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Foto Josefina Darriba |
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"Escribo esto y se me ocurre una idea que es una esperanza. No creo haber insultado a la mujer, pero tal vez fuera oportuno desagraviarla. ¿Qué hace un hombre en estas ocasiones? Envía flores. Este es un proyecto ridículo... pero las cursilerías, cuando son humildes, tienen el gobierno del corazón. En la isla hay muchas flores. A mi llegada quedaban algunos macizos alrededor de la pileta y del museo. Seguramente, podré hacer un jardincito en el pasto que bordea las rocas. Tal vez sirva la naturaleza para lograr la intimidad de una mujer. Tal vez me sirva para acabar con el silencio y la cautela. Yo no he combinado colores; de pintura no entiendo casi nada... Confío, sin embargo, en poder hacer un trabajo modesto, que denote afición a la jardinería." La invención de Morel de Adolfo Bioy Casares, 1940 "Recuerdo que estaba intentando escribir otra novela donde ya no estuviera Minelli; hacía apenas dos años que había vuelto a vivir al país y me costaba situar una escena en la ciudad de Buenos Aires. Creo que finalmente un domingo que estaba solo en casa tirado en un sillón dejando pasar la tarde, pensando que había fracasado en el intento, se me ocurrió una frase. A esta altura uno ya sabe que esas cosas no significan nada, pero poco después se me ocurrió otra frase: “Así era la voz de Hank” y una frase de Hank. Me gustó esa idea inútilmente figurativa, porque si hay algo que no puede hacer la literatura es registrar el tono de una voz. La frase entonces me pareció una suerte de paradoja fundante de un texto." Juan Martini, en un reportaje de Graciela Speranza |
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Antes de este reportaje, se planteó al entrevistado el siguiente problema: ¿Ficciones de Borges es la contracara o complemento de La invención de Morel? En una conversación telefónica Martini dijo: “La invención de Morel es la novela que Borges nunca pudo escribir”; o quizás lo que dijo o quiso decir fue: “La invención de Morel es la novela borgeana”. Antes del encuentro, la cuestión quedó simplificada en lo siguiente: ¿Cuál de los dos textos se escribió primero? Releí el prólogo de Borges a La invención de Morel fechado el 2 de noviembre de 1940: He discutido con su autor los pormenores de su trama, la he releído; no me parece una imprecisión o una hipérbole calificarla de perfecta. En 1941, Adolfo Bioy Casares obtuvo el Primer Premio Municipal por La invención de Morel. En 1944, la Sociedad Argentina de Escritores otorgó el Gran Premio de Honor a Borges por Ficciones. Una vez más la misma cuestión: ¿Bioy precoz, precursor del Borges maduro? Hace un tiempo fui al edificio de la calle México donde funcionó la vieja Biblioteca Nacional de la que Borges fue director. De inmediato asocié su imponencia con la de la casona que describe Bioy Casares en La invención de Morel, que además tiene libros desde el piso al techo en buena parte de sus paredes. Pensé: ¿no estamos frente a un símil de la “Biblioteca de Babel”? Es cuestión de revisar El jardín de senderos que se bifurcan. Tiene “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, “Pierre Menard, autor del Quijote”, “Las ruinas circulares”, “La lotería de Babilonia”, “Examen de la obra de Herbert Quain”, en efecto “La Biblioteca de Babel” y “El jardín de senderos que se bifurcan”... El libro de Borges se publicó en el año 41. No... Me parece que hay un error en esta edición. (Busca en la biblioteca un libro que resulta ser una autocronología de Bioy Casares que hojea sin dejar de pensar en voz alta.) “Menard...” al menos existe antes de que Bioy publicara La invención de Morel... No debemos olvidar que trabajaron juntos... Acá es cuando hacen un catálogo. (Comienza a leer el relato de Bioy Casares sobre lo escrito durante esos años:) Una tarde de 1939, en las barrancas de San Isidro, Borges, Silvina y yo planeamos un cuento que nunca se escribe. El protagonista del