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"Escribo esto y se me ocurre una idea
que es una esperanza. No creo haber insultado a la mujer, pero tal vez
fuera oportuno desagraviarla. ¿Qué hace un hombre en estas
ocasiones? Envía flores. Este es un proyecto ridículo...
pero las cursilerías, cuando son humildes, tienen el gobierno del
corazón. En la isla hay muchas flores. A mi llegada quedaban algunos
macizos alrededor de la pileta y del museo. Seguramente, podré
hacer un jardincito en el pasto que bordea las rocas. Tal vez sirva la
naturaleza para lograr la intimidad de una mujer. Tal vez me sirva para
acabar con el silencio y la cautela. Yo no he combinado colores; de pintura
no entiendo casi nada... Confío, sin embargo, en poder hacer un
trabajo modesto, que denote afición a la jardinería."
La invención de Morel de Adolfo Bioy Casares, 1940
"Recuerdo que estaba intentando escribir
otra novela donde ya no estuviera Minelli; hacía apenas dos años
que había vuelto a vivir al país y me costaba situar una
escena en la ciudad de Buenos Aires. Creo que finalmente un domingo que
estaba solo en casa tirado en un sillón dejando pasar la tarde,
pensando que había fracasado en el intento, se me ocurrió
una frase. A esta altura uno ya sabe que esas cosas no significan nada,
pero poco después se me ocurrió otra frase: Así
era la voz de Hank y una frase de Hank. Me gustó esa idea
inútilmente figurativa, porque si hay algo que no puede hacer la
literatura es registrar el tono de una voz. La frase entonces me pareció
una suerte de paradoja fundante de un texto."
Juan Martini, en un reportaje de Graciela Speranza
para el libro Primera persona, 1995.
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Antes de este reportaje, se planteó al entrevistado el siguiente
problema: ¿Ficciones de Borges es la contracara o complemento de
La invención de Morel? En una conversación telefónica
Martini dijo: La invención de Morel es la novela que Borges
nunca pudo escribir; o quizás lo que dijo o quiso decir fue:
La invención de Morel es la novela borgeana. Antes
del encuentro, la cuestión quedó simplificada en lo siguiente:
¿Cuál de los dos textos se escribió primero? Releí
el prólogo de Borges a La invención de Morel fechado el
2 de noviembre de 1940: He discutido con su autor los pormenores de su
trama, la he releído; no me parece una imprecisión o una
hipérbole calificarla de perfecta. En 1941, Adolfo Bioy Casares
obtuvo el Primer Premio Municipal por La invención de Morel. En
1944, la Sociedad Argentina de Escritores otorgó el Gran Premio
de Honor a Borges por Ficciones. Una vez más la misma cuestión:
¿Bioy precoz, precursor del Borges maduro?
Hace un tiempo fui al edificio de la calle
México donde funcionó la vieja Biblioteca Nacional de la
que Borges fue director. De inmediato asocié su imponencia con
la de la casona que describe Bioy Casares en La invención de Morel,
que además tiene libros desde el piso al techo en buena parte de
sus paredes. Pensé: ¿no estamos frente a un símil
de la Biblioteca de Babel?
Es cuestión de revisar El jardín de senderos que se bifurcan.
Tiene Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, Pierre Menard,
autor del Quijote, Las ruinas circulares, La lotería
de Babilonia, Examen de la obra de Herbert Quain, en
efecto La Biblioteca de Babel y El jardín de
senderos que se bifurcan... El libro de Borges se publicó
en el año 41. No... Me parece que hay un error en esta edición.
(Busca en la biblioteca un libro que resulta ser una autocronología
de Bioy Casares que hojea sin dejar de pensar en voz alta.) Menard...
al menos existe antes de que Bioy publicara La invención de Morel...
