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" Si algo había elegido desde
joven era no defenderse mediante la rápida y ansiosa acumulación
de una cultura, truco por excelencia de la clase media argentina para
hurtar el cuerpo a la realidad nacional y a cualquier otra, y creerse
a salvo del vacío que lo rodeaba."
Rayuela de Julio Cortázar, 1963
"Pestalozzi, alumno adelantado, sutil y
creativo, tenía porvenir. Miren, miren bien, repetía
frotándose las manos, hay que saber descubrir a la persona
detrás del personaje.
Sylvia Iparraguirre, El parque, 1996.
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La entrevista con Sylvia Iparraguirre se desarrolló
en La Biela, un bar tradicional de la zona de Recoleta. Ella pidió
un jugo de tomate con chili y pimienta, y el reportaje comenzó
de esta manera:
¿62, modelo para armar, la novela
de Cortázar que surgió como un desprendimiento de Rayuela,
no empieza con una mujer tomando jugo de tomate?
No recuerdo. No es una obra de Cortázar que me
resulte agradable de releer.
Recuerdo dos Rayuela. La que leí hace años
y la que releí para esta entrevista. Cotejando anotaciones, me
sorprendió haber subrayado cosas que ahora me cuesta disfrutar.
Yo empecé leyendo Los premios, cuando todavía estaba en
el secundario. Después vinieron los cuentos. Considero que muchos
siguen siendo magistrales: Los buenos servicios, Instrucciones
para John Orwell, El ídolo de las Cícladas,
Axolotl, Los venenos, Cartas de mamá,
Verano... Sobre todo los del primer Cortázar, el de
Las armas secretas y Final del juego. Lo que siempre releo es Historia
de cronopios y de famas. En este libro, el pacto con Cortázar se
renueva continuamente, permanece intacto.
¿A qué edad leyó Rayuela
por primera vez?
Tendría veinte años, ya estaba estudiando en Buenos Aires.
Pero antes de eso, tuve una primera experiencia con Cortázar: en
tercer año del secundario lo descubrí simultáneamente
con Borges y Sabato. Descubrí libros escritos en un lenguaje argentino
que me incluía. De Cortázar, fue Los premios. Esa primera
lectura anticipó lo que me pasaría después con Rayuela.
Lo que le impactó en esos escritores,
¿fue el uso del lenguaje o los temas?
Especialmente el uso del lenguaje. No creo que en el secundario alcanzara
a suponer qué se habían propuesto Sabato o Cortázar
con sus novelas. Leía como se lee a los quince o dieciséis
años: historias. Me acuerdo de aquella escena, al comienzo de Sobre
héroes y tumbas donde Martín y Alejandra se encuentran en
el parque Lezama; o esa larga disquisición sobre las hormigas,
un sendero de hormigas que ve Martín o Bruno. Era un lenguaje familiar
que podía dar cuenta de espacios reconocibles, que me producía
un efecto de identificación. Hoy sigo pensando que buena parte
de la escritura de Cortázar se mantiene vigente por lo mismo que
me impresionó en la primera lectura: su manera de abordar la realidad,
poniendo a prueba la vitalidad del lenguaje.
¿En qué consiste la vitalidad
del lenguaje?
Entre otras cosas, en su gracia para encontrar y ridiculizar los lugares
comunes. Por lo demás, el lenguaje es siempre en él un instrumento
de indagación de la realidad. No se trata sólo de un lenguaje
instrumental al servicio de la anécdota; sino de un lenguaje que
vuelve sobre sí mismo, que se inspecciona, al tiempo que incorpora
un registro, poco frecuente antes de Cortázar, del habla de ciertos
sectores sociales argentinos. Es verdad que al releer hoy Rayuela nos
encontramos con clichés coloquialistas, como el uso abusivo del
che, que salta de inmediato al oído; o la esquematización
de ciertos personajes de barrio, que terminan en maquetas. Pero Cortázar
usó el coloquialismo como una especie de antídoto contra
la solemnidad.
Vlady Kociancich dice que nunca pudo entender
el éxito que obtuvo Rayuela. En cambio, Bestiario le sigue pareciendo
un libro ejemplar.
Bueno, Rayuela salió en 1963. Hace treinta y cinco años.
