Los Libros de los Argentinos
  Héctor Libertella
     
  EL NEOARGENTINO  
   
 

"Sereno y estudioso, Luis Pereda se dirigió a Buenosayres:
–De acuerdo con ese punto de vista, ¿cuál es tu posición de argentino?
–Muy confusa –le respondió Adán–. No pudiendo solidarizarme con la realidad que hoy vive el país, estoy solo e inmóvil: soy un argentino en esperanza. Eso en lo que se refiere al país. En cuanto a mí mismo, la cosa varía: si al llegar a esta tierra mis abuelos cortaron el hilo de su tradición y destruyeron su tabla de valores, a mí me toca reanudar ese hilo y reconstruirme según los valores de mi raza. En eso ando. Y me parece que cuando todos hagan lo mismo el país tendrá una forma espiritual."

Adán Buenosayres, de Leopoldo Marechal, 1948

"La lectura o el trato que cada escritor ha tenido con las obras argentinas de la tradición es, también, diferencial. Como decir que en esa huella sólo quedan instantes de muchos libros, y que en esa técnica del montaje está lo que define una forma de leer y un flujo o una corriente de obras que entre sus cortes e intermitencias encubre a todo un país."

Héctor Libertella, Las sagradas escrituras , 1993

 
 
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Héctor Libertella me recibió en su casa de Palermo Viejo. Mientras me conducía a su estudio atravesando un patio interior, mencionó el origen orillero de la casa y la transformación de la huerta en un patio de baldosas, que una vez intentó socavar con pico y pala para recuperar (como quien dice) la Fuerza de la Tierra. Sesuda y panorámica, la visión del entrevistado desplazaría luego esa imagen de trepanación a la búsqueda de ideas y conceptos sobre el libro de Leopoldo Marechal –quizá no tan numerosos como los volúmenes de ficción y crítica literaria que enmarcaron nuestro diálogo–, pero seguramente suficientes para aclarar algunas claves del Adán Buenosayres.

¿Conoce esa frase de Escardó que dice que vivir en Buenos Aires es como estar adentro de una maceta?

No. Pero sí conozco otra famosa que dice: Il faut cultiver son jardin. Antes de venir acá, yo creía que ese jardín era el alma. Pero no; es el jardín literal que le toca trabajar a cada uno... ¿Sabés que etimológicamente Libertella quiere decir “Libro para la Tierra”? Ese es el libro que riego todos los días.

Lo que dice Escardó es que cualquier cosa que uno tira, prende. La naturaleza debería protegernos al encarar este libro. Encomendémonos a las Leyes de la Tierra.

A las leyes de la tierra del mercado, dirás, que te ponen de moda y te discontinúan según un capricho muy organizado. Porque hasta el capricho puede hacerse sistema. Por ejemplo vos me proponés hablar de un libro que leí hace mucho. De un libro que cultivé hace treinta años y no volví a tocar porque se discontinuó en mi sistema caprichoso de lecturas.

Confieso mi antipatía inicial por Adán Buenosayres, un libro excesivo, atiborrado de citas...

Es un caso muy curioso. Esa prosa siempre fue molesta para muchos. Y el lector molesto es un poco peligroso: su incomodidad se la traslada al libro y termina destrozándolo. El Adán Buenosayres tiene un campo riquísimo de lecturas; pero por fuera del sistema de erudición de su tiempo. Más acá o más allá de una economía, de una moda. Un atípico. Si a esto sumamos la polémica de Marechal con los antiperonistas...

Escribió el manifiesto del general Valle en 1956.

Y ocupó cargos públicos, y después fue enterrado en vida hasta el año 65 o 66, cuando lo rescatan desde la revista “Primera Plana” y lo reeditaron. Pero esa historia pública tiene algo así como una veta, como una napa geológica escondida, que son los años martinfierristas de Marechal. ¿Cómo entender a este peronista que un día salió del riñón de la vanguardia de los “niños bien” de Florida?

¿Marechal era el típico argentino-culto de barrio?

