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"Sereno y estudioso, Luis Pereda se
dirigió a Buenosayres:
De acuerdo con ese punto de vista, ¿cuál es tu posición
de argentino?
Muy confusa le respondió Adán. No pudiendo
solidarizarme con la realidad que hoy vive el país, estoy solo
e inmóvil: soy un argentino en esperanza. Eso en lo que se refiere
al país. En cuanto a mí mismo, la cosa varía: si
al llegar a esta tierra mis abuelos cortaron el hilo de su tradición
y destruyeron su tabla de valores, a mí me toca reanudar ese hilo
y reconstruirme según los valores de mi raza. En eso ando. Y me
parece que cuando todos hagan lo mismo el país tendrá una
forma espiritual."
Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal,
1948
"La lectura o el trato que cada escritor
ha tenido con las obras argentinas de la tradición es, también,
diferencial. Como decir que en esa huella sólo quedan instantes
de muchos libros, y que en esa técnica del montaje está
lo que define una forma de leer y un flujo o una corriente de obras que
entre sus cortes e intermitencias encubre a todo un país."
Héctor Libertella, Las sagradas escrituras,
1993
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Héctor Libertella me recibió en su casa de Palermo Viejo.
Mientras me conducía a su estudio atravesando un patio interior,
mencionó el origen orillero de la casa y la transformación
de la huerta en un patio de baldosas, que una vez intentó socavar
con pico y pala para recuperar (como quien dice) la Fuerza de la Tierra.
Sesuda y panorámica, la visión del entrevistado desplazaría
luego esa imagen de trepanación a la búsqueda de ideas y
conceptos sobre el libro de Leopoldo Marechal quizá no tan
numerosos como los volúmenes de ficción y crítica
literaria que enmarcaron nuestro diálogo, pero seguramente
suficientes para aclarar algunas claves del Adán Buenosayres.
¿Conoce esa frase de Escardó que
dice que vivir en Buenos Aires es como estar adentro de una maceta?
No. Pero sí conozco otra famosa que dice: Il faut cultiver son
jardin. Antes de venir acá, yo creía que ese jardín
era el alma. Pero no; es el jardín literal que le toca trabajar
a cada uno... ¿Sabés que etimológicamente Libertella
quiere decir Libro para la Tierra? Ese es el libro que riego
todos los días.
Lo que dice Escardó es que cualquier
cosa que uno tira, prende. La naturaleza debería protegernos al
encarar este libro. Encomendémonos a las Leyes de la Tierra.
A las leyes de la tierra del mercado, dirás, que te ponen de moda
y te discontinúan según un capricho muy organizado. Porque
hasta el capricho puede hacerse sistema. Por ejemplo vos me proponés
hablar de un libro que leí hace mucho. De un libro que cultivé
hace treinta años y no volví a tocar porque se discontinuó
en mi sistema caprichoso de lecturas.
Confieso mi antipatía inicial por Adán
Buenosayres, un libro excesivo, atiborrado de citas...
Es un caso muy curioso. Esa prosa siempre fue molesta para muchos. Y
el lector molesto es un poco peligroso: su incomodidad se la traslada
al libro y termina destrozándolo. El Adán Buenosayres tiene
un campo riquísimo de lecturas; pero por fuera del sistema de erudición
de su tiempo. Más acá o más allá de una economía,
de una moda. Un atípico. Si a esto sumamos la polémica de
Marechal con los antiperonistas...
Escribió el manifiesto del general Valle
en 1956.
Y ocupó cargos públicos, y después fue enterrado
en vida hasta el año 65 o 66, cuando lo rescatan desde la revista
Primera Plana y lo reeditaron. Pero esa historia pública
tiene algo así como una veta, como una napa geológica escondida,
que son los años martinfierristas de Marechal. ¿Cómo
entender a este peronista que un día salió del riñón
de la vanguardia de los niños bien de Florida?
¿Marechal era el típico argentino-culto
de barrio?
Un culto autodidacta, tal vez, o didacta a secas; porque además
él fue maestro de escuela. Tal vez haya un fondo de moral de docente
que se sobreimprime al libro como una prótesis y es lo que sobra.
