| Los Libros de los Argentinos | ||||||
| Juan José Hernández | ||||||
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Foto Josefina Darriba |
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| LOS ESCRÚPULOS DE LUGONES | ||||||
Las montañas del oro y Los crepúsculos del jardín Historia de mi muerte Y poco a poco fue desenvolviéndose Leopoldo Lugones, Odas seculares , 1910. Si para usted su cuerpo Más coherente en nuestros días Mishima,
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Veo que tiene una vieja edición de Las montañas del oro... Una vez estuve a punto de comprar una edición facsímil de los años cuarenta, pero llevaba la firma del hijo autorizando la edición y no la compré. En Las montañas del oro hay algunos versos memorables: Sueño bajo las palmeras, tan grandes que cada una parece una noche; o este otro que hace pensar en una escultura art nouveau: Destrenza tu cabello como un duelo sobre tu nuca artística. Pero en conjunto la obra es agobiante por su tono ampuloso y su retórica de la muerte, que a veces bordea lo caricaturesco: Une tu frágil esqueleto al mío... oh reina rubia. A la vez, hay misteriosas acotaciones poéticas que me desconciertan. Por ejemplo, cuando dice que las ballenas lloran al parir, como las mujeres; o que el oso blanco duerme seis meses sin respirar y tiene la vergüenza en su lengua negra. En algunos de estos versos de juventud aparecen ya el mito de la luna y el tema de la novia espectral, eterna y lejana. ¿Sigue releyéndolo? ¿No le parece que su influencia en la poesía argentina tiende a desaparecer? Aunque dejara de leer a Lugones, seguiría no obstante escuchando su acento en los mejores poetas argentinos. En Borges, por ejemplo, que lo admiraba y comparaba su genio verbal con el de Quevedo. Borges sabía de memoria un soneto que se titula, si mal no recuerdo, “Alma venturosa” y comienza: Al promediar la tarde de aquel día,/ cuando iba mi habitual adiós a darte/ fue una vaga congoja de dejarte/ lo que me hizo saber que te quería. Era fantástico oír el soneto recitado por Borges, que marcaba con énfasis los acentos. En cambio, cuando recitaba a Carriego me sonaba falso. Con Lugones ocurre que parece haber ensayado y agotado todas las posibilidades del verso en la poesía argentina. Para no hablar de la rima, que emplea con virtuosismo, sin miedo al ridículo. ¡Rimar “gorila” con “axila”! También en Luz de provincia de Mastronardi hay ecos lugonianos, en Pedroni, en Luis Franco, en Manuel Castilla, y en tantos otros excelentes poetas. Hasta en Alejandra Pizarnik cuando escribe: Dijiste: tus pechitos benjamines. Y me asusté. La influencia de Lugones se hizo sentir también fuera del país. Octavio Paz ha señalado la influencia de Lunario sentimental en López Velarde. Lunario sentimental me parece un libro complejo, deslumbrante, exasperante en el sentido de esa frase, creo que de Gide, sobre Victor Hugo: hay que tener mucho talento para hacer soportable un poco de genio. El libro, en todo caso, representa el intento de Lugones de desacralizar, a fuerza de imágenes irreve-rentes y de ironía, el mito de la luna que desde Las montañas del oro, pasando por Los crepúsculos del jardín, alucina y gobierna su erotismo. ¿A qué se refiere exactamente? ¿Cómo se relaciona el mito lunar con la inclinación amorosa del poeta por las adolescentes? Por las jovencitas de pechitos benjamines, o pintones; por las que erigen osadamente el busto escaso. Las peligrosas Lolitas de Nabokov; pero sacralizadas por el signo Luna-doncella, primera fase del ciclo lunar. En mi ensayo he querido dar un explicación de la poesía erótica de Lugones a través del imaginario poético, atendiendo únicamente a ese signo. Por eso no me importó saber ni averiguar la edad ni la identidad de la mujer o de las mujeres amadas por el poeta. El orden de los signos, como es sabido, no precisa de lo real para articularse, sino que actúa a un nivel simbólico, al margen de las vicisitudes personales del escritor. En Lugones, el signo Luna-doncella remite a una imagen casi infantil, y por lo tanto prohibitiva, que da origen a sentimientos de afirmación viril, de culpa y de renuncia sensual. El poeta acabará por identificar a la muerte con el plenilunio: Gota de la muerte/ plácida y serena,/ gota de la copa/ de la luna llena. |
