Hablan los sobrevivientes de la tragedia de Once
LA NOCHE DE CROMAÑÓN
 
 
Marcelo Portelli, por María Julia Erpen  

“No pueden tener cara para subirse de nuevo a un escenario...”

 

—¿Con quién fuiste?
— Con tres amigos: dos amigos y una amiga. Salimos de acá, de Paso del Rey. Llegamos allá. No conseguíamos entradas porque no había más... Y teníamos una sola. Y un pibe dice la vendo y nos vamos. Y la fue a vender y consiguió tres más, así que a las diez entramos. Diez y media entramos y diez y treinta y cinco se prendió fuego. Así, al toque.

—¿ Ustedes dónde estaban?
—Estábamos abajo, donde están los baños de abajo del escenario. Mirando en frente del escenario a la derecha. Yo iba llegando, pasaba por atrás de las escaleras y se escuchaba que alguien decía: “Chicos, somos seis mil personas. Si esto se llega a prender fuego, de acá no salimos todos en diez minutos”. No sé quién era. Después dijeron que era Chabán pero ahí yo justo estaba pasando por atrás de unas escaleritas, así que ni miré ni me interesó lo que estaban diciendo. Tampoco pensé que iban a prender fuegos artificiales ahí adentro.

—¿ En qué tema empieza el fuego?
— En el primero al toque.

—¿Viste quién prendió la bengala?
— Vi a uno que prendió la bengala. Que no es bengala, es candela. Sí. Cuando yo vi que saltaban las pelotitas... Hay una parte en la que el techo es de cemento, y la otra de eso que se prendió fuego.

—Media sombra ¿no?
— Sí, media sombra. Yo no veía mucho. Veía que las pelotitas de la candela rebotaban con el techo. Y dije: “Éste va a quemar a alguno”. Y ése casi nos quema a todos.

—¿Después qué pasó?
— Y bueno, ahí, cuando empieza a tocar, empiezan los fuegos, los petardos, todo. Y sí, al toque, la piba ésta me dice: “¡Mirá!” Los pibes se van al toque para el escenario. Y yo me quedé ahí. Estábamos terminando unas cervezas y la piba esta me dice: “¡Uyy, mirá! ¡Fuego!” Y le digo: “Debe ser una bandera. Ahora la descuelgan, la tiran al piso, la pisa la gente y se acabó todo” Y de repente hizo “fffffff”. Todo, todo, todo el techo prendido fuego. Y la gente que estaba abajo se avivó al toque y se empezaron a correr. Se abrieron. Hicieron todo un hueco. Ahí se cortó la luz.

—¿Y ahí se separaron todos?
— Con los dos pibes, sí. Pero con la chica, no. La agarré de la mano y ahí tratamos de correr para el lado que iba a la puerta. Había luces de emergencia pero eran muy, muy chiquitas. No se veía nada. Yo iba con la linternita del celular y no veías nada. Y nos chocábamos con todo el mundo. Y después la perdí dos o tres veces a la piba. Después no sé. Después me caí... Y entre una de las tantas veces que me caí, siento que dicen: “¡El nene! ¡El nene! ¡El nene!”. Y meto las manos así, hacia abajo, tanteando entre la gente, y había un nenito. Y se lo di a una piba que estaba al lado. No sé si era la que gritaba, si lo sacó cuando se lo di. Y después meto la mano entre la gente y saco así a la piba esta que estaba con nosotros. Y ahí le digo: “¡Negra, entraron los bomberos! ¡Aguantá que zafamos!” Y quedé tirado entre la gente pero como despierto. Y ahí viene un bombero, saca un pibe. Un pibe creo que era, no sé. Y me lo saca de encima mío. Y yo dije: “No va a venir otra vez. Hasta que va y vuelve, ¡ya fue!”. Y subo unas escaleras. No sé porqué yo veía a los bomberos que subían unas escaleras y subí las escaleras. Y había un descanso y caías del otro lado. Tropecé en el descanso, caí para el otro lado y... Bueno, salí después.

