La ciudad de Mo
  Osvaldo Sabino
 
 

Estoy en una ciudad negada al antes o al después. 
No sé si aún soy O, o el otro.
 
Las calles tienen una oscura cubierta,
mezcla de historias olvidadas y de mugre permanentemente fresca. 
Ya nadie recuerda el esplendor que arrasó la blancura que la condenó a este olvido. 
Aquí sólo sobrevive la noche, la más oscura de todas. 
El abandono. 
La muerte, acechando en cada bar, en cada esquina. 
Drogas, balas, gente refugiándose en la intemperie. 
El antiguo cemento que se desploma ante la ignorancia.
Callejuelas donde duermen seres sin tiempo que acumulan botellas vacías. 
El gris del cielo siempre gris.
Así es hoy esta ciudad que alguna vez fue otra, pero que ahora agoniza:  periódicos viejos, basura, viento y nubes que nunca nos abandonan.

Nunca supe por qué habré llegado hasta aquí. 
Sólo la habitan sombras y memorias selectas que pocos pretenden recordar. 
Traté de inventarle luces sabiendo que nunca llegarían a encenderse,
calles nuevas, colores, caras, y números sin sentido ni dirección. 
Pero los momentos se esfumaban. 
Una vez más, el paisaje estaba enfrente de mí:  el río, los hielos flotantes.  La furia desatada.  La policía.  Los barcos sin rumbo.  Quizá no fuese sólo un río, tal vez no era más que la sombra de un río. 
Los diez mandamientos incumplibles.
Marionetas sin cabezas. 
Moscas. 
Pulpos sobre el hielo. 
Gente que me mira por única vez y sigue su camino superponiendo más y más rostros. 
Qué lejos está el olvido.
Qué cerca está la noche del diablo. 
Un paria. 
Un cuerpo que no consigue ser parte de nada ni de nadie. 
Quién sabe dónde habrán quedado las formas de la espalda del tiempo que no he conocido. 
El hielo está rasgado. 
Son tantos los años y es tan poco lo que queda de ellos.

 
 
 
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Un nombre.
Sólo un nombre. 
Unas letras que se reflejan en cualquier pared descascarillada.
Figurines escapados del comic.
La emancipación. 
Una luna que nunca acaba de asomarse. 
Los coches. 
La cara del otro. 
Otro que es miles de otros. 
A lo lejos, alguien descubre los rasgos de la incertidumbre. 
Todo evoluciona, hacia adelante o hacia atrás. 
Pero siempre hacia un fin insospechado. 
Las predicciones se acumulan y nunca dejan de fallar. 
Colores superpuestos. 
Un arco iris de libertades que no consigue desplegarse. 
La ciudad de los estrechos. 
La gloria. 
La destrucción. 
Nuevas muertes agazapadas en cualquier vestíbulo. 
Más balas. 
Demasiadas manchas rojas sobre el asfalto caliente. 
Los faisanes heridos por las ruedas que ignoran los sentidos de la vida. 
Tormentas. 
El fin de la tarde.

Otro cantante asesinado. 
Igual que muchos otros cantantes asesinados. 
Como John Lennon,
asesinado como uno más entre tantos cantantes asesinados. 
Una bala más. 
Insatisfechas balas. 
Balas encubiertas por el camino de la cruz. 
El estigma. 
Tire die
La mañana siguiente que no acaba de cerrarse. 
La mentira escondida detrás de una sonrisa inundada de falsos dientes brillantes. 
Treinta denarios. 
El espectro del cadalso difumado sobre la sombra de manos que ofrecen paraísos exprés. 
Una tumba sin nombre ni epitafio. 
La nieve que siempre barre todo.

 
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Diego Rivera. 
Murales de cuerpos atrapados en un muro. 
Madonna.
Cuerpos glorificados y cansados. 
La verdadera cara que los diarios nunca muestran. 
La blancura sucia del crack.

 
 

Cuando llegamos, él tenía aún los cabellos rubios. 
Los años nos pasaban por el costado. 
Nos contábamos palabras irrepetibles. 
William Faulkner. 
Eudora  Welty. 
John Crowe Ransom. 
Un Sur siempre mentido. 
Lilith sentada a la orilla del mar muerto. 
Los demonios. 
Las mujeres solas.
Las señales herméticas.
Diablos incontables.
            Las mariposas alimentándose con las pocas flores crecen entre la basura. 
Las orugas. 
Las hojas carcomidas. 
Las manos duras. 
Los largos bastones de los hombres cubiertos de azul. 
Cárceles. 
Calles llenas de alucinaciones químicas. 
La sombra de un traidor. 
Los patrulleros buscando asesinos que no son tales.   
Las aceras desoladas. 
Un viejo que miente desde el frío de su cómoda tumba. 
La otra cara del heroísmo. 
Felinos negros de pelaje brillante que siempre esperan.
Animales que fueron y que se resisten a ser.
Los otros.

Estribillo:
“No se dejen devorar por las fauces de la ambición”
“Nunca dejen de sentir miedo cuando los muerdan las fauces del viento y del frío”

 

Noche de gala. 
Las doradas puertas de un viejo teatro. 
Joyas. 
Limusinas. 
Remolino de curiosos:  nadie tiene miedo de la hipotermia.

 
 

Los predicadores se confabularon para vender sus almas. 
Dejaron  atrás la gloria de “la palabra” y se montaron en sus luminosos Rolls Royce dorados. 
Cuando cerraron la puerta, supieron que ya nunca podrían volver. 
Y nunca volvieron. 
Los barcos siguieron deslizándose sobre el río, quebrando los hielos. 
Ignoraron las sirenas que aullaban pidiendo su auxilio. 
La muerte quedó pendiendo peligrosamente de las cornisas rajadas del viejo hotel clausurado.

¿Cómo habrá sido el tiempo de oro? 

Cuentan que hubo uno.
Lo que ven mis ojos me fuerzan a no dejar de preguntarme “cuándo”. 

Todos los recuerdos son tan lejanos como la mano de un tísico acariciando las cuerdas de un arpa. 
Ya nadie compra cajas de música con bailarinas mágicas. 
Tampoco quedan novias vírgenes que esperen detrás de las cortinas. 
Ninguno escucha el sonido de los versos que inventan los poetas que no queremos aceptar la muerte de la poesía. 
Hay mercenarios que quieren obligar a las letras a confundirse con las ruinas del recuerdo. 
Todo se olvida.

     
     
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