Gloria Pampillo y Carlos Dámaso Martínez
   
BITÁCORA DE LA VIOLENCIA
 

" La violencia me ha salpicado las paredes, en las ventanas hay agujeros de balas, he visto un coche agujereado y adentro a un hombre con los sesos al aire, pero es solamente el azar lo que me ha puesto eso ante los ojos."

Operación Masacre de Rodolfo Walsh, 1957

"Lejos, muy lejos se siente ahora el tableteo de una ametralladora. Has cerrado todas las persianas y has corrido algunos bultos para acomodarlos contra las ventanas del living. No hay luz y si la hubiera sólo podrías encender la de la cocina, la única habitación que no da a la calle."

Carlos Dámaso Martínez, Hay cenizas en el viento, 1982

"–Bien –dijo Julia–. Si es por mí, puede quedarse tranquilo. No hay virtud que me proteja, pero necesito salvaguardar cierta coherencia en los actos de mi vida. Como no podré decirle a la persona que entre a mi casa que me espere mientras liquido a otros más meritorios, y como tampoco puedo salir después a buscar a los otros para dispararles, porque en estos casos suele armarse una batahola tremenda y no me dejarían, opto por no disparar."

Gloria Pampillo, Costanera Sur, 1995

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La elección de Gloria Pampillo para hablar de Operación Masacre se relaciona con una clase que dictó en su Taller de Expresión Escrita de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la UBA. En esa clase, Pampillo analizó la obra de Walsh desde la teoría de la argumentación que se reconoce tributaria de la retórica clásica, develando la fuerza persuasiva de sus usos literarios, en lugar de hacerlo a partir de los valores de un texto pretendidamente objetivo. Las opiniones del escritor y periodista Carlos Dámaso Martínez –analista sutil de las estrategias de sus colegas– se sumaron a este reportaje a dos voces.

Operación Masacre está considerado el primer texto de no-ficción escrito en nuestro país. La reconstrucción de determinados hechos de la realidad política utilizando técnicas del periodismo de investigación lo ubica en un lugar especial dentro de la literatura argentina. Quizá pueda remitirse a la tradición del Facundo, o a lo que hizo Hernández en clave gauchesca.

G. P. - La relación sería muy indirecta. Ni el Martín Fierroni el Facundo están originados por el impulso de descubrir la verdad de un hecho que acaba de acontecer.
Carlos Dámaso Martínez

El Facundo toma el mito de Quiroga; y el enigma que plantea se refiere a la trama sociopolítica de la Argentina de esos años...

G. P. - Pero Facundo no es una investigación concreta, que se realiza paso a paso, interrogando a los testigos, buscando pruebas y confrontándose a los verdugos, como lo es Operación Masacre.

¿No podría funcionar como un equivalente moderno?

C. D. M. - Una similitud entre Sarmiento y Walsh es que Facundo aparece inicialmente como folletín de un diario, y Operación Masacre en un periódico sindical de pequeño tiraje.

G. P. - En ese aspecto, Operación Masacre difiere totalmente de Facundo. En el folletín el autor sabe cómo seguirá la trama. Por el contrario, cuando Walsh se encuentra con Juan Carlos Livraga, el sobreviviente que denuncia la masacre de José León Suárez, no sabe lo que Livraga le va a revelar y ni siquiera si podrá publicar el reportaje que le hace unos días después. Walsh conoce esa primera versión, pero debe reconstruir la totalidad de los hechos a medida que investiga. Por eso, tal como lo sostiene Roberto Ferro, uno de los críticos que estudió más rigurosamente Operación Masacre, no se puede hablar de la obra como de un folletín. Hay una investigación que busca sus destinatarios y que, además, está sometida a un juego de presiones constante. Eduardo Schaposnik, que es el representante socialista de la Junta Consultiva Provincial, recrimina a Leónidas Barletta, el director de “Propósitos” que publica la denuncia judicial de Livraga, que se ha citado su nombre en la nota que acompaña la denuncia, y Barletta ya no publica el reportaje posterior. A esa presión de un partido político sobre un editor se le suma luego la creciente confrontación del propio Walsh con Cerrutti Costa, que publica las siguientes notas de la investigación en “Revolución Nacional”; y, además, sobre esos enfrentamientos con grupos políticos planea la amenaza que significan los organismos de Estado involucrados en la masacre. Esta es la situación en que las notas originarias se publican.