—¿Entonces eso era otra salida?
— No, no. La escalera sube, encara para los VIP y baja. Yo no sé porqué después les dije a los pibes en el hospital “yo subí las escaleras y caí en un hall”. Y me dicen: “Vos te fuiste a otro boliche porque no hay hall”. Yo veía a los bomberos que sacaban gente del VIP y yo dije: “Debe ser la salida, por acá.” Pero parece que cuando caí, ahí me agarran y me sacan para afuera porque por ahí no se salía.

—Vos fuiste justo por el peor lugar, por donde tenías menos posibilidades para salir.
— Justito fui por ahí.

—Y cuando saliste, ¿qué hiciste?
— Y bueno. Me sacan afuera y ahí, lo que no tengo es noción de tiempo. Nada, no pasó nada para mí. No pensaba en nada. A esta piba la perdí ya definitivamente. Me faltaban mis dos amigos. Y nada, no pensaba que había gente muerta ni nada. Estaba así tirado. Y no tenés fuerza para nada. En un momento digo: “me levanto y me voy a mi casa”. Y me levanté, me caí sentado así y dije: “¡No, ya fue!” Y después, vienen... No sé a qué hora, doce y media. Me levanta una doctora y me dice: “¡Vamos, gordo, a la ambulancia!”, y de ahí me llevaron al Naval.

—¿Cuánto estuviste en el hospital?.
— Estuve hasta el treinta y uno a la tarde. Mis amigos cayeron también, todos, ahí en el Naval, de casualidad porque vinieron buscándome a mí. Yo hago llamar por teléfono a uno de los pibes, o sea, al hijo de mi jefe en realidad, y me dice: “Los chicos están bien. Ya los encontré en el Ramos”. Vamos todos para allá, entonces. Cayeron todos en el Naval a verme a mí. Y los médicos los vieron y dijeron: “¡No, adentro ustedes también!” aunque ellos se volvían a las casas, se sentían bien. Y estuvieron cinco días internados. Así que bien, no estaban. Se sentían bien pero no estaban bien.

—Así que ellos estuvieron más que vos internados.
— Sí, re loco. Parecía que yo estaba peor porque cuando me sacaron para afuera yo no podía pararme. Me tuve que arrastrar. Y los demás chicos estuvieron ayudando a sacar gente. Todos se sentían re bien. Pero después le hicieron los estudios y todo mal.

—Bueno, pero te hiciste todos los estudios.
— Sí, si. Salió todo bien.

—¿Y al psicólogo, estás yendo?
—Sí, sí. Todos los martes voy al hospital de Moreno, que son bastante buenos.

—Les están dando un subsidio desde el gobierno, ¿no?
—Sí. Ahora nos dan un subsidio mensual de seiscientos pesos pero cuando empezamos a cobrar, empezamos con más plata. Y era distinto. Yo cobraba ochocientos y el pibe que estaba conmigo cobraba mil, así que no sé cómo estipulaban la suma para cada uno. Supongo que era de acuerdo con lo que estabas cobrando en el trabajo o algo así. Pero ahora a todos le dan seiscientos hasta diciembre. Pero hay que ver... ¡Ya fue! Yo ahora estoy trabajando, así que no me importa.

—¿Estás tomando remedios?
— ¡No! Las pastillas déjaselas para los enfermos.

