Los Libros de los Argentinos
  Leónidas Lamborghini
     
  LAS VOCES MATRERAS  
   
 

"Aquí me pongo a cantar
Al compás de la vigüela,
Que el hombre que lo desvela
Una pena estrordinaria
Como la ave solitaria,
Con el cantar se consuela.
Pido a los santos del cielo
Que ayuden mi pensamiento;
Les pido en este momento
Que voy a contar mi historia
Me refresquen la memoria
Y aclaren mi entendimiento(...) "

Martín Fierro de José Hernández, 1872


"Me detengo un momento
por averiguación de antecedentes
trato de solucionar importantísimos
problemas de estado;
vena mía poética susúrrame contracto
planteo, combinación
y remate.

En vez
tú no tienes voz propia
ni virtud
dijo
y escribes sólo para
yo quise decirle mentira mentira
para purificarme."

Leónidas Lamborghini, Las patas en las fuentes, 1966

 
 
 
 
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Escritor de la intertextualidad, Lamborghini ha incorporado la gauchesca a buena parte de sus producciones; sobre todo a partir de las sucesivas escrituras y agregados a Las patas en las fuentes (1966), cuyo título definitivo es El solicitante descolocado, libro que a su vez tuvo una primera versión publicada en 1971, y otra más reciente en 1990.
Durante el curso de la entrevista, circularon muchos libros de la biblioteca a la mesa; entre ellos una vieja edición del Martín Fierro con anotaciones manuscritas de Lamborghini en tinta negra. En el margen superior derecho de la primera página, Lamborghini había escrito: “El poema de un deambulante, de un matrero”, y en el margen izquierdo: “Paralelismo con la primera parte de Las Patas”. La construcción verbal del primer verso (“me pongo”) estaba subrayada y recuadrada; y al lado decía: “detención a partir de la cual puede empezar el poema”. La segunda y tercera estrofa tenían la siguiente anotación: “La ayuda, como en el poema clásico, se da por descontada”.

¿Hablamos de usted o nos tuteamos?

Podemos tutearnos. Aunque el usted establece inicialmente una distancia que le da su juego a la cosa. Eso lo aprendí en México, donde viví trece años cuando dejé la Argentina del llamado “Proceso”. En México te tratan de usted para mantenerte a distancia, hasta que te aceptan y te empiezan a tratar de tú.

Vamos a hablar de un escritor de la década del 80. Y de un libro que mezcla el tú y el vos...

Usted o vos, como prefieras... La cuestión es jugar siempre, el juego de la seriedad o la seriedad del juego...

Podemos dejar que el lenguaje fluya, y ver qué sucede.

También. La palabra “fluir” es una de mis favoritas... Pero curiosamente también lo es su antípoda, “balbucear”. Yo no acostumbro pensar en estos problemas. Pero claro, Dios está en los detalles, y éste es un detalle que yo no tenía en cuenta. ¿Vos por qué lo planteás?

Porque Ezequiel Martínez Estrada, que escribió dos volúmenes sobre el Martín Fierro, le critica a Hernández que confunda el tú con el vos. En cuanto a este reportaje, conversar con usted sobre el Martín Fierro es particularmente interesante por su trabajo intertextual...

¡Bueno! Intertextual, intratextual, tangencial... La jerga es maravillosa. En relación a los “libros fundadores”, para Borges el primer lugar lo ocuparía Facundo. Siempre le pareció lamentable que nuestro libro de cabecera fuese “la historia de un cuchillero”. Aunque si consideramos la dicotomía civilización-barbarie de Facundo y la distorsión que introdujo en nuestra historia...

Pero usted dijo en una oportunidad que Fierro es un psicótico agresivo.

Ah, sí. Un bufón agresivo. Un clown quejoso. Un payaso paródico. Un hombre de la ciudad disfrazado de gaucho. Y esa comicidad... esa comicidad loca de la famosa payada... Facundo y Martín Fierro son afines en esto. Son tan locos como tragicómicos.

“Un psicótico agresivo. Peligroso. Que quiere devolver por la burla toda la humillación que al parecer le hicieron”, dijo usted exactamente de Martín Fierro en un reportaje de “Diario de Poesía”.

