Rafael Fernández
  El escribidor de la discoteca
   
 

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Miro al pobre hombre de la cerveza: la ha apartado: ¿Qué hace?: se ha abstraído: ha sacado un bolígrafo: está escribiendo en los reversos de los posavasos: tacha, pierde la vista en la profundidad infinita del papel en blanco: escribe rápido: se detiene: continua: refunfuña: sonríe: piensa: razono: yo sé que es eso: está escribiendo: compone un texto.
 
 
 

El camarero austriaco, con ojos de serpiente, se acerca a la novia del relaciones públicas: él comienza a hablarle, ella no le presta atención: le ignora: el camarero como venganza por su indeferencia, para despecharse, le aprieta una teta: el hermano (quizá envalentonado por el alcohol) le empuja: el camarero austriaco le mira con sorna: levanta la mano para pegarle: ¡No se atreverá!: le da un bofetón: un bofetón seco: y se va.

Soy un cobarde: no he hecho nada: y, cuando ellos me miran, me giro: para tratar que no sepan que sí que lo he presenciado todo: lo vi todo y no hice nada: soy una mierda: pero es que no lo puedo evitar: tengo miedo: estoy temblando...

Me acerco al hombre de la cerveza.

-¿Qué haces?
-Estoy escribiendo -responde con un hilo de voz.
-¿El qué?

Me mira con miedo y vergüenza: conozco muy bien esa mirada: él es como yo: le da vergüenza decir que escribe: le da vergüenza decir que escribe porque los hombres que escribimos, si no somos ricos y ganamos dinero con ello, nos avergüenza confesarlo: es que cuando lo hacemos nos miran como gilipollas: más aun si se lo confesamos a otro hombre: nos tachan de niñitas: nos miran a la cabeza y piensan que las tenemos llena de pájaros y alas de mariposas: que tenemos envidia a las mujeres porque ellas pueden llevar compresas y nosotros no.

-Escribo un poema.
-¿Sí? ¿Sobre qué?
-Sobre los hombres. Yo creo que aunque pusiéramos a todos los gobiernos e individuos que adoran el dinero en un edificio y lo hundiéramos no se acabarían las injusticias en el mundo: la solidaridad no puede reinar hasta que la raza humana desaparezca del planeta.

Me sorprendo: este hombre es un genio: y yo pensaba que era un decrépito: menudo pensamiento para un poema: me muero de ganas por leerlo.

-¿Puedo ver lo que has escrito?
-No ¡No hasta que lo termine! –gime con una voz muy dulce.
-Vale. No te preocupes: te entiendo.
-Pero tengo poemas terminados –dice sacándose posavasos de la camisa- estos, sí los puedes leer.

Leo uno de ellos: escribe con una caligrafía confusa y con muchas faltas de ortografía: pero uno de sus versos me impacta: está en el centro: es bueno: joder, creo que es jodidamente bueno: leo el poema desde el principio: para ello tengo que ordenarlo un poco mentalmente:

“A veces la vida, nos lleva confundidos
y las preguntas se quedan sin respuestas
(a veces, las cartas se quedan sin responder)
Cuando la lluvia cae en el cielo gris,
el viento mueve los ojos muertos y los pájaros callan
(...)
Pincha sobre el papel si quieres leer el resto del poema (escrito con su puño y letra)

-Joder –mascullo- es bueno.

-Ahora ya no escribo tan bien: es por culpa de los glóbulos rojos de la cabeza: se me están acabando.

-¿Qué dices?

-Antes tenía muchos glóbulos en la cabeza pero desde que trabajo en el restaurante chino, como no puedo comer más que carne humana, se me están acabando.

-¿Qué comes carne humana?

-Los chinos para los que trabajo se creen que yo no lo sé. Pero sí que lo sé: ellos preparan carne humana con salsa agridulce: la carne humana es buena para bailar: si comes mucha carne humana bailas muy bien, pero para la poesía comer carne humana resulta fatal: porque se te come los glóbulos rojos de la cabeza.
 
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