Un culto autodidacta, tal vez, o didacta a secas; porque además él fue maestro de escuela. Tal vez haya un fondo de moral de docente que se sobreimprime al libro como una prótesis y es lo que sobra. O lo que provocó tanto fastidio (ésa sería la palabra: fastidio). Y el fastidio que provoca Marechal abarca no solamente el Adán Buenosayres sino al conjunto de sus propuestas en poesía, en teatro, en el resto de su narrativa. Además hay que pensar que el Adán... lo escribió entre el 30 y el 47; recién hacia el final estaba emergiendo el peronismo. Así que el libro no nació de una posición política que en aquellos años todavía era fantasmal, inexistente; en todo caso una realidad todavía virtual. Lo único que nos queda es traerlo al espacio del martinfierrismo, amarrarlo a su nido. Adán Buenosayres sería el libro de un martin-fierrista heterodoxo, paradoja de paradojas en un movimiento hetero para su época.

Se lo acusó de ser un grandilocuente.

Bueno, en el caso de Marechal, grandilocuente podría ser “gran-locución”, un hablar en muchos registros, la jerga popular, el chiste, los tonos clásicos, homéricos. En fin, la mezcla golosa de esos guisos que no a todo el mundo les gusta o les cae bien al estómago, ¿no? Otra forma de heterodoxia frente a la nouvelle cuisine tan aseada, donde tenés bien separados el arroz de la carne, la carne de las legumbres...

¿No es el recurso de un heterodoxo de café?

Quién sabe si la mesa del café no crea un mundo autónomo, lleno de locos, utopistas, metafísicos. Esos personajes de Marechal no sé por qué los veo un poco emparentados con Xul Solar como emblema. Hay que tener en cuenta que Marechal vivió en París, que cultivó a un grupo de pintores, a los grandes argentinos trashumantes de aquel tiempo. Con su aspecto de maestro de escuela o chanta de café cultivó una belle époque que encaja mejor con un Pepe Bianco o un Bioy, con un Porfirio Robirosa... Algo habrá siempre de grotesco en este señor que está en lugares que se les podrían atribuir a otros...

¿También al porteño común de clase media? Nació en Almagro, estudió en la Escuela Normal de Profesores Mariano Acosta...

Sí. Toda una serie de datos para armar el viejo cruce que se llama “vida y obra del autor”. A ver qué tenemos: porteñazo, clase media, nacido en Almagro. Integrante del grupo Martín Fierro igual que Scalabrini Ortiz, otro personaje que uno no imagina ahí junto a Girondo o a Borges. Después las aguas se dividieron y algunos quedaron dueños de la literatura mientras otros como Marechal fueron expulsados del templo. El templo son las cuatro paredes que ilusoriamente dibujan un afuera y un adentro. Adentro quedaron los dueños del sentido, Borges y algunos pocos. Afuera, los indios trashumantes condenados a dar vueltas a la intemperie, sin ninguna lectura que los protegiera, sin taparrabos. Marechal era uno de esos indios sin nombre, un NN, cuando yo lo leí por primera vez.

¿De qué época está hablando?

La exclusión es de comienzos de los 30 pero duró hasta mediados de los 60, cuando yo estaba escribiendo El camino de los hiperbóreos. Mi libro tiene, creo, resonancias de aquellas lecturas mezcladas con una pizca tal vez de Nietszche.

 
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¿Llegó a Adán Buenosayres por sugerencia de la revista “Primera Plana”?

Posiblemente, aunque las editoriales tenían mucha capacidad para aprovechar esas alianzas con los medios y lanzar sus libros. A lo mejor llegué a Marechal por la fuerza que tenía Sudamericana como catálogo literario argentino. Tenés que pensar que en aquel tiempo las tres inscripciones de tapa competían entre sí: nombre del autor, título del libro y sello editorial. Eran tres formas distintas de aval. En realidad, el Adán Buenosayres se publicó en 1948, en una tirada de 1.500 ejemplares, creo. Una gran aventura de Antonio López Llausás. Pero a mí me decían: “¿Estás leyendo a Marechal, ese bluff?”

