Bernal, una historia sin historia  
  Jorge Carrol
 
IV
 

 
   

“De la part du Roy défense à Diue
de faire miracle en ce lieu.”
Petit Cimetièrre de Saint-Médard,
París

 

Santiago de los Caballeros comenzó a cerrar los ojos de sus ventanas bajo la atenta mirada del volcán de Agua.
Un sereno que lentamente caminaba por la Calle del Cementerio, con rumbo desconocido, se detuvo frente al Nº 40, junto a la reja de una ventana para escuchar la voz de alguien que en el interior de la casona recitaba casi dos siglos después.
[Hubo una desdichada ciudad, Guatemala, de dulce cielo / y populosa, rica de aguas y ubérrima en frutos. / Fundóla el indio en medio de un delicioso paisaje / a la falda de monte inaccesible, / entre densos árboles y flores / que aunque agrestes, / matizan eternamente de colores balsámicos / el dorso verdegueante de la montaña.
Además, la tierra feliz, sin la reja acerada, / henchía de frutos sazonados los huertos. / En medio de ellos y al pie del alto monte, nacía / de entraña rocosa un limpio chorro, en el cual gustaba / la robusta juventud apagar la sed abrasadora, / y de sus dulces rocíos se empapaban los pomares.
Los indios habitaban antiguamente esta ciudad y sus campos. / Pero luego que los hispanos dominaron el reino / y principiaron a gobernar el pueblo vencido, / una inundación agravada por los aluviones del monte / se tragó templos, casas y toda la ciudad.
Los colonizadores resolvieron, entonces, trasladarla / y reedificarla en medio de un valle / muy a propósito que conocían. / La circundaban, como enhiestos muros, / montes de cúspides sidéreas, extraordinarios / por su riqueza de aguas y bosques / siempre primaverales.
Aquí, lejos de los indígenas, que se quedaron / en el primitivo lugar, / los españoles echaron los nuevos cimientos del reino / y en el ancho valle situaron una gran ciudad, / extendida en amplio círculo, con trazo de calles a cordel, / al abrigo de graves pestilencias contagiosas / y libre de sufrir hostigada por el excesivo calor / y los helados vientos boreales.
Airosos templos sobre labradas columnas de piedra, / siempre fragantes de incienso arábigo, / por todas partes resplandecían ornamentados / de oro coruscante. / Muchas casas embellecidas con magnificencia, / los campos lujuriosos y el destilar de las fuentes / sobre las praderas, / adjudicaban a la ciudad nombre y decoro eternos. ]
Un turista despistado, miró al curioso sereno y sin detenerse, continuó apresurado su camino hacia cualquier parte, donde a esa hora le pudieran servir un trago o a lo mejor un café con piquete. La noche se desnudó entre las buganvillas mientras que, como todos los días, el sereno iba marcando su camino, en el silencio.
Posiblemente era febrero y el Año del Señor, pudo ser muy de 1565 ¿ó 16 de enero de 1575?; también pudo ser 30 de noviembre de 1577 ¿y por qué no, el 23 de diciembre de 1586? Si fue o era ese día o cualquiera de ellos, poco importa, a Santiago de los Caballeros se le movieron como era su destino, hasta las patas, destruyendo casas y capillas de su periferia.
Si todo fue así, alguien perdió en esa dolorosa jornada, un hijo en la calle Ancha, cerca de la parroquia de San Sebastián, mientras en su cama don Bernal, cobardemente, rogaba a dios por su vida.
Muy posiblemente no fue ese día, ni ese año, sin embargo, Xacobea habrá dejado en remojo una cazuela con piloyes, sobre la mesa de la cocina, donde Félix, el gato, dormiría como todas las noches, al abrigo del calor de fogón que la galleguita dejaba encendido especialmente para él, mientras ella en su cama de la última habitación de la casa, descansaba sus sueños de volver a su Betanzos de los Caballeros.
Madrugadas hechas de soledad en soledad, cosidas lentamente sobre las miserias de una conquista venida a menos.
Bruma de silencios naufragados por la impaciencia de sobrevivir a toda costa.
Murmullos labrados en los jardines asesinados por las cuatro paredes de un patio en ocasiones oscuro.
Santiago de los Caballeros, la futura Antigua Guatemala, va y viene de un lugar a otro, de un valle a otro, de una soledad a otra, de una miseria a otra, de un silencio a otro, de un murmullo a otro.
La gran aldea donde morirá algún día no muy lejano El Memorioso, para darle lugar a Rafael Landívar y a César Bañas y Luis Cardoza y Aragón.
La gran aldea renacida que verá nacer en uno de sus patios, el sueño de un aventurero francés que se llamará Antoine de Saint-Exupéry: un Principito, malinchistamente rubio, que vendrá de un asteroide, el B612, y que sólo será sido visto en 1909, siempre y cuando el astrónomo, sea turco.
Santiago de los Caballeros, toda memoria, olvido y soledad, descansaba recostada junto al Pensativo, un río de cuento, mientras El Memorioso daba mil vueltas en su cama, haciéndole el quite en sus sueños, a las lanzas con que los itzáes querían matarlo.

      1 - 2 - 3 - 4 - 5
      Ir Arriba