—Al principio no iba a ir allá. Al principio no iba a ir, pero... Yo qué sé.... Iba a comprar una cosa a Padua y vino un amigo y saltó la idea de ir para allá para ir a ver a Callejeros. Y... yo estaba transando con una mina de allá de San Justo. Ella es fanática de Los Piojos. Agarró y me dijo: “¡Vamos a ver a Los Piojos!”, y le digo: “¡No! ¡¡Yo a Los Piojos los odio!!” No me gustan a mí. Y le digo: “Cuando toque otra banda, te prometo que voy.” Y agarré... Saltó lo de Callejeros el 30 de diciembre y bueno. Salí de acá, pasé a buscar a un par de amigos, la pasamos a buscar por Morón y llegamos allá.
—¿Quiénes fueron entonces, tu chica y un amigo?
—Al principio éramos tres nomás. Después nos encontramos a dos más de Padua. Ahí ya éramos cinco. Dos se quedaron ni bien pasaron la puerta porque uno fue con la hermana. El chabón no se quería meter porque era un desastre; había mucha gente.
—Había mucha mucha gente, ¿no?
—¡No! ¡No! ¡No! Ya estabas intoxicado adentro. ¡No! ¡No! ¡No! Mucha gente para el lugar. Todos en pedo, falopeados... ¡Un desastre! Así que bueh... Después tiraron una bengala y habló Chabán diciendo que si se llegaba a prender fuego iba a ser una catástrofe peor que la que había pasado en Paraguay. Lo dijo y pasó. Y bueh... Después tiraron la bengala ésa y se formó la telaraña en el techo ¡y a la mierda!
—¿Fue el mismo que había prendido la primer bengala?
—¡No! ¡No! ¡No! Fue otro. Yo lo tendría a seis, ocho metros y de espaldas. Yo me acuerdo de que tenía pelo largo, nada más.
—¡¡¡No te olvidas más de ese pelo largo !!!
—Sí. No. No. No. No me olvido más de la mano. La mano grosa con la bengala, no me olvido más. Y el techo se incendió al toque y todos nos cagábamos de risa. ¡Eso fue lo peor! Cuando se incendió, todos nos cagábamos de risa pensando “¡Uy... van a sacar un matafuegos y lo van a apagar!” Estamos esperando, todavía. Se incendió al toque.
—Decime, ¿vos en dónde estabas?
—En la mitad. Estaba justo, justo en la mitad, un metro atrás de donde arrancó el incendio. El incendio arrancó de la mitad y fue para el lado del escenario. Yo estaba de la mitad para atrás.
—¿Vos cuándo saliste? ¿Ni bien empezó todo?
—No. Yo salí recién cuando se cortó la luz.
—Ah, cuando se cortó la luz...
—Sí. Sí.
—Claro, porque al principio nadie entendía nada...
—No. No. Todos nos cagábamos de risa. Nos cagábamos de risa y cuando vimos que no podíamos respirar entró la desesperación. No es que había dos personas, había miles y no podíamos salir. No podíamos salir. Yo me caí. Me hice mierda el hombro. Me rompí la boca.
—¿El grupo que hizo?
—El grupo saltó y empezó a ayudar a sacar a la gente. Yo, el que vi que saltó seguro es el Pato, el cantante. Saltó ahí nomás. Yo no lo tenía cerca pero los pibes de terapia... Yo lo vi que había saltado y me dijeron que ellos estaban ahí y que ayudó.
—Te pregunto porque cuentan que sí, que saltaron a ayudar.
—Sí. Sí. No. Yo sé que el Pato saltó y que la banda dejó de tocar al toque.
—¿Y en qué tema fue que empezó todo?
—En el primero. En el primer tema al minuto y medio.
—O sea que en el mejor momento, cuando empiezan los recitales, ¡¡que explotan mal!!
—No. No. No. Bárbaro estaba todo. Bárbaro porque antes había tocado una banda que se llamaba Ojos Locos. Tocó esa banda. Bengala a cagar. Ahí ya estábamos todos asfixiados, dados vuelta. Yo ya estaba re falopeado; humo a cigarrillo, transpiración, marihuana, el humo de bengala y el calor que hacía un tufo terrible. Los ojos te lagrimeaban y bueno. Hasta ahí estaba todo bien. Se incendió esa mierda y bueno. Cagamos todos. Salimos cagando. Yo había agarrado a la piba con la que estaba. Ella salió primero que yo.
—¿Y por dónde salieron?
—Por la única puerta que estaba abierta...
