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Libro de Alabanzas | |||
| Horacio Sacco | ||||
| Innecesaria Introducción: | ||||
| Según el diccionario, alabanza es el ejercicio del elogio, el encomio, el ensalzamiento o la celebración con palabras. Y aunque a veces pareciera que hemos perdido de vista la dimensión de estar encaramados sobre la materia inerte, y apenas si nos damos cuenta del prodigio de estar sobre esta tierra, la vida merece celebrarse. Cualquier vida merece ensalzamiento y alabanzas. Pero más la vida diminuta, y quizá por eso. Pero más la vida despreciada, y quizá por eso. Pero más la vida deshonrada, y quizá por eso. La vida mancillada, y quizá por eso. La vida de mierda. Y quizá por eso. | ||||
H.S. |
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| Alabanza de los que sufren mortificación por amor | ||||
Serían las dos de la mañana. Venía por Sarandí y dobló en Independencia. La escalera del Hotel Carlitos olía a acaroína. Hacía frío y las lágrimas le colgaban como hilos helados y mordientes. Ensayó un suspiro contenido y sacó del bolsillo dos llaveros. Uno era suyo, el otro se lo habían devuelto apenas hacía un rato. Uno sonaba como campanita de cristal, con una ligera musiquita que lo envolvía como un pañuelo de gasa perfumado de azahares. El otro, en cambio, como un tren lejano cortando un valle de opacas oquedades. Y fue en esta misma pieza - pensó -, con estas dos tacitas, dos vasos, dos almohadas. A él le gustaba poner a Pimpinela fuerte y el turboventilador a todo lo que da para tomar mate, o para hacer el amor, desesperadamente. A él, en cambio, le gustaba Julio Iglesias y la ventana abierta de par en par, por donde entraba sin permiso la luz del cartel de la farmacia de enfrente: verde, blanco, amarillo. Verde, para sus ojos de melaza. Blanco, para su espalda salvaje y transpirada. Amarillo, para sus manos fuertes y su apetecible piel de animal escurridizo de las profundidades oceánicas. Vio entonces su chomba impertinente encima de la silla y se sentó a llorar sobre la cama, la estrujó en sus manos, se sonó los mocos y se secó las lágrimas. Se abrazó él solo a su dolor. Ustedes, quizá, no sabrán como se hace: hay que poner los brazos en cruz (mientras tanto se debe llorar) y hacer que cada mano repose en el hombro opuesto; los codos, pegados, deber comprimir fuertemente el pecho; la cabeza deberá estar gacha y los ojos apretadísimos, lo que posibilitará una mueca de los labios parecida a la risa, pero nada más lejos: se sufre intensamente. No lo ensayen porque es inútil, cuando llegue el momento (y ojalá no les llegue nunca) les va a salir solito. - Te devuelvo la llave - le había dicho él. - Me engañaste, me mentiste, gritaban los Pimpinela; destrozó la foto donde estaban juntos, abrió la ventana, se masturbó en un llanto colapsado de expiaciones. Subió el volumen, qué carajo le importaba ahora; el encargado subía por la escalera y los vecinos gritaban: "¡Son las tres de la mañana!" - siempre exageraban -, pero qué mierda le importaba ahora, que justo estaba prendido el cartel de la farmacia, y el furtivo verde dibujaba duendes volátiles en la pared baldía de la galanura de su sombra. En la misma pared donde se esbozaba su perfil umbrío en cada orilla que miraron sus ojos y en cada margen que rozaron sus manos. El encargado del hotel ya golpeaba la puerta: -"¿Qué carajo pasa ahí?! - gritó el encargado -. Me engañaste, me mentiste, gritaban aún más los Pimpinela. Se asomó a la ventana, miró el cartel, miró las estrellas, las lágrimas latían bajo una luz venida del principio de los tiempos - como su amor por él - y brillaban, también, deslumbradas por la impalpable fugacidad oriunda del neón verdoso, blanquecino y amarillento del cartel de la farmacia. Las baldosas, desde un abajo gris y retraído, incomparable con ese arriba apacible y sempiterno, le hinchaban que se tire; el encargado meta golpear la puerta; las baldosas indolentes: ¡Dale de una vez, boluda! Y él no se negó. |
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