David Viñas
 
foto: Josefina Darriba
EN EL CRUCE
 

''Centrando mi voluntad en la ejecución de los pequeños hechos, di vuelta mi caballo y, lentamente, me fui para las casas.
Me fui, como quien se desangra''
.

Don Segundo Sombra de Ricardo Güiraldes.


''Reflexioné un instante, luego:
–Vea; yo quisiera irme al Sur... al Neuquén... allá donde hay hielos y nubes... y grandes montañas... quisiera ver la montaña...''

El juguete rabioso de Roberto Arlt, 1926


''Qué fuentes ni qué influencias ni qué bibliotecas mentales. Confrontaciones. Tironeos. Pulseadas. Aunque sea a kilómetros de lejos. No se puede entender Amalia sin Facundo. Ni Karamazov sin Guerra y Paz...''

David Viñas, en “Encuesta a la literatura argentina contemporánea” (fascículo 148 de Capítulo, Historia de la literatura argentina), 1982.

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David Viñas me recibió en su despacho del Instituto de Literatura Argentina de la Facultad de Letras de la Universidad de Buenos Aires, donde se desempeña como director. Al llegar me dio la mano, y me rogó que lo esperase mientras atendía a una chica que lo aguardaba hacía rato, con un cuaderno de apuntes y la edición subrayada de su novela Hombres de a caballo, donde figuran los títulos de sus obras publicadas: 30 libros entre ensayos y novelas; además de una docena de ensayos sobre su obra, y el listado de otros tantos premios que acumuló a lo largo de medio siglo de producción ininterrumpida.
En su voz cascada y en los tupidos bigotes que nunca dejó de usar, se patentiza la firmeza de sus convicciones; matizada por un elegante ejercicio de la ironía y un reconocimiento generoso a todos los autores que escribieron sobre Güiraldes o Arlt antes que él. Durante la conversación (quizás tironeado entre los moldes verbales de lo señorial y lo popular, que mencionó en varias oportunidades a lo largo de la charla), Viñas alternó un discurso poco académico –“en la otra punta del tablón”, dijo para situar a un escritor con respecto al otro– con un agudo manejo de la terminología crítica más reciente.

¿Se conocieron Arlt y Güiraldes? Advierto en El juguete rabioso y Don Segundo Sombra un trabajo literario paralelo: los protagonistas de ambos libros empiezan a los 14 años y hacen un aprendizaje similar; uno en la ciudad y otro en el campo. Además, los dos libros se publicaron en el mismo año...

Uno es fin de dinastía. El otro abre. Lo de ellos es conjunto, como dicen los chicos del secundario. La literatura es conjunto. De lo contrario no se entiende nada. ¿Conoce el trabajo de Graciela Montaldo, llamado “Yrigoyen entre Borges y Arlt”? Era parte de un proyecto que murió de amor, como la desdichada Elvira. Salió un solo libro y después el proyecto se frustró porque no le gustó al editor.

Lo conozco. Alan Pauls escribió un artículo muy interesante sobre Arlt. Ahí dice que Arlt encuentra su mejor seudónimo en el propio nombre.

Efectivamente. Es un artículo muy interesante. Y el tomo es muy útil para encontrar resonancias entre unos textos y otros; toda la cuestión intertextual. La diferencia entre quiénes tienen seudónimo y quiénes tienen genealogía, por ejemplo: abre una línea fundamental en la literatura argentina. Si vamos desde Matasiete, pasando por los que le dé la gana hasta llegar a las figuras más representativas de Arlt (para no abundar), todos se definen por su seudónimo. Están al margen de la ley. Quiero decir: no tienen el nombre del padre. Pensemos simplemente en el año 10. Ahí tiene a Laucha y a Don Ramiro. Laucha de Payró es una especie de pariente o sobrino carnal del Viejo Vizcacha; Don Ramiro de Larreta, en cambio, tiene genealogía y además Don. ¡Tener don! No cualquiera tiene Don. Acá (dice apoyando la mano sobre el libro de Güiraldes) este caballero tiene don; y este otro (agrega tocando el libro de Arlt) no lo tiene... Éste tiene prontuario. El primer capítulo se titula “Los ladrones”. Estamos en el campo de los ladrones. (Susurrando.) Y contra la ley.

