El dios de la sangre
  Sheila Oves  
   
 
El dios de la sangre
 

 

 
I
 

Su vestido de espejos absorvía el disparo rojo y luminoso que convulsionaba con el ritmo y el humo alucinógeno, encortinando la iglesia profanada en boliche. Los martillazos de la música seducían su cuerpo y lo agitaban llamando al calor y a la sed en su garganta. Si caminaba hacia la barra para tomar un trago, tendría que detener su danza y no estaba dispuesta a hacerlo. Quería bailar hasta morir. Algunos sedaban sus pesadillas noctámbulas con drogas, otros con alcohol. Ella sólo necesitaba un espacio donde estirar sus brazos hacia arriba y hacia abajo, parlantes ruidosos ubicados en cada punto cardinal y un dj que pensara como ella. Los ojos espermáticos, como búhos a la espera de posarse en sus ramas ondulantes, no la intimidaban. Las risas en susurros envidiosos como dardos hacia ella eran sellados por la sirena que accionaba, de tanto en tanto, el maestro de ceremonias quien exhibía en su cabeza rasurada los colores primarios. La multitud enardecía con el chillido mecánico perforador. En cambio, ella continuaba en su limbo con los ojos apagados. Una gota salada que había nacido en su cuello se estaba resbalando por el centro de su pecho enmarcado por un escote en V profundo. Esta acabó muriendo entre sus dos formas redondas y salientes.
El se corporizó en esa gota, se comparó con ella por su efecto húmedo, vaporoso y agonizante. El camino era descendente y movedizo, y terminaba en las arenas humeantes del infierno oculto detrás de la tela plateada. No se resistió a la hoguera. Su piel con aroma a trigo lo había convertido en un autómata. El la espiaba fijo como alerta cada vez que se abría un hueco en la masa de figuras que los distanciaba. No era la persistencia de las luces que hacía subir la marea en las líneas de sus amplias palmas sino el recuerdo de haberla visto desnuda y dominada entre sus muslos, sus curvas como bandera enredada con el viento acopladas a su silueta, fibrosa y pesada, y a sus fantasías. Las cuerdas tensadas a lo largo de la guitarra de su torso siempre le habían cortado las yemas de los dedos, pero la melodía que ella silbaba a través del ombligo lo adormecía de su calabozo.
Ella cantaba, vaciando todo el aire de sus pulmones, con la intención de censurar la película que proyectaba su cerebro conciente de la tortura mezclada con deseo. Ella pretendía que él no estaba allí, sentado con sus codos apoyados en la barra, acosándola con el roce magnético de sus pupilas las cuales manejaban su sensualidad y su voluntad.
El no soportaba su indiferencia. Entonces decidió jugar sucio y se aproximó a ella. Dirigió una mano anhelante hacia la base de la columna, justo sobre sus glúteos. Empujó delicadamente sus cinco puntas filosas contra la falsa piel metalizada que recubría la verdadera para comprobar su solidez, su existencia y, así, derribar lo inalcanzable de su ángel.
Ella agradeció a Dios el resguardo de la tela, aunque una llaga estaba asomando en el punto de contacto.
Pero ya era tarde, él había descubierto sus hombros redondos y desprotegidos. Apoyó una mano en cada uno y comenzó a acariciarlos. También empezó a oler su cuello y a degustar su textura con sus labios abiertos para no entorpecer el trayecto de la lengua por esa porción de carne ávida. Ella le pertenecía, como en los viejos tiempos.
Las bocanadas de aliento inyectadas en su cuello empañaban su cordura. Sus brazos estaban extendidos y duros a ambos costados de su cuerpo. Su boca, petrificada por las ganas ahogadas. Y los párpados escudaban el brillo de su mirada que eligió callarse. En un descuido, ella exhaló un gemido y él, en respuesta, le lamió el lóbulo izquierdo. El nivel de su pecho comenzó a alterarse a causa de la locura en su respiración y se sintió mojada entre sus piernas que temblaban como margaritas vapuleadas por un aguacero. Cuando ella relajó sus músculos, un enjambre de rayos empezó a recorrer todas las esquinas de su anatomía, intensificando la corriente eléctrica en sus pechos, en el abdomen y en el clítoris. Allí las puntadas eran tajantes y constantes con tal intensidad que la obligaron a tener la urgencia de frotarse el espanto. Pero no lo hizo y escapó, descolgando ritualmente de su pie el zapato de tacón como huella de una culpa soslayada.

