Laboratorio del destino
Fernando De Gregorio
   

Carta a un muerto

Querido Raul López (1961-1982)

                            Nuestro amigo Juan José Romero, que terminó con un balazo en la cabeza y por lo tanto, medio tonto, me llamó y me dijo que moriste en Malvinas o Facklands cuando te cayó una bomba encima. Que me perdone Juan José, pero no tuve fuerzas ni estómago para ir a verlo.
                            Y mientras vos enfrentabas la guerra, yo les decía a algunos amigos circunstanciales que prefería que ganasen los ingleses, lo que además me parecía inevitable, porque empezar esa guerra era como despertar a un gigante con un granito de arena.
                            Al enterarme de tu muerte tuve un sueño que se repitió por meses y me hizo sentir raro y fatídico. En el sueño se mezclaban imágenes de la exclusiva Plaza Mitre, en una noche en la que presencié la formación de un círculo móvil de masones encapuchados que parecían conjurar el mal y la angustia que se vivían por la guerra. También el sueño se enmarcaba en una noche invernal de nuestra escuela de pupilos pobres en la que me escapé al río y bailé durante horas con una radio portátil y chillona, para mantenerme en calor. Y vos estabas como habíamos estado en una tarde de 1980, en la terraza del edificio central de comunicaciones de la Marina y ya tenías el grado de Cabo experto en telecomunicaciones.
                            Vos aparecías en la terraza y estabas engrandecido, de más de dos metros y me decías, con lo petiso que soy, y simultáneamente bailando en la playa nocturna y al mismo tiempo desde la loma de la plaza viendo a los masones, que habías muerto por mí, que tu último pensamiento fue para mí y no para tu pobre madre. Yo me despertaba agradecido porque para esa época, y ya lo sabías, nada me quedaba del destino militar y de hecho había abandonado también la carrera de Abogacía para entregarme a la infinita pesadilla de filmar imitando mal a Bergman, Fellini y Buñuel, sin ninguna ayuda ni proyecto comerciales.
                            A la vez que agradecido me sentía muy culpable ya que si habías seguido la carrera naval era porque te habías inspirado en mi suerte de liceísta adolescente.
                            Además morir por alguien si bien es la base de cualquier disciplina para la guerra, también alude al cristianismo que nosotros vivimos en la más obsoleta y tiránica forma católica (¿te acordás que en la misa de las seis de la mañana nos turnábamos Ulises Alvarez y yo para leer los Evangelios y las fuertísimas Epístolas de San Pablo ante un público de monjas momificadas, niños pupilos y altos oficiales de la quinta presidencial de Olivos?), digo, ese morir es típicamente cristiano, ya que Cristo vino a morir por todos, por la supuesta salvación de la humanidad, y en el sueño diciendo”morí por vos” es como si del más allá salvaras mi destino y acentuaras que lo militar no había muerto del todo en mí y de hecho es así, porque ahora a los cuarenta años me encuentro escribiendo cuentos de liceístas que luego como oficiales murieron en Malvinas o Facklands.
                            Lo curioso del sueño, además de sí mismo, es que lo soñaba regularmente en un hermoso departamento de un compañero de cine, Horacio, cuyo hermano mayor, Juan, había sido secuestrado y desaparecido en Bariloche a mediados de 1978 por los militares de Videla. Vos sabías que en el Liceo un hijo de Videla era compañero mío y en los últimos años, ya militar retirado, lo acosé para saber qué sabía, cuál era su versión de la época de su practicante padre católico, dejándome en inoperancia ya porque todo parecía ser un desquicio de coroneles y capitanes, al estilo nazi, que reprimían a mansalva con desconocimiento culposo del jefe del país, quien al enterarse renunciaría para acabar en el poder el asesino Galtieri, una especie de oso blanco sediento de sangre comunista y de sueños imperiales.