¿Quién se lo decía?

No sé, algún epígono de Borges. No me interesa recordarlo. Con algunos nombres es preferible tener el gesto distraído del que está veraneando a orillas de una laguna mental...

¿Vive?

No, murió hace años. Un personaje menor.

Es que la actitud de ese personaje sintetiza todo un modo de leer a Marechal en la Argentina.

Claro, también la lectura tiene sus modos y sus modas; y una de ellas es la cruel.

En un libro tan extenso se hace difícil sostener todo el tiempo una misma voz del narrador.

Es una voz cortada, sin duda. Como que se para a respirar un poco y ahí se olvidó de todo su pasado. Y ahí nace la mezcla, el caos, lo que está fuera del templo, de un sistema bajo control. La literatura siempre ha sido un lugar excesivamente reaccionario, ritual, reglamentado. Siempre pretendió ser la dueña del sentido. La palabra siempre se entronizó como la que dice, la que interpreta, la que produce el mundo. Siempre se arrogó ese derecho frente a disciplinas más light, como la música o la pintura. Al lado de las variaciones de un dibujante o un saxofonista, el escritor siempre pasará como el sabelotodo, el culto. Es todo un gran chiste, por no decir un malentendido. Y la literatura, sabia, vieja zorra, siempre se alimenta de ese malentendido.

¿No es ahí donde aparece el sarcasmo, el inteligente sarcasmo de Marechal?

Ajá. Ya estamos en el tornasol; Adán Buenosayres es un libro que tornasola al lector. La risa de fondo le da un efecto de tornasol. Es como que las cosas pasan de ácido a alcalino o viceversa.

¿Hay un modo particular de leer este libro?

De todas las lecturas posibles, para mí la más rica es la de trabajo, la de ver-hacer, como diría Macedonio. Recordemos aquello de “leerás más como un lento venir viniendo que como una llegada”. Esta especie de sentencia estirada al infinito se podría aplicar al abordaje de Adán Buenosayres que, además, de tan largo no tiene casi llegada, o te obliga a recorrerlo lento.

Un personaje del libro cita a Macedonio. El mundo, se dice, como un “almismo a-yoico”. ¿Qué significa eso?

El Todo metafísico que respira como un pneuma, un pulmón, un alma. Y en su interior, el yo deshecho, partido, fragmentario, en camino de la ausencia. Ninguna propuesta más del futuro. Yo no sé si Marechal estaba en sintonía con él. Desde una obra tan sólida, compacta y segura de sí como es el Adán Buenosayres, no sé si él hubiera entendido esta fórmula clásica de Macedonio cuando recomienda “derrotar la estabilidad de cada uno en su yo”.
Yo leí a Marechal como un asunto de trabajo; porque en ese momento estaba escribiendo, furibun-damente, en una zona parecida. Pero no tanto como para que mi pasión o mi amor llegara a la mímesis. En realidad no creo que haya habido mímesis ni parodia. Leer a Marechal en el 65, cuando uno estaba escribiendo esas extensas sagas pretenciosas que querían ser el testimonio de toda una generación, era mi modo de cargar las pilas. Adán Buenosayres ayudaba. Traía canales y ríos de sangre y vitalidad. En ese clima era imposible pedirme que tomara distancia de la estética o la poética de Marechal.

¿No es probable que de ese modo haya tomado mucha más distancia que un lector ingenuo?

A lo mejor sí, a lo mejor no; porque el escritor, cuando escribe, es un ciego y un militante. Y la actividad de leer es mucho más civil. No sé por qué ni cómo ocurren estas operaciones, pero están ahí en el secreto y en la intimidad de cada uno; y en aquellos momentos yo leía con la misma pasión militante a Marechal y al Robbe-Grillet del nouveau roman, al Borges de Ficciones y El Aleph y a Kerouac y los beatniks. No sé de qué otro modo se puede haber leído Adán Buenosayres. No sé cómo se leyó el libro cuando salió. Lo que sé es que se vendieron poquísimos ejemplares. De aquella tirada de 1.500 sólo se vendieron 150 en diecisiete años; sólo 150 curiosos lo compraron. Aunque sólo sea por ese dato, Marechal era estadísticamente un autor de culto.