cuento es un escritor apócrifo que hace un catálogo de lo que debe o no debe escribirse. Y está hablando de 1939. Entonces Bioy nombra a Menard: Este Menard, el del precepto citado, es el héroe de “Pierre Menard, autor del Quijote”. La invención de ambos cuentos, el publicado y el no escrito, corresponde al mismo año, casi a los mismos días. Si no me equivoco, la tarde en que anotamos las prohibiciones Borges nos leyó Pierre Menard. Y está hablando de 1939. En esta autocronología Bioy nombra sus lecturas año por año: El misterio del cuarto amarillo, de Leroux; Sherlock Holmes, etcétera. Pero no hay una sola mención a Roberto Arlt. Es por lo menos asombroso, ¿no? Bioy Casares publicó con anterioridad varios libros de los que nunca quiere hablar. ¿Se construyó a sí mismo como escritor en La invención de Morel? Sin duda. Y ahí detrás está La isla del doctor Moreau... ...violencia. Naturalmente. Es imposible olvidarse de que Borges y Bioy son contemporáneos... Aunque también Arlt lo es. Y ésa es una de las ideas que se me ocurría: que La invención de Morel está escrita contra Arlt. La poética de La invención de Morel es claramente una refutación de la poética de Arlt. Morel es un inventor, igual que algunos personajes arltianos... Cuando se publica La invención de Morel, Borges tiene 41 años, Arlt 40 y Bioy 26... Arlt muere en el 42, a los 42 años. Borges ya había publicado Historia universal de la infamia, Historia de la eternidad y El jardín de senderos que se bifurcan, que después reúne con “Artificios” (1944) en Ficciones. Para responder a tu pregunta “de qué manera se construye Bioy como escritor”, a mí me parece lo siguiente: creo que se construye en espejo con Borges. Es decir, en relación a Borges y a la vez para diferenciarse. En 1934 anota: Silvina me dice que abandone los estudios universitarios, que me dedique a escribir. Borges me dice que si quiero ser escritor no sea abogado o profesor ni director de revistas literarias. Es decir, en esos años Bioy es muy jovencito; tiene 18 años cuando lo conoce a Borges. Borges, caminando por la Recoleta, lo desalienta un poco. Por ejemplo cuando le dice que será muy difícil que logre imaginar el final de “El perjurio de la nieve”. Transcurren varios años hasta que una noche Bioy entrevé el final y escribe el cuento. Borges, que ya era un escritor reconocido a pesar de no ser popular, ejerce una fascinación colosal sobre Bioy Casares. |
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¿También una tutoría? Probablemente. Bioy viene publicando libros de cuentos, malas novelas. Sale un libro mío y me doy cuenta de que mis amigos no saben qué decirme, confiesa. Y yo quiero escribir en contra de eso. Quiero escribir otra cosa. Por eso lo que se propone en La invención de Morel no es escribir bien sino escribir un buen libro. En la construcción de esa figura de escritor está Borges, Borges que está diciéndole, desde sus 41 años: “Bueno, joven amigo, para escribir una novela o un cuento no hay que hacer esto ni esto otro”. Bioy crea la ficción de que son tres escritores (él, Silvina Ocampo y Borges) quienes establecen este canon o catálogo, pero el humor borgeano que tiene ese catálogo es alucinante. Quizás se podría hablar de una autoría total de Borges. Algo en ese catálogo le hizo pensar que hay una estética anti-Arlt. Sí. Pero quería antes comentar la idea del boquete que Bioy decide penetrar. En el año 29 dice: Escribo numerosas novelas, algunas extensas, que no concluyo; pienso que algún día seré ingeniero o director de películas cinematográficas, y desde luego, campeón mundial de tenis. Ahí está lo deportivo. Lo deportivo en un sentido, yo diría, olímpico. Bioy, o el protagonista de La invención de Morel, hace un boquete que algún personaje de un cuento de Borges no haría. No imagino a Menard ni a Funes haciendo un boquete. Lo de ellos son elucubraciones puramente imaginarias o intelectuales. ¿Cuándo leyó la novela por primera vez? ¿Deseaba escribir como Bioy Casares? No. Para nada. En esa época el