O lo que provocó tanto fastidio (ésa sería la palabra:
fastidio). Y el fastidio que provoca Marechal abarca no solamente el Adán
Buenosayres sino al conjunto de sus propuestas en poesía, en teatro,
en el resto de su narrativa. Además hay que pensar que el Adán...
lo escribió entre el 30 y el 47; recién hacia el final estaba
emergiendo el peronismo. Así que el libro no nació de una
posición política que en aquellos años todavía
era fantasmal, inexistente; en todo caso una realidad todavía virtual.
Lo único que nos queda es traerlo al espacio del martinfierrismo,
amarrarlo a su nido. Adán Buenosayres sería el libro de
un martin-fierrista heterodoxo, paradoja de paradojas en un movimiento
hetero para su época.
Se lo acusó de ser un grandilocuente.
Bueno, en el caso de Marechal, grandilocuente podría ser gran-locución,
un hablar en muchos registros, la jerga popular, el chiste, los tonos
clásicos, homéricos. En fin, la mezcla golosa de esos guisos
que no a todo el mundo les gusta o les cae bien al estómago, ¿no?
Otra forma de heterodoxia frente a la nouvelle cuisine tan aseada, donde
tenés bien separados el arroz de la carne, la carne de las legumbres...
¿No es el recurso de un heterodoxo de
café?
Quién sabe si la mesa del café no crea un mundo autónomo,
lleno de locos, utopistas, metafísicos. Esos personajes de Marechal
no sé por qué los veo un poco emparentados con Xul Solar
como emblema. Hay que tener en cuenta que Marechal vivió en París,
que cultivó a un grupo de pintores, a los grandes argentinos trashumantes
de aquel tiempo. Con su aspecto de maestro de escuela o chanta de café
cultivó una belle époque que encaja mejor con un Pepe Bianco
o un Bioy, con un Porfirio Robirosa... Algo habrá siempre de grotesco
en este señor que está en lugares que se les podrían
atribuir a otros...
¿También al porteño común
de clase media? Nació en Almagro, estudió en la Escuela
Normal de Profesores Mariano Acosta...
Sí. Toda una serie de datos para armar el viejo cruce que se llama
vida y obra del autor. A ver qué tenemos: porteñazo,
clase media, nacido en Almagro. Integrante del grupo Martín Fierro
igual que Scalabrini Ortiz, otro personaje que uno no imagina ahí
junto a Girondo o a Borges. Después las aguas se dividieron y algunos
quedaron dueños de la literatura mientras otros como Marechal fueron
expulsados del templo. El templo son las cuatro paredes que ilusoriamente
dibujan un afuera y un adentro. Adentro quedaron los dueños del
sentido, Borges y algunos pocos. Afuera, los indios trashumantes condenados
a dar vueltas a la intemperie, sin ninguna lectura que los protegiera,
sin taparrabos. Marechal era uno de esos indios sin nombre, un NN, cuando
yo lo leí por primera vez.
¿De qué época está
hablando?
La exclusión es de comienzos de los 30 pero duró hasta
mediados de los 60, cuando yo estaba escribiendo El camino de los hiperbóreos.
Mi libro tiene, creo, resonancias de aquellas lecturas mezcladas con una
pizca tal vez de Nietszche.
¿Llegó a Adán Buenosayres
por sugerencia de la revista Primera Plana?
Posiblemente, aunque las editoriales tenían mucha capacidad para
aprovechar esas alianzas con los medios y lanzar sus libros. A lo mejor
llegué a Marechal por la fuerza que tenía Sudamericana como
catálogo literario argentino. Tenés que pensar que en aquel
tiempo las tres inscripciones de tapa competían entre sí:
nombre del autor, título del libro y sello editorial. Eran tres
formas distintas de aval. En realidad, el Adán Buenosayres se publicó
en 1948, en una tirada de 1.500 ejemplares, creo. Una gran aventura de
Antonio López Llausás. Pero a mí me decían:
¿Estás leyendo a Marechal, ese bluff?
¿Quién se lo decía?
No sé, algún epígono de Borges. No me interesa recordarlo.
Con algunos nombres es preferible tener el gesto distraído del
que está veraneando a orillas de una laguna mental...
¿Vive?
No, murió hace años. Un personaje menor.
Es que la actitud de ese personaje sintetiza
todo un modo de leer a Marechal en la Argentina.
