Los Libros de los Argentinos
  Adolfo Prieto
     
  EL ALEGATO  
   
 

"No es posible mantener la tranquilidad de espíritu necesaria para investigar la verdad histórica, cuando se tropieza, a cada paso, con la idea de que ha podido engañarse a la América y a la Europa, tanto tiempo, con un sistema de asesinatos y crueldades, tolerables tan sólo en Ashanty y Dahomey, en el interior del África."

Facundo de Domingo Faustino Sarmiento, 1845

"Y el miedo transfiere fácilmente su signo al odio. Desde esta perspectiva, el odio de Sarmiento hacia la chusma vil y el gauchaje podría interpretarse como una proyección de su inconsciente temor a ser confundido con ellos. Un medio de defensa trabajado por oscuras experiencias de la niñez y la juventud."

Adolfo Prieto, La literatura autobiográfica argentina, 1966.

 
 
 
 
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Adolfo Prieto vive en Rosario, provincia de Santa Fe. Su casa está ubicada a media cuadra del Departamento Central de Policía, dato que no es accesorio si se piensa que durante los años de la dictadura funcionó allí un centro de detención clandestino, que según consta en Nunca más centralizó el accionar represivo en la región. Cesanteado de la Universidad de Rosario en 1977, al año siguiente se radicó en los Estados Unidos, donde dictó clases en las universidades de California y Florida.
A Prieto no le agradan demasiado los reportajes: “Uno habla de determinada manera, y en la transcripción aparece de una manera completamente diferente”, dijo mientras apoyaba sobre la mesa dos copas azules con agua helada. La acción de apagar el turbo para evitar el ruido del motor fue como una señal que nos remitió a la primera mitad del siglo XIX, cuando los pocos que escribían libros se quemaban literalmente las pestañas a la luz de las velas.

 
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Como muchos estudiantes argentinos, leí por primera vez Facundo en el colegio secundario. Naturalmente adopté el bando de los civilizados, pensando que yo no tenía nada que ver con la barbarie. Releyéndolo ahora a la luz de otras interpretaciones (sobre todo el ensayo sobre la literatura autobiográfica argentina donde usted analiza Recuerdos de provincia) el libro me provoca un efecto muy diferente. ¿Le sucedió a usted algo parecido?

Bueno, sí... Posiblemente lo leí por primera vez cuando tenía su misma edad.

¿También como texto escolar?

Naturalmente. Y en mi ciudad natal, San Juan; circunstancia de mención obligatoria si quiero sugerir que aquella primera lectura debió estar cruzada por la reverencia al mito local y por la sensación de compartir el escenario físico que acompañó la formación del escritor. Después de todo, yo vivía a siete cuadras de la casa y del telar de doña Paula... Cuando terminé el bachillerato, mi primer viaje a Buenos Aires me dio oportunidad de comprobar, mirando a través de la ventanilla del tren, el grado de correspondencia de la planicie pampeana con las celebradas descripciones del Facundo. Otros viajes, otras fuentes de información, otros intereses, fueron agregando capas de significación a la lectura inicial y proponiendo un sistema cambiante de interrogaciones al texto... No me cuesta admitir que de todas las obras de Sarmiento prefiero el Facundo; y tampoco que lo prefiero en mi propia versión expurgada de numerosas páginas y pasajes.

¿Cuáles?

Las que tienen que ver con descripciones de batallas o prácticas administrativas, o con personajes secundarios que están puestos para contribuir al sentido de inmediatez y robustecer la eficacia del alegato político, que es uno de los objetivos más urgentes de la composición del Facundo. Desactivada esa urgencia, esos materiales de apoyo permanecen simplemente como lo que son: materiales de apoyo. En cambio, las páginas que describen el aspecto físico de la Argentina, el carácter de sus habitantes, la figura de Quiroga, su asesinato en Barranca Yaco, son extraordinarias. Y persuasivamente dirigidas a enunciar lo que Sarmiento proponía como el enigma argentino: ¿qué era ese país cuyas instituciones no funcionaban, ese país que vivía sumido en la barbarie? Esos interrogantes lo llevaron a una interpretación extremadamente reduccionista y tendenciosa de los signos que velaban el enigma de la Argentina de su tiempo; pero sentaron las bases de una ansiedad colectiva, de una búsqueda de identidad que no ha cesado de manifestarse hasta nuestros días. No sabemos todavía qué somos; yo voy a tratar de mostrar por qué somos lo que somos... No parece extraño que cualquier alusión al enigma argentino, cualquier alusión a una sociedad y a una historia que pretenda identificarse como argentina, repita el gesto y hasta la disposición retórica del texto fundador de Sarmiento. Con la salvedad, claro, de que la Argentina de hoy no tiene mucho que ver con la Argentina de Sarmiento. Al menos, no en los términos del conflicto que señalaba Samiento.