No debemos olvidar que trabajaron juntos... Acá es cuando hacen
un catálogo. (Comienza a leer el relato de Bioy Casares sobre lo
escrito durante esos años:) Una tarde de 1939, en las barrancas
de San Isidro, Borges, Silvina y yo planeamos un cuento que nunca se escribe.
El protagonista del cuento es un escritor apócrifo que hace un
catálogo de lo que debe o no debe escribirse. Y está hablando
de 1939. Entonces Bioy nombra a Menard: Este Menard, el del precepto citado,
es el héroe de Pierre Menard, autor del Quijote. La
invención de ambos cuentos, el publicado y el no escrito, corresponde
al mismo año, casi a los mismos días. Si no me equivoco,
la tarde en que anotamos las prohibiciones Borges nos leyó Pierre
Menard. Y está hablando de 1939. En esta autocronología
Bioy nombra sus lecturas año por año: El misterio del cuarto
amarillo, de Leroux; Sherlock Holmes, etcétera. Pero no hay una
sola mención a Roberto Arlt. Es por lo menos asombroso, ¿no?
Bioy Casares publicó con anterioridad
varios libros de los que nunca quiere hablar. ¿Se construyó
a sí mismo como escritor en La invención de Morel?
Sin duda. Y ahí detrás está La isla del doctor
Moreau...
A mí me pareció entrever la
voz de Borges. Cuando el narrador descubre un tragaluz que será
esencial para la historia; dice: Como en una discusión con alguien
que me sostuviese que ese tragaluz fuese irreal, visto en un sueño...
¿No es una asociación típicamente borgeana? Pero
el personaje de Bioy Casares no sólo sale a comprobar el origen
de ese tragaluz: hombre deportivo como es, rompe la pared que lo oculta.
Borges daría todo un rodeo antes de semejante...
...violencia. Naturalmente. Es imposible olvidarse de que Borges y Bioy
son contemporáneos... Aunque también Arlt lo es. Y ésa
es una de las ideas que se me ocurría: que La invención
de Morel está escrita contra Arlt. La poética de La invención
de Morel es claramente una refutación de la poética de Arlt.
Morel es un inventor, igual que algunos personajes arltianos... Cuando
se publica La invención de Morel, Borges tiene 41 años,
Arlt 40 y Bioy 26... Arlt muere en el 42, a los 42 años. Borges
ya había publicado Historia universal de la infamia, Historia de
la eternidad y El jardín de senderos que se bifurcan, que después
reúne con Artificios (1944) en Ficciones. Para responder
a tu pregunta de qué manera se construye Bioy como escritor,
a mí me parece lo siguiente: creo que se construye en espejo con
Borges. Es decir, en relación a Borges y a la vez para diferenciarse.
En 1934 anota: Silvina me dice que abandone los estudios universitarios,
que me dedique a escribir. Borges me dice que si quiero ser escritor no
sea abogado o profesor ni director de revistas literarias. Es decir, en
esos años Bioy es muy jovencito; tiene 18 años cuando lo
conoce a Borges. Borges, caminando por la Recoleta, lo desalienta un poco.
Por ejemplo cuando le dice que será muy difícil que logre
imaginar el final de El perjurio de la nieve. Transcurren
varios años hasta que una noche Bioy entrevé el final y
escribe el cuento. Borges, que ya era un escritor reconocido a pesar de
no ser popular, ejerce una fascinación colosal sobre Bioy Casares.
¿También una tutoría?
Probablemente. Bioy viene publicando libros de cuentos, malas novelas.
Sale un libro mío y me doy cuenta de que mis amigos no saben qué
decirme, confiesa. Y yo quiero escribir en contra de eso. Quiero escribir
otra cosa. Por eso lo que se propone en La invención de Morel no
es escribir bien sino escribir un buen libro. En la construcción
de esa figura de escritor está Borges, Borges que está diciéndole,
desde sus 41 años: Bueno, joven amigo, para escribir una
novela o un cuento no hay que hacer esto ni esto otro. Bioy crea
la ficción de que son tres escritores (él, Silvina Ocampo
y Borges) quienes establecen este canon o catálogo, pero el humor
borgeano que tiene ese catálogo es alucinante. Quizás se
podría hablar de una autoría total de Borges.
