Bernal, una historia sin historia  
  Jorge Carrol
 
III
 

 
   

La mesa estaba servida cuando Bernal Díaz del Castillo entró al comedor, portando en su mano derecha, como un estandarte, el vaso cilíndrico artesanal de color celeste con el borde azul oscuro que había comprando en el mercado de Santiago de los Caballeros, ciudad que se haría famosa por sus terremotos, sus tres volcanes y muy especialmente por el chusmerío de sus vecinos.
¡Esto nunca será como aquella Tenochtitlan que una noche de 1521 destruimos!, pensó por un instante El Memorioso, mientras se sentaba en la cabecera de aquella enorme mesa de madera de caoba, traída de las selvas peteneras y que don Pepe, el maestro carpintero, había tardado casi diez meses en construirla.
[Tenochtitlan calculábamos con mis compañeros de conquista, tendría unos 300,000 habitantes y su gran mercado coma circundado de portales coma tenía tres veces las dimensiones del de Salamanca.]
La casa del Memorioso es cómoda y amplia, nunca como aquellos palacios como el de Texcoco, ni su mampostería era tan fina como las de Tuitlán, ciudad que hoy llamamos La Quemada, por razones obvias.
Tres patios con habitaciones, apenas iluminadas por la luz del día que entra por las amplias puertas y en las noches, por la mísera luz de unos candelabros, que van de una habitación a la otra, como las cucarachas que anidan en las paredes de ladrillos de barro y adobe. De todas maneras, los aposentos eran infinitamente más cómodos que los angostos corredores donde los señores conquistados, dormían. Sin embargo, las paredes pintadas a la cal de la casa de don Bernal, en nada podían compararse con aquellas paredes tapizadas con telas bellísimas o con pinturas al fresco.
Una vez sentado en su gran silla. digna de un rey azteca, El Memorioso, tomó la servilleta de mil colores y sin decir agua va, comenzó por tomar una tortilla de maíz azul, a la que cubrió de un delicioso guacamole, para inmediatamente engullirla, mientras la enorme familia ya sentada a la mesa, lo imitaba.
Frente a él, pero en la otra punta de la mesa, lo miraba tímidamente doña Teresa Becerra, su tercer mujer esposa, viuda de Juan Durán e hija de otro de los feroces conquistadores, madre de sus nueve hijos menores, todos ellos sentados a la mesa, junto a Diego Luis, el hijo que tuvo don Bernal de su unión en 1541 con doña Angelina, una al parecer encantadora natural del Valle del Panchoy.
Estaban ausentes, sus hijas mayores, fruto de su unión con doña Francisca, la mexica que le había obsequiado el propio Moctezuma, y de quien El Memorioso, casi anciano, solía recordar casi eróticamente, con cierta frecuencia.
María del Rosario de la Milagrosa Concepción en la cocina le ordenó a su guiro, el Panchito, que llevara a la mesa, el chirimol que la Xacobea había acabado de preparar para acompañar la carne, que se serviría de segundo plato. Inmediatamente. María del Rosario de la Milagrosa Concepción tomó la charola, con una sopera humeante y entró al comedor, sonriendo.
El Memorioso dueño de casa levantó la vista y preguntó: -¿Es que no hay vino en esta casa?…
- Perdón Padre, le respondió excusándose una de sus hijas menores, aquella que tenía de la madre, sus ojos infinitos y la altanera mirada de su abuelo Becerra. Y sin más, se levantó y trajo el vino que descansaba aireándose sobre una mesa rinconera junto a un pequeño camafeo con el retrato de sus majestades los reyes. Sirvió la copa de su padre e hizo lo propio con los demás comensales, menos con su madre, que no gustaba del vino.
Por las dudas, el Panchito fue por la jarra de agua y la puso disimuladamente sobre la mesa, mientras su madre, María del Rosario de la Milagrosa Concepción, servía la calentísima sopa de médula de res con huicoyitos, huicoy sazón y papitas criollas.
El silencio acompañó la comida, mientras a lo lejos se oía las siete campanadas de la que con el tiempo y la mano de obra gratuita de los naturales, sería la iglesia de San Agustín, que comunicaban al vecindario que eran las siete y cinco de la tarde.
- ¿Otro poco de sopa don Bernal?, preguntó María del Rosario de la Milagrosa Concepción.
Como toda respuesta, El Memorioso hizo un gesto como para que le retiraran el plato.
Mientras tanto, en la cocina, la Xacobea con mucho esfuerzo sacaba del horno, un enorme bolovique preparado en un lecho de aceite de oliva, con cebollas, pimientos verdes, patatas y camote, aromatizado con ajos, chiles cobaneros, orégano, tomillo y sal.
En un pestañeo de don Bernal, doña Teresa miró a aquel viejo que como un rey lo podía todo en esa casa y pensó en aquella mañana de 1544 cuando se casaron, quizás porque Bernal tuvo que acatar la Real Orden que obligaba a los poseedores de encomiendas a casarse y formar una familia. Una leve caricia de la mano de Francisco, su hijo mayor, la volvió a la realidad en el preciso momento en que la Xacobea ponía en el centro de la mesa, entre los dos grandes candelabros que iluminaban la estancia, la enorme bandeja con la carne horneada y las papas y camotes. El humo que de ella salía, igual que su aroma, impuso entre los comensales un tono algo más rumoso.
-Padre, dijo susurrando otra de las niñas, de limpia mirada- no hemos dado las gracias al Señor por estos alimentos….
- Calla, calla… luego los daremos, ahora comamos que se enfría la carne.
Diego Luis miró con complicidad a su medio hermano Francisco, sentado del otro lado de la larga mesa de caoba petenera y se sirvió una copa de vino. María del Rosario de la Milagrosa Concepción que había observado la mirada a su preferido, distribuyó sendas cestillas de paja trenzada, que contenían envueltas en un paño de tela, más tortillas calentitas.
- Francisco después de comer quiero ver contigo los apuntes que pasaste en limpio hoy, y prepárate pues mañana seguramente te contaré otra de mis aventuras por Yucatán.
Y mientras bebía lentamente una nueva copa de vino que le había servido María del Rosario de la Milagrosa Concepción, recordó que esa mañana también tenía que encontrarse con Alonso de Maldonado, Gobernador Interino, con quien debía poner en claro la concesión de tres encomiendas en los pueblos de Zacatepeques, Jozagazapa y Mistán; luego quizás accedería El Memorioso, a ser uno de los miembros del Cabildo de la que sería después de su abandono por los terremotos de Santa Marta, La Antigua Guatemala.
En pocos minutos la carne, las papas y los camotes (boniatos para don Bernal) fueron también, un suculento recuerdo.
- ¿Tomamos el café en la sala Bernal?, sugirió con dulzura doña Teresa.
- ¿Por qué no?… respondió El Memorioso, que acto seguido se levantó de la mesa y marchó en dirección a su sillón preferido.
- Buen provecho, alguien susurró.

 
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