Bernal, una historia sin historia  
  Jorge Carrol
 
II
 

 

 
   

“… que se dolían de ver hazañas esclarecidas quedarse para siempre encarceladas en la oscuridad del olvido, sin haber una persona que movida desde justo cello procurase sacallas a la luz, para que con la libertad quellas merecen corrieran por el mundo, y fueran a dar noticia de sí a los deseosos de saber hechos célebres y grandiosos .”

Joan de Castellanos
 
     
   

[Voy por mi memoria como quien va por la vida hacia su muerte. Voy y vengo, acaso me detendré donde las fuerzas me reclamen descanso. Beberé entonces, el café que trajimos de Oriente y fumaré el tabaco que llevamos de estas tierras conquistadas.
Cierro la boca y ahueco mi admiración por la gran Tenochtitlan.
Doy paso a Moctezuma y subo con él a su adoratorio, como lo hice cuando el gran señor de los naturales tomó de la mano a don Hernando y le dijo que mirase su gran ciudad, y todas las ciudades y pueblos que habían dentro del agua, que como Venecia, estaban unidas entre sí por canales.
También le dijo el Gran Señor a mi paisano, que mirara bien la gran plaza, pues desde esa altura, mejor vista no tendría. Y así don Hernando y yo, estuvimos mirando desde aquel maldito templo, de un lado a otro esa ciudad mucho más inmensa y rica que las nuestras de España. Vimos desde allí, claramente, las tres amplias calzadas que sirven de entrada y salida de la ciudad que como la Roma de los Césares, estaba unida a su inmenso imperio, por una muy bien trazada red de caminos. A una, la llamaban de Istapalapa; por ella habíamos llegado hace cuatro días. La otra, la llamaban de Tacuba y por allí fue por donde salimos huyendo la noche de nuestro gran desbarate, después que Cuedlavaca, nuevo señor de alguna de estas ciudades vecinas, nos echara. La tercer calzada la llamaban de Tepeaquilla.
Y vimos desde aquella atalaya el agua dulce que venía de Chapultepec, de donde se proveía la ciudad. Y admiramos aún en contra de nuestro orgullo civilizador, cómo aquellas calzadas tenían de trecho en trecho, puentes por donde las aguas pastaban de una laguna a otra, permitiendo a multitud de canoas y cayucos, ir y venir cargados con abastecimientos y mercaderías, algunas repletas de bellas flores y pajarracos multicolores. Y descubrimos que de casa en casa, sólo se pasaban por pequeños puentes levadizos de madera.
Hermosa urbe aquella que vimos desde un maldito templo, pero es que por todas partes descubríamos cúes y adoratorios, a manera de torres y fortalezas. Toda esa gigantesca ciudad estaba blanqueada que era una maravilla. Y después de haberlo mirado todo y considerado lo que habíamos visto, regresamos a la gran plaza y a la multitud que estaba reunida en ella, comprando o vendiendo, con tal vehemencia que sus voces se oían a más de una legua de distancia. Aún recuerdo que algunos de los nuestros que habían estado en Constantinopla y en Roma, dijeron que nunca habían visto plaza tan bien compensada y con tanto concierto, tan grande y con tanta gente…
Detengo mis recuerdos, como el palafrenero detiene a los caballos.
Bajo de ellos como de una nube de las mil y una noche. Nadie sabe cuánto he vivido y cuan feliz e infeliz fueron mis años más jóvenes.
Bebo una nueva taza de caliente café y admiro las volutas de humo de mi tabaco.
Afuera la noche antigüeña comienza a crecer tejiendo su manto de sombras. A pocas cuadras unas monjas apresuran el regreso al convento. El sonido de una campana destroza en mil pedazos el frío mientras quizá en La Merced , cierran la puerta quizás para que no se escapen los mercedarios.