Los dos libros se publicaron en el mismo año, pero Don Segundo Sombra tuvo mucho más éxito que El juguete rabioso.

Ni qué hablar. Desde su origen fue un libro canónico. Era lo que se esperaba. Incluso hubo un artículo muy laudatorio de Lugones, que en ese momento era prácticamente el patrón de la literatura, créase o no. Ahora, todo eso ha envejecido.

¿No fue Don Segundo Sombra un libro de marketing de principios de siglo?

No. No era su intención deliberada. Él también era un santo varón, y un señorito, pero porque le vino así: iba a consultar a la librería de la esquina si su libro se vendía o no se vendía. Creo que Don Segundo Sombra cayó justo. Se sumaron una serie de elementos. Pero lo que se llama marketing (como cálculo, manipulación y demás), no.

Don Segundo salió en una editorial importante. En cambio El juguete...

En Proa. (Vuelve a apoyar la mano sobre el libro de Güiraldes.) Esto lo hizo Colombo, que estaba de moda en ese momento... (enseguida apoya la otra mano sobre el de Arlt, con aire satisfecho), éste en cambio debe haber salido en Claridad y lo hizo un imprentero de la calle Boedo. Era para vender en kioscos; y durante mucho tiempo fue prácticamente considerado paraliteratura. Usted señaló que hay dos adolescencias, dos aprendizajes; pero el que cuenta Güiraldes es un aprendizaje rural, aterciopelado. ¿Cuál el drama mayor? Sería con alguna chica campesina que andaba por ahí... alguna cosa por el estilo. En Arlt, en cambio, se da de otra manera. El primer encuentro homosexual en la literatura argentina, por ejemplo. Pero además está el manejo del lenguaje, la incorporación del voseo...

Si estoy bien informado, usted y su hermano Ismael fueron quienes descubrieron a Arlt, en la revista “Contorno”.

En realidad fue Raúl Larra, que al poco tiempo de la muerte de Arlt (en el año 42) sacó el primer ensayo sobre su obra y siguió publicando en su editorial todos sus libros. Quien lo puso en circulación fue él; hay que decirlo con todas las letras. Nosotros, quizás, lo ubicamos en una zona de dramatización.

¿En el mundo universitario?

No lo descarto. Aunque en ese entonces el mundo universitario no tenía el recorte que puede tener ahora. Nos impresionó la fuerza de su obra y el hecho de que Arlt constituyera algo radicalmente diferente al modelo de novelista, que en ese momento era Eduardo Mallea apoyado por todo el aparataje de los conservadores. Estamos hablando de los años cincuenta; y quizás de alguna manera contribuimos a producir ciertos cambios. En la actualidad nadie lee a Mallea, salvo algunos especialistas. Sin embargo, hablar de canonización es hablar de Borges, que está en el cielo a la diestra del Señor; de Bioy, iluminado por Borges; y de Sabato, que a mi criterio es un malentendido. No existen homenajes, fundaciones ni editoriales puestas al servicio de Roberto Arlt. No conozco ningún instituto, en el orden provincial o nacional, que se llame Roberto Arlt. Hay una plaza en Buenos Aires, pero no creo que ninguno de los que se sientan allí lea a Roberto Arlt.


Usted se refirió al manejo del lenguaje. En Don Segundo Sombra, Güiraldes escribe “puyazo” para referirse a una broma, y Arlt escribe “chuscada”.

Se trata de la seducción ante el prestigio del español que ambos compartían. Están llenos de esas cosas. Son palabras y expresiones que seguramente leyeron en traducciones españolas, o incluso en algún Quevedo o Cervantes...

Comparando los dos libros, me pareció encontrar una ironía sobre Güiraldes en el comienzo de El juguete rabioso, donde aparece un carnicero membrudo, esgrimiendo su enorme cuchilla en torno de un bofe llamado don Segundo...

No había hecho la relación. Pero evidentemente está allí: Segundo no era un nombre demasiado común en ese momento... ¡y encima el personaje es un carnicero! Es curioso, porque Güiraldes y Arlt estaban en contacto mientras escribían sus respectivos libros. Además Güiraldes los ayudaba a todos; los ayudaba económicamente, quiero decir.

