Recreo, el mío, después de aprender sobre Venus y hacer el collage. Me tiro en la cama panza abajo, pienso en preparar un mate y tostaditas, me duele la cabeza, me saco las zapatillas, fiaca. Tengo ganas de hacer pis. A veces, cuando retardo el asunto y algún tránsito astrológico u hormonal me predisponen, las ganas de hacer pis se mezclan con las ganas de otras cosas.
Me paro medio sonámbula, Migral, y me trepo en la biblioteca de mi escritorio, dispuesta a encontrar esa cita. Tomo uno de Julia Álvarez, En el tiempo de las mariposas. Busco, me frustro, intento sin éxito en Google, sigo hojeando y finalmente la encuentro: “ Fue Pedrito, cuya pena era callada, como la de un animal. Hice a un lado mi propio dolor para rescatarlo a él. (...) Todas las noches le daba mi leche, como si fuera mi hijo perdido, y después dejaba que hiciera cosas que jamás le había permitido ”. Nada, una estupidez, no sé por qué me la acordaba tanto así.
En la cama también pensé en esa escena de Oh Lucky Man, la de Malcolm McDowell en la iglesia, esa que entra y está esa madre y no me acuerdo si le daba de comer o qué cosa, la mina en mi recuerdo poco agraciada y vieja, el pibe se le sube encima y ella saca el pecho del vestido y él que se acurruca cual deambulador, la mira a los ojos como hacen los bebés, esa expresión, ella le da de mamar.
Dios, es terrible, terrible cómo me puso esa imagen, terrible cómo la tengo grabada en la memoria, imborrable y práctica para darle muy buen uso cuando toca vibrador. Ay, me muero, escribo esto y todavía no hice pis, cómo me encanta regodearme en el deseo.
Cuando aún amamantaba a mi hija y después del padre de la susodicha, hubo un primer hombre. Una primera segunda o tercera cita, medianamente exitosa, que incluyó una despedida bastante subida de tono en la puerta de su hogar, habíamos salido con mi auto y lo había ido a dejar. Después del último beso me terminé de acomodar la ropa y ya llegando a la esquina tuve un momento iluminado, agarré desesperada el celular y marqué el número de Georgina. Llegué a su casa en cinco minutos y por los siguientes treinta no paré ni un segundo de limar: boluda qué si probó mi leche, vos te das cuenta Georgina pobre pibe, qué desastre, qué hago, qué le digo, media pila, qué papelón qué quemo qué *horror*, nena te lo ruego *reaccioná*. Tiempo después me enteré de que no era el fin del mundo, de que era dulce como leche de coco, de que no sabía nada mal. |