Bernal, una historia sin historia  
  Jorge Carrol
 
¿12 de diciembre de 157…?
 

I

 
   

"El falo es la prehistoria que nos queda”
Francisco Umbral

 
     
   

Me llamo Bernal; pero no soy vos.
Ni siquiera soy parecido, ni tengo los ojos lánguidos como los tuyos, ni uso espejuelos de sol los días de lluvia. Para comenzar sólo puedo decirte que fui Bernal Díaz del Castillo, soldado hecho memoria, al servicio de sus Majesta­des, los soberanos y muy católicos Reyes de Castilla y Aragón.
A veces me da la impresión que para comenzar, debo haber nacido -como lo hace casi todo el mundo- hace más quinientos años y haber perdido la vista y el oír, y tener la desventura de no tener más fortuna que mis recuerdos.
A veces. No siempre y por casualidad, oigo que soy menos joven, aunque en el día tras día sigo vital en casi todo. Es entonces cuando paso a considerar las cosas que en otro tiempo pasé, y me parece verme cuando realmente era Ber­nal Díaz del Castillo, oriundo de Medina del Campo, villa de la cual fue regidor mi padre, don Francisco Díaz del Castillo, casado con la madre que me parió, María Díez Rejón.
Pero ¡qué memoria la mía que no recuerdo si me parieron en 1495 ó 1496!… Cosas de la ausencia de un registro como mi Dios y muy Sagrada Inquisición exigen.
Sólo recuerdo que fui niño desde muy temprana edad y adolescente por consecuencia de sobrevivir a las pestes y miserias de ese tiempo, y que aún no tenía 20 floridas primaveras cuando en 1514 –lo recuerdo como recuerdo las enormes tetas de una mesonera que me despidió con lágrimas cuando iba a reclu­tarme hacia la conquista de lo maravilloso- me embarqué con Pedrarias Dávila, que iba como gobernador de la Tierra Firme. ¡Vaya jodedera llamar Tierra Firme o Nombre de Dios, a lo que con el tiempo se continuaría llamando Panamá!…
Y lo peor de todo, es que la gloria descubridora se la llevará el converso almirante Colón o aquel florentín Amèrigo Vespuche o el judío Yáñez Pinzón, cuando posiblemente la verdad sea otra, como siempre.
De las grandes ilusiones de nuestros muy católicos soberano, poco queda sino una nada llena de salvajes. El converso almirante que no sabía ni siquiera nadar, nunca descubrió el camino más corto a la Especiería , y de los bravos soldados y marinos conquistadores, sólo sobrevivimos unos pocos, no más de los dedos de una mano de cuatro dedos; y yo, Bernal Díaz del Castillo, soy uno de ellos.
Ya nada queda de la grave preocupación de don Fernando y de doña Isabel, por aquellos descubrimientos lusitanos, muy especialmente los alcanzados por don Manuel el Afortunado.
Nada queda de aquellos años en los que Rodrigo de Bastidas y Juan de la Cosa abrían los ojos de los sueños, hacia el Darién. Años en mí, de loca juventud y de quimeras a veces alcanzadas.
¿Cómo olvidar mi llegada a la isla de Cuba y a su sol y a sus playas doradas? ¿Cómo olvidar en mis recuerdos a tanto valiente soldado muerto en nombre de nuestro amado Dios, nuestro Señor?
Imposible olvidar aquella expedición en la que acompañé tres años después, a Francisco Hernández de Córdoba. Imposible tampoco de olvidar la promesa del gobernador de la isla, Diego Velázquez, de recibir por mis comprobados servicios y una valentía y arrojos descojonantes, nativos en encomienda, de los primeros que vacasen.
Años de intentar ser, madrugada tras madrugada y a futuro, lo que no fui, ni soy ni seré: memoria reconquistada para el olvido.
Después, si mal no recuerdo, en 1518 marché con Grijalva a lo que pudo ser, y a partir de 1519, anduve por muchos años con Hernán Cortés, metiendo no sólo las patas en la aventura. Soy testigo de sus locuras y de la sinrazón de tanto cura y fraile mojigato. Soy recuerdo hecho historia, soy de alguna ma­nera, memoria del olvido.