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En el primer poema de Los crepúsculos del jardín, la muerte ya está presente. Cisnes Negros, llama Lugones a las tres chicas agobiadas por el decoro que impone la estirpe mientras pasean entre el bosque oscuro que tiene dignidad de catafalco. En el poema que usted cita, la estética modernista (que es una estética del lujo y de la muerte) acompaña al mito lunar. También para Darío el cisne era el ave de la luna. La tétrica dignidad de catafalco del bosque es el marco adecuado para las hermanas enlutadas, que son casi niñas y pálidas como la luna. El poema se cierra con la imagen de un cisne solitario que en el estanque boga hacia ellas armoniosamente. El encuentro del poeta con su amada, casi siempre una joven de aspecto lánguido y distinguido, ocurre al atardecer. Los enamorados están sentados en el banco de un parque y ella, muda y distante, permite que él acaricie sus dedos: Nuestro amor fue un encanto de los ojos/ y un vago roce de tímidos dedos/ al insinuante halago del crepúsculo. Pero las manos de la amada tienen además una especie de aura escalofriante: En esa tarde y en ésta iguales miedos,/ igual tristeza en el follaje inerte,/ y tú a mi lado y en tus finos dedos/ una sutil insinuación de muerte. El erotismo nacería del contraste entre las señales mor-tuorias de las manos y los ojos estáticos de la amada, y su ropa perturbadoramente infantil. ¿Su ropa? A Lugones le encantaba ojear figurines de moda. Decía que ojear figurines era un pasatiempo grato a los poetas. De allí su rico vocabulario modisteril: cintas, ruedos, linones, tules, rasos, gasas, taffetas, moaré, ligas color crema, capotas, canesú y demás fruslerías. La ropa, y también los zapatos de las mujeres: Su trajecito parecía de colegiala/ y grandes hebillas brillaban en sus zapatos. ¿Podría hablarse de cierto fetichismo en la poesía de Lugones? Por qué no. Lugones escribe: El campo contemplaba con éxtasis impuro tu media negra. Habla de los pies de alabastro de su amada, diminutos y besados, de su nervioso zapatito blanco. En la mayoría de sus poemas, el deseo erótico no pasa por la mujer adulta. El título de reina de las matrices que Darío le otorga a Venus le hubiera chocado a Lugones, que veía en la fecundidad de la mujer el aspecto plebeyo del amor, una fatalidad biológica que comparte con las naturales vacas. La madurez sexual de la mujer, sus pechos generosos y sus caderas anchetas, como diría el Arcipreste, le parecían igualmente innobles. No respondían para nada a su concepción de lo femenino como enigma espiritual y foco de irradiación mortuoria. ¿Los crepúsculos del jardín resume una estética de la represión? En todo caso, para Lugones fue todo lo contrario. Agotado el ímpetu profético y las alegorías altisonantes de Las montañas del oro, la publicación de Los crepúsculos del jardín significó una especie de liberación para el poeta, si se piensa en la época en que fue escrito el libro. Por primera vez Lugones incorpora la moda femenina a sus versos, como código de clase y ornamento interesado de atracción sexual. La naturaleza, en vez de copiar el arte, como quería Oscar Wilde, copia prendas íntimas femeninas. Una rosa en el huerto deshace su lento moño, una magnolia en un vaso de agua semeja un corsé de inviolado raso, y las flores de un almendro son iguales a los papelitos blancos que usan las mujeres para rizarse el pelo. Pero no hay que confiarse demasiado. A pesar de esas coloridas efusiones, la lira enlutada del poeta vuelve a oírse cuando describe una alcoba donde hasta el íntimo piano/ toma el aire de ataúd. O bien cuando en otro poema de Los crepúsculos del jardín, un simple pellizco le sugiere imágenes luctuosas: Sobre tu hombro pulcro,/ la huella de una caricia indiscreta/ se amorata como una violeta/ sobre el mármol reciente del crepúsculo. El libro incluye “El solterón”, que la crítica ha señalado como uno de sus mejores poemas modernistas; y “León cautivo”, un soneto bellísimo en versos alejandrinos de incomparable musicalidad. El verso final se desgrana como una perfecta escala musical. |
