Santiago Oves
  Ciudad de Olvidos
   
 

Año 2213, primer día del décimo segundo mes, Buenos Aires.

 
     

Ya llevo recorrido un perímetro bastante amplio, aunque no es todo lo que habíamos planificado. Debo haber cumplido con un ochenta y dos por ciento del programa. Tengo diez bolsas de materiales recogidos y ciento tres horas de grabación, suficientes para iniciar un estudio que puede llevarnos un lustro aproximadamente. Con todo ésto, estoy seguro, podremos sacar a la luz los hechos. Si con una piedra y una vasija pudimos reconstruir Ur y Sumer, es posible y probable que con todos los desperdicios que llevo podamos hacer lo mismo, o mucho más, con esta ciudad.
Aunque el código de procedimiento me diga que por lo general las apreciaciones no verificadas en los hechos llevan a conclusiones erróneas, hay cosas que me tientan, como por ejemplo el informe que rescaté ayer de lo que parecía ser un sótano de un edificio céntrico. Sin embargo, dejando de lado mis apreciaciones, para no desvirtuarlo, paso a transcribirlo textual:
“No sabemos con precisión cómo se llegó a ésto. Sin embargo, podemos arriesgar una versión que, por supuesto, no va a coincidir con la oficial. Tanto el Panopticón como el Concejo insisten en considerar este hecho como controlado. Sabemos que lo hacen para imponer una calma general que todos consideramos aparente.
Muchos de nosotros ya sabíamos (a pesar del burdo ocultamiento) que fuera de los límites de la ventosa existían contingentes de niños nómades que durante el día para protegerse del sol, deambulaban por las denominadas cavernas (las que se formaron con la unión de los sótanos que subsistieron después de que los grandes edificios fueran arrasados por los galernos y las inundaciones). Y que por las noches hurgaban en los fangales para conseguir con qué alimentarse. Ya hacía mucho tiempo que la distribución de papel alimenticio de 2.500 kilocalorías se venía limitando tan sólo al área interior de la ventosa, y que los sobrantes que debían repartirse por el suburbano se perdían en oscuras maniobras gubernamentales que llegaron a convertir las violaciones a la Ley en una costumbre.

Habíamos advertido oportunamente que ésto podría derivar en consecuencias fatídicas. Sin embargo, a pesar de que la comprobación fue trágica, nadie parece interesado en evitar la reiteración de los hechos. Las circunstancias actuales nos obligan a mantenernos alertas; ya no nos queda otra instancia que la de recurrir a nuestra imaginación, entender, revisar los hechos; comprender.

Creemos que el niño, seguramente, se asomó por entre los escombros para confirmar que la noche había llegado. Buenos Aires se veía desde lejos como una bola hundida y luminosa. Debió parecerle, como siempre, una promesa inalcanzable.
Entonces el hambre despertó nuevamente su instinto de búsqueda, se aguzó su vista frente a una oscuridad insondable mientras que con el olfato empezó a seleccionar entre olores rancios. En las cavernas ya se habían agotado las cucarachas. Tan sólo le quedaba las escasas raíces de los fangales. Sus dedos acostumbraban a hundirse una y otra vez en el barro amarillento hasta que encontraban la punta de un pequeño brote enmarañado. Entonces lo arrancaba y se lo llevaba a la boca sin concesiones. Así lo había hecho durante todas las noches incalculadas, insaciables, de largos rastreos y escasos hallazgos.
Pero aquella noche sus dedos escarbaron en vano. Y en algún momento lo invadió una reacción bestial. Se tragó un bocado de barro que hartó su faringe. Vomitó. Después de la última arcada el asco y la desazón se elevaron en un remolino de ira. Gritó hasta el ahogo. Fue cuando los demás niños le prestaron atención y sumaron sus gritos y crearon un coro desgarrador que se extendió como una onda dolorosa por todo el suburbano.