Hay que situarse en aquel momento para entender el fenómeno que
generó, sobre todo a nivel de la recepción; de una sociología
del lector argentino. ¿Qué se leía en ese momento?
¿Cuáles eran los libros de autores argentinos que circulaban?
¿Qué significado alcanzaba el rótulo de novela
experimental? Puede ser que a Vlady Kociancich, como a mucha gente,
no le guste Rayuela. Yo sigo pensando, más allá de mis objeciones
personales, que es una muy respetable novela, una novela clave en la literatura
argentina. También pienso que hay algunos momentos que hoy resultan
insoportables: cuando se reúnen a escuchar jazz en la casa de la
Maga, cómo hablan y hablan esos personajes, que son todos muy parecidos;
el tono sensiblero de la carta al bebé Rocamadour. Esa es la vulnerabilidad
de Cortázar: una retórica sobre la que pasó el tiempo.
Hubo además una moda Rayuela, desastrosa para el propio Cortázar.
Las boutiques se llamaban Rocamadour o Cronopios, las chicas querían
parecerse a la Maga, gente que jamás había visto a Cortázar
lo llamaba Julio... Como fenómeno sociológico fue interesante;
pero a la larga provocó una dispersión típicamente
cortazariana, que a su vez se estandarizó en una aparente facilidad
de lectura. Cortázar fue el primero en asombrarse por este éxito.
Él creía haber escrito una novela difícil. Pienso
que en este fenómeno paraliterario está el núcleo
del malentendido Cortázar.
¿Y usted cómo la leyó?
Yo hice dos lecturas de Rayuela. La primera, como dije, a los veinte
años. Por partes me deslumbró; y por partes me dejó
fría, completamente afuera. Era para mí algo demasiado intelectual.
Nunca leí los capítulos prescindibles ni seguí el
tablero de direcciones. La segunda lectura fue menos ingenua; ya había
leído a un autor que en mi caso fue decisivo: Witold Gombrowicz.
Y como en química, hice un precipitado: precipité Gombrowicz
sobre Cortázar. Lo que quedó fue el Cortázar que
rescato, segmentos de Rayuela que me siguen pareciendo momentos notables
de la literatura argentina y latinoamericana: todo el primer capítulo,
la historia de Madame Trepat, el capítulo del tablón con
Talita y Traveler, el de Oliveira enderezando clavos en un patio con cuarenta
grados de calor, el de Oliveira mirando a Talita por la ventana del manicomio.
También algunas reflexiones de Cortázar sobre la escritura,
atribuidas a Morelli.
Rayuela está dividida en dos partes: El
lado de allá y El lado de acá. En ambas
circulan las historias de amor de Oliveira y la Maga, y las de amistad
entre ese grupo de intelectuales anclados en París. Pero la novela
contiene además extensos fragmentos de teoría sobre la escritura.
¿No se trata de algo difícil para haberse estandarizado
tanto?
Precisamente. En ese momento existía un fuerte esnobismo intelectual;
sobre todo en cierta fauna de Filosofía y Letras, donde Cortázar
era alternativamente amado, adorado y defenestrado. Por su adhesión
a la revolución cubana y a Nicaragua pasó a ser un tipo
de cuidado. Y a su vez la izquierda lo cuestionaba como un intelectual
que ignoraba los principios de la praxis marxista. Su trayectoria
fue bastante singular. Ligado inicialmente al grupo de Sur,
termina comprometido con un signo ideológico completamente distinto.
Las morellianas, es decir las reflexiones de Cortázar sobre la
escritura, también se estandarizaron; pero no en el sentido en
que las pensó Cortázar.
¿Rayuela estaba dirigida a los lectores
de Sur?
No. Cortázar emprendió una búsqueda personal, y
no creo que haya tenido en mente ningún tipo de lector. Incluso
ya hacía muchos años que vivía lejos de la Argentina
cuando escribió Rayuela.
Cuando escribió su cuento Casa tomada,
lo llevó a Los Anales de Buenos Aires, que dirigía
Borges.
No veo en eso ninguna contradicción. Era joven, vivía en
la Argentina y quería publicarlo. Pero ¿qué lector
tenía en mente?, ¿para quién escribía? Podría
decirse: ninguno, para nadie. Al menos, yo no puedo darme cuenta para
quién escribía Cortázar. Más interesante me
parece su viaje emblemático a París. El viaje de Cortázar
no puede menos que insertarse en la tradición de los escritores
viajeros. Cortázar es el último viajero de la literatura
argentina.
