Bernal, una historia sin historia  
  Jorge Carrol
 
V
 

 
   

COMO BERNAL RECORDÓ SUS MEMORIAS
Y LAS DICTÓ MAS TARDE A SU HIJO
PARA SOBREVIVIR A LA MUERTE QUE LO RONDABA
Y ANSIMISMO DIO NUEVAS INSTRUCCIONES
DE LO QUE DEBÍAN HACER PARA ALMORZAR,
LUEGO DE SU JUNTA EN EL CABILDO
Y OTRAS COSAS QUE NOS AVINO
DESPUES DE ANDAR POR LOS PATIOS DE SU CASA.

 

Don Bernal había despertado esa mañana, con el cuerpo dolorido y muy tenso.
Doña Teresa que se había despertado antes, se había levantado para ir al baño, arreglarse y vigilar que la Xacobea en la cocina, estuviera preparando el desayuno. Después como todos los días iba a misa de 6:00 a lo que será la iglesia de San Francisco el Grande, muy cerca de la Escuela de Cristo donde será velado el Hermano Pedro, un muy triste 25 de abril de 1667.
Diego Luis maldecía, como siempre, que su casa estuviera tan cerca de tantas iglesias, así es que se tapaba la cabeza con almohadas de pluma de ganso, para no escuchar las campanas que a las 5:55 indicaban que eran las 6:00 de la madrugada. En su cabeza no puede caber la idea de que en cien años más, año más, año menos, la propiedad de don Bernal sería vendida o cedida a los jesuitas para que construyeran un impresionante edificio de dos pisos, con dos claustros, colegios, jardines e iglesia, además de salones bellamente decorados y confortables habitaciones, biblioteca, refectorio, enfermería, área para el servicio y hasta una pequeña huerta, y todo a tan sólo una cuadra de la Plaza Mayor.
Francisco al oír las campanas, se levantó magullando por lo bajo una puteada y una maldición, y en el piletón del tercer patio se lavó la cara, para luego entrar a la cocina donde lo esperaba la Xacobea con un tazón de chocolate calentísimo.
Las hijas y los otros hijos, esperaban que su madre fuera quien después de abrir las puertas de sus habitaciones, les impartiera la orden: -¡A levantarse patojos!…
El desayuno era un rito que se debía cumplir estrictamente después de que la familia sentada a la mesa, cuya presidencia ejercía don Bernal, quien desde la cabecera con una mirada ordenaba a doña Teresa, que diera las gracias al Señor por los alimentos que iban a comer: una rodaja de papaya, huevos a la ranchera con frijolitos volteados y café o chocolate; el desayuno siempre era acompañado con tortillas calentitas recién salidas del comal y panecillos dulces.
- María del Rosario de la Milagrosa Concepción ¿puedes cambiarle el agua a los frijoles?, le pidió la Xacobea a su compañera, mientras ella ponía más leña en el fogón, donde en unos minutos más pondría a hervir los frijoles en agua con sal, 6 ajos y una cebolla.
Don Bernal sin decir nada, una vez más se levantó de la mesa y a una señal suya, lo hizo Diego Luis, acto seguido el Francisco siguió la misma rutina. Automáticamente los demás hijos se levantaron y fueron a cumplir con los deberes ordenados y organizados desde el principio de los siglos y aún antes, por doña Teresa.
En la puerta de la casa, María del Rosario de la Milagrosa Concepción esperaba a don Bernal para entregarle su poncho y su bastón. Después El Memorioso comenzaba a caminar como midiendo cada uno de los pasos hacia el Cabildo, seguido a diez codos por Diego Luis..
Santiago de los Caballeros, La Antigua de futuros días turísticos, despertaba perfumada por las rosas y embellecida por las buganvillas que colgaban de mil colores sobre los muros de las casas. Las pocas cuadras que separaban la casona de los Díaz del Castillo y el Cabildo, fueron recorridas por padre e hijo, en pocos minutos. Una vez llegados al conventual y chismoso Cabildo, don Bernal saludó a sus colegas y Diego Luis se sentó en una banca a esperar que la Audiencia comenzara poco después que Alonso de Maldonado, Gobernador Interino, llegara.