Sí... Otras veces dije que era ciclotímico. El libro atrae por su belleza desnuda, sobre todo en la primera parte. La primera parte es una máquina de contrapunto entre las voces de Fierro y Cruz. La de Cruz entra justo en el momento en que el poema ya no podría seguir, cuando Fierro declina irreversiblemente hacia la intemperie humana y social, hacia la desesperanza:

Amigazo, pa sufrir
han nacido los varones.
Estas son las ocasiones
de mostrarse un hombre juerte...
(sigue citando de memoria)
Hasta que venga la muerte
y lo agarre a coscorrones.

 
 
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Se sabe muy poco sobre cómo lo construyó Hernández... ¿Usted piensa que transcurrió un tiempo entre el fin de la voz de Fierro y el comienzo de la de Cruz?

No se sabe. Lo que sí se sabe, y fue gravitante, es que pasó un tiempo entre la primera y la segunda parte. Entre la Ida y la Vuelta. Hay que ir a los cuadernillos de la segunda parte y ver cómo trabaja, corrige, cambia estrofas enteras. ¡Hay un trabajo poético impresionante! Y lo hace con una maestría suprema, a través de la tachadura, de la enmienda... esos rasgos nerviosos que pueden constatarse sobre todo en las estrofas de los cantos XXVII y XXVIII, donde lanza sus tremendas acusaciones contra los responsables de la despiadada persecución al gaucho.

¿Cuántas voces detecta en la segunda parte?

Está la voz de Fierro, las voces de sus hijos, la del hijo de Cruz, la del moreno en la payada. Y también del autor. (Pausa.) ¡Ah!, y naturalmente la voz del viejo Vizcacha. Mirá de lo que me olvidaba. Nada menos que de nuestro verdadero mentor nacional. Vizcacha ocupa un lugar de privilegio en la cueva de nuestro inconsciente colectivo.

Personalmente la que más me gusta es la voz del personaje Picardía.

Bueno, ése es el hijo de Cruz.

Pero en la obra no se dice que era el hijo de Cruz.

Es el hijo de Cruz porque nada puede quedar descolgado en la maquinaria de este poema. En la segunda parte se reúnen todos, los hijos de Fierro y de Cruz. Al presentarse, dice Picardía:

Me quedé en el desamparo,
y al hombre que me dio el ser
no lo pude conocer.
Ansí, pues, dende chiquito
volé como pajarito
en busca de qué comer.

Entonces no lo conoce a su padre... ¿No habrá imaginado usted esa filiación?

No, no... Creo que al final... (Va pasando las hojas de su edición del libro hasta encontrar el fragmento.) Canto XXVI. Acá dice:

Me empeñé en averiguarlo,
promesas hice a Jesús;
tuve por fin una luz,
y supe con alegría
que era el autor de mis días
el guapo sargento Cruz.

La voz prosigue en los cantos XXVII y XXVIII... y en el XXIX la voz del autor dice: “Y esto contó Picardía”. Sí, es Picardía. Me hiciste preocupar.

Bueno, Martínez Estrada...

¿Qué dice Martínez Estrada? ¿Que no es el hijo de Cruz?

No, no trata el tema. Pero dice que el plan del libro está en los cantos XXVII y XXVIII. El XXVIII empieza con dos versos que me desconciertan:

Se me va por donde quiera
esta lengua del demonio...

¿A quién se le va la lengua? ¿A Picardía o a Hernández?

No se sabe. Es ambiguo. Toda la segunda parte es ambigua, equívoca. Pero si leemos según el orden propuesto, a mi criterio sigue siendo la voz de Picardía. Pero me gustaría hablar de dos o tres ideas que surgieron dela lectura que yo hice, y en las que me apoyé para empezar El solicitante descolocado.

De 1971. Casi cien años después de la primera edición de Martín Fierro...

