Estoy en una ciudad negada al antes o al después.
No sé si aún soy O, o el otro.
Las calles tienen una oscura cubierta,
mezcla de historias olvidadas y de mugre permanentemente fresca.
Ya nadie recuerda el esplendor que arrasó la blancura que la condenó a este olvido.
Aquí sólo sobrevive la noche, la más oscura de todas.
El abandono.
La muerte, acechando en cada bar, en cada esquina.
Drogas, balas, gente refugiándose en la intemperie.
El antiguo cemento que se desploma ante la ignorancia.
Callejuelas donde duermen seres sin tiempo que acumulan botellas vacías.
El gris del cielo siempre gris.
Así es hoy esta ciudad que alguna vez fue otra, pero que ahora agoniza: periódicos viejos, basura, viento y nubes que nunca nos abandonan.
Nunca supe por qué habré llegado hasta aquí.
Sólo la habitan sombras y memorias selectas que pocos pretenden recordar.
Traté de inventarle luces sabiendo que nunca llegarían a encenderse,
calles nuevas, colores, caras, y números sin sentido ni dirección.
Pero los momentos se esfumaban.
Una vez más, el paisaje estaba enfrente de mí: el río, los hielos flotantes. La furia desatada. La policía. Los barcos sin rumbo. Quizá no fuese sólo un río, tal vez no era más que la sombra de un río.
Los diez mandamientos incumplibles.
Marionetas sin cabezas.
Moscas.
Pulpos sobre el hielo.
Gente que me mira por única vez y sigue su camino superponiendo más y más rostros.
Qué lejos está el olvido.
Qué cerca está la noche del diablo.
Un paria.
Un cuerpo que no consigue ser parte de nada ni de nadie.
Quién sabe dónde habrán quedado las formas de la espalda del tiempo que no he conocido.
El hielo está rasgado.
Son tantos los años y es tan poco lo que queda de ellos. |