Y todo comenzó a perderse como no estaba previsto, un día muy de noviembre de 1524, cuando con don Hernán partimos para castigar a Cristóbal de Olid. Todo se precipitó como el agua entre las manos, al regreso en junio de 1526 a la capital, cuyos habitantes se encontraban tan alterados que nos hicieron perder a Cortés, la gobernación de la Nueva España y a este fiel memorioso soldado, las encomiendas recibidas, las que quedaron en manos a la jurisdic­ción de los nuevos asentamientos en Chiapas (exactamente en Ciudad Real) y en Tabasco (en lo que llamamos Santa María de la Victoria ). Dentro de tantas desgracias y perdidas, tuve la suerte de reencontrarme con Doña Francisca, aquella india muy hermosa que me había obsequiado el propio Moctezuma, de la que tuve dos hijas, restos de lujuriosas noches de sexo y quimeras dignas de Sodoma y de las cortes moras.
Precisamente de aquellos tiempos, recuerdo mis alegatos, demandas y contrademandas, cartas y contracartas, de peticiones y probanzas de méritos de viejo conquistador.
¡Cómo olvidar aquel incómodo viaje que me regresó a España en 1540, para alcanzar algunas merecidas mercedes!… De nada sirvieron mis antecedentes, ni las cartas de Cortés, ni las del Virrey. El Consejo de Indias no hizo lugar a mis justos reclamos, por eso el fiscal real, Juan de Villalobos, afirmó que no procedía proveerme cosa alguna, negándome mi condición de conquistador y encomendero.
Pero si no detuve mi mano ni mi espada ante los naturales de plumas de quetzal, tampoco detuve mis reclamos y continué pleiteando a veces con mejor fortuna, así que imagínense mi cólera de algunos de aquellos aciagos días de quien como yo fue y es, el más antiguo y buen soldado de Su Majestad, el que se veía triste de corazón y escuálido de fondos, pobre y menos joven, y con una bella hija por casar y con hijos mayores y con barbas, y otros por criar en La Antigua Santiago de los Caballeros, que acunaba a sus vecinos al pie de sus tres volcanes: uno apagado y nunca se sabe como dirá algún Principito, y dos más, de los cuales uno descansaba y el otro continuaba bramando.
Aun recuerdo que en 1552, hice llegar un memorial a nuestro muy amado Carlos V, protestando porque el Presidente de la Real Audiencia , me había negado las tierras y los naturales que me fueron prometidos. Y es que el tal Alfonso López Cerrato, fulano iletrado, sentado y apoltronado en una silla, se atrevió a mí, todo un feroz conquistador sobreviviente de mil batallas, a preguntarme irresponsablemente: -¿Quién os mandó a venir a conquistar? ¿Os mandó acaso Su Majestad? ¡Mostradme la carta! ¡Y andad, idos de aquí, que basta con lo que habéis robado!
De más está recordar cuan mal me sentí por ser así injustamente tratado por un tinterillo burocrático.
Soy lo que fui y fui lo que soy: testigo de vista.
Soy el que en un descanso de la expedición de Juan de Grijalva, sembró unas pepitas de naranja que había traído de Cuba, junto a una casa de ídolos paganos, para que junto a diez soldados, fuéramos a dormir lejos de los mosquitos a esa casa. Desde entonces y gracias al regadío de los frailes que habitaban aquellas casas, los naturales gozan en las mañanas del zumo de las naranjas, cuando les permitimos tomar desayuno.
Perdón pido por incluir detalles curiosos como estos, pero mi memoria es así, aluvional, como los grandes ríos de esta tierra que erróneamente llamarán América.
Tal vez en otras ocasiones, fluirán recuerdos de cuan mal educado y soberbio fue un tal capitán Alonso de Ávila, quien de un lanzazo volvió manco a un soldadito que se hacía llamar Hernando Alonso de Villanueva, de allí en más, El Manquillo.
De todas maneras, sé que dirán los que se aventuren a la lectura de mis historias, que son auténticas historias sin historia, que siempre me salgo de orden para contar cosas intrascendentes, ¡como si la historia no fuera una sucesión de cosas intrascendentes, muchas de las cuales se deben haber perdido por ese riguroso prurito de la información selectiva de la que algunos mal paridos académicos, hacen galas!…
¡Cuántas cosas recuerdo de las muy peligrosas luchas con los toltecas!… ¿Cómo olvidar que Cortés le encargó a un soldado, que se decía Diego de Godoy, y que era escribano de Su Majestad, que mirarse lo que pasaba y diese testimonio de ello si hubiese menester, porque seguramente no faltarían –como así sucedió- quienes nos demanden por algunas muertes y algunos daños cometidos, todos ellos requeridos como Dios lo sabe, en paz?…