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Se ha dicho que Lugones, en los sonetos de Los doce gozos había plagiado al uruguayo Herrera y Reissig... Es falso. Lo que pasa es que ambos poetas adhieren a un mismo credo estético; y se complacen en crear atmósferas decadentes y exóticas con los consabidos sahumerios, gemas, pedrerías, enaguas de surah, alamares bizantinos, ojeras voluptuosas y demás primores modernistas que pueblan los sonetos eróticos de Los crepúsculos del jardín, y los vuelven ornamentales, artificiosos, fríos... ¿Fríos? ¿No es erótico el final del soneto “Oceánica”, con esa mujer de rodillas frente al mar y la ola que se aguza entre sus muslos como una daga? La frialdad, en algunos casos, no excluye el erotismo. Sade es helado. Baudelaire también asocia el erotismo con la baja temperatura cuando habla de la fría majestad de la mujer estéril, o cuando se refiere a placeres más agudos que el hielo y el acero. El final del soneto hace pensar en un afiche de la belle époque. De acuerdo, el soneto es bellísimo, pero creo que no trasmite emoción alguna. No tiene por qué hacerlo. Lugones aquí (y en otras ocasiones) supedita el contenido a la forma; y para lograr ese fin convierte al mar en un toro ardoroso que brama alrededor de la cintura de la bañista. Como helenista, no podía ignorar que el mar, en griego, es femenino; y que en francés mar y madre se pronuncian de la misma manera. Según Pitágoras, lo acuoso y salado, como la noche y la luna, pertenecen al universo femenino. Se me ocurre ahora que la dificultad, el obstáculo quizá insalvable para los traductores del Cimetière marin de Valéry radica en la contundente masculinidad de la palabra mar en nuestro idioma. Mar, en castellano, puede también emplearse usando el femenino. Tiene razón. Pero entre nosotros suena bastante raro, ¿no? Salvo en la frase la mar en coche, que no sé qué significa. Estaría bien si en vez de mariscos, dijéramos en cambio “frutos de la mar”. Usted ha dicho que a menudo, en los poemas de amor de Lugones, el acto sexual no se consuma. En el soneto “Delectación amorosa”, la frase tus rodillas exangües sobre el plinto ¿no remite a un acto realizado y concluido? A un acto sobre todo metaforizado. En ese soneto, el encuentro amoroso de los amantes (como es habitual en Lugones) está presidido por una luna enorme y un cielo poblado de murciélagos, a manera de chinesco biombo. Más que en las rodillas exangües sobre el plinto, la consumación erótica ocurre metafóricamente en el último terceto: Y a nuestros pies un río de jacinto/ corría sin rumor hacia la muerte. Borges opinaba que esas escenas eróticas en bancos, plintos y jardines eran jactanciosas y chocantes, además de incómodas. En el soneto anterior titulado “El éxtasis”, luego de una descripción embelesada que celebra las amplias caderas de una mujer, al final se oye el mugido de una vaca. ¿Se trata de la necesidad de rimar “praderas” con “caderas” o es un voluntario anticlímax? Lugones cultiva los anticlímax. En su poema “Luna de los amores”, donde aparece de manera velada y confidencial su conflictiva inclinación erótica hacia las jovencitas, la escena ocurre como de costumbre al atardecer. En la sala hay un piano que tiene dignidad de ataúd, un reloj antiguo y muebles oscuros. Sentada al piano está una clara doncella. Un virginal ruedo blanco adorna su vestido. Es delgada y sensitiva, fina y sensible como flor de peral. El plenilunio ilumina el ambiente. El reloj da la hora, y al mismo tiempo se oye en el fondo a la mucama que está batiendo huevos en la cocina. El detalle crea un anticlímax favorable al desarrollo narrativo del poema. ¿Una ironía? Es como una ironía... una forma de tomarse el pelo en medio de esa atmósfera espiritual. Lugones, que se nombra a sí mismo, es profesor de inglés de una chiquilina; y a la vez amigo de sus padres que están muy preocupados por el aire enfermizo y el comportamiento extravagante de su hija. Para tranquilizarlos, les insinúa que quizás su alumna tenga el mal de luna; es decir que está enamorada. Con una técnica que anticipa los Poemas solariegos, se oye decir a la madre: Pero si aquí nadie viene fuera de usted. Lugones se complace en imaginar que la jovencita lo ama en secreto, y su corazón se preña de lágrimas oscuras. Después agrega: No, es inútil que alimente un dulce engaño. El poema forma parte de Lunario sentimental. Borges decía