También pensé en los amigos que inician a cada personaje adolescente. En Don Segundo, Fabio Cáceres lleva al chico (supuestamente Güiraldes) a ver gallinas, vacas y yeguas, y a pasear en sulky. Casi a la misma altura del libro de Arlt, Enrique inicia a Silvio Astier en la delincuencia.

Se trata de dos iniciaciones diferentes.

Y de dos viajes: el de Güiraldes hacia el campo, y el de Arlt hacia el mundo de la delincuencia urbana. ¿Pero no lo es también hacia la literatura, hacia lo imaginario? Lo primero que roban los personajes de Arlt son libros...

Sin duda. La posesión del libro prestigioso a través de la sustracción a una biblioteca está comentada ya; y es un tópico que viene, casualmente, de Las montañas del oro de Lugones...

Mientras sacan los libros, Enrique hace una especie de inventario. Las montañas del oro vale mucho porque está agotado, pero no tanto como los de física y química del colegio secundario; Baudelaire no vale nada para Enrique pero sí para Silvio, que se conmueve con sus versos. ¿Se trata del sistema de jerarquías de Arlt?

Obviamente. Es su versión de una biblioteca inorgánica. Arlt leía lo que le caía en mano. Eso está analizado en el libro de Diana Guerrero Arlt, el habitante solitario... Estamos en la Bolsa, en el mercado. Los libros cotizan. Estamos en el despacho mercantil. No por nada el libro concluye con el Rengo en el mercado. Es la zona donde el dinero se explicita como tal. Los precios y los valores. Estos dos elementos tensan permanentemente la historia.
Pero quería referirme al momento en que aparecen los ladroncitos y fundan ese club tan arltiano... El tema de la sociedad secreta (que ya está en Amalia de José Mármol) es una constante: un situarse a contrapelo de los demás. Siguiendo su observación sobre el carnicero, no nos olvidemos que el vigilante que persigue a los ladroncitos se llama igual que el presidente de la Liga Patriótica Argentina de ese momento: Manuel Carlés. O sea el protofascismo. Y su apellido era tan conocido como hoy en día el de Bernardo Neustadt. Son resonancias que podrían pasar inadvertidas en una lectura no demasiado contextuada, pero en definitiva aluden a la marginalidad: el espacio del prontuario, la heterodoxia y el cuestionamiento de la ley.

También creí encontrar una alusión burlona de Güiraldes respecto al Martín Fierro. El narrador le toma el pelo a un borracho llamado Sosa, y su descripción se corresponde con el Viejo Vizcacha. Dice: Andá decíle algo a Juan Sosa, que está mamao. Empiezan a tomarle el pelo: Ta que tranca tenés... Y enseguida el narrador dice: El borracho me miraba como a través de un siglo.

La resonancia es clara.

¿La alusión sería una forma de distanciarse del Martín Fierro, ya que de hecho Don Segundo no es un pendenciero sino un tipo prudente?

Es el “trabajador honrado”. El otro gaucho. Lo que sucede es que Martín Fierro se transforma en la segunda parte del libro, y Hernández lo convierte en un defensor de la política oficial. En el 72 es el malevo, se va con los indios. En el 79 empieza denostando a los indios y termina aconsejando sobre las distintas maneras de trabajar con el patrón. Instruye a los hijos. En el 80 Hernández defiende la política de Roca contra Alem, que en ese momento es la izquierda popular en la ciudad de Buenos Aires. Instrucciones entonces; pero ya no para los hijos sino para los estancieros.

¿Sobre la forma de administrar a la peonada a fines del siglo pasado?

Casi nada (se ríe). Y eso es lo que Güiraldes clausura. Lo suyo es señorial, aristocrático. Es nuestro Tío Tom, un libro que por otra parte viene funcionando en la literatura argentina desde el siglo XIX y entra al galope en el XX. Es la figura del Sargento Cabral. El criado favorito que entrega su vida por el patrón. Pero hay otro libro fundamental, del año 25 o 26: Versos de una... de Clara Beter, seudónimo de César Tiempo. Es la puta. La puta de origen inmigratorio; y allí aparece nada menos que esto: la descripción de la ciudad por figuras que usan seudónimos, alias, y cuentan la vida de ladrones, inventores, etcétera, como en El juguete rabioso.

¿No empieza por ese entonces la “ industria cultural”?