En algún momento usted se refirió a la lectura de Facundo en sus clases. ¿Fueron clases para alumnos argentinos o extranjeros...?

Como profesor de literatura argentina y literatura hispanoamericana, durante casi cuarenta años, he tenido sobradas oportunidades de incluir en mis clases el Facundo. Pero durante todo ese tiempo, y frente a grupos de estudiantes de diversa procedencia (de la Argentina, de diversos países de Hispanoamérica, de los Estados Unidos), no he experimentado nunca el sentimiento de fatiga, de agotamiento, que sensatamente puede atribuirse a la excesiva frecuentación y a la rutina. Tampoco he percibido jamás, en grupos tan diversos, una actitud de rechazo o de extrañeza frente al texto. Por supuesto, los argentinos tienden a sentirse implicados, invitados a participar de un debate que va más allá de la simple apreciación literaria; y los extranjeros, a sorprenderse frente al poder de evocación de las imágenes y la singularidad del mundo reflejado... Sí, Facundo no deja nunca de provocar reacciones. Y ésa es tal vez su característica más notoria.

Dice Harold Bloom que una de las cosas que hacen a un libro canónico es la sensación de incomodidad y estupor que se siente al leerlo por primera vez. Una sorpresa permanente, que a su vez lleva a preguntarse ¿dónde lo ubico, en qué estante de la biblioteca?

Exactamente. Y la otra cosa que él agrega se refiere a lo que experimenta el que escribe al momento de leerlo: la sensación de que con ese texto hay que hacer algo. Rechazarlo. Cometer con él un parricidio. Es decir, considerar que es un obstáculo para mí. Que yo no puedo escribir más si este libro existe. En muchos escritores (y también en muchos lectores) se inicia este proceso de cierta violencia interior; la angustia de la influencia. El temor de ser influido es tan persuasivo, tan contundente...

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¿También es el caso de Facundo, un libro tan polimorfo?

Claro, porque son sólo los fragmentos fuertes los que cuentan. Pero retomando la cuestión anterior, de orden general, debe agregarse que la reacción no es siempre la misma. Muchos lectores y escritores disuelven la angustia de la influencia plegándose llanamente a la seducción del texto, convirtiéndose en epígonos, en exégetas... Aprueban. Aplauden. Mientras que los más talentosos, aquellos que generan su propio estilo, se resisten y sobreviven a la influencia.

El talento era la moneda que usaban los romanos...

Usted ha hecho una asociación que a mí no se me habría ocurrido jamás. En mi sistema, el talento equivale a un plus de sensibilidad e inteligencia.

¿Sarmiento se creía un talentoso o un esforzado?

Se creía algo más que eso. En ciertos momentos de megalomanía, digamos, se creía más que eso.

¿Un genio?

Un genio, un iluminado, un predestinado. En el registro de aquellos que no lo querían (que eran muchos), debió impresionar como un megalómano de caricatura, en dosis concentradas. Y puedo imaginar que sólo la paciencia y el cariño de los que lo querían pudieron sobrellevar tanto exceso de certidumbre, tanta confianza en sus propios designios.

Sin embargo, usted deja entrever en su ensayo que Sarmiento padecía una especie de complejo de inferioridad, típicamente colonial por otra parte...

Una cosa no quita la otra. Hay un segmento básico de su personalidad que seguiría esa línea de fractura estructural: sentirse menos que otro; sentirse marginado o al borde de la marginación en una pequeña comunidad conservadora, casi anacrónica; estar extremadamente pendiente de los símbolos del prestigio social. Y hay otro que se sobredimensiona para corregir esa fractura, para soldarla por encima de todas las amenazas de la ausencia de la figura paterna, de la precariedad económica, del desdén de antiguas amistades. Exagerar para compensar; al precio de ser o parecer contradictorio.