¿Cómo olvidar que los conquistadores fuimos y somos, seres de carne y hueso? ¿Cómo no recordar que toda nuestra empresa pudo haber sido ininteligible si los más fieros conquistadores y adelantados, fueron y fuimos, obligados a obrar al dictado de minúsculos tiquismiquis jurídicos?…
Yo, Bernal Díaz del Castillo, el conquistador, el jodedor, el que fue valiente soldado y ahora es memoria, digo que la conformación mental de aquellos que fueron mis mayores, mis jefes y también mis compañeros y subalternos, fue tediosamente brutal e incierta. Por tanto, y en aras de lo que fue y hoy es historia, postergando cualquier insignificancia, como lo hicieron escribanos como el tal Godoy, ya mencionado, haré uso de las sombras de mis recuerdos de aquellos años en que crecimos junto a la hermosa tierra que vinimos a conquistar en nombre de nuestro Santísimo Dios y de nuestra muy graciosa y digna Majestad, el Rey.
No pido al lector inesperado, que sea lógico ni comprensivo, pues en esta página como en cualquier otra, saltará la liebre de mis emociones y cometeré errores y horrores. Soy un español cabal, que en nombre de Dios, maté cuando hubo que matar y asesiné, cuando hubo que hacerlo.
Soy culpable de no ser inocente. Que las palabras perdonen lo que el hombre no pueda.
Soy vanidoso de mis recuerdos, que traduzco orgullosamente de mi memoria.
Y que se jodan los melindrosos historiadores de la nada, malvivientes lambiscones académicos. Es tiempo de mandar a la mierda, a los que siempre me creyeron un comemierda, que sobreviví a la sombra de los mandamases, cantando sus glorias y dejando en la trastienda de la subordinación, mis propias y muy bien ganadas glorias, que no son otras que la propia grandeza de nuestra aventura, abriendo para ello como corresponde, a chorro suelto, los ríos de mi memoria, sin traicionarme un minuto, como hasta ahora hice en mi “Historia verdadera de la Conquista de la Nueva España ”.
Soy culpable como el que más, de tanta muerte injusta, pero aún más culpable seré por no agregar algún adjetivo calificativo a los espectaculares y escalofriantes episodios que por mi se conocerán.
Desgraciadamente no fui cura ni soy poeta como Joan de Castellanos, ilustre autor de las muy desconocidas “Elegías de los varones ilustres de Indias” que en cuatro volúmenes editará en 1955 -lo sé- la Biblioteca de la Presidencia de Colombia. De Castellanos cantó sus elegías, inundado de culpas adquiridas por él a la sombra de los confesionarios de la Nueva Granada , durante más de tres décadas sangrientas a partir de 1568. Joan de Castellanos escribió sin saberlo, aunque es muy posible que ese fuera su propósito, el poema más largo de la lengua castellana: ¡113.609 versos son una exageración!… y también, prueba irrefutable que nuestra conquista fue cosa de hombres, irresponsable­mente valientes e inevitables, como yo.
Ahora, caro, desconocido e imprevisto lector, hago abuso de mi memoria.
Memoria que en definitiva es ausencia, mirada turbia, a veces rencorosa. Memoria que no es luz, tampoco sombra. Memoria para recordarme quizá, la madrugada aquella después de un feroz combate, que la pasamos en un lugar donde había muchas casas en campos de labranza de maíz y magueyales, que es de donde los naturales que matamos, hacían una suerte de vino, más bien aguardiente, con el que acompañamos la comida de unos perrillos que ellos criaban, para tal menester gastronómico.
Memoria que desnudará lo excepcional y no ocultará lo tremendo que hicimos. Memoria de lo que acaso fui y lo que a lo mejor hice, en estas tierras que bautizamos de la Nueva España.
Sea también esta inmersión en mis recuerdos, homenaje a doña Marina, y a las lenguas que nos ayudaron a decir o a llamar o comprender, esto o aquello, cacao o jaguar, maguey o maíz.

 
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Jorge Carrol nació en Buenos Aires, Argentina, el 13 de febrero de 1933. Acuario de los pies a la cabeza. Hijo y hermano  de emigrantes gallegos Por tanto, es argentino y español. Desde finales de los 80 residente en Guatelamala, cosmopolita como pocos, Brasil, Chile, Colombia y Panamá fueron algunos de los países donde ha residido.
   
   
 
 
  Jorge Carrol leído por Luis Brandoni en la Biblioteca Nacional durante el Ciclo AYESHA de Nuevas Lecturas