraran al Congreso y así lo tuviéramos nosotros. Otra vez soñé lo mismo, y teníamos miedo de que lo quemaran. Entonces pensábamos: “Que lo quemen, pero que se mueran ellos adentro... “ Una vez sentí mucha angustia por mi gatita.
-¿Y por tu papá?
Guillermina: A veces. A veces me enojaba con mi mamá, y al otro día ella me compraba de todo. Pero a mí no me interesa que me compre cosas. La cosa es que me quiera.
2001
Guillermina: Una vez soñé que volaba desnuda en un shopping, y que tenía alas; y que mi viejo estaba ahí y que mirábamos juntos una película. Y sueño todo el tiempo que camino descalza...
Guillermo: Yo me había hecho la fábula de que mi vieja, una maestra que militaba en la Juventud Peronista, delegada en su gremio que trabajaba en barrios, en política social, la tenía re clara. Y que mi viejo también. De chico pensaba que la tenía re clara. ¡Era mi papá! Pero el domingo fui a la casa de mi vieja y pintaron unas fotos de mis abuelos conmigo y una de mis viejos el día que se casaron, con mi tía y el novio de mi tía. Mi viejo tenía 22 y mi tía tendría 18, 19 años. Y quebré. La vi a mi vieja tan frágil... “La puta que los parió. Si era una nena”, pensé. Y de mi viejo: “Ya soy más grande que él cuando desapareció...”. Ahora que ya tengo la misma edad que él me veo con una cantidad de contradicciones... y dudas... veo que estoy descubriendo el mundo cada día... que lo voy a seguir descubriendo toda la vida... Ahí quebré.
-¿Nunca tuvieron interés en ver a los asesinos de sus padres cara a cara? ¿Nunca de vengarse?
Guillermo: Es una contradicción que llevo adentro hace mucho tiempo. A veces querría encontrármelos y a veces digo “no, para qué”. Esos tipos formaron parte de una organización oscura. Les podía haber tocado a ellos o a cualquier otro. Fueron parte de eso. Con sus mierdas. No digo que no son unos hijos de puta. Cada uno hace lo que hace y te la tenés que bancar. Si la Justicia de los tribunales no funcionó me imagino que en sus conciencias estarán pagando lo que hicieron. Me imagino que todas las noches se acordarán de la mierda que son. Y les aparecerán los recuerdos de la muerte, de la muerte que ellos llevaron a cabo.
Guillermina: Al tipo que lo mató a mi viejo no lo quiero ni ver. ¿Me preguntás si querría vengarme? Para mí la venganza plena sería una revolución social. Que la gente no se cague de hambre en Jujuy. Para mí no hay una venganza personal. Mucho más interesante es la salida colectiva. Vengarme de la muerte de mi viejo o de esta historia significa poder hacer lo que quiero, poder ser libre. Poder pintar es mi venganza. Nuestra venganza es estar vivos. Yo valoro mucho la vida. ¿Si agarraría un arma para vengarme? No. Ensuciarme con sangre sería ser igual a sus asesinos.
-¿Se sienten obligados a destacarse, a ser mejores por ser hijos de desaparecidos? ¿O eso les da hoy una mayor serenidad para afrontar la vida?
Guillermina: No sé si serenidad. Lo que te dá es más compromiso. Y en cierto modo, también, una gran tristeza. La historia de mi abuela me pone mal. Perdió un hijo y se fue callando, callando... Si uno calla y se silencia, por último se paraliza ; bueno, a ella le agarró una hemiplejia. Y el terror y el miedo que produjo la dictadura todavía lo seguimos sintiendo. Estamos acostumbrados a callar.
Guillermo: El peso de mi viejo lo siento no solamente por lo que pensaba sino por lo que pensaba que llevaba a la práctica: su búsqueda de la justicia y de la libertad no era teórica. Todos los días pienso en eso. No siento una cosa del legado del padre. Lo siento a mi padre como a un compañero. Por suerte mi viejo me mostró un camino que es el camino que va. No existe un mundo perfecto pero puede existir un mundo mejor que éste. Y yo creo lo mismo. Las cosas que lo angustiaban y que lo llevaron a participar en la militancia son las mismas que siento yo. |
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