¿Acaso puede haber estadísticas sobre su vigencia en el tiempo?

Ya hablamos de esto, ¿no? Quién sabe cuánto dura un libro en el tiempo, cuánto aspira a durar y cómo el mercado lo descontinúa... Parafraseando a Roland Barthes, se podría decir que la moda (él empieza por la ropa) es anual y rotativa. Si la duración de vida, apogeo y muerte está calendarizada, ¿cuáles habrán sido entonces los 365 días de oro de algunos autores que no son este Marechal con su silencio a cuestas, pero al menos un silencio de décadas?

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“La literatura no es sólo un lenguaje, es también voluntad de figuración”, dice Harold Bloom.

Entiendo. Figuración es ensayar un dibujo del mundo. Si entiendo mal, es querer figurar en un diccionario. Algo de Narciso puede estar siempre en juego. Y peor en el escritor, que transmite con sangre a la letra su patología completa. En Adán Buenosayres ese Narciso dice todo el tiempo: ¡presente! Desde el título mismo, que atesora la enorme pretensión de parecer una cosmogonía. ¿Cómo alguien le puede poner Adán Buenosayres a un libro? Es como decir: “Voy a hacer la obra definitiva del siglo XX”. El nacimiento de un cosmos: el primer hombre y la ciudad de Buenos Aires definitiva, desde su origen, con y griega. Además, a lo largo de 700 páginas en cuerpo ocho, que anuncian el mapa de un Narciso. Un Narciso del tamaño del mapa de toda esta ciudad.

¿Un Narciso que nos refleja a todos, como argentinos?

No creo que a todos; y la polémica en torno a este libro lo demuestra. Algunos podrían referirse a Marechal citando aquellos dos versitos luminosos del Sebregondi retrocede de Osvaldo Lamborghini: Soy Narciso, el del estanque/ estancamiento y desastre. El estancamiento vendría dado por cierta visión que es más propia de teólogos que de artistas. El hombre como centro del mundo y dueño del sentido... Y ni siquiera el hombre: el centro, el mundo como centro único al que remiten todas las cosas. Mientras se escribía Adán Buenosayres, todas las disciplinas se habían ido a otro lado y ya estaban superando, incluso, la etapa del descentramiento. Empezaba la inestabilidad. La misma literatura fue caminando hacia un sujeto deshecho que es armado por las cosas y no tiene ya seguridad, noción de sí. Marechal pelea un combate solitario y a contrapelo. Algo que prenuncia un desastre, un fuera de lugar en el nuevo mundo del saber. Pongámosle al canon una duración de cincuenta años. Del 48 al 98 su propuesta ya falleció, o estamos asistiendo a su defunción.

O el inicio de su camino en el infierno... Curiosamente, la figura de Narciso no aparece entre los dioses griegos que se nombran en Adán Buenosayres. Sí están, en cambio, los padres del Olimpo: Zeus, Juno, Atenea...

Dioses, ángeles, semidioses, personajes de carne y hueso... Da la impresión de que todos navegan por la ciudad en una especie de éter narrativo, con cierto humor y bonhomía. En un momento del libro se habla de un humor angelical... En cuanto a todo ese referencial clásico, griego y latino, no aparece en el libro con la erudición del teórico o del profesor. Hay que recordar que la erudición en el escritor tiene leyes diferenciales. La cita, la paráfrasis, todas esas cosas que tienden a poner a la vista un campo de lecturas siempre están en función de un sistema ficcional que a su vez está ligado a la patología personal del escritor. Borges tiene un tipo de erudición; Umberto Eco, otro. Marechal, otro... Habría que escribir un tratado sobre las formas de leer de los escritores, sus maneras específicas, sus mutuas diferencias.

¿A su criterio Marechal simula en sus novelas saber más de lo que sabe?