C. D. M. - En Sarmiento también hay un hecho político determinante, que es el exilio en Chile. Facundo no es una novela de detectives. No me refería al folletín como género melodramático.

Yo me refería a las similitudes y las diferencias desde el punto de vista periodístico. ¿Sarmiento como un “editorialista” de su época y Walsh como un “cronista”?

G. P. - La crónica difiere en mucho de un escrito de investigación y de denuncia. Hay que tener en cuenta en qué medios saltan los primeros fusibles de lo que va a ser Operación Masacre. Walsh publica en semanarios de la oposición, que aparecen después de la Libertadora. “Una hojita sindical”, llama en el prólogo a la tercera edición a Revolución Nacional, donde aparece por fin el reportaje a Livraga. Los géneros periodísticos también se definen en relación con los medios.

C. D. M. - Aquí hay algo que aclarar. El periodismo de Walsh es precursor del periodismo de los años 60, de “Primera Plana” en adelante. Además, entre 1957 y la edición en forma de libro en 1964 hay un cambio de contexto que hace que el libro sea considerado como un texto literario.

¿Utiliza Walsh recursos literarios para referirse a una nueva realidad?

G. P. - Se dice con frecuencia que Operación Masacre utiliza recursos literarios, como si se tratara tan sólo de una suma de procedimientos formales, lo cual también supone una concepción superficial de la literatura. A mí me parece que lo que hace Walsh cuando utiliza géneros considerados literarios implica un reconocimiento de la fuerza persuasiva de esos géneros. Utiliza el retrato, la biografía, el relato policial, la fantástica, pero no superficialmente, sino inquiriendo sobre el sentido de esas formas. Cuando él escribe la biografía de Horacio Di Chiano como la vida de un hombre común, la pregunta que subyace (¿qué es la vida?) y la respuesta que se encuentra a lo largo de Operación Masacre es que su sentido es necesariamente político. Cuando narra la huida de Giunta y la de Livraga y aparecen el tema del doble y el de una pesadilla cíclica, la utilización de la fantástica está apelando a los valores y las creencias de una época a la que aún le podía parecer inverosímil que un muerto-vivo, un hombre fusilado, fuera perseguido. Lo que Walsh hace en Operación Masacre cuando recurre a la literatura es potenciar y amplificar el sentido de esos hechos que está reconstruyendo.

C. D. M. - Estoy muy de acuerdo. Pero hay que remarcar que cuando escribe Operación Masacre, Walsh ya es un escritor que ha publicado un libro de relatos policiales y una cantidad de artículos. En él ya existen el escritor y el periodista. La otra cuestión se relaciona con la modalidad de lectura. Al publicar sus primeras notas en el periódico sindical, Walsh ya está escribiendo un periodismo diferente. La “lectura literaria” llega más tarde; y no sólo está relacionada con el “nuevo periodismo” sino también con el boom de la novela latinoamericana de los 60. Si como dice Borges cada libro inventa sus precursores, podría pensarse a José Hernández como precursor de Walsh.

¿Cómo sería esa relación?

C. D. M. - Tal vez en el sentido de denuncia del margi-namiento social del gaucho que tiene Martín Fierro. Existe también una lectura desde el populismo, que quiere ubicar a Walsh en la tradición del Martín Fierro. Aunque en relación a la polémica originada en el campo intelectual argentino entre Martín Fierro y Facundo, quizás Walsh unifica la cuestión. Operación Masacre revela que la cuestión fundamental de la política argentina no es la oposición peronismo-antiperonismo, sino una antinomia mucho más profunda.

¿Operación Masacre da un retrato fiel de la época investigada?