—Que era la principal…
—Yo estaba acá (hace unas señas). Había que hacer una “ele” para salir. ¡No, un quilombo! Después salí de ahí y no la encontraba por ningún lado; un nudo en la garganta buscándola por todos lados durante quince minutos. No. No. No Adentro no podés estar, te desmayás al toque. Yo fui, me senté en la vereda y la mandé a ella a comprar un agua porque ella salió al toque. Le dije que fuera a comprar un agua porque no daba más y cuando te quedabas quieto, ahí reaccionabas y te desmayabas al toque porque estaban todos desmayados en la puerta. Todos desmayados, muertos, agonizando... ¡De todo! De todo un poco.
—¿Las ambulancias llegaron al toque o tardaron mucho?
—No. Las ambulancias... Llegó todo rápido. No. No. Si esto hubiera pasado acá en Moreno, se morían todos.
—¡Te juro que pensé lo mismo! Cuando vi eso, dije: “Bueno. Por lo menos fue en Capital. Llega a ser acá...”
—Claro.¡¡Diez mil hospitales ahí porque si no...!!
—Sí. La rapidez del SAME...
—El SAME y la policía. Se portó bastante bien la policía. Agarraban cuerpos de algunos vivos y otros muertos y los tiraban en las chatas y se los llevaban cagando al hospital.
—Y bueno, vos ¿qué hiciste cuando saliste? ¿Fuiste a buscar a tus amigos?
—Cuando salimos... Esto se incendió tipo diez y media. Yo me fui a la una de ahí. Me fui a la una. Perdí todo.
—¿Qué perdiste?
—Perdí celular, plata, todos los documentos y encima era todo de ella. Todo de la mina. Yo perdí algo como setenta u ochenta pesos, un par de boludeces más, una campera que tenía en el bolso. Todo el bolso lo tenía yo y cuando me caía al piso, cada vez que me quería levantar me agarraban del bolso y me tiraban de boca contra el piso. Yo los entiendo porque la desesperación... Yo tuve que meter un codazo para poder zafar. Me había quedado el hombro enganchado en un muro así (muestra el hombro) y le tuve que meter un codazo a un negro y correr, y salir como Superman.
—¡Era tu vida o la de los demás!
—Sí. La depresión después... Me empecé a sentir culpable de toda esa mierda. Y bueno. Salimos todos, nos encontramos a los veinte minutos. A la chica la encontré a los siete, ocho, ponele, y a mi amigo después de los quince. Y después a los otros dos, como a la media hora, ¿viste? Los otros dos eran apenas conocidos pero igual te preocupás. Nos fuimos los cinco, tenemos que volver los cinco. Y bueno. Nos encontramos todos y nos quedamos entre la plaza Misserere y la entrada de Once, ahí donde se esperan a los colectivos. Y bueno. Nos quedamos ahí, esperando al papá de la chica, de Verónica... De la chica con la que yo andaba que llamó al padre. Nos fue a buscar en coche y tipo una llegó. A todo esto vimos pasar ambulancias, bomberos, gente muerta, ya muerta, tapada... Murió un montón de gente: pibes, chicos... Chicos... ¡Todo! ¡No! Es un desastre.
—Eso de los bebés, que había un lugar donde los cuidaban, ¿sabés si era verdad?
—Yo no sé porqué no fui al baño. No llegué a ir a al baño.
—Me imagino que con la gente se complicaba ir al baño.
—No. ¿Pero viste que hay gente que ni bien llega, va al baño? Nosotros llegamos, hicimos una ronda y nos sentamos en el piso.
—Una vez que saliste, te pasaron a buscar y te dejaron acá en tu casa...
—No. Me dejaron en Morón porque la piba vive en San Justo, allá atrás. Es lejos. Y me tomé el tren en Morón con otro pibe, bajé y me encontré con todos mis amigos en la estación que estaban esperándome a mí. Nos pusimos a llorar todos y todo bien. Bueh... Dentro de todo, más no se puede pedir. Pude brindar el treinta y uno al menos.
—¿Después fuiste al médico? ¿Te hiciste estudios?
—Fui al medico, me hice dos millones de estudios, un encefalograma... Yo estuve tres días sofocado, ¡mal! Me daba con el “chuf chuf” de un amigo que es asmático y se lo sacaba para poder respirar mejor. Y bueno. Ahora tratando de estar lo menos nervioso posible porque si no es peor. Encima yo tengo problemas con los intestinos de antes y esto me hizo para la mierda. Tengo un problema. Arranqué con diarrea, ulcerosa crónica ¡mal!, por los nervios.
—¿Estás yendo a algún psicólogo o psiquiatra? ¿Se los paga el Estado, ¿no?
—¡Sí! Psicólogo todos los jueves. El jueves tengo que ir.