Diego Luis, hijo de la india Angelina, estaba seguro y confiado en que su padre le conseguiría a él, como reconocimiento de sus servicios, algo más que un escudo de armas. Desconocedor de su futuro, el mestizo en 1565, fue notificado por Real Cédula de Felipe II, que sólo eso, un escudo de armas, sería la herencia que le dejaría su padre, El Memorioso y valiente, don Bernal Díaz del Castillo. El hijo de Angelina, devoto de San Plácido, pidió en silencio su ayuda. De alguna manera, él se sentía Plácido, aquel que había nacido en Roma alrededor del año 515 y a quien confiaron su educación a San Benito, que por entonces vivía en Subiaco. Plácido aquel que acompañó a su santo maestro a Montecassino y alguna que otra trattoria, para convertirse en uno de sus mejores asistentes auxiliares. Diego Luis había leído en la bibliografía de San Benito, escrita por San Gregorio y publicada por una muy sacrosanta editorial (que no recuerda) que en una ocasión, Plácido cayó en un lago, un bello lago de profundas aguas. San Benito lo advirtió por una iluminación interior y envió en su ayuda a Mauro, otro discípulo suyo, quien caminando sobre las aguas del lago -como lo hizo el buen Jesús sobre las aguas del Jordán ¿o el Mar Muerto?- llegó al lugar donde se había sumergido Plácido y logró salvarlo. Por este milagro, la Santa Iglesia admite a Plácido entre sus santos. ¿No podría ocurrir un milagro de la misma naturaleza?, pensó el mestizo que continuaba sentando en una banca del Cabildo. Un milagro que lo llevara a él a los altares y que al mismo tiempo le solucionara los problemas económicos por los que estaba pasando, ya que su padre, no le pasa ni un Real, ¡y con lo cara que estaba la vida en lo que sería la Capitanía General del Reyno de Goathemala!. De pronto el hijo de Angelina sintió una mano sobre su hombro, levantó la cabeza y vio a su lado, parado, a un ordenanza de la Audiencia que le repitió una orden de su padre: - Manda decir don Bernal que vaya usted a su casa, con toda urgencia y que le traiga copia de la carta que dice haberle mandado a su Majestad el Rey. La última, en la que apela a su derecho de viejo conquistador por la perpetuidad de sus encomiendas y no sé cuántas mierdas más. Pero que vaya Ud. como un rayo y que vuelva como una exhalación y que la santa Virgen María lo acompañe de ida y de regreso.
Diego Luis se levantó y salió a la calle, cruzando hacia la Plaza Mayor , donde vio a una muchacha de enormes ojos claros que estaba vendiendo dulces artesanales, con la que cambió sonrisas, y continuó muy de prisa, caminando hacia su casa, primero por debajo de soportales que están al poniente de la plaza y después a pleno sol antigüeño, calle tras calle, hasta llegar a su casa, donde María del Rosario de la Milagrosa Concepción estaba a cubetazos de agua, lavando la vereda.
- ¡Ten cuidado María del Rosario de la Milagrosa Concepción , que puedes salpicar a cualquier vecino que tenga la mala idea de caminar por estos lugares!…
La muchacha ni siquiera levantó la mirada para ver quien le hablaba, conocía a la perfección esa voz que tantas veces escuchó murmurar a sus oídos en plena noche y al calor de su cama, cuánto la amaba….
Ya en la casa el hijo del Memorioso, buscó en los cajones del armario del estudio de Bernal, la copia de la carta que se le había enviado al Rey. Un olor delicioso invadió la estancia, llegaban de la cocina, los deliciosos aromas de la piloyada que la Xacobea estaba cocinando, a fuego lento.
Con la copia en la mano antes de ganar la calle, hizo una visita como de médico, a la cocina.
