| Alicia Odorico |
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| Triángulos |
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Las manos de ella tenían esa blancura que va acompañada de un dato simultáneo al del color, una certeza con respecto a la textura extensiva a todo su cuerpo: debe ser suave como un durazno. Las manos de él no llamaban la atención por su tono y nada en especial llevaba a pensar cómo podría ser su piel al tacto pero me hubiera quedado mirándolas durante horas. Eran de esas que se entregan aunque no estén tomando nada, generosas, de las que inspiran respeto, serenas pero tan vitales que tienen una actitud de movimiento aunque estén quietas, una tentación superior. Debe ser lo que le sucedió a la chica cuando mirándolo fijo introdujo en su boca un dedo de esa mano mientras masajeaba los otros lentamente bajando hasta la palma para hundir sus pulgares en ella. Sí, tres manos y una boca en acción fueron suficientes para que olvidaran dónde estaban, para que el vagón mal iluminado se volviera un aposento medieval y la cuerina rotosa de los asientos se transformara en el pasadizo secreto a las piernas de ella que comenzaron a abrirse. Yo estaba sentada del otro lado del pasillo, paralela a ellos pero enfrentada, y jamás notaron mi presencia. El deslizó la mano libre debajo del vestido del mismo modo en que una serpiente se introduciría bajo una manta de seda y comprobé que mis suposiciones habían sido correctas: el volumen de esa mano abierta (su relieve bajo la tela) parecía una monstruosa deformación de la pierna de ella a la altura de la ingle y la abarcaba en su totalidad. A la chica se le escapó una inspiración aguda y demasiado sonora que casi repito en eco involuntario (estábamos como en red). Los sonidos del tren al andar -su percusión monocorde y acelerada - eran la mejor música de fondo y sintonizaba a la perfección con mi ritmo cardíaco, mi sangre revolviéndose en oleadas parejas y un hormigueo en cada zona despabilada, un parpadeo constante de estrellas entre las piernas. Ella, a esta altura, chupaba el dedo medio de él con avidez, como si fuese un chupetín que le dejaba los labios brillantes y mojados, por el hueco en sus mejillas debía estar succionando con intensidad, se detenía cuando lo había sacado del todo de su boca y se demoraba en la punta donde mordisqueaba un poco y lamía la yema con chupaditas breves, como un cachorro, para hacerlo desaparecer de nuevo tragándolo despacio, con la misma aceitada fluidez con que el émbolo de esmeril penetraba a la jeringa de vidrio. La única señal de vida de la mano del muchacho semioculta bajo el vestido era el ejercicio de una presión, una especie de vaivén casi imperceptible pero que involucraba todo su cuerpo. Necesitaba liberar la otra mano de la boca de la chica y no le fue difícil, la hizo descender deslizándola como lo hubiera hecho un ciego tratando de retener una forma en la memoria de sus dedos: la boca, los huesos de la mandíbula, su cuello delgado y liso como un tobogán de agua tibia, para desembocar finalmente justo sobre sus tetas. Allí se detuvo unos segundos como quien toma aliento antes de ingresar en tierra santa y le desabrochó el primer botón. (yo también necesitaba un alto el fuego, un instante para recomponerme y prepararme para lo que se veía venir; y tuve tiempo para un solo pensamiento: no puedo hacer ningún ruido). Ella se apoyó en el respaldo y comenzó a mirar por la ventanilla, sus ojos bajaron bandera a media asta, por lo que no creo que estuviera viendo nada de lo que pasaba delante suyo, pero yo sentía que debían ser un telón de fondo maravilloso esas imágenes borrosas a toda velocidad mientras te tocan las tetas, porque él a esta altura se dedicaba a las dos acariciándolas, por lo que me volvió la espalda y sólo me permitía ver el rostro de ella que ahora lo miraba, nuevamente, mientras se dirigía al cierre de su pantalón. El le tomó la cara entre sus manos y empezó a besarla con desesperación, primero en la boca con besos cortos, no paraba, después al cuello, de un salto a mojar apenas los pezones para dejarlos y volver a la boca y así... Ella estaba muy erguida, con sus labios siempre entreabiertos, podía escucharla: el jadeo ensordinado de su respiración me llegaba como un ruido marino, un canto; sus brazos indicaban actividad, un movimiento rítmico que iba haciéndose cada vez más rápido. Ahora estaban uno frente al otro, ella, casi en el borde del asiento había recogido una de sus piernas y la otra, apoyada en el piso se abría en abanico invitándolo, y el aceptó: puso su mano sobre la rodilla cubriéndola del todo y empezó a subir, (con la otra mano, mientras tanto, jugaba en sus pezones, los giraba, los pellizcaba suave, los apretaba, los besaba). Despacio pero sin pausa seguía su ruta por las piernas hasta que llegó a la bombachita de encaje, tan pequeña que no hizo falta nada más que dejarse llevar por la guía de calor y humedad y meterse, como lo hizo. Ella cerró fuerte los ojos y por un momento sus brazos colgaron a los costados del cuerpo, dejó caer la cabeza y él la sostuvo con una mano por la espalda acercándola contra su pecho. Ella volvió entonces y se agarró de eso que imaginé como el mástil de un velero por el aleteo de sus brazos, por el tiempo que tardaba en subirlos y bajarlos mientras lo recorría, por esa espalda tan ancha que tenía enfrente mío y porque sí, porque quise pensar que ella, con sus manos, frotaba un tótem de carne y nervios. Los dos emanaban una sintonía electrizante, calor, calor, calor, mucho calor. Con una de sus manos él entraba y salía, con la otra que ahora había comenzado a moverse la acariciaba, ella batía con fuerza lo que tenía entre las manos; él la tomó de la nuca con una violencia inesperada para arrimarla contra su cuerpo y el aullido de los dos fue controlado pero incontenible, igual que la sustancia que imaginé brotando como del centro de la tierra, corriendo cálida y gelatinosa por las manos de la chica en un única estampida de latidos. Después se acomodó como un encastre perfecto en el hueco del cuello de él para quedarse así un largo rato. |
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