G. P. - Walsh persuade hasta, uno diría, el cansancio de que se fusiló a un grupo de personas amparándose en una ley posterior al delito que supuestamente habían cometido y que, por lo tanto, el Estado violó el artículo 18 de la Constitución Nacional. Su objetivo es lograr que la Justicia actúe. Con el tiempo descubre que no se trata de una anomalía, porque en la Argentina la Justicia se subordina al poder político.

Alguien que desconozca los sucesos que cuenta Operación Masacre, ¿lo leerá hoy como una reconstrucción o como un relato ficcional?

G. P. - No hay nadie como lector, ni hay tampoco escritor que no esté condicionado por sus experiencias de época. Los hijos y las hijas de los desaparecidos seguramente lo leerán como la reconstrucción de la masacre de José León Suárez. No existe “el lector” en estado puro, porque no existe una lectura sin contexto; y la relación que establece el lector con su contexto tiene que ver con su procedencia y sus elecciones intelectuales, sociales y políticas.

C. D. M. - Walsh lleva adelante la investigación. Resuelve el enigma. Exhibe las pruebas. Lo paradójico es que el Estado hace todo lo posible para borrar las huellas de lo que él descubre.

G. P. - Lo que es dramático, lo que se vuelve completamente actual en Operación Masacre, es su insistencia, o mejor su encarnizamiento, por lograr que la Justicia funcione realmente como Justicia. En ese aspecto es agudamente actual. El libro va registrando otras instancias de la investigación y el juicio, y es conmocionante ver cómo un juez de instrucción como Jorge Doglia, que ha apoyado a la llamada Revolución Libertadora y es jefe de la división judicial de la Policía de la provincia, o un abogado como Máximo von Kosch, del radicalismo intransigente, luchan para que el caso se devele y se haga justicia. Estos hombres que pertenecen, ya sea por su origen de clase, o por sus convicciones políticas, o aun por haber participado en un bando contrario al de las víctimas, abren un panorama complejo. Walsh se confronta con las contradicciones de un país que no le permite una simplificación. Buena parte de la fuerza de Operación Masacre es que no plantea una dicotomía.

¿Qué es lo que lleva a creer que la historia que se cuenta en este libro es verdadera?

G. P. - Las pruebas. Ante todo las pruebas, como en cualquier juicio. Walsh va descubriendo y registrando pruebas jurídicas. Son contundentes las pruebas: la más fuerte es la copia fotoestática del libro de locutores de Radio del Estado, que consigue a través de Syria Poletti, donde está asentada la hora de la difusión de la Ley Marcial; la otra es la declaración que realiza Rodolfo Rodríguez Moreno, el jefe de la Unidad Regional de San Martín, el encargado de la “tarea sucia” ante Belisario Hueyo, juez de instrucción: a confesión de parte, relevo de pruebas, viejo principio del derecho. Las pruebas que acusan a los verdugos confirman a su vez las suyas: la denuncia y el reportaje a Livraga, los múltiples testimonios que con la ayuda de Enriqueta Muñiz él ha ido logrando y la reconstrucción que realiza de la instancia temporal. Una sumatoria y coincidencia de pruebas que dejan establecido el delito.

C. D. M. - La segunda edición salió con una faja que decía Con la prueba judicial que conmovió al país. Y el título era: Operación Masacre y el expediente Livraga.

Mi pregunta es si no genera algún tipo de duda el hecho de presentar el libro como una obra literaria.

G. P. - Sobre Operación Masacre nunca pesó el carácter ficcional que se suele asociar con la narración literaria. No hay que olvidar que cuando en marzo de 1957 Walsh empieza a concebir la idea de escribir el libro, ya ha publicado la serie de artículos en Revolución Nacional. Empieza a trabajar en Operación Masacre a partir de esas notas y de las nuevas declaraciones que va logrando; y, como no encuentra los recursos para la publicación, se conecta con “Mayoría”, el semanario de los hermanos Jacovella, y es entonces cuando la obra aparece como una serie de notas. Las notas que aparecían en esos medios obviamente no estaban sospechadas de ser ficcionales o inventadas. Luego, en el prólogo de la primera edición como libro y en los prólogos siguientes, Walsh tiene una conciencia muy clara de la elección que ha realizado. Lo dice en un reportaje que le hace Ricardo Piglia en 1973. Un periodista le pregunta por qué no había hecho una novela con el material sobre Rosendo Juárez. Walsh ve implícito en esa pregunta el prejuicio de que una novela pertenece a una categoría superior a una denuncia. Y es ahí cuando sostiene que el testimonio y la denuncia son artísticamente por lo menos equivalentes a la novela y merecen el mismo trabajo.