Los que estábamos dentro de la ventosa no lo escuchamos. Todos los niños deben haber coincidido en una irracionalidad que se multiplicó hasta el infinito. Se convirtieron en una horda. Bastó que uno de ellos se echara a correr hacia Buenos Aires para que los demás lo siguieran ciegamente. Más tarde ya nadie seguía a nadie; todos querían ir hacia allá. Es probable que ninguno de ellos se haya dado cuenta que sumaban miles y miles; nunca sabremos exactamente cuántos. Cuando llegaron, el impulso desesperado que traían dejó a los primeros aplastados (literalmente reventados) contra la cóncava pared de la ventosa. Eso produjo el ruido estruendoso que alteró a la comisiones de vigilancia, las que a pesar de su reacción inmediata se vieron rebalsadas por esta especie de marea párvula que empezó a filtrarse incontenible por todos los accesos. De repente la ciudad se sintió contaminada por una gregería ensordecedora. El disgusto y la indignación de los habitantes de Buenos Aires se alteraron precipitadamente. El asombro fue de inmediato superado por el horror. Los niños continuaron con una demencial devastación. La mayoría de los centros de abastecimientos fueron saqueados, cientos de móviles destrozados, la mitad de la flora artificial arrancada, millares de apartamentos avasallados, el veinticinco por ciento de la tecnología cibernética y robótica inutilizada, cinco mil heridos, ciento cincuenta muertos y diez y ocho personas devoradas.

La mayor parte de los niños fue aniquilada por las formaciones de seguridad que suplantaron a las comisiones de vigilancia.

Nosotros fuimos testigos de que éstos no escatimaron en emplear rayos y armas de cuatro caños. Por esa razón estamos en condiciones de desvirtuar la versión oficial que da como enfrentamiento lo que en realidad fue una ejecución masiva.
La pregunta ¿de dónde salieron estos niños? se generalizó por toda la ciudad. Resultaba perentorio contestarla porque una minoría de ellos había sobrevivido y su destino era incierto. Las autoridades -especialmente los miembros del Panopticón- querían aplicar la pena de extinción que es el máximo castigo que prevé la Ley contra los homicidas. Para la mayoría de los ciudadanos la medida resultaba exagerada; a pesar de los daños causados se trataba de niños. Esto produjo una reacción opositora que desembocó en las primeras marchas circulares realizadas dentro de la ventosa. De una manera u otra comprendíamos que muchos de los niños, paradójicamente provenían de la rigidez con que se habían aplicado los programas de control demográfico. Sus consecuencia, con el paso del tiempo, habían convertido las relaciones entre los hombres y mujeres en normalmente efímeras, y todo lo que transgredió esta normalidad fue implacablemente discriminado. Esto determinó el exilio de los que se decidieron por una relación de pareja procreativa y estable y que terminaron más allá del suburbano fuera de las estadísticas oficiales.
Entendíamos que otro considerable porcentaje de los niños había sido el producto de la arbitraria aplicación de la Ley de Ostracismos que superpobló los desbastados alrededores de la ventosa con seres abandonados a su suerte.
El hecho es que el Panopticón evitó el enfrentamiento, tomó en cuenta nuestra oposición y se abrió al debate. Sin embargo, limitó la discusión a temas inherentes al destino de los niños y esquivó con astucia todo lo que cuestionara la aplicación de leyes y normas; prometió tratar el asunto dentro de un impreciso y dilatado futuro próximo.
Mientras tanto los pequeños nómades habían sido alojados en un restringido sector de los subterráneos del sur, en Constitución. Eran dos mil trescientos cincuenta criaturas en estado incivil. El ochenta por ciento no sabía hablar y el otro veinte apenas se hacía entender con infinitivos: comer, buscar, soñar... Fue así como nos enteramos que ellos tenían una capacidad que nosotros habíamos perdido promediando el primer siglo del segundo milenio. Efectivamente, aquellos niños podía producir sueños naturalmente. Pudimos observar que durante el día dormían (con los ojos cerrados y en blanco como todos) y a la vez gesticulaban o sonreían como si percibieran imágenes y sonidos dentro de sus mentes. Tan sólo por la aceptación de ésto, aquellos niños merecían que realizáramos todos los esfuerzos posibles para que se adaptaran a nuestro medio. Entonces nos abocamos a elaborar un plan acorde para re-educarlos, con lo que logramos la convocatoria de la mayoría de los habitantes y particularmente la adhesión voluntaria de tres mil quinientas parejas dispuestas a adoptarlos. Las autoridades opusieron una sistemática y pertinaz resistencia a nuestras iniciativas. Rechazaron una y otra vez las peticiones que presentábamos, con argumentos ambiguos. Entre otras cosas, le negaban a los niños la facultad de soñar porque consideraban que sus sueños eran incomprobables . Si bien el razonamiento parecía válido no dejaba de ser una argucia. Nadie podía meterse en la cabeza de los niños, extraerles los sueños y mostrarlos. Sin embargo, sí pedíamos enseñarles a convivir, hecho que nos conduciría, con el tiempo, a escuchar los inapreciables relatos de sus sueños. Se trataba de una consideración paradójica que iba en contra de cualquier principio de vanidad: parecería ser que de aquellos pequeños salvajes teníamos algo que aprender.