¿Cortázar como un Mansilla de los
60?
Algo parecido. En los comienzos de la literatura argentina hay dos viajeros
paradigmáticos: Echeverría y Sarmiento; al final de la serie
estaría Cortázar. Hablo del viaje iniciático. El
viaje de Echeverría es intelectual, ideológico; va en busca
del pensamiento francés. El de Sarmiento es pragmático:
va a alimentarse de ideas para construir un país. Tampoco es el
de los dandys de la generación del 80, Mansilla o Wilde. El de
Cortázar es un viaje inverso al de Gombrowicz. Siempre me pareció
significativo este cruce de viajes que se hicieron casi en
la misma época, y que ocuparían su lugar en Rayuela y en
Diario argentino. Los dos parecieron buscar algo esencial para su literatura
en lugares antagónicos. La Argentina que tan misteriosamente amó
Gombrowicz era aquello de lo que huía despavorido Cortázar.
El París que Cortázar amó era aquello de lo que espiritualmente
quería librarse Gombrowicz. Si París era la ciudad iniciática
por excelencia, Gombrowicz emprendía el bautismo inverso de sumergirse
en la más chata mediocridad; seducido por una sociedad provinciana,
llena de autosuficiencia, de mitos en gestación y de indudable
juventud: la Argentina de los años 40 y 50. Precisamente la que
ahogó a Cortázar y de la cual se vengaría
amablemente en las señoras de Gutuzo. Pero por otra parte, el tránsito
de Oliveira en París, la búsqueda de un mandala
que encarna Rayuela, es también la búsqueda de un centro
desplazado de la ideología y la sociedad occidentales, que él
consideraba hipócritas. Como si hubiera que minar esa ideología
y sacar a luz los estamentos de una sociedad donde Oliveira se mueve a
contrapelo. Digamos que encuentra cierto sentido en la inacción,
y en una especie de antimoral. Aunque el mismo Cortázar se encarga
de hacernos saber que es una búsqueda nula.
Cortázar sostiene que todas las experiencias
son modestamente excepcionales. Es como quien dice No
soy blasfemo mientras hace gestos obscenos ante la cruz. Las escenas
de sexo, por ejemplo.
Las escenas eróticas no son la parte del libro que más
me interesa, no son las que recuerdo especialmente.
El carácter transgresor de las escenas
eróticas podría también interpretarse como la manifestación
de un machismo muy marcado. Es el caso de la referencia a la fellatio
y el coito anal.
Pensemos que Cortázar era un porteño de clase media de
los años 30 y 40; educado, como él dice, en un colegio nacional
de la época. Conservó ciertas marcas de una sociedad pacata
y provinciana respecto de lo sexual, las mismas que a su modo tenía
Arlt. No creo que Cortázar se haya propuesto ser transgresor con
el sexo; simplemente lo narra. Yo no pondría ahí el tema
del machismo. ¿Cómo podríamos leer entonces a Henry
Miller o a Kenzaburo Oé? Lo pondría en aquel absurdo del
lector macho y el lector hembra. Tal vez (si es
lícito juzgar los hábitos sexuales de un personaje) podríamos
considerar machista la vejación de la Maga; aunque
si mal no recuerdo la Maga no se siente para nada vejada. Es Cortázar
quien propone como categorías lo de lector macho y
lector hembra. En cambio, el comportamiento sexual de la Maga
y de Oliveira es el de dos personajes que hacen en la cama lo que les
parece. Como ejemplo está este capítulo erótico muy
cortito, escrito en glíglico, donde el lector es libre
de poner lo que quiera: Apenas él le amalaba el noema, a ella se
le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes
ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar
las incompelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía
que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco
a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo,
hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han
dejado caer unas fílulas de cariaconcia.
Allí el sexo está sucediendo; y el lector puede
imaginarlo con mayor libertad que si estuviese narrado directamente. En
todo caso lo que se pone en juego son los prejuicios de Oliveira y los
del lector. El que dice soy colegio nacional, soy porteño, soy
clase media, es Oliveira...
