| Medias breves de corderoy (2003) |
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| María Florencia Codagnone | |||||
Crayola |
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Garabatea un elefante que de tan simpático empalaga. Ahora dibuja un rostro sin sombras, un cuerpo sin alma; pinta el nombre de una mujer anónima. Juan Carlos lame el vino que desarma y mira las luces que alumbran la copa. Quizá nunca debió imaginarla. |
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| Del tercer tipo | |||||
Te pisa un policía. Pasan diez segundos y aún sentís sus borcegos sudorosos, pesados, sobre tu pie izquierdo. Pensás que aquella vez te protegieron. Recordás ahora los piropos que vomitó un policía que debía resguardarte del acoso. Mientras las miradas se cruzan y los pies se separan, pensás que el oficial olvidó su piel en la cama. |
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| Intimidad | |||||
La piel que cubre lo que no somos. La sed lame tu sexo hasta el dolor. Gastemos el instinto hasta amarnos. |
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| Como cualquier otra | |||||
Como monos. Se sacaban los piojos como monos. La edad de las tres no sumaba veinte. Eran las 9 y mientras los quioscos de revistas cerraban sus pestañas; mientras los subtes iban dejando lugar al silencio, me pregunté qué hacían allí, si tenían padres o si dormirían al abrigo de los pasos ausentes. |
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| Chismes de antaño | |||||
La vieja tenía las patas frías, duras. |
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Leticia calla. |
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Como parir. |
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| Masaje | |||||
dos percheros que parecen grifos (podrías decir canillas, pero no se parecen a canillas, se parecen a grifos). un espejo, en el que hace un rato miraste las debilidades que te crean, dos sillas, una más alta que la otra, en las que dejaste tu ropa y la cartera (ayer, te dijeron que si la dejabas en el piso, la plata se iba. – A quién le importa la plata, y quién puede ser tan idiota como para decir eso- pensaste). Y por supuesto la camilla, en la que estás tirada, sintiendo un calor que brota desde el cuello, un calor casi insoportable. A oscuras... Quien te conoce sabe que no es conveniente que te dejen en esas condiciones, sola, a oscuras (por suerte la puerta está un poco abierta, sino el encierro sería total) y sin más que hacer que relajarte. Relajar es un verbo que no figura en la enciclopedia que sos. Estar sola y sin nada que hacer, te dispara, te hace atravesar las paredes blancas de esa celda. Hoy no te tocó la misma que ayer, hay un aparato raro, al lado de las sillas, -el que hace un ruido raro –. Parece que en la celda de enfrente estuvieran abriendo las entrañas de un extraterrestre; el sonido es cinematográfico. En la cabina contigua, hay una familia a la que viste entrar antes que vos, cuando te preguntaste qué puede hacer ahí una nena que todavía no sabe hablar y que apenas camina. El padre expone a la doctora los principios de la producción de hamburguesas: -Viste, las partes que no se usan... Las orejas, la cola, bueno, agarran todo eso y mucha cebolla, y la dejan hirviendo durante horas, imaginate, hasta la carne más dura se ablanda después de tantas horas – dice el tipo. Estás pensando qué diría la nena si lo entendiera, o tal vez pensás que inconscientemente lo entiende y que el tipo está ahí, hablando de procedimientos asquerosos, de alimentos más asquerosos. Ahora la madre empieza a cantar: “ A guardar, a guardar cada cosa en su lugar...” . Y agrega algo que la doctora no sabía, y por lo cual se sorprende (una cosa así como despacito en su lugar porque mañana hay que volver ). Ahora sos vos la que pensás en las canciones infantiles; pero si el arroz con el leche es misógino y pervertido. Eso de con una señorita [...] que sepa coser, que sepa bordar . Y peor, aquello de que sepa abrir la puerta para ir a jugar . Bueno, quizá sea de la época en que los viejos se casaban con niñas... – pensás – No sé, tendré que rastrearlo, pero el mundo está dado vuelta, y yo estoy acá, disparada, fuera de la habitación, excitada por los estímulos que recibo desde el exterior. (No sé si con esas palabras, aunque no es raro que pienses con esas palabras). La que te atiende prende la luz, te saca las toallas que te dan calor y te despide. La saludás y le deseás buen fin de semana. Te sentás en la camilla mirándote en el espejo de nuevo, no sos tan fea después de todo... o sí... No importa, hay tantas cosas en que pensar... Después de ponerte la remera, salís sin saludar, tan contracturada como cuando llegaste, preocupada porque no sabés donde dejar esa camisola verde o amarilla o amarillo verdosa que te dieron para cubrir tu torso.
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