                            Tu muerte, Raul, me afectó tanto y sin saberlo durante muchos años, como si de alguna manera hubiese muerto con vos y creo que muchos hemos muerto simbólicamente con los desaparecidos y Malvinas, y hoy en día si juzgo el por qué de tu muerte, me inclino a pensar que los sucesores de Videla sentían tal culpa por los crímenes del proceso que se desprestigiaron inconscientemente en Malvinas o Facklands, porque esos generales locos de algún modo se suicidaron en vida y ahora viven en el oprobio de la derrota y la condena pública.
                            ¿Qué hacer, Raul, con los recuerdos que me quedan de vos? Ya no veo a nadie de la escuela y del único que tengo noticias, no era pupilo y hoy es pediatra, Vaccarezza. ¿Con quién hablar de aquellos recuerdos? ¿Con mi terapeuta? No es lo mismo que una amistad sin interpretaciones científicas.
                            Por ejemplo, no puedo dejar de recordar el día en que me llevaste al lujoso departamento en el que tu madre trabajaba como empleada doméstica y que vaya a saber por qué estaba tan cerca de donde yo viví hasta los veintitrés años. Recuerdo que tuvimos la compulsión de robar diarios, impuestos y cartas de la puerta de los vecinos del edificio y los tirábamos a la calle desde la terraza.
                            También recuerdo el día en que fuimos al museo de la fuerza aérea y vos te encerraste en la cabina del Hércules y te tuvimos que sacar entre cuatro porque decías que estabas en contacto con Vietnam. De hecho ya te gustaba desarmar radios como la del lechuza 53, del que no me acuerdo el nombre, o era Martínez?
                            También me acuerdo que hice como que me empujaste y tiré al piso rompiéndose miserablemente la imagen de yeso de la virgen. Vos te habías enojado porque las monjas querían echarte la culpa hasta que les dije que el diablo me había inspirado y esa noche me dejaron sin cenar.
                            Una vez me defendiste cuando el rulero Ferreyra me pegó, ya no sé por qué. Yo estaba ensangrentado y con un ojo negro y aun con esa ridiculez decías que había sido valiente al enfrentarme al grandulón.
                            Pero lo que más recuerdo es cuando nos íbamos con los cajones de basura hasta la esquina del tren y aprovechábamos para demorarnos en el kiosco. Esa pequeña salida era un privilegio y nuestro pasaje a un momentáneo descontrol que a veces nos llevaba hasta el muelle del club de pescadores.
                            También recuerdo que te leía fragmentos de Robinson Crusoe, de la biblioteca Robin Hood. Ese libro tan profundo sobre el océano, el puritanismo y el vivir solo que me hizo tanto bien. En realidad tuvimos una infancia dolorosa y distinta. En esa escuela era como si viviéramos un siglo atrás.
                            Me pregunto que habrás resuelto de estar en la marina y tener una infancia tan marcada por la religión. Muchas veces a pesar de mi dudoso escepticismo quiero morir para saber qué hay del otro lado, si alguna de las grandes religiones se acerca a la verdad, si realmente hay un destino prefijado como afirman Mahoma y los calvinistas o si disponemos de libertad para elegir entre el bien y el mal como inculca la iglesia o si ambas doctrinas se conjugan de un modo extraño y esotérico.
                            ¿Se puede desafiar al destino, como pretende Hamlet? ¿Es el Apocalipsis esta época? ¿Por qué hay personas que por arrepentimiento de sus males son santas, mientras que otros son virtuosos siempre? ¿Qué es la santidad? ¿Ayuda a la naturaleza humana o es un simple acartonamiento por terror? ¿Por qué el capitalismo y el socialismo son las nuevas religiones?
                            Ojalá me ayudes a responder a estas preguntas en lo que tengo de vida, en este nuevo milenio que parece prometer hasta la inmortalidad personal.
                            Mientras tanto me queda este sabor amargo de haber sobrevivido a varios de mis contemporáneos... Si existe el más allá, nos volveremos a ver...

 
   
   
     
   
 
   
   
   
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