Terminamos por exigir un plebiscito en el que se aceptara o rechazara el plan de re-educación. Esto coincidió con los reclamos de las corporaciones, que cuando notaron que la excesiva atención en este asunto provocaba una disminución en la productividad, presionaron al gobierno para que le diera al caso una solución rápida y definitiva.

La noche que ganamos el plebiscito, una conmovedora sensación de libertad nos contagió a todos. Las calles de Buenos Aires se llenaron de gente distendida y alegre que después, sin premeditarlo, decidió encaminarse a los subterráneos del sur. Así fue como una multitud proveniente de todos los puntos de la ciudad se concentró sobre lo que fue la antigua plaza Constitución. Inquietos, tensos, expectantes esperaron durante horas la salida de los niños y su traslado a un lugar más confortable. Lo hicieron inútilmente. Un funcionario de bajo rango enviado por el Panopticón anunció por los parlantes generales que los niños habían desaparecido en circunstancias confusas. Por supuesto, prometió que el hecho sería investigado hasta las últimas consecuencias.
Aquella muchedumbre automáticamente congeló su entusiasmo. Se ensimismó y comenzó a desconcentrarse con lentitud. Optó por una actitud civilizada.
La misma noche nosotros comprobamos la desaparición de los niños cuando pudimos superar los escollos reglamentarios que nos oponían las comisiones de vigilancia y llegamos al lugar donde habían sido alojados. Lo recorrimos y no pudimos detectar un solo vestigio de violencia; todo había quedado intacto, como si nunca nadie lo hubiera habitado.
Más tarde la investigación del gobierno arrojó la siguiente conclusión: El propio estado de inadaptación de los niños los incitó a huir...
Intimamente nosotros creíamos que habían sido aniquilados, pero no obtuvimos ninguna prueba.
Pudimos verificar que la mayoría pensó que los niños se habían ido en sus propios sueños.
Inevitablemente, con el tiempo, todo este asunto cayó en el olvido.

Hace tres noches, un ciudadano que frecuenta los límites de la zona sur, denunció que miles de niños se estaban comiendo la ventosa con una voracidad inimaginable...”

El informe termina aquí. Confirma que las penurias sufridas por la gente de esta ciudad no pasaron solamente por las inclemencias que ocasionaron galernos e inundaciones.

El demente me contó su relato casi cien años después de estos sucesos, lo que me hace pensar que él debe ser un descendiente de aquellos trasgresores que decidieron refugiarse en la isla Argirópolis.

 
   
 
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