Reconstrucciones de Desaparecidos
 
 
Hebe de Bonafini
Presidenta de la Asociación Madres de Plaza de Mayo
 
"El amor de mis hijos desaparecidos es como una tormenta que tengo "  
 

La primera vez que entrevisté a Hebe de Bonafini fue en la década del ´80. Realicé ese reportaje junto con el periodista Daniel Fresco, compañero por entonces de Clarín Revista. Buscábamos conocer las vivencias que Bonafini experimentaba en esos primeros días de la democracia, después de las amenazas que había recibido al igual que aproximadamente otras cuatroscientas personas, entre periodistas, militantes de los derechos humanos, fiscales y jueces.

Se hablaba entonces de “la mano de obra desocupada”. La frase aludía a una suerte de ejército invisible que se había tomado el minucioso, sistemático trabajo de amedrentar a personalidades claves de la política y la cultura argentinas con llamados telefónicos a sus domicilios. De ese modo se les insinuaba, sin medias tintas, que “iban a ser boleta” o que los iban “a reventar”. Los motivos nunca eran especificados pero para los destinatarios del mensaje eran invariablemente obvios. Ninguna de estas amenazas fue rastreada hasta su fuente aunque todas las sospechas se dirigieran, sotto-vocce, hacia los servicios de inteligencia del Ejército y del Estado. Las amenazas cesaron espontáneamente pocos meses después de haber empezado, dejando envueltos en una espesa intranquilidad a todos quienes las recibieron.

La intención del segundo reportaje era que Bonafini reconstruyera, como el resto de los entrevistados de este libro, las figuras emblemáticas de los desaparecidos de su familia; también comparar el modo en que hablaba de ellos hace dos décadas y ahora. Sin embargo, poco después de que éste fuera hecho, y cuando aún permanecía inédito, su única hija viva -María Alejandra, de 35 años- fue agredida salvajemente por dos desconocidos que se hicieron pasar por empleados del teléfono: la golpearon, le envolvieron la cabeza con una bolsa de nylon hasta semiasfixiarla y le quemaron el cuerpo con cigarillos; la metodología no difirió de la empleada por la “mano de obra desocupada” cuando estaba -por decirlo de algún modo- empleada en los centros de represión de la dictadura.

Este incidente siniestro modificó el criterio de edición que me había propuesto utilizar para transcribir las dos conversaciones. Así, no me preocupó tanto advertir lo parecido a sí mismo que se mantuvo el discurso de Bonafini a lo largo del tiempo como, justamente, consignar la inevitabilidad de que haya seguido siendo casi igual. No he modificado el tono ni la intencionalidad tal vez algo crítica de alguna de las preguntas; no he agregado una palabra que suavizara el dramatismo que su relato fue alcanzando a lo largo de las charlas.

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