Claro, también la lectura tiene sus modos y sus modas; y una de
ellas es la cruel.
En un libro tan extenso se hace difícil
sostener todo el tiempo una misma voz del narrador.
Es una voz cortada, sin duda. Como que se para a respirar un poco y ahí
se olvidó de todo su pasado. Y ahí nace la mezcla, el caos,
lo que está fuera del templo, de un sistema bajo control. La literatura
siempre ha sido un lugar excesivamente reaccionario, ritual, reglamentado.
Siempre pretendió ser la dueña del sentido. La palabra siempre
se entronizó como la que dice, la que interpreta, la que produce
el mundo. Siempre se arrogó ese derecho frente a disciplinas más
light, como la música o la pintura. Al lado de las variaciones
de un dibujante o un saxofonista, el escritor siempre pasará como
el sabelotodo, el culto. Es todo un gran chiste, por no decir un malentendido.
Y la literatura, sabia, vieja zorra, siempre se alimenta de ese malentendido.
¿No es ahí donde aparece el sarcasmo,
el inteligente sarcasmo de Marechal?
Ajá. Ya estamos en el tornasol; Adán Buenosayres es un
libro que tornasola al lector. La risa de fondo le da un efecto de tornasol.
Es como que las cosas pasan de ácido a alcalino o viceversa.
¿Hay un modo particular de leer este libro?
De todas las lecturas posibles, para mí la más rica es
la de trabajo, la de ver-hacer, como diría Macedonio. Recordemos
aquello de leerás más como un lento venir viniendo
que como una llegada. Esta especie de sentencia estirada al infinito
se podría aplicar al abordaje de Adán Buenosayres que, además,
de tan largo no tiene casi llegada, o te obliga a recorrerlo lento.
Un personaje del libro cita a Macedonio. El mundo,
se dice, como un almismo a-yoico. ¿Qué significa
eso?
El Todo metafísico que respira como un pneuma, un pulmón,
un alma. Y en su interior, el yo deshecho, partido, fragmentario, en camino
de la ausencia. Ninguna propuesta más del futuro. Yo no sé
si Marechal estaba en sintonía con él. Desde una obra tan
sólida, compacta y segura de sí como es el Adán Buenosayres,
no sé si él hubiera entendido esta fórmula clásica
de Macedonio cuando recomienda derrotar la estabilidad de cada uno
en su yo.
Yo leí a Marechal como un asunto de trabajo; porque en ese momento
estaba escribiendo, furibun-damente, en una zona parecida. Pero no tanto
como para que mi pasión o mi amor llegara a la mímesis.
En realidad no creo que haya habido mímesis ni parodia. Leer a
Marechal en el 65, cuando uno estaba escribiendo esas extensas sagas pretenciosas
que querían ser el testimonio de toda una generación, era
mi modo de cargar las pilas. Adán Buenosayres ayudaba. Traía
canales y ríos de sangre y vitalidad. En ese clima era imposible
pedirme que tomara distancia de la estética o la poética
de Marechal.
¿No es probable que de ese modo haya tomado
mucha más distancia que un lector ingenuo?
A lo mejor sí, a lo mejor no; porque el escritor, cuando escribe,
es un ciego y un militante. Y la actividad de leer es mucho más
civil. No sé por qué ni cómo ocurren estas operaciones,
pero están ahí en el secreto y en la intimidad de cada uno;
y en aquellos momentos yo leía con la misma pasión militante
a Marechal y al Robbe-Grillet del nouveau roman, al Borges de Ficciones
y El Aleph y a Kerouac y los beatniks. No sé de qué otro
modo se puede haber leído Adán Buenosayres. No sé
cómo se leyó el libro cuando salió. Lo que sé
es que se vendieron poquísimos ejemplares. De aquella tirada de
1.500 sólo se vendieron 150 en diecisiete años; sólo
150 curiosos lo compraron. Aunque sólo sea por ese dato, Marechal
era estadísticamente un autor de culto.
¿Acaso puede haber estadísticas
sobre su vigencia en el tiempo?
Ya hablamos de esto, ¿no? Quién sabe cuánto dura
un libro en el tiempo, cuánto aspira a durar y cómo el mercado
lo descontinúa... Parafraseando a Roland Barthes, se podría
decir que la moda (él empieza por la ropa) es anual y rotativa.