que en ese libro Lugones agota los modos de nombrar o figurar la luna. Sí, sí. Lugones la nombró obsesivamente: con galantería (pálida abadesa de una neutra abadía), con humor (luna colombina, cara de estearina), con pavor (escarcha y luna, el mundo está tan claro que da miedo). Borges dice en un poema que son inútiles y vanas las imágenes con que los poetas de todos los tiempos han pretendido representarla. Indescifrable y cotidiana, el mejor modo de nombrar la luna sería simplemente la palabra luna. Imposible pedirle a Lugones semejante sobriedad. En Lugones la luna es tema literario, pero también mitología íntima y signo no verbal que lo alucina. Detrás de la palabra luna se esconde toda la pasión y el infortunio del poeta. Hay otro Lugones, el de las Odas seculares, Poemas solariegos y Romances de Río Seco, que parecería estar a salvo del hechizo lunar. Cuando no está alunado, o enamorado que es lo mismo, Lugones muestra una notable capacidad de observación de lo real; se trate de una tormenta de verano, un maizal, un gallinero, el vuelo de un pájaro, o una libélula. Escuche cómo registra el vuelo de un picaflor: Cruza el cielo de la tarde,/ y zumbando se pierde el picaflor,/ al sesgo de su centella verde. O cómo describe en la “Oda a los ganados y las mieses” el inicio de una tormenta: Viene ya el agua eléctrica y sonora,/ hinchada en un sombrío azul de breva. O cómo dice, con sencillez, que con la lluvia el campo se emociona. En las Odas seculares hay una tierna evocación de su madre, doña Custodia: Embellecía un rubio aseado y grave/ sus pacíficas trenzas de señora. La sexualidad de los animales no lo perturba y puede observarla con objetividad: Huele el toro a su vaca lentamente. Sin la anestesia lunar y crepuscular, su poesía cobra resonancias épicas, patrióticas: Llevo en mí la patria entera, escribe. Y también en una carta a Darío: Mi alma vive en flameantes sobresaltos de lucha, pues mi cuerpo es la vaina de una espada. Devuelto al mundo de los hombres, se identifica con los caudillos de las montoneras en La guerra gaucha y declara con sorna de compadrito criollo: Planta el culo de la taba/ la existencia de un varón. Su héroe preferido fue Aquiles, en tanto representa el arquetipo de las virtudes guerreras de la antigua aristocracia griega. ¿Sabe cómo define Lugones el sable granadero? Barra de luz viril. |
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¿Una pasión volcada al género masculino, tal vez? No. Bueno, no al menos en forma manifiesta. Pero si la hubo, se expresó a través de la imaginería heroica de su poesía; solidaria con su ideología política que sin duda fue retrógrada, elitista y represiva. Lugones pasa por ser un helenista apasionado que tradujo fragmentos de la Ilíada; sin embargo parecía ignorar que el ideal de la cultura aristocrática y guerrera de los griegos admitía y prestigiaba el amor homosexual. En su ensayo “El ejército en la Ilíada”, Lugones no se da por enterado de que el motivo por el que su admirado Aquiles vuelve al combate es porque los troyanos matan a su amante y compañero de armas, Patroclo; y él debe vengarlo aun sabiendo que el precio será su propia muerte. En su poema “Lugones” que se reproduce aquí, usted menciona su suicidio en 1938 y lo asocia con el de Mishima. Además del suicidio ¿encuentra en ellos algo más en común? Ambos fueron nostálgicos del pasado y empedernidos militaristas. Lugones llegó a decir que el ejército era la última aristocracia, la última posibilidad de organización jerárquica en el país. Veía en el amor cortés de los trovadores del medioevo un ideal de pureza al que era preciso volver para oponerlo a la bajeza sensual de nuestro tiempo. Mishima, por su parte, ambicionaba la restauración del Mikado en todo su antiguo ceremonial y su boato, destruidos después de la derrota japonesa en la última Guerra Mundial. Con esa intención consiguió reorganizar la orden militar de los samurais. El escritor japonés se mató de acuerdo con el ritual de esa orden, desangrado y finalmente decapitado por otro samurai, que era su joven amante. Hace casi sesenta años, Lugones (que había adherido al fascismo y proclamado la hora de la espada) se suicidó en un recreo del Tigre. La mayoría de la gente supone todavía que se pegó un tiro con “la nena”, que así llamaba Lugones a la pistola con la que iba siempre armado. Pero no, no hubo ningún disparo: se suicidó bebiendo cianuro. Una forma de muerte que, para decirlo de algún modo, no encajaba con su imagen de intelectual belicista. ¿Usted cree, como Borges, que Lugones abusaba del diccionario? En La guerra gaucha sobre todo. Eso la vuelve por momentos ilegible. Llevado por su manía castiza y restauradora, resucitaba palabras que son correctas pero que nadie usa. ¿Hay un doble discurso en Lugones? Máscaras más bien; disfraces que ocultan y por lo tanto revelan o insinúan en su poesía amorosa una zona vedada que el poeta no puede expresar. Donde se siente más el esfuerzo por disimular, por crear una especie de máscara de su verdad, es en la poesía amorosa. Bernardo Canal Feijóo escribió un ensayo donde sostiene que en el erotismo de Lugones hay “una inminencia de incesto afanosamente soslayada, que no hay motivos para presumir autobiográfico”. Hay algo que está insinuando, pero nunca lo tiene claro. O no lo puede decir. O no lo quiere decir. En un dossier de “Diario de Poesía”, Charlie Feiling escribió que Los crepúsculos del jardín es casi un libro pornográfico. A mí me parece un libro medio kitsch, con tantas mujeres ojerosas y enjoyadas, con manos de abatida aristocracia, torturadas de diamantes y languideces felinas; o esas otras, de aspecto aniñado, que eran las preferidas del poeta. La moda de la época, al acentuar la levedad y el aire infantil de la mujer, creó un tipo de belleza femenina, la mujer-niña (la femme enfant), que le vino de perillas a la inclinación erótica de Lugones, pues le permitió expresarla dentro de lo socialmente aceptable. La mujer-niña sustituyó a la luna doncella. La novia espectral de Lugones cedió temporariamente su lugar a un pérfido mamífero rosa, que lo seduce con sus gestos y su aspecto aniñado. Melindres y rulos en tirabuzón, estilo Mary Pickford, la Novia de América del cine mudo norteamericano, idéntica a la muchacha del soneto “La coqueta” de Los crepúsculos del jardín... Bajo los fluidos bucles en que flota/ su rubia cabeza de fina beldad/ recluye en el ámbito de la ancha capota/ con mimo adorable su puerilidad. Como lo he dicho antes, Los crepúsculos del jardín responde a la estética del modernismo; con su publicación en 1905 Lugones abandona el tono de poeta visionario, típica del romanticismo. Darío pensaba que los poetas eran torres de Dios, pararrayos celestes; y por eso cuando leyó Las montañas del oro llamó a Lugones Almafuerte de alta temperatura; por aquello del poeta como visionario con una misión trascendente, divina, justiciera... No parece estar muy convencido. Es que vale la pena recordar que a la par de las corrientes literarias de la época, influyeron en su poesíael espiritismo y la teosofía, que estaban en boga a fines del siglo pasado. ¿La muerte es un tópico de escritores de derecha? No necesariamente; aunque parecería estar demasiado presente o latente en esa ideología, y estalla de pronto en el grito “¡Viva la muerte!” de un mutilado general franquista, o reúne con el nombre “Novios de la Muerte” a una banda de asesinos de pelo cortado al rape. Amar y morir, qué dos cosas más parecidas, exclama Lugones; que en su poesía amorosa aspira a la aniquilación junto a su amante virginal, en el momento en que su deseo claudica heroicamente y ella (casi una niña) se desvanece en azules lejanías, o se convierte en compasivo serafín. ¿Coincide con David Viñas en que “Lugones fue un hidalgo provinciano que bajó a Buenos Aires a hacer carrera”? No. Era criollo Lugones. Yo diría que fue un provinciano pobre, un cabecita negra medio achinado, orgulloso y respondón; y que debió enfrentarse con el racismo y la frivolidad de los porteños. Tenía un inmenso talento poético y una infatigable curiosidad intelectual. Nunca dijo que descendía de estancieros ni se jactó de que su bisabuelo fuese primo de Rosas. De sus antepasados criollos sólo rescata a un oscuro militar, el coronel Lorenzo Lugones: Formó parte del primer ejército de la patria,/ falleció en la pobreza, pero con dignidad. Otros tiempos, ¿no es así? |
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por Alejandro Margulis |
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