Entorno los ojos y me veo caminando por Texcoco, Tlaxcala y Cholula, donde por pedido de uno de esos curas santulones, insensatamente cubrimos un enorme templo con tierra y piedra, cuando nos cansamos de intentar destruirlo. Supongo que un dios que llamaban Quetzacouatl, fue el que me castigó con este reuma de los mil dolores que me tiene a mal traer los días de lluvia que en este valle, son muchos de abril a noviembre.
Confieso que nunca entendí bien algunos cuentos de los salvajes, relacionados con unos parientes antañones suyos que llamaban chichimecas, según creo nacidos después de otros parientes a los que les decían toltecas y que al parecer, fueron muy sabios constructores.
Una vez, sentado en una de las escalinatas de uno de esos malditos templos de Texcoco y que los naturales llamaban Tenayuca, un lengua me contó que los aztecas se hicieron dueños de las tierras y las aguas, hasta países muy lejanos, como Cholula y Oaxaca. Guerreando y matando, a veces por maíz o frijol negro y a veces, por oro o jade, y a veces también, por joder.
En un rato más me sentaré a la mesa a comer. ¡Cómo han cambiado mis gustos! Aún recuerdo como si hubiera sido hoy por la mañana, cuando por primera vez comí una tlaxcalli en una chinampa, en Xochimilco. No me gustó ni su consistencia ni su sabor, pero sí su contenido, un guiso de carne de chumpipe, tomates y chiles muy picosos. Pero con los años me fui acostumbrando al sabor de las tlaxcalli, posiblemente por que a falta de pan, buenas son esas tortillas de maíz. Confieso y este es mi mea culpa, que jamás pude gustar del atole, papilla clara de maíz que no sabe a nada, de igual manera que mucho me agrada comer de tanto en tanto, un buen tamal en sus mejores versiones: la hallaca y la humita; aunque ahorita recuerdo que también me gustan mu­cho los paches de patata que conocí y comí con deleite, en tierras de Xela, bien cargados de carne de chompipe y una buena dosis de chile cobanero. ]
- María del Rosario de la Milagrosa Concepción … María del Rosario de la Milagrosa Concepción, ¡tráeme un tequila reposado!… Perdón, ¿mandaba usted, don Bernal?… Que me traigas un tequila reposado y unas boquitas, también…
[ El tequila y el mezcal, son aguardientes de estos salvajes que me gusta beber; no así la chicha de maíz, pero sí la de uva que beben mis compañeros, compañeros también de Diego de Almagro, allá bajo la Cruz del Sur, del otro lado de los altos Andes, frente a la fría mar océano que Balboa bautizó en Panamá, como la Mar del Sur.
Los huaxteca, famosos beodos, como lo habrá de destacar Walter Krickberg, bebían esta chicha fermentada, de igual manera que los aztecas, tarascos y zapotecas, se emborrachaban con pulque, algo que sacaban de la savia del agave, no del agave azul como este delicioso tequila que es una bendición para mi paladar de mil batallas alcohólicas. Los naturales bebían el pulque, sorbiendo la savia que se acumula en la base ahuecada de los tallos cortos del agave, y lo hacían con unos tubos que llamaban acocotes. Los ancianos a quienes les estaba permitido beber con algún exceso, fumaban también el tabaco, en una forma bastante parecida a los habanos que me llegan de Cuba. Los sacerdotes por el contrario, lo masticaban, como los jugadores de la pelota de hule, con la sana intención de provocar éxtasis, nunca, claro está, como el que lograban las tribus pima del norte, que lo extraían del peyote, una suerte de cactus al que llamamos en la tertulia del Gijón: anholonium Levinii. Si los recuerdos no me fallan, creo que fue en la región tarasca, donde los salvajes fumaban el tabaco en pipas de barro con formas bien pulidas de figuras .]
- Don Bernal, ¿desea otro tequilita?…
- No gracias María del Rosario de la Milagrosa Concepción. Avísame cuando esté la comida. ¿Sabes por casualidad que es esa bulla?
- Turistas don Bernal, malditos turistas.
- Ah…

 
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