Sí. Hay cosas que salieron solas, como equivalentes. Por otra parte, lo que a mí más me copa es ese se me va por donde quiera/ esta lengua del demonio. Cuando el lenguaje empieza a hacer de las suyas, seguro que el diablo anda por ahí metiendo la cola.
Aquí me pongo a cantar, empieza el poema de Hernández. Si ponemos el punto después de pongo, soslayando a cantar, tiene todavía más fuerza: Aquí me pongo. El otro, mi poema, dice: Me detengo un momento, con el doble sentido de la detención policial; porque es un vago que anda dando vueltas. La analogía salió sola. Son dos deambulantes. Uno matreriando en la ciudad, el otro en la campaña. ¿Cómo va a empezar un poema sobre deambulantes? Con una detención.
Hernández apela luego al poema clásico:

Pido a los santos del cielo
que ayuden mi pensamiento;
les pido en este momento
que voy a contar mi historia
me refresquen la memoria
y aclaren mi entendimiento.

Vengan santos milagrosos,
vengan todos en mi ayuda,
que la lengua se me añuda
y se me turba la vista;
pido a mi Dios que me asista
en una ocasión tan ruda.

Ahí está la invocación clásica a la Musa. Yo quería que apareciera ese lugar común, pero también la negativa de la Musa a prestar su ayuda. Vena mía poética, susúrrame contracto (la voz poética se conforma con que se lo susurre), planteo, combinación y remate. Es decir, que le diga el plan. Tú no tienes voz propia ni virtud, le dice la Musa.Y escribes sólo para... algo inconfesable. La voz responde: Yo quise decirle mentira, mentira/ para purificarme. Aquí se establece una tensión desde el comienzo, por ese No rotundo de la Musa.

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Y allí también está agregando el tango, ¿no?

Claro, volvió una noche... Pero también a Croce, valga la mezcolanza. Benedetto Croce dice que el escritor escribe para purificarse; una especie de catarsis. Mi idea era volver al Martín Fierro, a la gauchesca, desde la ciudad. Sostenía que se podía hacer un gauchesco urbano; y encontraba ciertas relaciones, equivalencias, entre la situación de proscripto del gaucho Martín Fierro y la proscripción de todo un movimiento, el peronista. Sólo que traté de no aparecer como un álter ego demasiado directo. Lo peor que puede pasar al construir un personaje es que descubran que detrás está uno prestando letra. El problema, entonces, es que el personaje no se convierta en una máscara sino que tenga vida propia, que exhiba sus pasiones y contradicciones; aun cuando esto (o por eso mismo) lo vuelva complejo, como lo es el propio Fierro.

¿Lo que hice yo al tratar de descubrir la voz de Hernández en Picardía?

Claro. Pero no encontraste a Hernández sino a Picardía. Ese es el mérito de Hernández.

A su criterio, ¿logra mantenerlo todo el tiempo?

En la primera parte sí. En la segunda ya parece un postizo instrumentado. Las señales que manda son diferentes. Su situación personal había cambiado, y eso se nota. Del 72 al 79 transcurrieron siete años, donde se pasó de la época de Sarmiento y Mitre a la de Avellaneda y Roca o Juárez Celman; y Hernández creía en ese proyecto. Su situación como revolucionario de López Jordán y proscripto que tuvo que huir a Brasil había cambiado. “Miren –le dice entonces al sistema–, cambiemos el genocidio del gaucho por el del indio.” Lo que él ofrece objetivamente, de la primera a la segunda parte, es un trueque: este hombre, el gaucho, nos va a servir para las tareas rurales. Sabe hacer esto que nosotros necesitamos ahora para hacer crecer el país... en una Argentina que se levanta y que va a ser importante en el concierto mundial. En todo caso, maten al indio. Y lo dice. Es cómico. Pero Hernández sabe poner lo cómico en medio de lo trágico, o mirar lo trágico desde lo cómico. Se lo llevó la virgüela, dice cuando muere su amigo Cruz.
La estrofa XXI del canto XXXII, donde empieza a dar los consejos, se abre con:

Un padre que da consejos,
más que padre es un amigo.

Bueno, prosiguen las estrofas, y los mensajes de adaptación al sistema.

El trabajar es la ley
porque es preciso alquirir.