modelo era Borges. Además empezaban a aparecer los cuentos de Cortázar. El deseo puede venir más bien hoy, por el lado de la historia de amor. Por otra parte se trata de una novela inimitable: no hay un modo de expresarse, un adjetivo que se te pegue... ¿Y el artificio técnico? Inmediatamente después de cada indicio, Bioy Casares utiliza una frase muy potente y de orden metafísico. Uno olvida el indicio para atender a la frase alta. Tengo la impresión de que eso se repite a menudo en la literatura argentina posterior, aunque quizás sólo ha quedado lo grandilocuente. Hasta donde yo recuerdo, La invención de Morel no ejerció una influencia directa en mí. Sin embargo probablemente hoy su relectura me incite más a escribir que algún libro de Borges. Las estrategias narrativas son sorprendentes. Dar indicios, en el orden de la pesquisa, de lo que podríamos llamar entre comillas la realidad, y de pronto saltar a una sentencia filosófica que te proyecta hacia otro lado es fascinante. Las cosas que el personaje encuentra en la casa o museo de Morel parecen un premio o un tesoro que anticipa la poética del propio Bioy: ya están el color celeste, los motores... Los motores... la máquina... Es la modernidad, y en efecto un anticipo de La trama celeste que escribirá más adelante. También tiene que ver con “El Aleph”. Me parece que en ese momento ellos eran absolutamente conscientes de lo que hacían. De sus aciertos y sus errores, de sus vanidades y sus frivolidades. Sobre todo Bioy Casares manejaba su frivolidad, su vanidad y su enorme inteligencia con un desparpajo admirable. ¿Le sugiere algo la construcción de la casa de Morel? El acuario, la sala con un biombo de veinte hojas... Un paisaje tan premeditadamente extraño... Se me ocurrió algo, pero creo que es trivial. Me pareció tan desaforada, tan inverosímil, tan inhabitable por otro lado, que creí ver algún tipo de ironía o broma interna... Si la pudiésemos ver tal cual Bioy la describe, muy probablemente nos encontraríamos ante una construcción surrealista, pensé. Algo como de Giorgio De Chirico: una isla flotante en medio del espacio... |
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Bueno, también eran amigos de Xul Solar... Ahí hay indudablemente una vinculación. Como si estuviera incorporando anticipadamente la idea del pop, del alucinógeno... Es el protagonista afectado por los efectos de las raíces que come. Los libros de la biblioteca, ¿no son lo más real, lo más ordenado que se percibe en la historia? Para mí esa biblioteca es un poco enigmática. No cumple casi ninguna función. Está ahí como en una casa ideal; pero al mismo tiempo es como si hubiera algo fallido en el gesto de Morel de poner allí una biblioteca. Fallido en el sentido de querer aparentar ser lo que no es. En este caso un lector de literatura, cuando en rigor uno imagina a Morel como un científico. Esa biblioteca como la invención, digámoslo así, de un nuevo rico en el mundo de las letras. En el afán de interpretar se me ocurrió un sentido distinto. Hay libros del piso al techo y de punta a punta; por lo tanto lo único que se ve son rayitas. Pensaba que a la distancia se ven también así las líneas de un libro. Como si la biblioteca fuera la representación de un texto escrito por un gigante, que en lugar de letras usara libros completos... Lo obvio, lo que se me ocurre, es señalar que la verdad está en la ficción, en la poesía. No en lo científico. El libro evoca muchos otros. Hay resonancias de Verne; dialoga con Defoe; y con Stevenson, sin lugar a dudas. Y con La isla del doctor Moreau. Eso respecto de una trama de ficciones, o un canon, compartido con Borges. Pero sesenta años después de publicado el libro, uno no puede olvidarse de que todos ellos son escritores vinculados entre sí, aunque sea por la época. Por eso me llama la atención que en su autocronología Bioy no mencione siquiera lateralmente a Arlt, con quien, insisto, comparte un universo de inventores similar. El inventor de Bioy Casares es un inventor sofisticado que