Algo en ese catálogo le hizo pensar que
hay una estética anti-Arlt.
Sí. Pero quería antes comentar la idea del boquete que
Bioy decide penetrar. En el año 29 dice: Escribo numerosas novelas,
algunas extensas, que no concluyo; pienso que algún día
seré ingeniero o director de películas cinematográficas,
y desde luego, campeón mundial de tenis. Ahí está
lo deportivo. Lo deportivo en un sentido, yo diría, olímpico.
Bioy, o el protagonista de La invención de Morel, hace un boquete
que algún personaje de un cuento de Borges no haría. No
imagino a Menard ni a Funes haciendo un boquete. Lo de ellos son elucubraciones
puramente imaginarias o intelectuales.
¿Cuándo leyó la novela
por primera vez?
La leí por primera vez a los 20 años. A esa edad, 1964,
editaba en Rosario una revista literaria con Nicolás Rosa. Leíamos
de todo. A Bioy le habían dado en 1963 el segundo premio nacional
por El lado de la sombra. Pero sigamos con la idea de la construcción
de la figura de escritor en Bioy Casares. Participando casi de la poética
de La invención de Morel, sin duda estaba Borges. La invención
de Morel parece una novela imaginada por Borges. Tiene todos los elementos
como para que la haya imaginado Borges: la inasibilidad de los personajes;
el conflicto espiritual, filosófico e intelectual; el policial
acerca de la eternidad... Y yo creo que Borges advierte que ésa
es la novela que él no va a escribir nunca. Claro que esto también
se puede decir al revés: en La invención de Morel Borges
resuelve su decisión de no escribir nunca una novela. Después
de prologar la de Bioy Casares, la novela que Borges eventualmente podría
haber escrito debía confrontarse con La invención de Morel.
Y él decide no confrontarse jamás con Bioy Casares. En ese
sentido, Bioy Casares es también como un vencedor olímpico
de una justa literaria. Mientras vivió Borges, permaneció
a su sombra; y sin embargo Borges, que escribiendo era muy poderoso, decidió
no medirse con él. La novela cristaliza algo y ayuda también
a establecer el territorio de cada uno.
¿Deseaba escribir como Bioy Casares?
No. Para nada. En esa época el modelo era Borges. Además
empezaban a aparecer los cuentos de Cortázar. El deseo puede venir
más bien hoy, por el lado de la historia de amor. Por otra parte
se trata de una novela inimitable: no hay un modo de expresarse, un adjetivo
que se te pegue...
¿Y el artificio técnico? Inmediatamente
después de cada indicio, Bioy Casares utiliza una frase muy potente
y de orden metafísico. Uno olvida el indicio para atender a la
frase alta. Tengo la impresión de que eso se repite a menudo en
la literatura argentina posterior, aunque quizás sólo ha
quedado lo grandilocuente.
Hasta donde yo recuerdo, La invención de Morel no ejerció
una influencia directa en mí. Sin embargo probablemente hoy su
relectura me incite más a escribir que algún libro de Borges.
Las estrategias narrativas son sorprendentes. Dar indicios, en el orden
de la pesquisa, de lo que podríamos llamar entre comillas la realidad,
y de pronto saltar a una sentencia filosófica que te proyecta hacia
otro lado es fascinante.
Las cosas que el personaje encuentra en la casa
o museo de Morel parecen un premio o un tesoro que anticipa la poética
del propio Bioy: ya están el color celeste, los motores...
Los motores... la máquina... Es la modernidad, y en efecto un
anticipo de La trama celeste que escribirá más adelante.
También tiene que ver con El Aleph. Me parece que en
ese momento ellos eran absolutamente conscientes de lo que hacían.