Pero antes había dicho:

Las faltas no tienen límites
como tienen los terrenos.

Pasamos de la primera parte, donde el espacio es ilimitado, a ésta que concuerda con el proyecto del 80, donde los terrenos ya están alambrados. Y Hernández se hace cargo.

¿Dónde dice lo de los indios?

Ah, bueno. En el canto V habla Martín Fierro:

Estas cosas y otras piores
las he visto muchos años;
pero si yo no me engaño
concluyó ese vandalaje
y esos bárbaros salvajes
no podrán hacer más daño.

Las tribus están deshechas;
los caciques más altivos
están muertos o cautivos.
Privaos de toda esperanza
y de la chusma y la lanza
ya muy pocos quedan vivos.

El hombre que había puesto su esperanza en las tolderías pasa a considerar a los indios una chusma. Hay un énfasis en eso. Acaba de tener una escena con la cautiva, ha tenido que pelear con el indio para liberarla, y la cautiva le cuenta cómo le mataron el hijo... Esos versos son como un contraluz de la primera parte; que está escrita con un ojo puesto en la cuestión de civilización y barbarie planteada por Sarmiento, donde el modelo civilizado lo expulsa al gaucho, los deja afuera, los proscribe, hace la leva y los manda a los fortines. Paradójicamente, para encontrar un poco de cobijo los gauchos tienen que irse con los bárbaros. Siete años después, las cosas son distintas: Hernández estaba cansado; igual que López Jordán, en cuya montonera había luchado contra Buenos Aires.

El cansancio era del Hernández político...

Del Hernández político y del Hernández escritor. Él, que no había sido descriptivo, inicia la segunda parte con la escena del indio “bruto” lonjeando a la cautiva. Pero también está la genialidad de usar sextinas, por ejemplo, en lugar de las décimas típicas de la gauchesca. En una sola sextina, Hernández sintetiza todo el movimiento de una estancia o describe un malón. La sextina le permite resoluciones rápidas y vigorosas en comparación con la décima. Le permite no perder demasiado tiempo. En cuanto a la rima, genera el encantamiento de que todo parece rimar con todo, como si cada palabra invocase a la rima. ¡Es maravilloso! Pero además, se da cuenta de que la cuestión es cantar y contar al mismo tiempo.

 
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¿Cantar y contar o cantar y opinar?

Bueno, Hernández dice que lo que él hace para algunos son sonidos, y para otros intención. Durante años estuve deslumbrado por la belleza del poema. Después pensé las cuestiones políticas, y vi que el poema era progra-mático. Y con un mensaje explícito. Por ejemplo aquello de:

El que obedeciendo vive
nunca tiene suerte blanda;
mas con su soberbia agranda...

¡Soberbia! ¡Lo que en la primera parte era orgullo del gaucho enfrentado al sistema ahora es soberbia! Entonces quiere amansarlo:

el rigor en que padece.
Obedezca el que obedece
y mandará bien el que manda.

En realidad dice: Y será güeno el que manda. Parece, Lamborghini, que ya está otra vez reescribiendo...

Puede ser, eh (sigue buscando los versos en su ejemplar, y al encontrarlos se ríe como un chico descubierto en falta). Sí ... XXXII. Y será güeno el que manda. Peor todavía. ¡Pior! Fijáte: ¡depende de que vos te achiques para que sea bueno el que manda, el que te explota! Y terminamos después de peón de estancia, explotado, con la visión del patrón que da Güiraldes en Don Segundo Sombra. No hablemos de la belleza, que es otra cosa. El arte es mentira, y ésa es su tragedia. Dante habla de la bella mentira que es el arte. La belleza encandila, oculta muchas cosas que el autor contrabandea. A todo gran poeta le llega la tentación de instrumentar el poema hacia un objetivo político, social, moral. Lo hace Dante, lo hace Virgilio, lo hace Homero. Lo hace José Hernández. Llevan agua para su molino... pero lo hacen, eso sí, “bellamente”. Hernández pensaba que al gaucho no se lo debía tratar mal pero que el gaucho, a su vez, debía dejar de ser vago.