—¿Ahora tu vida está igual que antes?
— Está todo igual. Lo que pasa es que yo no llegué... Bah, primero, lo bueno es que entramos cuatro y salimos cuatro, que eso es grandísimo. Y después, que no vi nada. Cuando salgo... Sí, cuando empiezo a subir las escaleras, me acuerdo de que la gente me agarraba las piernas pidiéndome ayuda. Y... después, cuando me suben a la ambulancia, lo primero que sentí fue culpa. Dije: “No ayudé a nadie”. Y cuando empiezo a recauchutar todo, yo digo: “No. Yo no podía ayudar a nadie. No tenía fuerzas para levantarme yo y mucho menos para levantar a alguien.” Entonces, yo con la piba ésta llegamos hasta donde pude. Después... No es que la solté, la tenía así de la mano y de golpe ya no la tenía más. Y lo primero que se me cruzó en la cabeza no fue ningún pensamiento de “me muero” pero dije: “Bueno, hasta acá llegué.” No tenía fuerzas. Y cuando veo al bombero éste que saca un muerto de arriba mío digo: “¡No! ¡Esto está mal de verdad!” Yo me acuerdo que cuando empezó el fuego nos empezamos a correr así, como en Cemento, y me pasé para el otro lado del para-avalancha que tenía adelante para dejar pasar a un pibe en silla de ruedas, y volví a saltar para el otro lado. Y ahí, ya era un descontrol de gente. Supuestamente había una salida al lado del escenario. Yo jamás me enteré. Había una puerta de chapa que es un baño de los de abajo que estaba cerrado con alambre y un candado, y uno de los pibes le estaba pegando patadas a full. Si la llegaba a abrir, atrás de él entrábamos cincuenta. Y cuando el primero llega a avisar que no hay salida, que hay pared, nos encuentran a todos ahí adentro.

—¿ Viste si el grupo saltó para ayudar o hizo algo?
— No, no. Yo no vi nada. Dicen que se quedó ayudando, que estuvo sacando gente. Ellos tenían salida para ahí atrás pero también hay que tener en cuenta que ellos tenían a los familiares ahí, así que no creo que se hayan borrado del VIP. No bajó casi nadie de ahí, que es en donde estaban todos los familiares.

—¿Fuiste a alguna marcha?
— No, no. En la primera, los cagaron a palos porque van siempre los mismos quilomberos. Lo único que falta: salgo de estar internado y me caga a trompadas la policía. Además no hay necesidad. No comparto las marchas, todo eso. Nunca llegaron a ningún lado. ¿Para ir a unirte a un tipo que perdió a su hijo? ¿Y antes? ¿Antes del hijo de Bloomberg no se había muerto nadie? El padre no tenía cultura para hacer eso. Y esto es lo mismo. Antes de Callejeros no protesté por nada, ¿por qué voy a protestar ahora? No es justo que ahora que me tocó a mí yo salga a protestar. Además, siempre hay quilomberos.

— ¿Pasaste por el santuario de Once?
— Sí. Pasé una vez que fui a hacer un trámite. Lo que pasa es que es fuerte. Aparte ves toda la ropa, las zapatillas... Y sabés que la mayoría de los que perdieron las zapatillas no salieron más.

—¿Vos perdiste algo?
— Una remera. La remera con la que nos veníamos tapando. Cuando le pido en un momento la remera a la piba, me dice: “No. La perdí.” Y yo dije: “¡No, cagamos! ¡Ya está! ¿Cómo vas a perder las remeras?” Pero, ¡¿sabés cómo veníamos respirando con la remera?! Y después agarré un buzo, algo que había en el suelo mojadísimo, y más o menos con eso... Y después, la gente afuera ayudó muchísimo. Ni bien salí me tiraban agua, agua. Pasó una piba con un balde y con un trapo y nos empezó a pasar por la cara porque éramos brea, brea , brea. Cuando me bañaron en el hospital, las observaciones que puso la enfermera fue: “Muy sucio.” No salía con nada. No sé si las ambulancias llegaron temprano o no porque cuando yo salí ya estaban todos. Adentro del boliche yo estuve una eternidad. No sé cuánto. Teóricamente, en seis minutos te morís con ese humo. Yo estuve más pero no sé cuánto más. Para mí fue una vida. Y después, cuando salí vino un flaco y me dice: “¡¿A quién llamamos?! ¡¿A quién llamamos?!” Yo le digo: “¿Qué hora es?” y me dice: “Son las doce.” Entonces, no sé cuánto estuve adentro. Fue todo muy rápido pero para mí fue una eternidad.