 
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II

 

La correntada que se había colado a través de los ventanales vidriosos entreabiertos hacia el pasillo cubrieron al bronce del picaporte con un frío polar. Su mano lo comprobó cuando empujó hacia abajo la manija alargada para abrir la puerta. Con él ingresó la luna que velaba en lo alto del jardín bañado con grises sombras y oscuros pensamientos.
La irrupción perturbó el descanso del vestido enfermo de espejos que estaba sentado en una silla con su espalda muy erguida contra el respaldo como al acecho de cualquier conquista. Esa conquista por fin había llegado para él... y también para ella, dormida por fuera, alborotada por dentro. El siguió combatiendo las tinieblas de la habitación, descorriendo la cortina maciza de madera en un apuro medido, para retener los minutos de esa noche sin reflejo. El filo de su cintura perfilada contra el empapelado rombal cortó su aliento tensado en espasmos que reprimían los impulsos incentivados por el Dios de la sangre.
Sus pupilas ahora desnudas agudizaron su fortuna en la porción de pared que comprendía su campo visual. La ráfaga de viento que se arrastró desde el ancho pasillo y traspasó la entrada abierta de su cuarto le acarició la nuca como chispazos epilépticos que, luego, se multiplicaron y bordearon las vértebras dorsales hasta ramificarse hacia el centro del vientre húmedo y febril. Finalmente la llama se precipitó en la vagina que comenzó a lubricarse. En su intento de resistencia, comprimió su vulva, pero la fricción entre los pétalos rosados era una avispa confinada al encierro de un condenado. Negó su llegada petrificando sus músculos. Ignoraba su método de ataque pero no sus intenciones.
El marcaba cada uno de sus pasos hacia el lecho iluminado por el débil rayo lunar creciente. Mientras avanzaba hacia su silueta reposada, sus pies pisaban dubitativamente cada medio metro de alfombra la cual había raspado centímetro a centímetro la carne pegada a sus cuerpos que habían rodado uno encima del otro contra ella en una lucha tantas veces jugada a escondidas. En ese entonces, sus pechos apenas sobresalían, pero igualmente él se las ingeniaba para tocarlos en cada giro sobre esa superficie peluda que hoy nuevamente la guiaba hacia ella.
Sus rodillas golpearon el colchón. Como un águila, sobrevoló su presa antes de despedazarla. Podía oler su miedo y eso lo volvía loco.
El oleaje en sus senos la delató, aunque sus ojos seguían apretadamente cerrados para no escuchar lo que se avecinaba. El descendió lentamente hasta arrodillarse frente al altar donde ella rezaba sus sueños de espaldas contra la pared, simulando una penitencia. Su torso únicamente vestido con tejido humano estaba cubierto por una sábana holgada que desdibujaba su contorno, dejando desprotegida sólo la cabeza. Sus garras sostuvieron un puñado de la tela y tiraron hacia los pies de la cama. Tenía puesta una bombacha diminuta, ambos pechos estaban oprimidos entre el miembro superior izquierdo y el peso que colgaba del derecho. Su cuello le imploraba, pero decidió esperar. Hundió su nariz en el manto castaño de cabello corto y empezó su peregrinaje circundante, al mismo tiempo que la punta de sus dedos rozaban el puente del cuello aterciopelado. Su boca exhalaba fantasías reprimidas mientras que su garganta tragaba vergüenza. Hormiguitas caminaban por sus labios mojados con saliva que refrescaba también a la lengua que trataba de cazarlas. Luego sus manos se aventuraron hacia el hombro derecho el cual habían saboreado hacía unas horas en el boliche y, después, recorrieron la espalda hasta su horizonte. Sin violar la diminuta bombacha, la mano derecha navegó la línea de frontera que dividía ambos glúteos para desembocar en la vulva como arroyo revuelto. Removió la banda de algodón y, así, penetró el orificio vaginal con sus dedos índice y medio. El desgarro se ahogó en un suspiro imperceptible. Ella había separado levemente sus muslos. Ahora su rodilla derecha se encontraba suspendida en el aire por encima de su melliza retenida contra el colchón. De pronto, él desplazó la rodilla derecha hacia el lado opuesto y la obligó a enfrentarse con su espectral presencia. Su mirada había encallado en el abandono y el cielo de su voluntad se había nublado con un sometimiento amargo. El reveló el mapa de su abdomen al expulsar la remera por sobre su cabeza. Ella continuaba varada en la incertidumbre con el mentón apuntando hacia el techo verde agua, aunque su brújula estaba nadando en su pelvis tatuada en nieve humeante. Ella entornó el castigo de su mirada hacia la figura que ahora se hallaba parada detrás de sus piernas flexionadas con sus pies echando raíces en la tibieza de ese barro que escondía resortes. Ella advirtió que él estaba desabrochándose el pantalón, entonces se sacudió el tabú apoyando los dos antebrazos en el lecho para alimentar su visión e incendiar sus entrañas. No llevaba ropa interior. Su miembro se alzaba como una espada en guardia entre la hilera de ojales y la de botones. Deslizó los jeans negros a la altura de los tobillos. Para liberarse, levantó y retrocedió un pie y, luego, el otro. Se aproximó a los blancos muslos como agujas de reloj que sentenciaban la una menos cinco y los sujetó firmemente. Escaló la cima del lecho para situar sus muslos por debajo de los de ella. Arrimó tímidamente el pene hacia la vulva. Inclinó su cuerpo y, con un rápido movimiento, atrapó las finas muñecas con sus dos tenazas y la atrajo hacia él de un tirón. Ella se aferró a su desértica espalda como al último hilo de vida. El falo comenzó a juguetear con los labios menores. El pulgar de la mano presionó la boca pequeña y trémula por donde asomó la lengua para humectar su yema. Luego la apartó para chupar esa uva suculenta y salpicada de rocio. Bebió su saliva mezclada con vino y gemidos en sinfonía. La mordió para arrancarle un pedazo de orgullo. Aprisionó el trasero entre sus manos y la embistió a quemarropa.