No me da esa impresión. Habla con toda naturalidad. Despliega simplemente sus lecturas; aunque algunos puedan considerar que esas lecturas eran caóticas, desprolijas o chantas. Un escritor se hace para siempre en aquel momento lejano de la lectoescritura. El niño que aprendió a posicionarse frente a la letra. Así que trasladaría tu pregunta a los teóricos: ¿por qué Marechal lee como lee, de manera tan desprolija y golosa? ¿Cuánto aprende de lo que lee y qué le sobra?

Muchos han señalado la influencia de Joyce en la novela. ¿Adán Buenosayres como un Odiseo joyceano?

Es difícil hablar sobre eso; porque Joyce ya era un fantasma dando vueltas en el ambiente. No sé si Marechal leía en inglés; y la traducción de Salas Subirats del Ulises apareció en los 40. Es un caso para un detective privado.

Al comienzo está ese personaje tumbado en la cama escuchando los ruidos exteriores, como Stephen Dedalus en su torre de Dublín.

El comienzo es un tango. Es la letra de un tango que era el preferido de mi mamá. (Lo canta.) El pañuelito blanco/ que te ofrecí/ bordado con mi pelo/ lo has despreciao... No sé cómo sigue. El hecho de que comience con un tango marca un rumbo a las expectativas del lector. Marca un tono y un espacio en el que después puede entrar todo; hasta un ciego como Homero. Si hubiera empezado al revés, con Homero, la inclusión de un tango hubiera sonado como un chirrido. Y otra cosa: a pesar de la cantidad de personajes, voces y referencias clásicas, ese tono tanguero recorre todo el libro como una fijeza local. Si después se pasa a una retórica hiperclásica, que por momentos es gongorina, o más bien quevediana, eso es otra cosa.

¿Melancólica además...?

Melancólica en el sentido en que puede tomarla Alejandra Pizarnik en La condesa sangrienta: esos lentos movimientos del alma que se parecen al lento crecer de las uñas en los muertos. Y aunque en Adán Buenosayres hay un tumulto de personajes y situaciones, siempre de fondo escucho esa melancolía de un tango zumbón y lento. Un pañuelito blanco que te ofrecí y rechazaste y entonces lo uso para secar las lágrimas de mi alma herida...

Es una “argentinopeya”, dice el narrador.

Es una argentinopeya. Es extraño, pero ahora se me ocurre una comparación con el Ulises. Esta historia se desarrolla en tres días; Ulises cuenta un solo día, ¿no?

Los dos libros despliegan cientos de páginas para narrar muy pocas horas en la vida de un hombre corriente. Son un poco minimalistas avant la lettre.

Los procedimientos literarios son joyceanos... Y hay también algunos que parecen tomados del cine, como las descripciones panorámicas de la ciudad que parecen hechas desde un helicóptero...

Hablando del cielo y del infierno, La dolce vita de Fellini también empieza con un helicóptero transportando la estatua de una virgen por el cielo de Roma para instalarla en una cúpula, mientras abajo todos se divierten...

¿La visión celeste confrontada a la terrenal?

Sí, bueno. Está un poco trillada la cuestión de si Marechal era platónico o tomista o no sé qué; si había algo que se entroncaba o no con su catolicismo confeso. Vaya uno a saber dónde se cruzan religión y literatura y dónde se separan. Me viene una cita de Mauriac: Il faudrait être un saint, mais alors on n'écrirait pas de romans. ¿Qué tendrá que ver con todo esto?

Pero “lo celeste” está presente...

Sí, sí. Está lo celeste y además está el descenso a los infiernos... El infierno de Schulze... Pero también está Dante Alighieri. No todo es metafísica y religión en Marechal. También hay literatura de la literatura. Y como si Adán Buenosayres fuera una derivación de la Divina Comedia, tiene siete “libros”: a los cinco primeros les siguen dos, escritos en primera persona por el propio Adán Buenosayres. Siete libros que podrían ser siete volúmenes distintos.

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¿Como En busca del tiempo perdido? ¿Habrá también un universo Proust en Marechal?