Pero el que arma esas escenas y las narra de
ese modo es Cortázar...
Evidentemente el autor es Cortázar, y hay un deslizamiento hacia
y desde el personaje. Pero la novela no está constituida
solamente por las peripecias. Hay una reflexión permanente; entre
otras cosas, sobre los gustos y clichés de la clase media argentina.
Por momentos eso hace previsible a Rayuela, sobre todo cuando Cortázar
no puede dejar de apelar a la complicidad del lector; como si le dijera
ojo que esto es irónico. Es un mecanismo recurrente.
Hace observaciones que luego minimiza con contrafrases irónicas.
Como si advirtiera al lector: puedo ver la trama y el revés de
la trama.
¿Cuál es el sentido de mantener
al mismo tiempo la frase y su relativización?
Matar la solemnidad. Es muy interesante ver la lectura que hace Cortázar
de Marechal; cómo descubre en el Adán Buenosayres ese gesto
de reírse un poco de la Argentina. A manera de ejemplo: A los diez
años, una tarde de tíos y pontificaciones homilíacas
histórico-políticas a la sombra de unos paraísos,
había manifestado tímidamente su primera reacción
contra el tan hispano-itálico-argentino, se lo digo yo.
Ese se lo digo yo se está burlando de una actitud dogmática
típicamente argentina, en boca de tíos que pontifican. Ese
yo, había alcanzado a pensar Oliveira, ¿qué valor
probatorio tenía? El yo de los grandes, ¿qué omnisciencia
conjugaba? A los quince años se había enterado del sólo
sé que no sé nada, la cicuta concomitante le había
parecido inevitable, no se deshacía la gente en esa forma, se lo
digo yo.
Cortázar lo repite cuestionando lo que acaba de asegurar, como
si la prosa se le hubiera escapado hacia la pontificación.
Se cura en salud. La expresión está usada en dos registros,
y es como una célula del estilo de Rayuela. Oliveira no se queda
tranquilo, se persigue; es la estrategia discursiva recurrente sobre la
que está armado el personaje que parece querer conjurar en toda
la novela aquel ser argentino, ser clase media y colegio nacional.
Su idea de hacer el amor con la Maga es la de
caer en el vacío. Pero la felicidad debe ser otra cosa,
dice el narrador. ¿Siempre se trata de otra cosa inalcanzable:
un unicornio, una isla, objetos lejanos?
Es verdad. Siempre busca otra cosa. En la voluntad o la fatalidad
del personaje de hacer pasar todo por la razón, se manifiesta alguien
que no puede dejarse ir; no sólo en el sexo sino tampoco
en la acción en general. Su cabeza está siempre alerta.
¿Un intelectual típico?
Algo parecido. Esto lo deja fuera del mundo de la Maga, que para él
es pura acción, puro ser en el tiempo. La Maga puede vivir, mientras
él sólo puede sentirse ajeno. Las únicas armas de
Oliveira contra una realidad cosificada son las de la sinrazón:
acciones banales, absurdas, sin finalidad...
Tengo la impresión de que lo que mejor
funciona en Rayuela son los aspectos lúdicos.
También eso fue un cliché: lo lúdico de Cortázar.
Lamentablemente Cortázar escribió demasiado. Sin embargo,
así como Borges se apropió para siempre de una retórica,
también Cortázar se apropió de algunas zonas que
no existían o existían muy débilmente en la literatura
argentina: los poetas beatnik, el jazz, el humor absurdo, la patafísica.
Otra pregunta sería por qué Cortázar
no eligió narrar desde el punto de vista de Morelli; en lugar de
hacerlo desde el de Oliveira, tan identificado consigo mismo.
Supongo que porque no quiso. Una novela larga escrita desde el punto
de vista de Morelli, un personaje ensimismado en la pura reflexión
estética o literaria, hubiera sido insoportable. Con todos los
reparos que hoy puedan hacérsele, Rayuela está entre las
grandes novelas hispanoamericanas. Rayuela modificó el horizonte
de lectura y contribuyó a crear un lector diferente a partir de
los años 60. No hablo de lectores críticos o especializados;
me refiero a lectores que compran y leen literatura argentina; lectores
fervorosos entre los que están, sobre todo, los que se encuentran
con él por primera vez.
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