está en busca de la eternidad; es decir alguien que superó las limitaciones metafísicas. El inventor de Arlt está carcomido por el hambre, por una ambición de zafar del mordisco mortal de la realidad. Los inventos de Arlt son siempre fallidos, mientras que el de Morel es una realización colosal. En la entrevista a David Viñas sobre El juguete rabioso, recordábamos que el primer delito que los personajes cometen es robar libros. Y entre esos libros, los que más cotizan son los científicos. También podemos recordar que entre las lecturas que cita el personaje de El juguete rabioso está Rocambole y la poética dostoievskiana; mientras que las lecturas que Bioy Casares nombra al azar, de sus 20 años, son Valéry, Gide, Cocteau, Proust; es decir los autores centrales del siglo XX. Bioy Casares piensa muy claramente en un cielo literario olímpico; Arlt, en un cielo populista. Esto es inevitable. ¿Qué asociación se puede hacer con ese librito, Le Moulin Perse, que el protagonista encuentra sobre una mesa de mármol en la casa de Morel? Es muy intrigante... El molino persa, ¿no? Bueno, el libro entero está lleno de caprichos: la arquitectura de la casa, los libros de la biblioteca, la inverosimilitud con que el protagonista aprende a manejar motores aparentemente muy sofisticados. Hay una resolución de las cosas que no funciona según el orden del razonamiento o de la ciencia, sino por una suerte de mecanismo poético. Por eso quizás no me detuve tanto en eso, y me dejé llevar en esta relectura por la historia de amor. Esa historia de amor me conmueve. Además de la señaladísima perfección de su trama, a mí me parece una de las novelas de amor más bellas del siglo. La manera obsesiva en que el personaje se fija si las puertas se cierran con llave o no, quién se retira con quién, quién acompaña a Faustine y quién no la acompaña, cuál es su actitud ante Morel... Es una novela que se puede leer desde los celos. En efecto. La cristalización que Bioy Casares consigue a los 26 años en La invención de Morel confluye en la perfección de la trama, la historia de amor y la excelencia de la escritura. No encontramos una sola palabra que no se pueda escribir hoy. Eso es colosal. Ni Borges lo tiene. Arlt, ni hablar. Borges está lleno de arcaísmos. Deliberados en una época, y vergonzantes después. Pero La invención de Morel no tiene una sola palabra que no se pueda escribir hoy. Bioy Casares es un escritor que se apropia de una lengua literaria. Se apropia del argentino, el castellano, como uno quiera llamarlo; e inventa una lengua absolutamente vigente. No envejeció, como sucede con algunas páginas de Borges. Y otras del propio Bioy, ¿no? A veces vacila en el uso del diálogo, sobre todo cuando debe decidir entre el tú o el vos... En cambio aquí hay una operación de enorme sabiduría e intuición narrativa en el manejo de la lengua. La de los personajes y la del narrador innominado, cuya nacionalidad es incierta. A último momento parece ser un revolucionario... ¡El protagonista de una de las grandes novelas argentinas es un revolucionario venezolano! Eso me parece una operación poética colosal, porque está hablando una lengua prácticamente anónima. Quiero decir: no es la lengua de un argentino, y allí está la primera ficcionalización. La ficción sobre la ficción. Es una novela argentina que transcurre en una isla de no sé dónde, narrada por un venezolano... en una lengua que hoy, sesenta años después, es argentina y una de las más conmovedoras de la literatura del siglo. Bioy Casares no volvió a lograr esa felicidad en el uso de la lengua. Quizás sí en los cuentos. ¿Lo consigue gracias al ejercicio de la pura invención de la trama? Creo que no es solamente eso. El acierto es encontrar un modo de narrar; y en el interior de ese modo una lengua que le da estatura. Es la óptica de un desterrado, que viene huyendo de no se sabe dónde, un marginal al que nadie va a rescatar; y en ese sentido la trama está llena de aciertos. |
