Javier Leibs
  Llueven Uñas
   
  Llueven uñas. No del cielo. No del suelo. ¿O sí? Llueven uñas, perforan el paraguas. Alteran el silencio que hay inmediatamente debajo del paraguas. Uñas y llantos de baldosas que, al ser pisadas, dejan oír su voz absorbida por el pasar de los transeúntes; el repiqueteo de las uñas. Uñas que llueven. No del cielo, tal vez del suelo. Hadas meridionales con arcabuces y lentes de contacto, trenzas de serpientes verdosas y dientes de ajo que rodean mi cintura y suministran un tratamiento espiritual mediante shocks eléctricos. Oigo el llanto de las baldosas, también las oigo cantar el himno. Yo también comienzo a cantarlo, y al percatarme de esto, empiezo a decir “jabón”. “Jabón, jabón, jabón.”. Como si eso fuera a limpiarme. Limpiar todo el trayecto que va desde las cuerdas vocales hasta la punta de la lengua. Luego digo “jabón” mientras inhalo, para llevar la limpieza al interior. No me sorprende, entonces, que al orinar salgan burbujas. Distraído reventándolas, ya no controlo la dirección de la orina. Pronto, la casa está completamente inundada. De orina y burbujas de jabón. De uñas y baldosas lloronas. Y paraguas perforados por uñas que llovieron del cielo, del suelo y del interior de cada burbuja que fui reventando. Siento náuseas y luego de un gran esfuerzo vomito un nuevo yo. Tomo una de las uñas, que ahora descansan y consuelan a las baldosas, y me perforo una oreja. Luego hago un corte circular alrededor de mi ojo izquierdo y lo extraigo. Entonces, mirando al espejo investigo el espacio que quedó vacío. Saliendo de mi, linterna en mano, camino por el túnel ocular, húmedo y hueco, sin sorprenderme al encontrar pinturas rupestres en sus carnosas paredes. Manos, baldosas, burbujas y uñas. Sigo investigando el interior de mi cráneo, evadiendo murciélagos que se abalanzan con sus insoportables chillidos. Murciélagos cargados de imágenes funestas, que heden a azufre y la viscosidad de sus gritos amenaza con dejarme el alma pegada al suelo, junto a millones de uñas. Entonces llego al cerebro, que no es otra cosa que un monstruo invertebrado y maloliente. Fumando su pipa de agua, remite a la oruga de “Alicia en el País de las Maravillas.” Pero no resulta nada simpático. Así, en medio de nubes de humo con olor a pesticida, intenta saber el motivo de mi visita. No respondo. Sólo saco una de las uñas que llevo guardada, y practico un corte octogonal en su superficie. Cae entonces la parte cortada, y ante mí queda un espacio abierto y hueco, en cuyo interior, plagado de uñas, encuentro un gran sapo descansando arrogantemente sobre un trono de papel picado. Lleva puesta una túnica oriental de un color nunca visto por estas zonas del sistema solar. De su pescuezo cuelga un collar hecho con espejos redondos. Cada uno refleja mi rostro en diferentes tonalidades de gris. El gran monarca anfibio tiene, además, una extensa barba pelirroja, y como cabello posee unos largos tubos de ensayo llenos de un líquido cuya naturaleza prefiero ignorar. Quiero decir algo. Algo acerca de las baldosas lloronas; algo acerca de las uñas llovidas, o de los atardeceres frente al mar que me pierdo cotidianamente. Antes de lograr despegar mis labios, el gran sapo saca su lengua horrible y larga envolviéndome en un abrazo, que resulta ser el más pegajoso y apestoso que conocí en toda mi vida. A una velocidad vertiginosa soy llevado hacia su boca y luego envuelto en oscuridad. Sentado, impregnado con la saliva de este bicho repugnante, espero. Diez minutos. Cincuenta años. De pronto todo comienza a moverse. Como si se tratara de un sismo. Deduzco que la bestia está dando un paseo con sus delicados saltitos. Tal vez le ha vuelto el hambre y anda buscando algún otro insecto. Entonces algo sucede. Unas extrañas voces comienzan a sonar en mi interior y despierto de un sueño terrible. Llueve con mucha furia. Llueven uñas, y me encuentro en un trono de papel picado sobre las espaldas de un sapo gigante, cuya piel porosa es de un color que, con seguridad, proviene del rincón más estrafalario del cosmos. El anfibio avanza dando enormes saltos. Con cada salto cambia el paisaje que nos rodea, y con ello la camaleonesca piel del sapo. Siguen cayendo uñas, y siguen llorando las baldosas debajo de las repugnantes patas de mi exótica bestia de transporte. Finalmente llegamos al borde de un precipicio. El sapo se detiene de golpe, gira su cabezota y dice, con una voz nauseabunda: “Nunca más vuelvas por aquí.” De pronto contrae su espalda gelatinosa para luego expandirla de golpe y arrojarme al vacío. Mientras caigo, alcanzo a ver que el orificio del cual yo había sido despedido es aquel túnel ocular abierto en mi propio rostro. Finalmente doy contra un gran colchón de uñas que descansa sobre el piso, mojado por las lágrimas de las baldosas. Antes de poder levantarme, un gran pie, que no es otro que el mío, proyecta su amenazante sombra y luego se apoya, aplastándome por completo. Con mucho cuidado despego mi diminuto cuerpo de la planta del pie. Está totalmente desfigurado, bañado en sangre y otros líquidos que no alcanzo a identificar, pero que remiten al contenido de los cabellos-tubos-de-ensayo de aquel sapo que nunca olvidaré. Triste. Muy triste ante mi propio asesinato. Mi cuerpo se desmorona, entonces, como si fuese una uña caída del cielo, o del suelo. Sin peso, sin fuerza, junto a las baldosas comienzo a llorar. Lloramos y nuestro llanto apenas logra atravesar el repiqueteo de las uñas que no cesan de llover.  
 
 
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