De sus aciertos y sus errores, de sus vanidades y sus frivolidades. Sobre
todo Bioy Casares manejaba su frivolidad, su vanidad y su enorme inteligencia
con un desparpajo admirable.
¿Le sugiere algo la construcción
de la casa de Morel? El acuario, la sala con un biombo de veinte hojas...
Un paisaje tan premeditadamente extraño...
Se me ocurrió algo, pero creo que es trivial. Me
pareció tan desaforada, tan inverosímil, tan inhabitable
por otro lado, que creí ver algún tipo de ironía
o broma interna... Si la pudiésemos ver tal cual Bioy la describe,
muy probablemente nos encontraríamos ante una construcción
surrealista, pensé. Algo como de Giorgio De Chirico: una isla flotante
en medio del espacio...
Bueno, también eran amigos de Xul Solar...
Ahí hay indudablemente una vinculación.
Como si estuviera incorporando anticipadamente la idea del pop, del alucinógeno...
Es el protagonista afectado por los efectos de las raíces que come.
Los libros de la biblioteca, ¿no son lo
más real, lo más ordenado que se percibe en la historia?
Para mí esa biblioteca es un poco enigmática. No cumple
casi ninguna función. Está ahí como en una casa ideal;
pero al mismo tiempo es como si hubiera algo fallido en el gesto de Morel
de poner allí una biblioteca. Fallido en el sentido de querer aparentar
ser lo que no es. En este caso un lector de literatura, cuando en rigor
uno imagina a Morel como un científico. Esa biblioteca como la
invención, digámoslo así, de un nuevo rico en el
mundo de las letras.
En el afán de interpretar se me
ocurrió un sentido distinto. Hay libros del piso al techo y de
punta a punta; por lo tanto lo único que se ve son rayitas. Pensaba
que a la distancia se ven también así las líneas
de un libro. Como si la biblioteca fuera la representación de un
texto escrito por un gigante, que en lugar de letras usara libros completos...
Lo obvio, lo que se me ocurre, es señalar que la verdad está
en la ficción, en la poesía. No en lo científico.
Sí, tal vez no haya que sobreinterpretar.
Soy tan inepto que todavía no he podido averiguar el destino de
los motores verdes, dice el protagonista. ¿Sobrevuela la lectura
de Verne en esa idea de la isla mecánica?
El libro evoca muchos otros. Hay resonancias de Verne; dialoga con Defoe;
y con Stevenson, sin lugar a dudas. Y con La isla del doctor Moreau. Eso
respecto de una trama de ficciones, o un canon, compartido con Borges.
Pero sesenta años después de publicado el libro, uno no
puede olvidarse de que todos ellos son escritores vinculados entre sí,
aunque sea por la época. Por eso me llama la atención que
en su autocronología Bioy no mencione siquiera lateralmente a Arlt,
con quien, insisto, comparte un universo de inventores similar. El inventor
de Bioy Casares es un inventor sofisticado que está en busca de
la eternidad; es decir alguien que superó las limitaciones metafísicas.
El inventor de Arlt está carcomido por el hambre, por una ambición
de zafar del mordisco mortal de la realidad. Los inventos de Arlt son
siempre fallidos, mientras que el de Morel es una realización colosal.
En la entrevista a David Viñas sobre El
juguete rabioso, recordábamos que el primer delito que los personajes
cometen es robar libros. Y entre esos libros, los que más cotizan
son los científicos.
También podemos recordar que entre las lecturas que cita el personaje
de El juguete rabioso está Rocambole y la poética dostoievskiana;
mientras que las lecturas que Bioy Casares nombra al azar, de sus 20 años,
son Valéry, Gide, Cocteau, Proust; es decir los autores centrales
del siglo XX. Bioy Casares piensa muy claramente en un cielo literario
olímpico; Arlt, en un cielo populista. Esto es inevitable.