 
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III
 
 

El domingo amaneció sin sol. Ella estiró el brazo con la palma hacia abajo. Todavía sentía su huella en el vacío. Se levantó, desprendiéndose de su propia piel, y retiró la bata asfixiada del armario. Se la colocó con delicadeza sobre el cuerpo desnudo, como él lo hubiese hecho. Esa mañana decidió no descorrer las cortinas. Caminó hacia la puerta mientras pensaba en un mundo perfecto. Respiró y exhaló dolor. Accionó la manija alargada y tiró hacia ella. El resplandor disparado por los ventanales la dejó ciega. Giró la cabeza abruptamente para recuperar la vista. Lo hizo y ahí estaba. Inpunemente parado a unos metros de ella. Le sonrió apenas y ella lo rechazó desviando la mirada al suelo. Sus ojos comenzaron a aguarse. En un instante, él se avalanzó sobre ella y empezó a zamarrearla por los hombros. Ella parpadeaba pero continuaba con sus pupilas autistas fijadas en la unión de dos mosaicos color ladrillo.
De repente, una anciana con cabello rubio ceniza, un audífono en cada oído y una mueca esbozada en su boca cuidadosamente pintada de rojo sangre los interrumpió y dijo:
“Esteban, dejá de molestar a tu hermana y vení a ayudarme con el desayuno que María hoy tiene franco”.

 
Sheila Oves
 
 
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