Si la duración de vida, apogeo y muerte está calendarizada,
¿cuáles habrán sido entonces los 365 días
de oro de algunos autores que no son este Marechal con su silencio a cuestas,
pero al menos un silencio de décadas?
La literatura no es sólo un lenguaje,
es también voluntad de figuración, dice Harold Bloom.
Entiendo. Figuración es ensayar un dibujo del mundo. Si entiendo
mal, es querer figurar en un diccionario. Algo de Narciso puede estar
siempre en juego. Y peor en el escritor, que transmite con sangre a la
letra su patología completa. En Adán Buenosayres ese Narciso
dice todo el tiempo: ¡presente! Desde el título mismo, que
atesora la enorme pretensión de parecer una cosmogonía.
¿Cómo alguien le puede poner Adán Buenosayres a un
libro? Es como decir: Voy a hacer la obra definitiva del siglo XX.
El nacimiento de un cosmos: el primer hombre y la ciudad de Buenos Aires
definitiva, desde su origen, con y griega. Además, a lo largo de
700 páginas en cuerpo ocho, que anuncian el mapa de un Narciso.
Un Narciso del tamaño del mapa de toda esta ciudad.
¿Un Narciso que nos refleja a todos,
como argentinos?
No creo que a todos; y la polémica en torno a este libro lo demuestra.
Algunos podrían referirse a Marechal citando aquellos dos versitos
luminosos del Sebregondi retrocede de Osvaldo Lamborghini: Soy Narciso,
el del estanque/ estancamiento y desastre. El estancamiento vendría
dado por cierta visión que es más propia de teólogos
que de artistas. El hombre como centro del mundo y dueño del sentido...
Y ni siquiera el hombre: el centro, el mundo como centro único
al que remiten todas las cosas. Mientras se escribía Adán
Buenosayres, todas las disciplinas se habían ido a otro lado y
ya estaban superando, incluso, la etapa del descentramiento. Empezaba
la inestabilidad. La misma literatura fue caminando hacia un sujeto deshecho
que es armado por las cosas y no tiene ya seguridad, noción de
sí. Marechal pelea un combate solitario y a contrapelo. Algo que
prenuncia un desastre, un fuera de lugar en el nuevo mundo del saber.
Pongámosle al canon una duración de cincuenta años.
Del 48 al 98 su propuesta ya falleció, o estamos asistiendo a su
defunción.
O el inicio de su camino en el infierno... Curiosamente,
la figura de Narciso no aparece entre los dioses griegos que se nombran
en Adán Buenosayres. Sí están, en cambio, los padres
del Olimpo: Zeus, Juno, Atenea...
Dioses, ángeles, semidioses, personajes de carne y hueso... Da
la impresión de que todos navegan por la ciudad en una especie
de éter narrativo, con cierto humor y bonhomía. En un momento
del libro se habla de un humor angelical... En cuanto a todo ese referencial
clásico, griego y latino, no aparece en el libro con la erudición
del teórico o del profesor. Hay que recordar que la erudición
en el escritor tiene leyes diferenciales. La cita, la paráfrasis,
todas esas cosas que tienden a poner a la vista un campo de lecturas siempre
están en función de un sistema ficcional que a su vez está
ligado a la patología personal del escritor. Borges tiene un tipo
de erudición; Umberto Eco, otro. Marechal, otro... Habría
que escribir un tratado sobre las formas de leer de los escritores, sus
maneras específicas, sus mutuas diferencias.
¿A su criterio Marechal simula en sus
novelas saber más de lo que sabe?
No me da esa impresión. Habla con toda naturalidad. Despliega
simplemente sus lecturas; aunque algunos puedan considerar que esas lecturas
eran caóticas, desprolijas o chantas. Un escritor se hace para
siempre en aquel momento lejano de la lectoescritura. El niño que
aprendió a posicionarse frente a la letra. Así que trasladaría
tu pregunta a los teóricos: ¿por qué Marechal lee
como lee, de manera tan desprolija y golosa? ¿Cuánto aprende
de lo que lee y qué le sobra?
Muchos han señalado la influencia de Joyce
en la novela. ¿Adán Buenosayres como un Odiseo joyceano?