¿Qué asociación se puede
hacer con ese librito, Le Moulin Perse, que el protagonista encuentra
sobre una mesa de mármol en la casa de Morel? Es muy intrigante...
El molino persa, ¿no? Bueno, el libro entero está lleno
de caprichos: la arquitectura de la casa, los libros de la biblioteca,
la inverosimilitud con que el protagonista aprende a manejar motores aparentemente
muy sofisticados. Hay una resolución de las cosas que no funciona
según el orden del razonamiento o de la ciencia, sino por una suerte
de mecanismo poético. Por eso quizás no me detuve tanto
en eso, y me dejé llevar en esta relectura por la historia de amor.
Esa historia de amor me conmueve. Además de la señaladísima
perfección de su trama, a mí me parece una de las novelas
de amor más bellas del siglo. La manera obsesiva en que el personaje
se fija si las puertas se cierran con llave o no, quién se retira
con quién, quién acompaña a Faustine y quién
no la acompaña, cuál es su actitud ante Morel... Es una
novela que se puede leer desde los celos.
La mujer se llama Faustine. ¿Alude al mito de Fausto? ¿La
mujer como el objeto literario por excelencia, como el objeto más
precioso del catálogo que el narrador se propone hacer desde las
primeras páginas?
En efecto. La cristalización que Bioy Casares consigue a los
26 años en La invención de Morel confluye en la perfección
de la trama, la historia de amor y la excelencia de la escritura. No encontramos
una sola palabra que no se pueda escribir hoy. Eso es colosal. Ni Borges
lo tiene. Arlt, ni hablar.
Borges está lleno de arcaísmos.
Deliberados en una época, y vergonzantes después. Pero
La invención de Morel no tiene una sola palabra que no se pueda
escribir hoy. Bioy Casares es un escritor que se apropia de una lengua
literaria. Se apropia del argentino, el castellano, como uno quiera llamarlo;
e inventa una lengua absolutamente vigente. No envejeció, como
sucede con algunas páginas de Borges.
Y otras del propio Bioy, ¿no? A veces
vacila en el uso del diálogo, sobre todo cuando debe decidir entre
el tú o el vos...
En cambio aquí hay una operación de enorme sabiduría
e intuición narrativa en el manejo de la lengua. La de los personajes
y la del narrador innominado, cuya nacionalidad es incierta.
A último momento parece ser un revolucionario...
¡El protagonista de una de las grandes novelas argentinas es un
revolucionario venezolano! Eso me parece una operación poética
colosal, porque está hablando una lengua prácticamente anónima.
Quiero decir: no es la lengua de un argentino, y allí está
la primera ficcionalización. La ficción sobre la ficción.
Es una novela argentina que transcurre en una isla de no sé dónde,
narrada por un venezolano... en una lengua que hoy, sesenta años
después, es argentina y una de las más conmovedoras de la
literatura del siglo. Bioy Casares no volvió a lograr esa felicidad
en el uso de la lengua. Quizás sí en los cuentos.
¿Lo consigue gracias al ejercicio de la
pura invención de la trama?
Creo que no es solamente eso. El acierto es encontrar un modo de narrar;
y en el interior de ese modo una lengua que le da estatura. Es la óptica
de un desterrado, que viene huyendo de no se sabe dónde, un marginal
al que nadie va a rescatar; y en ese sentido la trama está llena
de aciertos.
En la novela hay varios indicios que anticipan
el final.
En cierto sentido, se sabe todo desde el principio. Se sabe que es un
tipo condenado, que muy probablemente se va a morir de peste en esa isla.
Se intuye, con una velocidad vertiginosa, que todo es irreal...
¿La máquina es también una
máquina de narrar?
Sí. En todo caso si digo que es la más notable novela
argentina, una máquina de narrar, y que es una historia de amor
donde el personaje sueña con un amor imposible ya estoy diciendo
todo. El amor imposible. El clásico de todos los clásicos.
Romeo y Julieta. ¿Qué final estoy contando si digo eso?