No me suena... No sé qué resonancia cabalística está haciendo juego con el siete... Pero queda claro que en este artefacto hay una gran ambición simbólica. Como si Marechal hubiera adivinado lo que años después pondría Kerouac en el comienzo de su decálogo del escritor: Cuando escribas, siéntete todo el tiempo un genio.

Volvamos a la mezcla entre lo universal y lo local. Del homerismo al barrio: númenes, arpías y musas... Sin embargo son númenes de Villa Crespo, arpías de Boca o de River, musas de arrabal... Dice que los dioses de la Industria y el Comercio escriben, con el humo de las chimeneas de las fábricas, sentencias en el “cielo varonil del suburbio”. Dicho sea de paso: ¿se trata de una misoginia de Marechal?

No hay misoginia. Es casi un fotograma difuso de cómo se comportaban los varones porteños allá por los años 20 y los 30. Una fenomenología, casi.

Lo que garabatean esos dioses con el humo son “corajudas sentencias de Rivadavia o de Sarmiento”. Es la única mención a los próceres patrios. No los retoma en ningún momento del libro. ¿Por qué?

Quizá para olvidarse de una vez por todas del liberalismo de Rivadavia y Sarmiento. Los menciona burocráticamente y después se los saca de encima. Como que la vida de la gente ocurre sobre esta tierra de concreto, mientras el proyecto liberal queda en la fantasía celeste.

Así los personajes pueden salir a buscar... “al neocriollo”, dicen. ¿Al neoargentino?

Algo así. Un poco a la manera de Xul Solar. Algo que da vueltas alrededor de un eje americano. Allí el neocriollo sería como el holograma o la proyección de una astrología. Una astrología delirante, claro, de tan rigurosa que pretende ser.

¿Los próceres versus los vulgares mortales que cantan El pañuelito?

Los dos mundos, sí. Siempre ese pensamiento binario...

Y esa intención política.

También. Medio posliberal, medio preperonista...

¿La misma intención política de Hernández en Martín Fierro o Sarmiento en Facundo? ¿Establecer las bases de la nacionalidad?

Al menos en la ambición de sus respectivos proyectos.

“Nuestra literatura”, dice en la página 43. Y pone el símbolo de la gallina. Una gallina como el símbolo de Buenos Aires, pero “por la elevación de su oro espiritual”. ¿Por qué? ¿Porque vuela bajito?

¿Otra vez lo simbólico? Otro tipo de interpretación que también cultivó Marechal en su máquina picacarne, en su procesadora de lecturas. Mejor habría que analizar cómo se lo leyó a lo largo de las décadas. En el 48, cuando sale el libro; en el 66 cuando yo lo leo y el mercado lo recupera; y hoy, new age, con esta otra manera de interpretar. ¿Por qué en los tres casos pareció un poco demodé? ¿Habría tal vez algo antigüito en sus formas de representar la vida?

¿Un fastidioso chauvinismo, tal vez?

No necesariamente. Novelas profundamente argentinas se escribieron después. Por ejemplo Rayuela, en París. O todo Cortázar, con esa cosa nostálgica sobre la argentinidad zumbando permanentemente. Como decía Viñas en un congreso en Cuba, allá por los años 60: “¡Este Cortázar, siempre hinchando las pelotas con las galletitas Bagley!”. O Sobre héroes y tumbas, otra novela argentina. No sé exactamente de qué manera se da la argentinidad o el chauvinismo en Marechal; pero quizá su intención programática se pasa de revoluciones por “demasiado” argentina.

¿Por el vocabulario?

Ese es todo un tema: el léxico. Como si hubiera recorrido de punta a punta el diccionario. Hacer listado de palabras e irlas utilizando arbitrariamente para crear campos magnéticos que atraigan unas a otras. Un río de palabras que no cesa y nunca vuelve atrás. Yo usé esa técnica en El camino de los hiperbóreos. Marechal parece que hubiera dado con la misma receta...

¿Corregiría mucho?

