Medias breves de corderoy
(2003)
  María Florencia Codagnone  
     
 

Crayola

 

Garabatea un elefante que de tan simpático empalaga. Ahora dibuja un rostro sin sombras, un cuerpo sin alma; pinta el nombre de una mujer anónima. Juan Carlos lame el vino que desarma y mira las luces que alumbran la copa. Quizá nunca debió imaginarla.

 
 
Del tercer tipo  

Te pisa un policía. Pasan diez segundos y aún sentís sus borcegos sudorosos, pesados, sobre tu pie izquierdo. Pensás que aquella vez te protegieron. Recordás ahora los piropos que vomitó un policía que debía resguardarte del acoso. Mientras las miradas se cruzan y los pies se separan, pensás que el oficial olvidó su piel en la cama.

 
 
Intimidad  

La piel que cubre lo que no somos. La sed lame tu sexo hasta el dolor. Gastemos el instinto hasta amarnos.

 
 
Como cualquier otra  

Como monos. Se sacaban los piojos como monos. La edad de las tres no sumaba veinte. Eran las 9 y mientras los quioscos de revistas cerraban sus pestañas; mientras los subtes iban dejando lugar al silencio, me pregunté qué hacían allí, si tenían padres o si dormirían al abrigo de los pasos ausentes.
Busqué estampitas o lapiceras o agendas o esos almanaques que dicen “te amo”, “te quiero”, “perdón”. Busqué algo que pudieran vender, pero no encontré nada.
La más chica cargaba un bebé, me obligué a pensar que no era de ella ni de su hermana. De cualquier forma la noche se volvía atroz.

 
Chismes de antaño  

La vieja tenía las patas frías, duras.
Muerta.
Y ella lo vio para contarlo.

 
 
   

Leticia calla.
Sabe muy bien que si mira fijo hacia la nada, él se preocupará.
Leticia muele el útero de las ideas y se inunda de sombras que la incomodan.
Piensa en su nombre y recuerda muy bien el día que dejó de ser Leticia para ser “Le”; claro que para cualquier operación ligada a lo médico o a lo formal y tal vez, al enojo, será llamada por el nombre que le pusieron sus padres.
Se pregunta en qué pensaban cuando lo escogieron, y como todas las veces se responde que de seguro en nada (como en el momento de la concepción).
Se reprocha.
¡Cómo puede pensar en el amor, aún cuando está haciéndolo! Leticia quiere bloquear su mente como si fuera una computadora, quiere sentir, pero sabe que si lo que siente es muy fuerte también se asustará.
Se enoja.
Sabe que es ilógico asustarse por no sentir y por lo contrario. Leticia está desnuda en una cama que no es la suya y eso no la intimida (no ahora, hace 7 meses no podía acercarse a esa cama).
Quiere llorar.
La habitación está oscura, pero en esta ocasión no le molesta. Quizá, piensa, porque unos rayos de luz luchan contra la madera de la persiana. Le divierte pensar en esa imagen, quizá pueda usarla en alguno de sus textos. La luz que lucha contra la sombra... Eso es ella, piensa.
Leticia tiene ansias.
Cubre su desnudez con una sábana bastante dura.
Mira a su alrededor.
Encuentra un par de ojitos que la miran. Leticia podría no cansarse nunca de esa mirada.
Quiere hablar.
Destroza la bolsa de las palabras y se inunda de apetitos que empalagan.
Leticia quiere agradecer aunque sabe que esa palabra (“gracias”) será reprochada de inmediato.
Calla.
Extiende sus brazos. Busca el calor de otro cuerpo.
Vuelve a pensar en los nombres, si tuviera hijas querría llamarlas Brinhild, Ulrikke o Liesl. A veces se ve como una madre, otras no. De a ratos cree que una persona que quiere llamar así a sus hijas no puede ser madre.
Leticia tiene hambre pero no lo dice. No es hora de comer.
Juega con su pelo. Coloca dos dedos entre una mecha y comienza a girar en forma de espiral.
No usa reloj pero intuye que son las cinco. Anoche tardó cuatro horas en dormir. Rompió la matriz de las ideas y naufragó en el intento de ordenarlas.
Es otoño. Lo siente en la piel del que la acompaña.
Leticia desangra el muro que la separa del exterior. Abre los ojos y no ve. Intenta oír pero no hay diálogo; sólo se escuchan los rugidos de un monólogo infame. Afuera, algunos hombres juegan a convertir al mundo en Disneylandia.
Leticia suspira y abraza al que ama.