—Y los medicamentos, ¿se los dan?
—Recién hace un tiempo nos avivamos. Recién ahora pudimos zafar, que están muchísimo: una sola pastilla, ochenta y cinco mangos y dura sólo diez días el paquetito.
—¿Volviste a ir a algún recital?
—No. No pisé más. No. Apenas fui a bailar y a la cancha. Después, a recitales y eso, no... Tengo todas las ganas de ir pero no fui todavía. Voy a esperar que pase el año. Ahora que pase el año, voy a empezar a ir de vuelta. Voy a esperar hasta el 30 de diciembre de este año y después, ya el primero de enero voy; a lo que me guste voy a ir.
—¿Seguís escuchando a Callejeros o te hace mal escucharlos?
—Sí. Sí. Callejeros sí. No hay drama. Al contrario, yo quisiera que sigan tocando, que toquen. Para mí, tiene culpa la banda pero no quisiera que dejen de tocar.
—¿Para vos, quién tuvo la culpa?
—Y... La culpa, la tuvo el negro boludo que prendió la bengala, el otro boludo que lo dejó pasar con las bengalas y después, bueno, Chabán. ¡Eso seguro! Igual, para mí, Chabán es un pobre infeliz, nada más. Es el boludo que quedó más pegado y es el más boludo porque en esa época estaba todo el mundo con todos los negocios que no estaban habilitados y le tocó a él, nada más. Chabán es un pobre infeliz que le tocó. No te voy a decir que no está pirado. Que está pirado, está pirado... Pero en ese sentido es un pobre infeliz; cayó él pero le podría haber pasado a cualquiera. Pero bueh... Para mí, tienen más culpa los que estaban ahí que él mismo porque él fue el único que paró y dijo: “Bueno. Hagan esto, no hagan esto.” Se preocupó más él que la banda misma. Dijo que si se prendía fuego eso iba a ser peor que lo de Paraguay y pasó. Parece que él sabía lo que iba a pasar. Aparte, también la desesperación de él. A la banda tampoco se la puede culpar mucho porque vos mirás y sabés que murió gente de ellos mismos.
—Una de las muertas era la novia del cantante y la hermana de otro, ¿no?
—Sí. De todos, el único que no perdió a nadie fue el batero.
—Estaban todos arriba, los familiares, ¿no? Como en un sector VIP...
—Claro. Y bueh... Yo de pedo, ese día iba a ir arriba. Yo agarré, digo: “Abajo están todos los negros, ¿viste? Y yo, cuando me voy con mi novia, no quiero meterme en esos lugares porque le tocan el orto y te tenés que cagar a trompadas con todo el mundo. Ahí te la tenés que comer bien doblada, cerrar el culo y nada más porque te matan, los negros. A mí, esas cosas me dan por las pelotas. Y bueh. Y agarré y le dije: “¿Por qué no vamos para arriba?” “No, que estamos bien”, me convenció ella. Y bueh... Nos quedamos abajo, gracias a Dios.
—Sí, porque de arriba, ¡¡no salías más!!
—No. ¡No sabés los de arriba cómo se tiraban! De ahí arriba se hacían mierda contra el piso.
—¡¿Se tiraban de cabeza contra el piso?!
—Al piso no, arriba de otra gente, por eso se tiraban. Sabían que iban a amortiguar el golpe pero igual te tirás de tres metros. ¡¡Te haces mierda!!
—¡¡¡Sólo Charly se tira de doscientos pisos y no se hace nada!!!
—Claro. Charly porque es un fideo. ¡No sé cómo no lo elevó el viento de lo liviano que es! No, pero la verdad no se podía creer. Toda la gente desesperada. Yo vine con rasguños por todos lados en las piernas porque hacía calor, había ido con short. Las mujeres te agarraban. Los dedos marcados acá... En los brazos de la gente (muestra los brazos). ¡Eso era horrible!
—Tu vida cambió totalmente desde ese día, ¿no?
—No. No. Ahora sí. Ahora vivo otras cosas: por ahí como un asado con mi vieja y disfruto diez veces más que antes; voy viajando en el tren saco la cabeza por la ventanilla y respiro el aire. Capaz que antes subía al tren y cerraba la ventanilla. Ahora saco la cabeza y digo... No. Valoro el triple de las cosas que antes...
—Sí, porque más allá de lo físico, psicológicamente quedaste mal, ¿no?
—Sí. La forma de pensar, todo... Antes era todo ir a ver a Boca y no me importaba más nada. Igual ahora lo sigo haciendo pero más tranquilo.
—¿Cómo te pareció que los medios de comunicación trataron el tema?