¿Coincide con Lugones en que Martín Fierro es nuestro poema homérico? Para Borges, la igualación es forzada.

Yo no sé si llamarla “forzada igualación”. Yo hablaría de equivalencias. Con una variante: que la homérica es una épica de héroes, mientras ésta es la de un antihéroe. Si es un cuchillero, como dice Borges, más mérito todavía para Hernández haber logrado con un cuchillero como personaje un poema de esa magnitud. En cuanto al Viejo Vizcacha, que aparece como el malo de la película, sus consejos son los de un ladino. Pero aquí hay una estrofa digna de un sabio que vuela muy alto:

A naides tengás envidia:
es muy triste el envidiar.
Cuando veas a otro ganar,
a estorbarlo no te metas:
cada lechón en su teta
es el modo de mamar.

Este alegato contra la envidia en un sujeto “despreciable” como Vizcacha expresa el estilo de Hernández para trabajar sus personajes, el estilo Dostoievsky, el estilo Balzac.

¿Le produce envidia que Hernández haya escrito semejante libro?

No. Me dio ganas de emularlo. Una cosa es “envidiación” y otra cosa emulación. Digamos que uno tiene el modelo, y evita esa luz en la que si caés morís como un insecto. El otro movimiento posible es orbitar el modelo admirado, salirse y derivarlo en otra órbita. Eso es lo que yo buscaba. Un derivado que fuera tangencial al Martín Fierro, como de hijo a padre. Y desde ese lugar, uno puede dialogar con el modelo del cual deriva. “Palimpsesto” diría Pound.
Martín Fierro es un gran poema político bifronte, al menos en lo que atañe a su protagonista principal, que nos representa. Una cara de ataque y crítica al sistema, y otra de reconciliación y adecuación. Resultado: la sociedad esquizo que singulariza desde el principio nuestra Historia. El mismo Hernández tenía dos caras, al menos como autor del Martín Fierro. Mientras en el poema se autoafirmaba como el poeta genial que era, en su relación con los prohombres públicos de su época, a quienes envió el libro, se hacía el “chiquito”. Como ejemplo está la carta que le mandó a Mitre...

Sí. La dedicatoria que le escribió: “Hace veinticinco años que formo en las filas de sus adversarios políticos. Pocos argentinos pueden decir lo mismo; pero pocos también se atreverían, como yo, a saltar sobre ese recuerdo para pedirle al ilustrado escritor que conceda un pequeño espacio en su biblioteca a este modesto libro”.

En el fondo, todo el poema es ambiguo; porque el héroe en su sentido mítico en realidad es Cruz. Cruz es quien se pone del lado de los desvalidos. Cruz es quien le dice a Martín Fierro que deje de quejarse como si fuera el único que tiene problemas. Por eso no bien empieza la segunda parte Hernández lo mata. ¿Qué sucedería hipotéticamente en el poema si Cruz siguiera vivo? ¿La rebelión? ¿Con un ciclotímico al lado? ¿Con un quejoso? ¿Con un gaucho reformista proclive a pactar con el sistema?

¿En qué se hubiera transformado Cruz, siendo milico?

Yo veo hasta aquí: Hernández liquida a Cruz porque Cruz es la voz que le molesta. Es una necesidad que supera lo formal. Pero quizás haya que darle gracias por no habernos dejado un héroe de una sola pieza. Fierro se agranda, se agacha, echa bravatas, se calla... Fierro encarna esa ciclotimia, esa esquizofrenia de los argentinos. Nos queremos llamar Fierro y somos más blandos que manteca. Amenazamos, retrocedemos. Pero Cruz no. Cruz toma la iniciativa, y cierra la brecha entre palabra y acción. Abandona la partida, abandona el sistema, se pone del lado del perseguido. Hernández tenía otros planes: no el héroe épico sino el héroe cómico.

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¿Podría referirse a la última escena de la primera parte del poema?