El arte de la corrección es el arte de darle naturalidad a lo muy trabajado. Una serpiente retorcida que va borrando sus huellas. No adivino muchas correcciones en Adán Buenosayres. El hecho de haberlo escrito a lo largo de muchísimos años no significa que lo reescribió durante todo ese tiempo. Lo abandonó muchísimo tiempo. Tendría la idea previa: la famosa y a veces maldita idea previa que lo enfría todo como un cadáver.

Sin embargo él no la enfrió...

No. El libro salió caliente. Por eso tiendo a pensar que no corrigió mucho. La reescritura excesiva, aunque consiga la naturalidad, siempre deja un fantasma de artificio, la sensación como de una prosa-robot que hace de la literatura una cosa diferente entre las cosas de la comunicación. Ese fantasma no lo veo en Marechal, aunque, pensándolo bien, dicen que los fantasmas son invisibles, ¿no?

Lo cierto es que los prejuicios lo han opacado durante años... En la página 43 creo encontrar el mapa de la literatura argentina según Marechal. Marqué el momento en que explica por qué la gallina es el símbolo perfecto de Buenos Aires: Desplumo la gallina y la meto en la olla hirviente de mi análisis. Le añado el choclo de la melancolía y el alegre perejil del sarcasmo... y en total, un pucherete a la criolla. ¡He aquí nuestra literatura! En la página 46, el quimono de Tesler condensa en sus dibujos el espíritu del neocriollo; en la 47 dice que Buenos Aires es la perra que se come a sus cachorros para crecer.

¿La cabeza de Goliat? ¿Martínez Estrada?

Compilé también un catálogo de irreverencias. Hegel –dice– es un padre engreído; Beethoven, un guitarrero sordo; Grieg, un acordeón de arrabal; Freud, un chancho alemán... ¿Existe un plan premeditado en Adán Buenosayres?

Si lo hay, es una mentira o un truco.

Las primeras páginas anuncian que la trama está hilada con la agonía de un personaje, lo cual hace pensar en un policial.

¡Pero si no hay trama! No hay intriga para nada. El libro está construido sobre cierta patología clásica de algunos escritores, que es la línea del viaje hacia adelante, el pasaje de un lugar a otro. Una estructura de ficción que se apoya en el desplazamiento. Todos se la pasan yendo de un lado para otro y el libro también; todo va hacia, hacia... Si hubiera un plan, sería el de la minuciosa puesta en obra de un viaje. El Quijote también es eso: no hay trama, vuelta, enredo, sospecha, paranoia. Sólo la bella y libre esquizofrenia del viaje.

¿Qué hay respecto de la pretensión de innovarlo todo?

Técnicamente hablando, no veo innovación. Es el lenguaje popular de Buenos Aires, es la referencia clásica, es compilar la suma de lecturas... ni siquiera hay corriente de conciencia ni monólogo interior al estilo Joyce. ¿La innovación está acaso en la mezcla, en el puchero? No.

Al personaje de Schulze lo acusan de querer innovarlo todo: primero el idioma de los argentinos, después la etnografía nacional, luego la música. Lo que a usted le pasa es que posa de genio –le dice otro personaje–. El demonio de la originalidad lo atormenta todo día y noche.

Sin duda Marechal estaba hablando de Xul Solar. El neocriollo, la imagen de lo americano y la búsqueda a ultranza de su dibujo abstracto; todos esos viajes hablan de Xul.

¿Más que del propio Marechal? Hay tantas tantas citas que pueden considerarse autorreferenciales....

No recuerdo dónde leí esta definición de clásico: “Un clásico es aquel que puede ser citado”. A Marechal, con su autoironía, le gustará que yo lo cite para confirmar que ya es un clásico. La cita es la última frase de Adán Buenosayres y dice así: Solemne como pedo de inglés. ¿Será una autorreferencia? Quién sabe. Pero sea como sea tengo que decir que yo amé en mi adolescencia la prosa de Marechal. Y aunque hoy se me ha hecho un amor ya lejano y olvidado, sigo respetando mi adolescencia y mis lecturas. Para tener dignidad hay que tener memoria.

 
por Alejandro Margulis
 
 
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