A modo de Presentación
En 1972, cuando murió el arqueólogo Bally Cock, desaparecieron los papiros que él había afirmado haber descubierto en El-Abarca en 1943. Su secretario, el francés Jean-Claude Sevigny, nunca supo responder nada sobre este asunto, a pesar de haber vivido varios años con él y ser el heredero de su biblioteca y de sus manuscritos.
En 1974, en Roma, me encontré con Sevigny por primera vez. Me habló en forma genérica sobre el asunto, como que recordaba lo de los papiros de El-Abarca (“por entonces yo no era todavía su secretario”, me aclaró), pero de ninguna manera se encontraban en el archivo de Cock. Le dije que lo extraño era que el único que habría podido ver, tal vez, los textos griegos era el traductor español José Luis Abreu Villalonga que había hecho una retórica traducción(1) en verso publicada en “La Cibeles” en 1950, después de la guerra. Sevigny puso una cara de extrañeza indescriptible al escuchar ese nombre, como si yo me hubiera atrevido a evocar al enemigo número uno de Bally Cock o, quién sabe, del mismo Sevigny.
Por lo que sé, Abreu Villalonga había tenido diferencias grandes con Cock, al menos por la interpretación de la autoría de la obra, si no por el título. En 1945, cuando apareció el anuncio del descubrimiento de Bally Cock en Archaeological Review(2) con una simple indicación, “An epic-parodic ‘chanson’ was found by Bally Cock in the vally of El-Abarca”, yo también había considerado errónea la opinión del arqueólogo inglés que interpretó arist por Aristón, filósofo peripatético de la época en que se habría escrito el poema, alrededor de 230 a.C., y no por ejemplo Aristágoras, que fue un escritor cómico, aunque es cierto que su ubicación es totalmente incierta en cuanto a lugar y tiempo. Yo tenía también un serio problema con la interpretación de lhnh, que a mi juicio de ninguna manera podía ser Mitilene (y menos en caso dativo con una clarísima iota suscrita), sino que se refería a Galena (es decir “para Galena”), una nereida de la que se habla en buena parte del poema.
Pero me estoy alejando de la cuestión porque en esa época en que Europa pensaba nada más que en la desolación de la guerra, ¿qué podía importar lo que pretendía discutir un argentino desconocido como yo desde un territorio tan austral con un arqueólogo inglés que, además, hacía por lo menos dos décadas que no pisaba su propio país? Bally Cock no respondió jamás a una sola carta mía, por supuesto. Ni siquiera cuando volvió a Cowley y, si no me equivoco, ese francesito guapo de Jean-Claude Sevigny ya vivía con él como “secretario” o como lo que sea.
Cuando visité a Sevigny por segunda vez, en 1976, la situación pareció cambiar; me dijo que se acordaba de mi nutrida correspondencia con el arqueólogo; me dio el detalle de los desteñidos sellos postales con la cara de San Martín, y una foto que se me había ocurrido mandarle (me la había sacado mientras trabajaba en cueros bajo el fuerte sol de Purmamarca, cosa casi de adolescente). El francés me aseguró con elegancia que todo estaba perfectamente archivado, y añadió, mirándome de reojo, que yo tenía, por aquel entonces, un cuerpo admirable. El dato no dejó de resultarme más que curioso, porque nada tenía que ver con el famoso poema del que hablábamos.
Lo cierto es que me puse en campaña para conectarme en Málaga con el traductor Abreu Villalonga. Pensé que iba a ser el camino más fácil. Estábamos en mayo de 1977. Lo logré en un cóctel de investigadores. Apenas si nos intercambiamos algunas palabras, pero no pasó nada. Traté de coquetearle un poco y pude entender, a pesar de su parquedad, que el manuscrito lo tenía Sevigny y habían acordado verse al mes siguiente por ese motivo.
Quise, entonces, ganarle de mano al español, y busqué el modo de encontrarme otra vez con el señor Jean-Claude, que por entonces se había retirado a Nantes. Pero fue imposible. Ni llamadas telefónicas ni cartas tuvieron eficacia alguna. Decidí hacer finalmente un viaje a Nantes, en una de mis estadías romanas, para ver si, golpeándole a la puerta, Sevigny me recibía. Pero por ese entonces, y estoy hablando de junio de 1977, Sevigny ya no me hubiera podido atender porque había muerto, de un infarto parece, algunos días antes, como me explicó la portera de la Rue des Fleures, 36, probablemente coincidiendo con la visita de Abreu Villalonga.
