Pájaros del Hambre
  Daniel Laneri
 
 
Entender
 

“¡Qué confusión, Babel de las babeles!
¡Gran ciudad!, ¡Gran demontre!: ¡Gran puñeta!;
¡ y su desequilibrio en bicicleta!”

“La desgracia del mundo, mi desgracia
entre los dedos tengo...”

Miguel Hernández

 
 

La vida que me diste
está en peligro,
puede explotar mañana,
ahora, en cualquier calle.
Todo está enloquecido, feroz,
desangelado,
huele a hierro,
a pelos chamuscados,
a osamenta sepulta
a semen derrochado
entre la pólvora.

Somos carne que habla
o que aparece en bolsas
tan sorpresivamente,
desgajando la risa
que un día conocimos
y se quedó dormida en los espejos.

Por eso estoy aquí,
vine a cantarte,
porque entre amor y muerte
elige el mundo.
En amar o morir
está la suerte
y hay que entenderlo
de una vez por todas:
El verdadero espanto
es la amargura
que nos han instalado
en cada rosa,
y lo hemos permitido
vejándonos ternuras
e inocencias.

Somos como un jardín abandonado
esperando que alguno
nos corte las malezas.
Toda el agua de Dios
pide al acecho
que metamos las manos
en la tierra.

 
Pájaros del hambre

“Lo que haya de venir, aquí lo espero
cultivando el romero y la pobreza...”

Miguel Hernández
 

No podemos volar;
unos por emigrados de antemano,
otros por ser nacientes
en árboles sin nidos,
o por las plumas viejas,
y los más, desplumados.

No podemos volar,
está lloviendo mucho tierra adentro
y flotan los ladrillos, y las bestias
gobiernan entre sexos confundidos,
mientras se van hundiendo
las manazas callosas
que no han hecho otra cosa
que aprenderse la vida
con rodilla en el polvo.

No podemos volar;
los pajarracos huérfanos
balean a mansalva cada esquina,
y bandadas enteras
sucumben en las manos
de cárceles abiertas.
Las hileras pacientes de los pájaros mansos
son cuentas de un collar desocupado.
La fe se nos babea.

No podemos volar;
nos llevan y nos traen
las aves de rapiña a cualquier guerra,
en cualquier punto excusa
donde vendan o compren
garras, fusiles, venas,
sangre de pajaritos errantes, refugiados.
Balcánicas caricias se han quedado sin rostros,
degollados.

No podemos volar;
nadie respeta el sol ni toma aire,
no es fácil encontrar lombrices gordas
ni aparearse a la sombra
de árbol sin incendiarse.
Además, ya no cantan amigos melodiosos,
ni calandrias esbeltas ni zorzales despiertos;
todo es un gran desierto de estridencias
apaleando la tarde,
y como no hay quien cante, nadie enseña.


¿En quién creer entonces?
¡Qué Dios en dos mil años pudo aguantar el trance!
Buena razón le cabe si está harto;
cuanto pájaro bueno que ha creado
fue muerto a picotazos,
y los alados asesinos sueltos
andan de plumas limpias y voraces;
mucho menos violentos, más sutiles,
dejan sin alimento a los nidales.

No podemos volar, pero seguimos.
No podemos volar, pero aleteamos.
A nosotros los pájaros que no tenemos manos
nos importan muy poco lo derecho y lo izquierdo;
lo natural nos dicta los paraísos claros.
Si al alba estamos vivos, cantaremos,
será una dulce forma del coraje.
Mañana volaremos si es posible,
hoy no; tenemos hambre.

    1 - 2 - 3
      Ir Arriba