Sin duda. La industria cultural empieza hacia el 900 y se afirma con la profesionalización del escritor en las revistas masivas como “PeBeTe” o “Caras y Caretas”. Hay una serie de elementos que hacen posible esa profesionalización del escritor. En primer lugar, un público de clase media que ya sabe leer en castellano. En la época del Martín Fierro no leían.

¿Es también el caso del Facundo?

Sí. Lo leerían mil personas. El Martín Fierro lo leía solamente el pulpero. Al aproximarnos al 900 empieza a aparecer un público lector.

¿Diría que Don Segundo Sombra es la última novela de la tradición oral? El tape Burgos introduce la historia, que conoce “de mentas”. En cambio Arlt ya habla de libros: Silvio Astier tiene como referentes a Rocambole, a Dumas...

Predominio de la oralidad, efectivamente, en Güiraldes. Predominio de la lectura de libros como tales, en Arlt. En Arlt el tema aparece permanentemente, desde el comienzo: se roban bibliotecas, el andaluz le presta libros, termina vendiendo papel... El texto está recorrido por la presencia de los libros, por su seducción. Este tema lo trabaja bien Ricardo Piglia: la seducción de la cultura y cómo adquirirla. El tema del poder que confieren las lecturas.

¿Realmente piensa que tener más cultura significa tener más poder?

Era lo que él creía. Por dar un ejemplo en el campo cultural, el caballero Berisso (que donó esa biblioteca que está a sus espaldas), en vez de tener dinero en el banco acumuló una gran cantidad de libros, todos encuadernados y dedicados. Tener dinero como capital concreto; tener libros como acumulación simbólica...

Volviendo a los nuestros, el libro de Güiraldes comienza diciendo: En las afueras del pueblo, a unas diez cuadras de la plaza céntrica...

Quiere decir que no es el suburbio de Buenos Aires, como después hace Borges, sino el suburbio de un pueblito. A manera de comienzo es impresionante.

Arlt se sitúa directamente en la ciudad; en un comercio, junto a una ferretería de fachada verde y blanca, en el zaguán de una casa antigua, en la calle Rivadavia entre Sud América y Bolivia.

Ese es el escenario.

¿Hay alguna precisión urbana que sea tan fuerte en otros libros de esa época?

Sí. Hay que repasar el grupo de Boedo; y también tener en cuenta la presencia del niño, del niño de barrio. Yo empezaría con Castelnuovo y seguiría con Barletta... A pesar de sus elementos filantrópico-pedagógicos, sin duda la cosa anda por ahí. Y luego están los finales. En Güiraldes hay como una serie de zurcidos para hacer verosímil a ese gaucho que finalmente hereda una estancia y se convierte en propietario. Y hay también una cosa elegíaca; algo que se pierde, que se va: me fui como quien se desangra. Es una escritura aterciopelada, suave, pero sin tragicidad. La tragicidad alude a la muerte. ¿Qué muerte trágica hay aquí?

¿La presentación del personaje? Decía la gente que era un perdidito y que concluiría, cuando fuera hombre, viviendo de malos recursos, escribe Güiraldes.

Eso es vibrante. Pero no hay tragicidad. No la hay en la escritura como tal. No hay algo que esté crispado en el libro. Elegíaco sí: el tema de la pérdida del pasado rural, del campo, de todo un mundo.

En cambio Silvio Astier sí es un personaje trágico...

Permanentemente. Desde el título mismo. Es una infancia, el juguete, rabiosa. En Güiraldes, salvo alguna puñalada por ahí, no encuentro exasperación. En Arlt todo el relato es exasperado.

El personaje elige además su propio camino, inventa, organiza, roba...

Y delata. Sin duda, hay permanentemente una exasperación en las situaciones.

¿Silvio Astier es un traidor?

Un delator. Delata a su amigo a la policía. Es un personaje completamente a contrapelo. Tiene la seducción de alguien impregnado de valores negativos y vinculado a la desdicha, al hundimiento, al reviente. Esto está trabajado. Podría decirse que en cierto sentido el personaje de Silvio Astier no quiere caer en el lumpenaje. Y se distancia del lumpen típico que es el Rengo. “Me seduce, me gusta, pero...” Ahí está precisamente la forma, el sistema que describe Oscar Masotta en Sexo y traición en Roberto Arlt: la seducción del lumpenaje. Por lo demás, El juguete rabioso tiene un mecanismo narrativo que está muy relacionado con la picaresca: los cambios de oficio, las trampas para sobrevivir...