Podrá advertir el lector que con este poema no he tenido muy buena suerte que digamos. Ya desde el título, que por respeto a su descubridor, Bally Cock, he seguido manteniendo como La Proctomaquia. No es ocioso discutir, por ejemplo, el significado de las letras que quedaron inicialmente prwktom...., ya que bien podría tratarse de la Proctomanía(3), es decir, “La locura de los culos” y no “La batalla de los culos” puesto que de este enloquecimiento(4) se trata en forma expresa y será la definición de la guerra. Con este poema, decía, he tenido bastante mala suerte, muy mala suerte. ¿Todo, quizá, por empecinarme en un texto sospechosamente falso y al mismo tiempo casi absurdo para la mentalidad actual? Pero, en fin, eso es lo que lamento como resultado de mi especialización en un país como este, al que no le interesan los culos de nadie, menos los de Dioniso, Apolo y Ares que son los que están en cuestión.
Respeté también el subtítulo, El cantar de los culos; creo que fue ocurrencia de Abreu Villalonga, pero seguramente sugerido por la etiqueta del género ‘chanson’ que el mismo Cock le pegó al anunciar el hallazgo. Me pareció, al principio, un intento algo ingenuo de leer la obra desde el Cantar de Mío Cid o, en todo caso, la Chanson de Roland o, si se quiere, desde el Roman de Renart. En este último caso, sería original acercarlo al género ‘roman’ de la Edad Media francesa, e incluso, por qué no, al mismo romancero español. ¿No quedaría mejor hablar de La Proctomanía. El romancero de los culos? Pero suena mejor La Proctomaquia. El cantar de los culos. Y así quede.
Sí, mi mala suerte ha sido absoluta con este poema, cantar de gesta, romancero o lo que se quiera, o tal vez una pura falsificación, como para no encontrar editorial que aceptara publicar mi versión, considerada poco más o menos una profanación del inglés de Cock y de su traducción rimbombante al español. No me han quedado muchas más alternativas que retocar un poco el castellano de Abreu Villalonga con el británico victoriano de Bally Cock. En realidad confieso que me he dado el gusto de llamar al culo culo y no trasero o nalgas, como en estas versiones puritanas. ¿O no hay una palabra para cada cosa?
Sin embargo, lo más importante era confrontarme con el texto griego. Y así lo hice. En otro momento hablaré de este asunto. Lo que sí puedo afirmar, aunque parezca un poco presumido, es que ésta es la versión definitiva.
Horacio Argüello
Septiembre de 1977
1-No quiero pensar que la traducción de Abreu Villalonga sea sólo y simplemente una traducción del texto inglés, publicado por Cock en la Colección Victorian Old Texts. London, Oxon.Univ.Stud., 1946.
2- Archaelogical Review. Vol. XXXVIII (I). London, Camb. Press, march 1945. page 23.
3- Según Hédilo de Samos, el mismo Calímaco nombraría en el libro 117 de sus ‘Pínakes’ a la Proctomanía como un poema cómico de Riano de Creta, que sigue a continuación de su Heraclea, obras lamentablemente perdidas. La función de Heracles como juez en la disputa del culo más bello entre los tres dioses es esencial, ya que en realidad, el gran héroe que no termina de llorar la pérdida de su Hilas en la expedición de los argonautas, es el que, al parecer del autor, tiene un culo mucho más hermoso que el de los tres dioses rivales. ¿Se tratará de esta obra? Lamentablemente en los papiros de El-Abarca, que el arqueólogo inglés clasificó como Cock Frag. 64/127 aparecen esas sílabas, ARIST... ...LENE, que nos llevan a otras hipótesis que nada tienen que ver con Riano de Creta, Hédilo de Samo o Calímaco.
4- Podría decirse que ‘manía’, mania, como enloquecimiento sacro, porque de esto se trata, está más cerca del furor de Aquiles, la ‘menis’, mhnis, a través del verbo ‘mainomai’, mainomai. Es más que claro, como lo iremos haciendo ver en todo el texto con mis notas, que este Aristón, Aristágoras, Riano o quien sea, quiere seguir los pasos de la Ilíada como se le podía ocurrir a cualquier poeta alejandrino que intentara hacer una Proctomaquia o una Proctomanía, como más le guste al lector. No olvidemos que a Homero se había atribuido una Batracomiomaquia, casi de seguro la madre adoptiva de este poema paródico. No por nada los cantos de la Proctomaquia son doce, la reducción típicamente helenista de los veinticuatro cantos homéricos.
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