Quién que no era yo, te había marcado el cuello de esa forma
  Alejandro Margulis
 
 

Los Uranistas

En el principio, las narraciones cumplían el único objetivo de recrear lo vivido durante la jornada, cosa sumamente loable. Por la noche, cuando la tribu se sentaba a descansar alrededor de la hoguera, era importante que alguien narrara los hechos ocurridos para corroborar su existencia. Pronto hubo hombres que funcionaron como espejos de los demás. A ellos se les daban de comer las mejores ranas y los trozos más tiernos del venado; a veces los llevaban a la cacería protegiéndolos con un talismán al que atribuían el poder de la invisibilidad. Pero un día, no sé cuándo exactamente, el escritor primitivo debió aburrirse de repetir siempre las mismas historias: monotonía del cazador furtivo, repetición del gliptodonte sacudiendo su torpe cola. ¡Y siempre la misma expresión de bobo azoro en las carotas de su público! Y además otra cosa: un día debió temer, el escritor, que los miembros de la tribu descubrieran su fraude y lo asaran por farsante. Se me ocurre que aquel hombre entonces descubrió, inventó digo, el encanto de la trama. Les hizo creer que había estado durmiendo muy cómodo en la cueva durante la última cacería, y que sin necesidad de exponerse al peligro —sin siquiera usar el talismán — presenció, gota a gota, el lento recorrido de cada gota de sudor que ellos habían derramado. La peripecia de la hombría expuesta en términos realistas gustó tanto que toda otra historia quedó relegada. Un solo defecto tuvo, quizás, este cambio formal: la primera vez que los hombres fornidos permanecieron durante todo un día escuchando cuentos falseados se inició su domesticación. Esta era, palabras más palabras menos (me tomé el atrevimiento de aclarar algunas ideas mal expresadas) la introducción que nos hizo Luciano, en el bar del diario, antes de contarnos su frustrada historia amorosa con Maximiliano Brodenstein. Ahora yo, personalmente, creo que el principal cambio que se produjo en el narrador de la tribu cuando los salvajes dejaron de ser nómades debió perdurar mucho más profundamente, y a todo nivel. Para empezar, debió de haber padecido una penosa modificación en sí mismo: alguien carente de herencia literaria no podía contar nuevas historias sin compensar su falta de patrones con alguna vivencia propia. Y al hacerlo, cae de maduro, hubo de abandonar lo que de específico tenía su arte; sin darse cuenta se transformó en actor, quiero decir protagonista. Supongamos ahora que la nueva modalidad perdurase durante varios milenios. Y que en ella se basaran los griegos para crear su compleja dramaturgia. Y luego los romanos, y los nórdicos, y los eslavos. ¡Nadie podría negar que Shakespeare abrevó en esas mismas fuentes! La historia habría seguido después en ramas, retornando a la especificidad perdida.
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