Cruzando la frontera se van al territorio de los indios. Y dos lagrimones le corrieron por la cara (a Fierro). Lo interesante es que deja abierto un enigma. Lugones fue quien consideró al Martín Fierro en términos de epopeya argentina y logró que todo el mundo lo leyera desde ese ángulo. Aunque también dice que Hernández es un tipo oscuro e inculto, para tranquilidad de los poetas oficiales. Pero finalmente, ¿quién se queda con el cetro de la poesía? El cantor no “letrao”. El que está negado por el establishment de la cultura, el que es visto como un “inorante”. Hernández asume esa voz; y al asumirla se venga por anticipado de los que lo ignoraron por más de tres décadas como poeta “serio”. (Saca un libro de la biblioteca.) Acá tengo un diccionario de 1908 donde ni figura él ni el poema. En cambio sí figura, con grandes elogios, Juan María Gutiérrez. Hernández y su poema figuraban solamente en las pulperías.

¿Esa es la victoria del Martín Fierro?

Una victoria poética. Porque en lo político, el federalismo y la justicia que Hernández soñó, se transformó en una máquina de fraude “patriótico” y en un proyecto, a lo sumo, de colonia o factoría próspera. De país unitario.

¿Qué es para usted una victoria poética?

La victoria allí donde precisamente el cetro lo tiene la poesía “culta”... El gran poema de los argentinos sigue siendo el Martín Fierro, y es la culminación de un sendero depreciado. Ocurre algo parecido con las letras de tango y con el sainete...

¿Significa también seguir siendo leído, y hasta reescrito tal como lo ha hecho usted?

Precisamente de eso se trata. De explorar esa posibilidad abierta. Yo he tratado de leerlo sin anteojeras, y encontré que el Martín Fierro condensa el genio de nuestra raza: parodia, caricatura, grotesco; una forma muy peculiar de expresar lo trágico.

 
 