- Xacobea, ¿qué nos darás de postre a la comida? Nubes de cielo, ¿no ves que está hirviendo la lecha con canela y limón , y que estoy batiendo las yemas de huevo con el azúcar?…
Después sin más, volvió a salir de la casa y a recorrer las mismas calles hasta llegar al Cabildo. Subió la escalera, de dos a dos, los peldaños y una vez frente a la puerta de la Audiencia , le entregó al ujier la copia solicitada por su padre para que ésta le fuera entregada a él. Al abrirse la amplia puerta alcanzó a oír la voz del Memorioso que estaba diciendo algo así como: [… fue el cinco de setiembre de mill e quinientos y diez y nueve años (coma) pusimos los caballos en concierto (coma) que no quedó ninguno de los heridos que allí no saliesen para hacer cuerpo y ayudasen los que pudiesen (punto y coma) y apercibidos los ballesteros que con gran concierto gastasen el almacén (coma) unos armando (coma) otros soltando (coma) y los escopeteros por el consiguiente (coma) y los de espada y rodella que la estocada o cuchillada que diéseos que pasaen las entrañas por que no se osasen juntar tanto como la otra vez (punto y seguido comenzando con mayúscula la primera letra) El artillería bien apercibida iba (punto y coma) y como ya tenían aviso los de caballo que se ayudasen unos a otros y las lanzas terciadas (coma) sin pararse a lancear (coma) sino por unos a otros y las lanzas terciadas (coma) sin pararse a lancear (coma) sino por las caras y ojos coma entrando y saliendo a media rienda (tres puntos o puntos suspensivos) ]
Diego Luis había oído tantas veces hablar a su padre de la gran batalla de la Tlasteca , salió huyendo escaleras abajo para sentarse una vez más, en unas de las bancas de madera de la planta baja del cabildo.
[..y que ninguno soldado saliese del escuadrón (punto y seguido comenzando con mayúsculas) Y con nuestra bandera tendida y cuatro compañeros aguardando al alférez Corral (coma) ansí salimos de nuestro real; y no habíamos andado medio cuarto de legua cuando vimos asomar los campos llenos de guerreros con grandes penachos y sus divisas y mucho ruido de trompetillas y bocinas (punto y seguido comenzando con mayúsculas) Aquí había bien que escrebir y ponello en relación lo que en esta peligrosa e dudosa batalla pasamos (coma) porque nos cercaron por todas partes tantos guerreros (coma) que se podría comparar como si hobiese unos grandes prados de dos leguas de ancho e otras tantas de largo (punto y coma) en medio dellos coma cuatrocientos hombres (punto y coma) nuevamente ansí era (dos puntos) todos los campos llenos dellos y nosotros obra de cuatrocientos (coma) muchos heridos y dolientes (punto y seguido comenzando con mayúscula) Y supimos cierto que esta vez venían con el pensamiento que no habían de dejar ninguno de nosotros con vida que no habían de ser sacrificados a sus ídolos (punto y seguido) Volvamos a la batalla (tres puntos)]
- ¡Por dios don Bernal, detenga usted su relato, que estamos en sesión!, dijo uno de los que estaban sentados en la Audiencia , apenas iluminada por la tenue luz que entraba por unas puertas que daban a la galería balconada del primer piso.
- Por favor señores, orden…orden… Y a usted don Bernal, le ruego permanecer en silencio y sólo hablar cuando así se lo autorice.
- Es que, don Alonso…
- Nada, nada don Bernal, calle usted o levántase y salga a soñar en otro lado.
Herido y humillado en su amor propio El Memorioso se quedó en su silla, esperando que concluyera la sesión de la Audiencia. Nada de lo que se dijo le entró por sus oídos. Ni siquiera el repique de las campanas de la futura catedral. El avezado pleiteador, estaba ofendido y nada le importaba en ese instante, más que regresar a su casa y continuar escribiendo sus memorias con la valiosa asistencia de Francisco.
En algún momento, don Alonso de Maldonado miró al ujier y con la vista, ordenó que se abrieran las puertas de la Sala de Sesiones de la Audiencia. Uno tras otro los miembros del Cabildo fueron saliendo, saludando ceremoniosamente al Gobernador Interino. Finalmente don Bernal se levantó y cruzó la puerta, sin saludar a nadie. Bajó uno a uno los escalones esperando encontrar a Diego Luis sentado y dormitando como siempre, en una de las bancas de madera. Y así ocurrió.
Vamos hombre que tenemos mucho que hacer.
Voy padre, voy.
Pero que sea para hoy, hijo…
Así ambos cruzaron la Calle de la Pólvora en dirección a la Plaza Mayor ; al pasar por la fuente, El Memorioso saludó a una vecina, al propio tiempo que el hijo de la india Angelina, se refrescaba la frente con un poco del agua que salía de los pechos de una ninfa de bronce a la fuente.
Una a una, las calles fueron recorridas como tantas veces sin dirigirse una sola palabra. El sol mañanero comenzaba a brindar calor a la ciudad que ya a esa hora definitivamente había despertado. En la primera cuadra de la calle del Arco, el padre se detuvo en la Posada de Don Rodrigo e hizo una seña a su hijo de que iban a entrar. Una vez dentro, se sentaron en una mesa cercana a la escalera del fondo. Al requerimiento de una joven mesera El Memorioso ordenó dos cafés bien calientes y un par de champurradas. Mientras llegaba su pedido y sin dirigirle una palabra a su hijo que tampoco la esperaba, sacó un tabaco y comenzó a fumarlo.