El final está anticipado en la página
50, cuando el narrador hace el jardincito, que a mi criterio es la metáfora
que condensa el libro: la magia de crear una obra. El narrador
dice Hay que fijarse en las partes, y también No podía preverse
la obra concluida pero tampoco parece improvisada. Es un libro que se
construye fragmento por fragmento, y vamos siguiendo esa construcción.
Lo va construyendo, va dando las pistas... Después de que Faustine
destruye el jardincito, él escribe: Ahora me consuelo reflexionando
sobre mi condena. ¿Es justa o no? ¿Qué debo esperar
después de haberle dedicado este jardincito de mal gusto? Creo,
sin rebelión, que la obra no debiera perderme, si puedo criticarla.
Para un ser omnisapiente, ya no soy el hombre que ese jardín hace
temer. Sin embargo, lo he creado. Y prosigue: Iba a decir que ahí
se manifestaban los peligros de la creación, la dificultad de llevar
diversas conciencias, equilibradamente, simultáneamente... ¿De
qué está hablando? ¿De la creación literaria?
¿De la creación de ese mundo virtual? Creo que está
hablando de todo al mismo tiempo.
También insinúa sus mecanismos
de producción. Como cuando el protagonista se ampara en el estilo
ostinato rigore de Leonardo Da Vinci, que de hecho es el artista
que primero describió el funcionamiento por partes de las cosas.
¿Diría que Bioy Casares tenía la trama armada de
antemano?
Creo que lo tenía absolutamente claro. De no haber sabido adónde
iba, no hubiera podido escribir así. Salvo que la haya escrito
tres veces. Por lo menos dos. De lo contrario, no puede llegar con tal
perfección a ese final; un final que es mucho más prodigioso
de lo que podemos imaginar. Refiriéndonos a Leonardo, recuerdo
un aforismo de sus Breviarios: No mentir acerca del pasado.
Ella no le miente jamás. Nadie le miente jamás al personaje
acerca del pasado. En esta novela nadie puede mentir acerca del pasado.
Y sin embargo es una novela sobre la eternidad. El pasado está
ahí, permanentemente a la vista. Pero es un presente continuo.
Hay un sueño que el personaje rescata
de Morel: erigir grandes álbumes o museos familiares o públicos
con esas imágenes. Un sueño que aspira a la masificación
de su prodigio.
Es como realizar lo intolerable, e implicaría una utopía.
Considerando lo que la novela tiene de profético, sería
como imaginar ya la clonación, y se podría decir que profetiza
la realidad virtual... A lo largo de los años se habló de
la televisión, se habló del cine, se habló de un
montón de cosas..., pero no nos detuvimos en que ese sueño
no se realizaba. Lo vi como una especie de abismo metafísico.
¿Terrorífico?
Espantosamente terrorífico: el deseo de convertirse en lo mismo
que uno está viendo, en lo mismo que el ser amado es; y que sin
embargo es irrealizable.
¿Es la historia de un suicidio colectivo?
No. Es la historia de lo imposible. Él ya forma parte de ese
mundo, y sin embargo no podrá hacer real su amor por esa mujer.
¿Qué es lo más desesperante de todo? Que él
empieza a anhelar ser un personaje para la mujer amada. Él ya forma
parte de ese mundo.
Y es trágico. Aunque lo compartan, ella
va a seguir ignorándolo por toda la eternidad. Sólo algún
otro observador podría imaginar que ellos son... novios. ¿No
es así?
Al final, el personaje dice que quiere existir en el pensamiento de
Faustine. Imagina que podría llegar a suprimir la imagen de Morel...
Cuando explica los dos soles y las dos lunas dice: Como la semana se repite
a lo largo del año, se ven estos soles y dos lunas no coincidentes
(y también los nadadores con frío en días de calor;
bañándose en aguas sucias; bailando entre los matorrales
o en el temporal...). Y luego el terror: Al hombre que, basándose
en este informe, invente una máquina capaz de reunir las presencias
disgregadas, haré una súplica. Búsquenos a Faustine
y a mí, hágame entrar en el cielo de la conciencia de Faustine.