¿Podría referirse al final del libro? ¿Qué sucede con el personaje del Rengo?

Astier establece con el Rengo una relación de seducción; y lo seduce tanto que termina embarcado en un proyecto de robo. Como también lo seduce el chico homosexual con quien se encuentra en la calle Talcahuano. ¡Imagínese esto en los años 20! Fernández Retamar me contaba que Lezama Lima solía decir: “En los años 20, para declararse públicamente puto había que tener unos huevos fenomenales”. Y en esta zona, en la Argentina, ni le cuento. Era un riesgo, entre otras cosas, de humillación. Y lo sigue siendo. Pero Arlt se lo saca de encima; es decir, lo conjura.
Para no abundar: hacia arriba está la fascinación que ejerce sobre él la escritura de Lugones y cierto clasicismo hispanizante; y hacia abajo la fascinación del mundo del lumpen, que se manifiesta incluso en el uso del lunfardo.

¿A su criterio Roberto Arlt escribe mal?

Su inseguridad es evidente. En su casa no se habla ba castellano puro. Un signo es el hipercultismo: decir “cabello” en lugar de “pelo” o “transpirar” en lugar de “sudar”. Algo que también aparece en el tango. O la utilización de palabras hipertécnicas.

También hay metáforas sorprendentes. Para describir el primer robo dice que hizo “sangrar de su dinero a un cajón”. Como si el cajón fuera un animal, ¿no es así?

En Arlt hay una cantidad de cruces. Alardeaba de sus lecturas de un género depreciado como el folletín; se jactaba de su supuesta ignorancia; y cuando iba al teatro hacía ruido para que la gente se diera vuelta. Habría que establecer esa tipología con sus matices internos. Yo diría que fluctúa, tironeado permanentemente entre lo señorial y lo popular o plebeyo, hasta recalar en una especie de centro, tirando a la izquierda. No olvidemos que su trabajo cotidiano lo hacía en “Crítica” y “El Mundo”, y sólo eventualmente en “La Nación”.

Astier detesta “ser un mozo de cordel”. ¿No es Don Segundo un “mozo de cordel”?

Bueno, se denominaba “mozo de cordel” a los que transportaban grandes baúles en las estaciones de trenes. Lo que Astier no quiere es proletarizarse; y en eso es un típico integrante de la clase media. Y hay otra lectura posible sobre el tema de los inventos que va más allá de seducir o deslumbrar a quien sea; y es la idea del batacazo, que también es característica de la clase media argentina. ¿Cuántos millones de personas juegan y siguen jugando a la lotería? Mi tía me decía siempre: “Este año ganamos la grande”; y era la típica mujer de clase media casada con un artesano. El batacazo resume la idea de “hacer la América”.

Si Güiraldes escribió Don Segundo Sombra para consagrar su señorío, ¿para quién escribió Roberto Arlt El juguete rabioso?

Esto es sólo una hipótesis: quizás para el nuevo público de lectores que estaba surgiendo; el de los lectores de diarios, donde él escribía. Es significativo que el libro saliera en una edición popular. ¿Quién era la persona de más autoridad a la que él podía remitirse? Güiraldes. Creo que el mismo Güiraldes le sugirió el título.

Pero no lo escribió para que le gustase precisamente a Güiraldes, ¿o sí?

Habría que ver. ¿Por qué no? Güiraldes era un señorito, pero un señorito desgarbado. Pero si tuviéramos que decir quiénes estaban alrededor de Arlt, sin duda eran los periodistas: Luis Cané, Nalé Roxlo, los González Tuñón, esa gente...

¿El juguete rabioso puede ser releído hoy en día sin dificultades?

Bueno, su modernidad radica en el ritmo narrativo. Sin duda los arcaísmos están, como grumos mal masticados. Además hay una cosa muy concreta: el libro facilita la lectura por el uso de la primera persona, y el desarrollo de la trama no presenta mayores dificultades. Está el protagonista contando lo que le sucede. Se ha convertido en un clásico a contrapelo, frente a lo que serían después Borges o Bioy Casares.


por Alejandro Margulis

   
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