¿Contradictorio?

Nada tan fácil como apilar esos signos a través de todo el anecdotario de su vida pública y privada. Menos fácil es relacionar esos rasgos contradictorios con los que aparecen en sus escritos, sin caer en la trampa de establecer una especie de contigüidad mecánica entre carácter y escritura. Pero ahí está Facundo, texto contradictorio si los hay, como lo advirtió de inmediato Alberdi en sus Cartas quillotanas. Civilización y barbarie. La ciudad como sede de la civilización; pero en Buenos Aires se establece el gobierno de Rosas por aclamación de sus habitantes. Córdoba es la segunda ciudad del país; aunque nada indique que haya sido visitada por la civilización. La campaña es sede de la barbarie, pero algunos de los personajes que la representan son más interesantes y originales que los que viven en las ciudades.

¿Facundo es un libro compulsivo?

Sin duda. Responde al modus operandi de Sarmiento y también al modo en que fue escrito: por entregas, como folletín o suplemento de un periódico. De modo que hay cierto apremio compulsivo; una presión por desarrollar, a la mayor velocidad posible, los argumentos y las piezas de convicción de un alegato cuya audiencia tenía que ser capturada de inmediato. Al ritmo, digamos, de cada entrega.

¿Cada capítulo es un artículo periodístico?

No necesariamente, ya que algunos capítulos fueron agrupados en entregas unitarias. Me gustaría agregar que la dificultad para reconocer la diversidad de propósitos que conviven en la composición del texto, debe también atribuirse a esa velocidad y a ese apremio. La biografía de Quiroga, narrada con los gruesos caracteres de un panfleto, cumple el más visible de los propósitos: atacar por elevación a la figura de Rosas. Pero al mismo tiempo hay un intento de delinear un tratado de política rioplatense; otro de interpretación sociológica a la manera de su admirado Tocqueville; y otro que a la larga resultó el más perdurable: proponerse como un aporte al proyecto de literatura argentina anticipado por Echeverría y Alberdi.

Sarmiento lo escribió en Chile, exiliado. ¿Qué elementos de la historia de Facundo podían interesar a los dueños de un periódico chileno, como para justificar la continuidad de su publicación?

En principio había un público lector constituido por expatriados, que aseguraba ese mínimo necesario para sostener el periódico. Además, si bien es cierto que el asunto tratado por Sarmiento es muy argentino, también debía interesar a Chile. La historia de Facundo no es una historia parroquial. Sarmiento no se estaba refiriendo solamente del caudillo de una provincia argentina. Se refería también al gobernador de Buenos Aires, quien por delegación representaba en el exterior los intereses del conjunto de las provincias argentinas. También se puede presuponer la existencia de lectores que, como los de ahora, prestarían atención a los aspectos especí-ficamente literarios del texto.

¿Usted cree que el país sigue corroído por las diferencias de unitarios y federales, ciudad e interior que se plantean en el libro?

Obviamente no en esos términos. Persisten sí desajustes estructurales entre el litoral y el interior; y son todavía visibles algunas diferencias en la inserción cultural de uno y otro sector. La homogeneización política es mayor y la dicotomía mayor pasa por la distribución de la riqueza. Pero hay otra continuidad de temas o problemas relacionados con Facundo, sobre los que también valdría la pena interrogarse: el tema del exilio, por ejemplo. Toca tan de cerca a la historia argentina contemporánea... se actualizó tan traumáticamente en los años de la última dictadura militar...

 
 

Respiración artificial, de Ricardo Piglia, plantea quién escribirá el Facundo de esos años de terror.