C. D. M. - Es un caso parecido al de Sarmiento en Facundo. Sarmiento no escribe una novela; no escribe Amalia. Escribe un ensayo. Es interesante ver de qué manera el cambio de contexto y los efectos de lectura transforman algo que tiene un soporte periodístico en una pieza literaria. O cómo escritores que producen su obra al margen del sistema literario dominante terminan ocupando un lugar central; como en el caso de José Hernández luego de la lectura que hizo Lugones del Martín Fierro en los años 20.

Cuando la periodista María Seoane escribe con Héctor Ruiz Núñez La noche de los lápices, una investigación sobre el asesinato de un grupo de estudiantes secundarios que reclamaban el boleto estudiantil en La Plata, durante la última dictadura, el modelo que ella tenía todo el tiempo en mente era Walsh. ¿Qué pueden decir sobre la influencia de Operación Masacre?

C. D. M. - En muchos libros periodísticos publicados durante estos últimos años donde se utiliza el recurso de la ficcionalización, no se advierte un verdadero oficio de escritor. No están escritos por escritores sino por periodistas. En todo caso creo que es difícil hablar de los herederos de Walsh. No cualquiera puede escribir como él. Una cosa es ser un escritor como lo es Walsh en Operación Masacre... otra cosa es utilizar el “efecto Walsh”.

¿Cuál es el efecto Walsh?

G. P. - La trayectoria de Walsh es una especie de cuaderno de bitácora de la formación de un escritor. Fue corrector, traductor y compuso antologías en la editorial Hachette, publicó sus primeros relatos en revistas como “Vea y Lea” y “Leoplán”, publicó notas sobre literatura policial y literatura fantástica... Es decir que trabaja y publica en editoriales, en medios, en la industria cultural de su época. En relación con esta trayectoria, un rasgo que siempre me pareció peculiar en su obra literaria es la capacidad de crear una fuerte interlocución entre los personajes, de la que hace participar al lector. Estoy pensando en cuentos como “Esa mujer” o “Cartas”. Su tono por momentos es increpante, otras veces hay un humor irónico, como en Los oficios terrestres. Ambos son efectos que involucran necesariamente al lector. Creo que esa tensión y esa capacidad provienen de su trayectoria. Walsh es el escritor que tiene una representación concreta de un auditorio. No es el escritor que escribe de espaldas al público. Sus libros de investigación y denuncia obviamente agudizan esa direccionalidad. Walsh dijo que en el montaje, en la selección del material, en la investigación, se abrían inmensas posibilidades artísticas que podrían desarrollar los más jóvenes. Yo creo que, además, pero no sé si esa cualidad se lega, él extrajo de su formación en la industria cultural un tono peculiar.

Walsh eligió como modelo constructivo el policial, y sin embargo no lo trabaja desde un punto de vista ficcional, como lo hizo Borges, por ejemplo. ¿Encuentra él una manera diferente de representar lo real?

G. P. - No sé por qué hay que comparar a Walsh con Borges, y mucho menos establecer entre ellos una oposición. El proyecto de cada uno es muy diferente.

C. D. M. - Coincido. Aunque en una primera etapa, Walsh leyó muy bien a Borges y lo tuvo como un referente al escribir sus cuentos policiales. Por otra parte, Borges también hizo periodismo cultural en “Crítica”, aunque es muy forzado pensar que el estilo de Borges haya influido en el periodismo cultural argentino.