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En la novela hay varios indicios que anticipan el final. En cierto sentido, se sabe todo desde el principio. Se sabe que es un tipo condenado, que muy probablemente se va a morir de peste en esa isla. Se intuye, con una velocidad vertiginosa, que todo es irreal... ¿La máquina es también una máquina de narrar? Sí. En todo caso si digo que es la más notable novela argentina, una máquina de narrar, y que es una historia de amor donde el personaje sueña con un amor imposible ya estoy diciendo todo. El amor imposible. El clásico de todos los clásicos. Romeo y Julieta. ¿Qué final estoy contando si digo eso? El final está anticipado en la página 50, cuando el narrador hace el jardincito, que a mi criterio es la metáfora que condensa el libro: “la magia de crear una obra”. El narrador dice Hay que fijarse en las partes, y también No podía preverse la obra concluida pero tampoco parece improvisada. Es un libro que se construye fragmento por fragmento, y vamos siguiendo esa construcción. Lo va construyendo, va dando las pistas... Después de que Faustine destruye el jardincito, él escribe: Ahora me consuelo reflexionando sobre mi condena. ¿Es justa o no? ¿Qué debo esperar después de haberle dedicado este jardincito de mal gusto? Creo, sin rebelión, que la obra no debiera perderme, si puedo criticarla. Para un ser omnisapiente, ya no soy el hombre que ese jardín hace temer. Sin embargo, lo he creado. Y prosigue: Iba a decir que ahí se manifestaban los peligros de la creación, la dificultad de llevar diversas conciencias, equilibradamente, simultáneamente... ¿De qué está hablando? ¿De la creación literaria? ¿De la creación de ese mundo virtual? Creo que está hablando de todo al mismo tiempo. También insinúa sus mecanismos de producción. Como cuando el protagonista se ampara en el estilo “ostinato rigore” de Leonardo Da Vinci, que de hecho es el artista que primero describió el funcionamiento por partes de las cosas. ¿Diría que Bioy Casares tenía la trama armada de antemano? Creo que lo tenía absolutamente claro. De no haber sabido adónde iba, no hubiera podido escribir así. Salvo que la haya escrito tres veces. Por lo menos dos. De lo contrario, no puede llegar con tal perfección a ese final; un final que es mucho más prodigioso de lo que podemos imaginar. Refiriéndonos a Leonardo, recuerdo un aforismo de sus Breviarios: “No mentir acerca del pasado”. Ella no le miente jamás. Nadie le miente jamás al personaje acerca del pasado. En esta novela nadie puede mentir acerca del pasado. Y sin embargo es una novela sobre la eternidad. El pasado está ahí, permanentemente a la vista. Pero es un presente continuo. Hay un sueño que el personaje rescata de Morel: erigir grandes álbumes o museos familiares o públicos con esas imágenes. Un sueño que aspira a la masificación de su prodigio. Es como realizar lo intolerable, e implicaría una utopía. Considerando lo que la novela tiene de profético, sería como imaginar ya la clonación, y se podría decir que profetiza la realidad virtual... A lo largo de los años se habló de la televisión, se habló del cine, se habló de un montón de cosas..., pero no nos detuvimos en que ese sueño no se realizaba. Lo vi como una especie de abismo metafísico. ¿Terrorífico? Espantosamente terrorífico: el deseo de convertirse en lo mismo que uno está viendo, en lo mismo que el ser amado es; y que sin embargo es irrealizable. ¿Es la historia de un suicidio colectivo? No. Es la historia de lo imposible. Él ya forma parte de ese mundo, y sin embargo no podrá hacer real su amor por esa mujer. ¿Qué es lo más desesperante de todo? Que él empieza a anhelar ser un personaje para la mujer amada. Él ya forma parte de ese mundo. Y es trágico. Aunque lo compartan, ella va a seguir ignorándolo por toda la eternidad. Sólo algún otro observador podría imaginar que ellos son... novios. ¿No es así? Al final, el personaje dice que quiere existir en el pensamiento de Faustine. Imagina que podría llegar a suprimir la imagen de Morel... Cuando explica los dos soles y las dos lunas