—Y bueno. Era feo, horrible pero, ¿qué le vas a hacer? Lo que pasa es que gracias a la televisión se hizo un montón de cosas. Yo tengo los amigos míos en terapia y las madres se metieron no sé en cuántas morgues. Esa gente quedó peor que los que fuimos. Mi amigo me lo dice. Mi vieja quedo peor que yo. ¡¿Sabés qué feo es ir a agarrar la sábana y acertar si está tu hijo ahí abajo?! Esa gente quedó como loca. La hermana quedó re colifa; la madre, hecha mierda... Fueron a todos los hospitales de allá de Capital y de ahí se fueron a la morgue. Y él apareció a las siete de la mañana en el hospital internado. Porque si vos estás desmayado, ¡no podés hacer nada! Si yo me hubiera desmayado, mi vieja se moría. A mi vieja la llamaron porque habían encontrado el documento y querían ver si capaz que estaba muerto.
—¡¡¡Y vos ya estabas acá!!!
—Yo ya estaba acá, gracias a Dios, durmiendo. Yo llegué acá y vi en la tele alrededor de quince muertos que ya los había visto allá pero yo sabía que eran más. ¿Sabés?, cuando salí, dije: “Alguno va a morir. Ojalá que no pero para a mí, alguno se muere”. Le dije a la chica... Lo que menos me iba a imaginar es que iban a morir doscientas personas... No. No. No. ¡Fue un desastre! ¡Para la fecha en que fue a caer! No tiene nada que ver porque se te muere un hijo, y caiga en la fecha que caiga se te muere un hijo, pero el 30 de diciembre, al otro día tenés que levantar la copa y venís del cementerio. ¿Cómo levantás la copa? No levantó la copa nadie ese día. No. ¡Muy triste! ¡Muy triste! ¡Una mierda!
—¿Fuiste a alguna marcha?
—Sí. A las marchas fui a tres o cuatro. Ahora voy a ir a la del año. Lo que pasa es que me hace peor ir, ¿viste? A mí me gusta por ahí no ir a marchar. Cada vez que voy a Once, voy al santuario... Voy cada vez que voy a ver a Boca... Si voy con la peña no, pero si voy viajando, voy siempre. Tengo que ir a hacer un trámite a Capital y voy. No. Siempre tengo que pasar por la puerta; es una cosa que me llama, me llama todo el tiempo.
—¿Llevaste algo para dejar ahí?
—No. Llevar, nada más que flores. No. Pero es re común llevar flores, flores lleva todo el mundo. Pero... Dejar algo así, no se me ocurrió nada porque gracias a Dios no tengo ningún conocido. Si tenés algún conocido, vas.
—Dejan de todo, hasta latas de cerveza.
—Sí. Cigarrillos para los que fumaban. Todas las zapatillas que quedaron colgadas desde ese día... Mi amigo perdió la de él y encontró otra. Tenía una Topper de cada color. Fue lo único que me hizo reír en esa noche. Fue eso porque tenía una toda blanca y la otra era como la banderita a cuadros. Yo lo veía a él y parecía un payaso. Tenía una de cada color y agarro y le digo: “Che, Luciano, ¿vos sos conciente de que esa zapatilla que tenés puesta puede ser de un fiambre?” Y me dice: “¡¡¡No, boludo!!! ¡¡¡No quería ni pensarlo!!!” Llegué a mi casa y lo primero que dije cuando vi a mi vieja fue: “¡¡¡Vos no sabés lo malo que pasé!!!” Nos tiramos los dos al suelo en la puerta. De lo que perdí, lo que más lamento es la plata porque tenía como ochenta mangos, porque yo decía: “Voy con la mina, después salimos por allá. Me queda plata para salir.” ¡Mirá a dónde salí!
—Para dormir, ¿tenés algún problema?
—No. Para dormir... ¡Mirá! Recién me acabo de levantar cuando viniste vos. Ahora son las cinco de la tarde y estoy sin comer. No. No puedo dormir a la noche, recién después de las cuatro. No sólo si estoy solo. Por ahí me quedo boludeando con los pibes, mirando tele, tomando una cerveza, una coca, algo. Igual no me puedo dormir después. Y cuando estoy solo, trato de quedarme mirando tele con los canales de música y me duermo como a las cinco de la mañana. Y me despierto a cada rato porque tomo la pastilla a las ocho. Mis sobrinos que rompen las bolas, que gritan... Estoy todo el tiempo hecho un zombi; tengo ojeras.
—Bueno. Muchas gracias, Cristian.
—No, por nada. Cualquier otra cosita que quieras saber, no dudes en llamarme por teléfono. No hay drama. |