| El dios de la sangre | |||||
| Sheila Oves | |||||
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Su vestido de espejos absorvía el disparo rojo y luminoso que convulsionaba con el ritmo y el humo alucinógeno, encortinando la iglesia profanada en boliche. Los martillazos de la música seducían su cuerpo y lo agitaban llamando al calor y a la sed en su garganta. Si caminaba hacia la barra para tomar un trago, tendría que detener su danza y no estaba dispuesta a hacerlo. Quería bailar hasta morir. Algunos sedaban sus pesadillas noctámbulas con drogas, otros con alcohol. Ella sólo necesitaba un espacio donde estirar sus brazos hacia arriba y hacia abajo, parlantes ruidosos ubicados en cada punto cardinal y un dj que pensara como ella. Los ojos espermáticos, como búhos a la espera de posarse en sus ramas ondulantes, no la intimidaban. Las risas en susurros envidiosos como dardos hacia ella eran sellados por la sirena que accionaba, de tanto en tanto, el maestro de ceremonias quien exhibía en su cabeza rasurada los colores primarios. La multitud enardecía con el chillido mecánico perforador. En cambio, ella continuaba en su limbo con los ojos apagados. Una gota salada que había nacido en su cuello se estaba resbalando por el centro de su pecho enmarcado por un escote en V profundo. Esta acabó muriendo entre sus dos formas redondas y salientes. |
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II |
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La correntada que se había colado a través de los ventanales vidriosos entreabiertos hacia el pasillo cubrieron al bronce del picaporte con un frío polar. Su mano lo comprobó cuando empujó hacia abajo la manija alargada para abrir la puerta. Con él ingresó la luna que velaba en lo alto del jardín bañado con grises sombras y oscuros pensamientos. |
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III |
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El domingo amaneció sin sol. Ella estiró el brazo con la palma hacia abajo. Todavía sentía su huella en el vacío. Se levantó, desprendiéndose de su propia piel, y retiró la bata asfixiada del armario. Se la colocó con delicadeza sobre el cuerpo desnudo, como él lo hubiese hecho. Esa mañana decidió no descorrer las cortinas. Caminó hacia la puerta mientras pensaba en un mundo perfecto. Respiró y exhaló dolor. Accionó la manija alargada y tiró hacia ella. El resplandor disparado por los ventanales la dejó ciega. Giró la cabeza abruptamente para recuperar la vista. Lo hizo y ahí estaba. Inpunemente parado a unos metros de ella. Le sonrió apenas y ella lo rechazó desviando la mirada al suelo. Sus ojos comenzaron a aguarse. En un instante, él se avalanzó sobre ella y empezó a zamarrearla por los hombros. Ella parpadeaba pero continuaba con sus pupilas autistas fijadas en la unión de dos mosaicos color ladrillo. |
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Sheila Oves |
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