dice: Como la semana se repite a lo largo del año, se ven estos soles y dos lunas no coincidentes (y también los nadadores con frío en días de calor; bañándose en aguas sucias; bailando entre los matorrales o en el temporal...). Y luego el terror: Al hombre que, basándose en este informe, invente una máquina capaz de reunir las presencias disgregadas, haré una súplica. Búsquenos a Faustine y a mí, hágame entrar en el cielo de la conciencia de Faustine. Será un acto piadoso. Es de miedo. Ha pasado a formar parte de ese mundo, y sin embargo tiene que pedir piedad. Morel dice: El cielo, a lo mejor, está en la memoria de los hombres. Claro, no hay memoria ahí. Por eso, no hay pasado. No hay memoria; no hay pasado; no hay nada. Bueno, hay memoria en nosotros que releemos el libro... Es una memoria fuera del sistema de la novela. Es una memoria de lectores, no la del protagonista. ¿Y no es a la que aspira el protagonista? A la que aspira Bioy, sin duda. En realidad a la que aspira cualquiera. ¿No es a la que aspira fundamentalmente el que escribe un diario? La novela asume la forma de un diario y presupone un verosímil de lector... Efectivamente, él tiene una imagen de lector. Nos está diciendo: hay alguien afuera, alguien que puede resolver el enigma de alguna manera. También dice que lo que escribe es como un testamento. ¿Cuál sería el legado? La máquina de Morel no, porque nosotros los lectores no pertenecemos a ese mundo ficticio... No lo sé. No sé si la intención es donar. Él dice que es un testamento... ¡Un saber! Lo único que puede dejar es un saber, ya que es lo único que posee. ¿Un saber acerca de qué? Un saber acerca de la invención de Morel. Es decir, una realidad virtual. Y un saber sobre el amor; porque se trata, insisto, de una novela de amor. ¿Una obra de arte es válida en la medida en que admite interpretaciones múltiples? Desde luego. Yo me detuve en la novela de amor. Pero también está el policial, ya que hay un enigma a revelar. De hecho el protagonista investiga qué son esos motores, qué es esa gente tan extraña... ¿Hay o no hay un asesino en La invención de Morel? Sí. Uno que mata a muchas personas a la vez. En la página 115 Morel completa su discurso: Ha llegado el momento de anunciar: Esta isla, con sus edificios, es nuestro Paraíso privado. He tomado algunas precauciones –físicas, morales– para su defensa... Entiendo las precauciones físicas, ¿pero cuáles son las precauciones morales? ¿Quién es más moral, el Morel de Bioy Casares o el Erdosain de Roberto Arlt? Creo que pertenecen a universos absolutamente diferentes, y que no son comparables. Morel es un científico europeo, con preocupaciones filosóficas y una moral que no forma parte del universo de Erdosain, que está mucho más acotado intelectualmente. Los problemas morales que pueden plantearse son esencialmente diferentes. Y no creo que Erdosain sea un personaje moralmente más ejemplar que Morel. ¿Y Morel con respecto al narrador? Morel puede jugar con la realidad; el narrador no. El narrador está perplejo: sufre y teme la muerte. Morel puede reírse de su propia muerte; y en ese sentido su catadura moral es la de un cínico. Tan cínico como Dios, en todo caso. Cínico y arbitrario, en tanto “creador de criaturas”. ¿Pero no estarían puestas las precauciones de Morel, tanto las físicas como las morales, en las imágenes? No porque algo pueda atentar moralmente contra la invención (contra el Paraíso, etcétera), sino internamente. ¿La precaución de que su máquina no pueda grabar algo obsceno? Morel procurando que no exista ninguna posibilidad de una escena escabrosa. Aunque de hecho la trama casi no existe para estos personajes: viven una situación bucólica continua. Entre ellos no pasa nada que exija algún tipo de censura, nada que pueda ser juzgado, nada de qué sospechar. Salvo lo que el personaje en el desvelo de su soledad no puede dejar de imaginar. |
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por Alejandro Margulis |
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