 
 
 

Como parir.
Y en eso pienso ¿Por qué la volvió a nombrar?
Está claro que te quiere a vos.
Se parece a Verón. A Eliseo, ¿no te lo imaginás haciendo una publicidad con el culo al aire?
No puedo solucionar esas cuestiones de palabras... y otros temas.
¿No me puedo enojar acaso?
O quizás estoy cansado.
¿Te dijo puta en serio?
Para escupir enojos.
¿Vas el 15?
Estoy con furia, rabiosa (podría golpearte).
No sé.
Para sentir que se aleja todo.
¿Pero lo perdés?
Se pasó para el lunes.
Me encanta estar con él, pero cuando desaparece...
Un puerto... lejos del dolor, eso dice.
Estaban lindos ¿no?
No sé si arriesgaría tanto.
El auto como sexo, tal vez.
Si decís eso no me conocés.
¿Fuiste a lo de Susana? Me pareció verte.
Los egipcios no caminaban tan lento.
Irme de todos lados.
Te va a dar un surmenage, Flor.

 
 
   
Masaje  


Estás en un cuarto de 1.5 X 2. Las paredes son blancas y lo único que ves son:

dos percheros que parecen grifos (podrías decir canillas, pero no se parecen a canillas, se parecen a grifos).

un espejo, en el que hace un rato miraste las debilidades que te crean,

dos sillas,

una más alta que la otra, en las que dejaste tu ropa y la cartera

(ayer, te dijeron que si la dejabas en el piso, la plata se iba. – A quién le importa la plata, y quién puede ser tan idiota como para decir eso- pensaste).

Y por supuesto la camilla, en la que estás tirada, sintiendo un calor que brota desde el cuello, un calor casi insoportable.

A oscuras...

Quien te conoce sabe que no es conveniente que te dejen en esas condiciones, sola, a oscuras (por suerte la puerta está un poco abierta, sino el encierro sería total) y sin más que hacer que relajarte. Relajar es un verbo que no figura en la enciclopedia que sos.

Estar sola y sin nada que hacer,

te dispara,

te hace atravesar las paredes blancas de esa celda.

Hoy no te tocó la misma que ayer, hay un aparato raro, al lado de las sillas, -el que hace un ruido raro –. Parece que en la celda de enfrente estuvieran abriendo las entrañas de un extraterrestre; el sonido es cinematográfico.

En la cabina contigua, hay una familia a la que viste entrar antes que vos, cuando te preguntaste qué puede hacer ahí una nena que todavía no sabe hablar y que apenas camina. El padre expone a la doctora los principios de la producción de hamburguesas:

-Viste, las partes que no se usan... Las orejas, la cola, bueno, agarran todo eso y mucha cebolla, y la dejan hirviendo durante horas, imaginate, hasta la carne más dura se ablanda después de tantas horas – dice el tipo.

Estás pensando qué diría la nena si lo entendiera, o tal vez pensás que inconscientemente lo entiende y que el tipo está ahí, hablando de procedimientos asquerosos, de alimentos más asquerosos.

Ahora la madre empieza a cantar: “ A guardar, a guardar cada cosa en su lugar...” . Y agrega algo que la doctora no sabía, y por lo cual se sorprende (una cosa así como despacito en su lugar porque mañana hay que volver ). Ahora sos vos la que pensás en las canciones infantiles;

pero si el arroz con el leche es

misógino y pervertido.

Eso de con una señorita [...] que sepa coser, que sepa bordar . Y peor, aquello de que sepa abrir la puerta para ir a jugar . Bueno, quizá sea de la época en que los viejos se casaban con niñas... – pensás – No sé, tendré que rastrearlo, pero el mundo está dado vuelta, y yo estoy acá, disparada,

fuera de la habitación,

excitada por los estímulos que recibo desde el exterior. (No sé si con esas palabras, aunque no es raro que pienses con esas palabras).

La que te atiende prende la luz, te saca las toallas que te dan calor y te despide. La saludás y le deseás buen fin de semana. Te sentás en la camilla mirándote en el espejo de nuevo, no sos tan fea después de todo... o sí... No importa, hay tantas cosas en que pensar... Después de ponerte la remera, salís sin saludar, tan contracturada como cuando llegaste, preocupada porque no sabés donde dejar esa camisola verde o amarilla o amarillo verdosa que te dieron para cubrir tu torso.

 

   
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