[No puedo comprender a los miembros del Cabildo, interrumpirme cuando precisamente estaba contándoles como comenzaron a romper con nosotros (coma y entre admiración) ¡qué granizo de piedra de los honderos! (Punto y seguido) Pues flecheros (coma) todo el suelo hecho de parva de varas tostadas de a dos gajos (coma) que pasan cualquiera arma y las entrañas adonde no hay defensa (coma) y los de espada y rodela y de otras mayores que espadas (coma) como montantes y lanzas (coma y entre admiración) ¡qué prisa nos daban y con qué braveza se juntaban con nosotros y con qué grandísimas gritas y alaridos! (continuamos la frase con mayúscula la primera) Puesto que nos ayudábamos con tan gran concierto con nuestra artillería y escopetas y ballestas (coma) a que les hacíamos harto daño (punto y coma) a los que se nos llegaban con sus espaldas y montantes les dábamos buenas estocadas (coma) que les hacíamos apartar y no se juntaban tanto como la otra vez pasada (punto y coma) los de a caballo estaban tan diestros y hacían lo tan varonilmente (coma) que (coma) después de Dios (coma) que es el que nos guardaba coma ellos fueron fortaleza (punto y seguido comenzando con mayúscula) Yo vi entonces medio desbaratado nuestro escuadrón (coma) que no aprovechaban las voces de Cortés ni de otros capitanes para que tornásemos a cerrar (punto y coma) tanto número de indios cargó entonces sobre nosotros (coma) que milagrosamente, a puras estocadas (coma) les hicimos que nos diesen lugar (coma) con que volvimos a ponernos en concierto (tres puntos) ]
- Sus cafés y sus champurradas don Bernal; están ustedes servidos…
El menos joven soldado miró a la mesera y calló al mismo tiempo que tomaba una champurrada y la mojaba en el tazón de humeante café. Su hijo hizo lo mismo y continuaron en la posada sin hablarse, hasta que llegó el momento de pagar por lo consumido.
Después salieron a calle en dirección a la casa, donde la Xacobea estaba acabando de hacer un sofrito de tomate, cebolla y ajo, para luego hervir la carne con muy poco de agua, para apartarla cuando ya esté cocida. Seguramente después, freirá aparte la butifarra que tanto le gusta a Francisco y unirá el sofrito con los piyotes, la carne y la butifarra, el caldo de los frijoles y el agua de la carne, para hervir lentamente todo junto.
- Apura el paso y dile al Francisco que tenga todos los menjunjes para tomar mi dictado, que acabo de recordar claramente cómo Cortés envió mensajeros de paz a Tlaxcala y que estos fueron prendidos, pero que luego consiguieron huir y transmiten el propósito guerrero de los tlaxcaltecas. Apura, apura el paso hijo, que tengo aquí, en los ojos, como si fuera ahora mismo, la imagen del capitán general de los indios, Xicotencatl, al que llamaban el mozo, que no aceptó acordar la paz con nosotros ,los verdaderos hijos y mensajeros de dios…
Diego Luis apuró el paso y casi corriendo entró a su casa a los gritos llamando a Francisco, su medio hermano: - Paco… Paco… que llega mi padre y ordena que tengas todos los menjunjes para tomar su dictado, pues le regresaron los recuerdos y quiere ponerlos en papel, para que todos sepan de sus hazañas durante la conquista.
Francisco, se levantó y tomó las lapiceras de pluma de ganso, la tinta hecha por el mismo, de sangre de toro y polvo de carbón, y las hojas donde reproduciría de ser posible, los sueños más que historias de su padre. Después abrió bien las ventanas que da a la calle, para que la luz de la mañana invadiese el estudio de don Bernal, que, precisamente en ese momento, entregaba su chaquetón a María del Rosario de la Milagrosa Concepción , que lo esperaba junto a la reja del arcada del pasillo, que de la calle y que lo comunica con el primer patio.