G. P. - Apenas se habla de un escritor en los medios se recuerda de inmediato a Horacio Quiroga, a Roberto Arlt... pero Walsh trae otra cosa: la convicción de que el periodismo está comprometido con el develamiento de los hechos que el Estado oculta. El 18 de diciembre de 1956 le dicen que hay un fusilado que vive. En marzo de 1957 ya ha escrito esa serie de notas que implican una investigación brutal. Lo que aparece con Walsh y que se manifiesta en sus investigaciones es la voluntad de indagar y la capacidad de relacionar los datos para reconstruir la verdad y darla a conocer.

C. D. M. -En el prólogo dice: ¿Puedo volver al ajedrez? Al ajedrez y a la literatura fantástica que leo, a los cuentos policiales que escribo, a la novela seria que planeo para dentro de algunos años y a otras cosas que hago para ganarme la vida y que llamo periodismo, aunque no es periodismo. La violencia me ha salpicado las paredes, en las ventanas hay agujeros de balas, he visto un coche agujereado y adentro un hombre con los sesos al aire, pero es solamente el azar lo que me ha puesto eso ante los ojos. Pudo ocurrir a cien kilómetros, pudo ocurrir cuando yo no estaba. Seis meses más tarde, una noche asfixiante de verano, frente a un vaso de cerveza, un hombre me dice: Hay un fusilado que vive. Esto sale con el título de “Operación Masacre, un proceso que no se ha clausurado”.

G. P. - Es el famoso prólogo de la segunda edición del 64. Operación Masacre es un verdadero mosaico. Roberto Ferro reconstruyó la obra desde su génesis, señaló las transformaciones y también la interpretó en relación con los modos de lectura y el contexto de cada época. Es la otra historia de Operación Masacre: la del propio libro, que ya dura cuatro décadas.

C. D. M. - Se trata de un libro que a partir de su primera publicación Walsh no va a dejar de reescribir y corregir. Un libro en el que en cada reedición agrega algo. Por ejemplo, después de la versión cinematográfica incluye en la edición octava de 1973 un apéndice titulado “Operación en cine”. La edición póstuma del libro (la de 1984) incluye su famosa carta a la Junta Militar.

¿Walsh “noveliza” la realidad?

G. P. - La literatura es un modo de percepción de lo real. Una novela problematiza lo real simple, aceptado. Pero, en este caso, la problemática a la que se enfrenta Walsh es la de reconstruir hechos, es decir llegar al tipo de verdad que significa un hecho acontecido.

¿El mismo problema que enfrentarán los autores del Nunca más, el informe de la Conadep, en los años 80?

G. P. - En ese sentido sí. Operación Masacre se enfrenta con una problemática parecida a la del Nunca más.

¿Qué entienden ustedes por “calidad” en esta obra?


G. P. - Para mí, la calidad de Operación Masacre radica en el espacio que da a la multiplicidad de voces acalladas, en ese entretejido de testimonios de las víctimas de esa masacre de la Revolución Libertadora, que él está logrando en el momento inmediatamente posterior a los hechos, y confrontándose con los organismos del Estado. Esa calidad que reivindicaba para la composición artística del testimonio y la denuncia, él mismo la alcanza en Operación Masacre.

C. D. M. -Lo admirable es la construcción de los personajes, que él va presentando casi como en un relato policial donde uno ignora lo que va a suceder. Y después está la reconstrucción de los hechos; la investigación y su desenlace. Walsh trasmite esa investigación paso a paso, como si no supiera adónde va. Y esto produce una tensión muy particular.

G. P. - Justamente, él va construyendo su obra sin saber exactamente qué es lo que va a hallar. Y la ficción tampoco sabe cuál es el sentido último que va a descubrir en la escritura. Basta con recorrer las distintas ediciones de Operación Masacre para constatar cómo Walsh construye y deconstruye en función de un saber que va conquistando, que no es sólo el de los hechos, sino el del sentido que adquieren. El terrible sentido que adquiere, por ejemplo, que no se haya hecho justicia.


por Alejandro Margulis

   
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