Postscriptum

La tradición le ha otorgado el rango de textos fundadores al Facundo y al Martín Fierro. No hay por qué discutirlo, salvo que esta consideración englobe también la tradición del genocidio como “solución final”, algo cuya marca de violencia aparece y reaparece a lo largo de nuestra historia y se hace sentir en nuestro presente. Basta con modificar un tanto el cliché de lectura para que el tema de la “solución final” se muestre con toda evidencia en esas dos grandes obras de nuestra literatura. Así, el subtítulo “Civilización y Barbarie” que Sarmiento inscribe entre paréntesis, por debajo del título, se lee en su rol protagónico como un verdadero eje de lucha de toda una generación –la del 80– que vio o veía al gaucho y a las poblaciones de la campaña obstaculizando con su “barbarie” la realización del proyecto de un gran país mediante la inmigración de allende Europa. “No hay que ahorrar sangre de gauchos”, anatematizaba el gran sanjuanino y proponía complementariamente: “Hay que mentir a designio”. Sarmiento, en su visión, percibía a la ciudad como enclave de civilización, de progreso, y al gauchaje como rémora que había que borrar de la faz de la Argentina. Esos gauchos que con San Martín, Belgrano y Güemes habían contribuido con su sangre a la independencia de la tutela de España. Pero que ahora molestaban.
¿Pero cómo dudar de sus buenas intenciones? Sarmiento y Hernández estaban pensando en esa nueva etapa, que ha dado en llamarse el Proyecto del 80, etapa en que los ganados y las mieses, el comercio y la industria y la educación de las nuevas generaciones harían de la Argentina el país del futuro. Entonces ¿no se justificaba una “solución final”? Por su parte, José Hernández instru-menta la segunda parte de su obra maestra para hacer jugar una variante: cambiar el genocidio contra el gaucho por el genocidio contra el indio. El gaucho, según su percepción, sería un elemento útil (dadas sus habilidades naturales) para las tareas rurales. El indio, por el contrario, era el salvaje, un bruto irredimible. Pero, es claro, allí había toda una cultura que quería seguir siendo, y el indio –como dueño de casa– luchó hasta morir por ella enfilando su lanza contra el que consideraba invasor, ese huinca siempre en tren de conquista. Por su parte, el gaucho amansado se rendiría finalmente ante el sistema y terminaría en peón de estancia: así lo encontramos en otro bello libro, Don Segundo Sombra, la bucólica elaboración de Ricardo Güiraldes.
No se trata de hacer criollismo o indigenismo. De lo que verdaderamente se trata, creo, es de entender cómo esa generación –tal como lo revela el pensamiento central de estas dos obras– juzgaba el genocidio contra el gaucho o contra el indio (en esto son complementarias) como un sacrificio necesario que les permitió, mediante la lógica política a la que echaron mano, ubicar dicha “solución final” más allá del crimen (tal como León Rozitchner lo hace notar para el caso de otros genocidios). Como es sabido, nada tan eficaz para convencer que una obra de arte: así, el Facundo y el Martín Fierro fueron ocupando un lugar de privilegio en la cultura del sistema. Devenidos Arquetipos Fundadores y, con el tiempo, estereotipos de la nacionalidad, opacaron a otro gran libro de similar belleza que espera todavía como tercero en discordia: Una excursión a los indios ranqueles de Lucio V. Mansilla que, casualmente, se hacía cargo de un proyecto superador rechazado por el sistema. Proyecto, el de Mansilla, que no contemplaba en absoluto la vía de una “solución final” y sí la paz digna de la Confederación Ranquel. Actuando sobre el terreno, Mansilla los ve organizados políticamente, con plena conciencia de sus derechos y como interlocutores válidos para la eventualidad de firmar un tratado con ellos: la mirada de Mansilla nos rescata al indio como agricultor, le da entidad humana y, en los mejores momentos del libro, apunta a la posibilidad de tender puentes entre las dos culturas: su amplitud ideológica, en todo caso, se revela superior a la de sus pares de generación. Borges se duele de que nuestro libro de cabecera sea el Martín Fierro y no el Facundo: de lo que habría que dolerse, en mi opinión, es de que no lo sea –al menos hasta ahora– Una excursión a los indios ranqueles, fruto de esa amplitud y, por supuesto del estilo eficaz, sin crispaciones ni altisonancias, terso, antienfático de un escritor como Mansilla.
Una excursión a los indios ranqueles narra la odisea de Mansilla, al frente de una reducida tropa, por los dominios de la Confederación Ranquel que comprendían partes de la provincia de Córdoba, San Luis y La Pampa. Iba en busca del cacique máximo, Mariano Rosas, para pactar con éste un tratado de no beligerancia. Iniciada el 30 de marzo de 1870 como una misión diplomática, en forma extraoficial, duró 18 días. El público porteño tuvo noticias de ella a partir del 20 de mayo de ese mismo año, en que se inicia la publicación en “La Tribuna” de Buenos Aires.
Lector de los clásicos, de los autores de su tiempo y –mención aparte– de Lewis Carroll, Lawrence Sterne y Jonathan Swift, el humor campea en todas estas páginas bajo las formas de la ironía y la sátira y de una astucia en la observación e interpretación de los hechos, que va más allá de la anécdota y cala en lo más profundo de la naturaleza humana. Admirador de Europa sin ser cholulo y de lo criollo sin ser folclórico, se autorretrataba así como escritor:

Converso íntimamente con el lector; no dicto un curso de historia en la cátedra. Converso, repito, sin sujeción a normas académicas, como si estuviera en un club social, departiendo y divagando en torno a unos cuantos elegidos, de los que entienden, para no aburrirme más de lo que me aburro.

Y también:

Yo escribo para mi público argentino y me importa un bledo que los críticos del orbe entero encuentren que lo que voy diciendo es plat como dicen los franceses –trivial, común–, como se dice en la lengua que nosotros hablamos, lengua que yo escribo, como ustedes ven, de propósito, deliberadamente a la americana.

Murió en París, en una suerte de exilio, paralítico y ciego, en 1913, a los 82 años de edad. La negativa del gobierno a apoyar en forma oficial su iniciativa signó, al cabo, el fracaso de la misma: entonces, la historia que siguió hasta nuestros días tomó otro sesgo: el de la “solución final”, sí oficializada, en cada encrucijada. Bajo distintas modalidades. Con otros indios y con otros gauchos.
L. L.

 
 
por Alejandro Margulis
 
 
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