- Cuando gustes padre, puedes comenzar, fueron las palabras con que Francisco recibió a El Memorioso, quien sin saludarle se sentó en su sillón preferido y comenzó: -Estaba recordando en el cabildo. Oye Paco eso no lo escribas. Estaba pensando de qué modo inesperado, los tlaxcaltecas se presentaron en el campamento de Cortés para acordar la paz, portando vituallas. Vas a escribir, presta atención pues debe ir todo el mayúsculas:
[ COMO VINIERON A NUESTRO REAL EMBAJADORES DE MONTEZUMA. (Deletreo: eme o ene te e zeta u eme a.) MONTEZUMA (coma) GRAN SEÑOR DE MEXICO (coma) Y DEL PRESENTE QUE TRAJERON (Punto y aparte. Al margen, comenzando oración, sólo la primera letra con mayúsculas) Como Nuestro (nuestro con ene mayúscula) Señor Dios (ambas comienzan también con mayúsculas) (coma) por su gran misericordia (coma) fue servido darnos vitoria de aquellas batallas de Tascala las mismas que esos imbéciles corregidores no me quisieron oír [pausa, don Bernal respira como enojado y acaso jadeante] ¡Por dios Francisco, este comentario mío no lo escribas! ¡Táchalo! Continúo: Tascala (coma) voló nuestra fama por todas aquellas comarcas y fue a oídos del gran Moctezuma (con eme mayúscula: Montezuma, pues aunque lo oigas extraño, es el nombre de ese salvaje rey) a la gran ciudad de México (coma) y si de antes nos tenían por teules (coma) que son como sus ídolos (coma) de ahí en adelante nos tenían en muy mayor reputación y por fuertes guerreros (punto y coma) y puso espanto en toda la tierra cómo siendo nosotros tan pocos y los tascaltecas de muy grandes poderes coma los vencimos y agora enviarnos a demandar paz (punto y seguido comenzando con mayúscula) Por manera que Montezuma( Montezuma con mayúsculas no lo olvides, Paco) (coma) gran señor de México (México con mayúscula como tu sabes) (coma) de muy bueno que era temió nuestra ida a su ciudad y despachó cinco principales hombres de mucha cuenta a Tascala (Tascala con te mayúscula) y nuestro real para darnos el bien venidos y a decir que se había holgado mucho de la gran victoria que hobimos contra tantos escuadrones de contrarios (coma) y envió en presente obra de mill pesos de oro en joyas muy ricas y de muchas maneras labradas (coma) y veinte cargas de ropa fina de algodón (punto y coma) y envió a decir que quería ser vasallo de nuestro gran emperador (coma) y que se holgaba porque estábamos ya cerca de su ciudad (coma) por la buena voluntad que tenía a Cortés y a todos los teules sus hermanos que con él estábamos (coma) que ansí nos llamaba punto y (coma) y que viese cuánto quería de tributo cada año para nuestro gran emperador (coma) que lo dará en oro y plata y ropa y piedra de chalchivis (coma) con tal que no fuésemos a México (coma) y esto que no lo hacía porque de muy buena voluntad no nos acogería (coma) sino por ser la tierra estéril y fragosa (coma) y que le pesaría de nuestro trabajo como si nos lo viese pasar ( punto y coma) e que por ventura que él no lo podía remediar tan bien como querría (punto y seguido comenzando con mayúscula) Cortés le respondió y dijo que le tenía en gran merced la voluntad y el presente que envió y el ofrescimiento de dar a Su Majestad (ya sabes Paco que estas dos palabrejas van con mayúsculas siempre) el tributo que decía (punto y coma) rogó a los mensajeros que no fuesen hasta ir a la cabecera de Tascala (Tascala con mayúscula) (coma) y que allí los despacharía (coma) por que viesen en lo que paraba aquello de la guerra (punto y seguido comenzando la primera palabra con mayúscula) Y no les quiso dar luego la respuesta porque esta purgado del día antes (coma) y purgóse con unas manzanillas que hay en las islas de Cuba (Cuba con mayúscula) y son muy buenas para quien sabe cómo se han de tomar (punto y seguido) Dejaré esta materia y diré o que más en nuestro real pasó (punto final)
Don Bernal se levantó de su silla y llegándose a la ventana, vio pasar por la vereda del frente de su casa, a dos carmelitas descalzas que iban delante de dos naturales vestidas de corte, que cargaban en sus cabezas, sendas canastas del mercado, llenas de verduras y hortalizas.
El sol caía a pique sobre Santiago de los Caballeros y sus chismosos vecinos.

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