—¿Tenés problemas para dormir?
— Sí. Pero desde siempre, no por ese día. No, no. Las pastillas dejáselas para los enfermos.

—¿Para vos quién tuvo la culpa?
— El que prendió la bengala. Yo no prendo bengalas en mi casa, así que no podés prender una en un lugar cerrado lleno de gente. Los petardos que tiraban en el piso, ¡no sabés lo que eran! Te arrancaban las patas. Había fogonazos. ¡¡Son enfermos!! Yo no sé si se podía haber cortado eso en ese momento o si el Pato cortaba y decía que apaguen eso, seguía saliendo. ¡Ya fue! La banda se metió a tocar en cualquier lado para sacar plata. El boliche no tendría que haber estado abierto. ¿Cuántos culpables querés encontrar? Por lo menos metan a alguno preso. Se tapó un tema con otro tema. Yo no sé si le dijeron: “Muchachos, tenemos seis mil padres en contra y tenemos otras seis mil personas que se quejan por los disturbios que hacen estos seis mil padres. Entonces, ¡basta! ¡Córtenla y no muestren nada más!” y no se calentaron en encontrarlo más. Esto se arregla con plata y se acabó el problema. O sea, acá, donde empieza a aparecer plata, listo. ¡Ya fue! ¡Olvidaste!

—¿Seguís escuchando a Callejeros?
— Sí, sí. No me molesta pero nos los iría a ver. Cuando se rumoreó que iban a tocar de nuevo, ¡no! ¡Que se prendan fuego esos tipos! Ellos ya la pagaron pero no pueden tener cara para subirse de nuevo a un escenario... Porque viste, ¿el manager no sabía en dónde se estaba metiendo? Tocaron una o dos semanas atrás en Atlanta, creo, para quince mil personas. ¿Por qué haces tres recitales de seis mil? ¡¿Porque te deja más plata?! Entonces, ellos pensaron en lo suyo. Pagaron un precio grande pero no, ¡¡no los iría a ver ni en pedo!! Ni que sea por las víctimas, por nada. Ellos para mí no se pueden volver a subir de un escenario. El CD en mi casa sí, está todo bien, pero creo que no les da... De hecho, no subieron de vuelta. Hay gente que dice que los va a seguir. Pero los va a seguir a la gente que no se le murió ninguno. Si a vos se te murió tu hermana, te quiero ver si los vas a seguir. Lo mismo que el que prendió la bengala. Para mí, murió. Porque si no alguien por más amigo que sea tuyo, vos pensá que vos prendiste la bengala y soy amigo tuyo de toda la vida pero por tu culpa se murió mi hermanito de doce, trece años… Yo te señalo así con el dedo, ¿entendés?, y si el tipo no aparece es porque para mí murió. Si no alguien lo tendría que señalar. El mismo no podría vivir con la culpa. Por más enfermo que seas tenés la culpa, así que no, que no toquen más ningún CD nuevo, nada, ya lucraron, ya tienen regalías para lucrar por un tiempo más. Y fui al recital porque me dijeron vamos, y se dio todo para estar ahí ese día no podía ser de otra manera, estaba escrito ya... Creer o reventar. Porque mi amigo me dice a las ocho y media tenemos que estar ahí y le digo: “No, laburo hasta las ocho. No dá para pedir salir antes para ir a boludear”. Entonces al rato me llama y me dice: “A las nueve”. Y le digo: “A las nueve, ¡vamos!”. Y eso en resumidas cuentas fue todo.

—¿Cuánto cambió tu vida desde ese 31?
— Y... Hay cosas en las cuales le metés más ganas. Pero sigo dejando cosas para mañana que podría hacer hoy. No cambié como persona pero por ahí sí cuando entro a un lugar miro más. No es que digo: “Estoy encerrado acá y me voy, sino que pienso: “¡Uh! ¡¿En dónde me metí?! Pero yo trato de seguir mi vida relativamente igual. Estoy agradecido totalmente al que me sacó y al que correspondan las gracias.

 
 
 
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