La novela de Piglia plantea explícitamente la pregunta: ¿quién de nosotros escribirá el Facundo? La experiencia del exilio reaparece en la literatura argentina con una intensidad y magnitud que no se daban desde la época de Sarmiento, Alberdi y los otros proscriptos. Aunque en la novela de Piglia, como también en En esta dulce tierra, de Andrés Rivera, y en El vuelo del tigre, de Moyano, la experiencia del exilio no se articula dentro de la modalidad clásica del viaje forzado al exterior, sino en la del repliegue, en el de la supervivencia en el interior de una sociedad enferma. En el relato de Rivera, la metáfora del perseguido político que durante la dictadura de Rosas se oculta en un sótano para no salir de allí nunca más, o bien para salir en un impreciso futuro como fantasma, como locura, como rumor, como leyenda degradada, es de una eficacia contundente.

¿Facundo es, a su criterio, un referente insoslayable dentro de los libros de los argentinos?

Sí, sin duda. Con la aclaración de que el término “libros” debe aludir aquí a una red textual más amplia en la que confluye el aporte de historiadores, ensayistas políticos, narradores y poetas. Si puede recortarse la dimensión específicamente literaria, entiendo que una nómina que recogiera trabajos de Alberdi, Mármol, Mansilla, y de Lugones, Gálvez, Martínez Estrada, Mallea, el mismo Borges, Sabato si se quiere, Murena, Viñas, Jitrik, Piglia, Rivera... mostraría la persistencia y la capacidad de provocación del marco referencial legado por el Facundo. Yo entiendo su interés, pero debo confesar una limitación. Mi conocimiento de la literatura argentina de los últimos diez años no es muy fluido. De todas maneras, si algo se ha dicho a propósito del canon argentino y latinoamericano es que tiene que abrirse a la literatura del exilio. Vivimos en países que han expulsado a cantidad de escritores que conformaron un corpus nuevo con sus experiencias, lejos de las fronteras nacionales.

¿Dónde se encuentran las marcas de la literatura del exilio en Facundo? ¿En el odio con que se refiere a Rosas? Cuando critica es un bárbaro...

Sí, eso se ha dicho muchas veces. Se ha dicho que es un gaucho escritor.

Y además era muy joven. Tenía 35 años cuando escribió el libro.

Ese es un tema muy relativo. Para algunas personas tener 35 años implica ser muy joven. Para otras, en cambio, significa haber pasado ya por todas las experiencias imaginables. Estar fuera del país le imponía a Sarmiento la misión de derrocar a Rosas, única garantía de retorno. Pero mientras apostaba a esa posibilidad, debía tener también una conciencia muy aguda del país que ni siquiera había llegado a conocer enteramente a causa del exilio. Una de las marcas del exilio está dada, a mi criterio, en el espacio y en los recursos que elabora para imaginar el país que no conoce. Si uno piensa en la cantidad de páginas que dedica al gaucho y a la pampa, y las compara con las que leyó sobre los mismos temas en los viajeros ingleses, o en Echeverría, se advierte en Sarmiento una sobredeterminación, una tendencia a dramatizar...

¿A teatralizar la realidad?

La realidad recreada a partir de otros informes, de otras lecturas.

Las críticas a Rosas aparecen todo el tiempo como exabruptos, como si no las pudiera contener.

Desacreditar al gobierno y a la figura de Rosas eran objetivos acuciantes para Sarmiento. Por eso a veces, en su insistencia, suenan reiterativos. Como la expresión “Cartago debe ser destruida”, repetida incansablemente por Catón en el Senado romano.

¿Por inercia o a conciencia?

Es tan difícil saberlo... Yo imagino que, siendo una publicación por entregas, el temor de que el lector se olvidara marcó la escritura. No puede terminar un capítulo sin resumir las ideas del anterior y anticipar las que van a venir.

Escribir sobre el país como lo hace Sarmiento en Facundo, ¿no es también una autojustificación de alguien que siente culpa por estar fuera de la escena?

Él quería estar, quería poner su cuerpo donde estaba su boca... No sé si exactamente por culpa... La diferencia con el exilio contemporáneo es tan grande... Los exabruptos reiterados contra Rosas también pueden ejercer una función retórica de control. Pero no debemos olvidar que Facundo moviliza varios objetivos a la vez. Y que esos objetivos debían ser manejados simultáneamente, a pesar de los diferentes grados de urgencia de cada uno. Ante el peligro de la distracción, la repetición insistente de las fórmulas de ataque a Rosas revelan la prioridad que tenía para Sarmiento el Facundo como alegato político.

por Alejandro Margulis
 
 
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