Será un acto piadoso. Es de miedo. Ha pasado a formar parte de
ese mundo, y sin embargo tiene que pedir piedad.
Morel dice: El cielo, a lo mejor, está
en la memoria de los hombres.
Claro, no hay memoria ahí. Por eso, no hay pasado. No hay memoria;
no hay pasado; no hay nada.
Bueno, hay memoria en nosotros que releemos el
libro...
Es una memoria fuera del sistema de la novela. Es una memoria de lectores,
no la del protagonista.
¿Y no es a la que aspira el protagonista?
A la que aspira Bioy, sin duda. En realidad a la que aspira cualquiera.
¿No es a la que aspira fundamentalmente
el que escribe un diario? La novela asume la forma de un diario y presupone
un verosímil de lector...
Efectivamente, él tiene una imagen de lector. Nos está
diciendo: hay alguien afuera, alguien que puede resolver el enigma de
alguna manera.
También dice que lo que escribe es como
un testamento. ¿Cuál sería el legado? La máquina
de Morel no, porque nosotros los lectores no pertenecemos a ese mundo
ficticio...
No lo sé. No sé si la intención es donar. Él
dice que es un testamento... ¡Un saber! Lo único que puede
dejar es un saber, ya que es lo único que posee. ¿Un saber
acerca de qué? Un saber acerca de la invención de Morel.
Es decir, una realidad virtual. Y un saber sobre el amor; porque se trata,
insisto, de una novela de amor.
¿Una obra de arte es válida en
la medida en que admite interpretaciones múltiples?
Desde luego. Yo me detuve en la novela de amor. Pero también
está el policial, ya que hay un enigma a revelar. De hecho el protagonista
investiga qué son esos motores, qué es esa gente tan extraña...
¿Hay o no hay un asesino en La invención de Morel?
Sí. Uno que mata a muchas personas a la
vez. En la página 115 Morel completa su discurso: Ha llegado el
momento de anunciar: Esta isla, con sus edificios, es nuestro Paraíso
privado. He tomado algunas precauciones físicas, morales
para su defensa... Entiendo las precauciones físicas, ¿pero
cuáles son las precauciones morales? ¿Quién es más
moral, el Morel de Bioy Casares o el Erdosain de Roberto Arlt?
Creo que pertenecen a universos absolutamente diferentes, y que no son
comparables. Morel es un científico europeo, con preocupaciones
filosóficas y una moral que no forma parte del universo de Erdosain,
que está mucho más acotado intelectualmente. Los problemas
morales que pueden plantearse son esencialmente diferentes. Y no creo
que Erdosain sea un personaje moralmente más ejemplar que Morel.
¿Y Morel con respecto al narrador?
Morel puede jugar con la realidad; el narrador no. El narrador está
perplejo: sufre y teme la muerte. Morel puede reírse de su propia
muerte; y en ese sentido su catadura moral es la de un cínico.
Tan cínico como Dios, en todo caso.
Cínico y arbitrario, en tanto creador de criaturas.
¿Pero no estarían puestas las precauciones de Morel, tanto
las físicas como las morales, en las imágenes? No porque
algo pueda atentar moralmente contra la invención (contra el Paraíso,
etcétera), sino internamente.
¿La precaución de que su máquina
no pueda grabar algo obsceno?
Morel procurando que no exista ninguna posibilidad de una escena escabrosa.
Aunque de hecho la trama casi no existe para estos personajes: viven una
situación bucólica continua. Entre ellos no pasa nada que
exija algún tipo de censura, nada que pueda ser juzgado, nada de
qué sospechar. Salvo lo que el personaje en el desvelo de su soledad
no puede dejar de imaginar.
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