Es difícil hablar sobre eso; porque Joyce ya era un fantasma dando
vueltas en el ambiente. No sé si Marechal leía en inglés;
y la traducción de Salas Subirats del Ulises apareció en
los 40. Es un caso para un detective privado.
Al comienzo está ese personaje tumbado
en la cama escuchando los ruidos exteriores, como Stephen Dedalus en su
torre de Dublín.
El comienzo es un tango. Es la letra de un tango que era el preferido
de mi mamá. (Lo canta.) El pañuelito blanco/ que te ofrecí/
bordado con mi pelo/ lo has despreciao... No sé cómo sigue.
El hecho de que comience con un tango marca un rumbo a las expectativas
del lector. Marca un tono y un espacio en el que después puede
entrar todo; hasta un ciego como Homero. Si hubiera empezado al revés,
con Homero, la inclusión de un tango hubiera sonado como un chirrido.
Y otra cosa: a pesar de la cantidad de personajes, voces y referencias
clásicas, ese tono tanguero recorre todo el libro como una fijeza
local. Si después se pasa a una retórica hiperclásica,
que por momentos es gongorina, o más bien quevediana, eso es otra
cosa.
¿Melancólica además...?
Melancólica en el sentido en que puede tomarla Alejandra Pizarnik
en La condesa sangrienta: esos lentos movimientos del alma que se parecen
al lento crecer de las uñas en los muertos. Y aunque en Adán
Buenosayres hay un tumulto de personajes y situaciones, siempre de fondo
escucho esa melancolía de un tango zumbón y lento. Un pañuelito
blanco que te ofrecí y rechazaste y entonces lo uso para secar
las lágrimas de mi alma herida...
Es una argentinopeya, dice el
narrador.
Es una argentinopeya. Es extraño, pero ahora se me ocurre una
comparación con el Ulises. Esta historia se desarrolla en tres
días; Ulises cuenta un solo día, ¿no?
Los dos libros despliegan cientos de páginas para narrar muy pocas
horas en la vida de un hombre corriente. Son un poco minimalistas avant
la lettre.
Los procedimientos literarios son joyceanos...
Y hay también algunos que parecen tomados del cine, como las descripciones
panorámicas de la ciudad que parecen hechas desde un helicóptero...
Hablando del cielo y del infierno, La dolce vita de Fellini también
empieza con un helicóptero transportando la estatua de una virgen
por el cielo de Roma para instalarla en una cúpula, mientras abajo
todos se divierten...
¿La visión celeste confrontada
a la terrenal?
Sí, bueno. Está un poco trillada la cuestión de
si Marechal era platónico o tomista o no sé qué;
si había algo que se entroncaba o no con su catolicismo confeso.
Vaya uno a saber dónde se cruzan religión y literatura y
dónde se separan. Me viene una cita de Mauriac: Il faudrait être
un saint, mais alors on nécrirait pas de romans. ¿Qué
tendrá que ver con todo esto?
Pero lo celeste está presente...
Sí, sí. Está lo celeste y además está
el descenso a los infiernos... El infierno de Schulze... Pero también
está Dante Alighieri. No todo es metafísica y religión
en Marechal. También hay literatura de la literatura. Y como si
Adán Buenosayres fuera una derivación de la Divina Comedia,
tiene siete libros: a los cinco primeros les siguen dos, escritos
en primera persona por el propio Adán Buenosayres. Siete libros
que podrían ser siete volúmenes distintos.
¿Como En busca del tiempo perdido? ¿Habrá también
un universo Proust en Marechal?
No me suena... No sé qué resonancia cabalística
está haciendo juego con el siete... Pero queda claro que en este
artefacto hay una gran ambición simbólica. Como si Marechal
hubiera adivinado lo que años después pondría Kerouac
en el comienzo de su decálogo del escritor: Cuando escribas, siéntete
todo el tiempo un genio.
Volvamos a la mezcla entre lo universal y lo
local. Del homerismo al barrio: númenes, arpías y musas...
Sin embargo son númenes de Villa Crespo, arpías de Boca
o de River, musas de arrabal... Dice que los dioses de la Industria y
el Comercio escriben, con el humo de las chimeneas de las fábricas,
sentencias en el cielo varonil del suburbio. Dicho sea de
paso: ¿se trata de una misoginia de Marechal?
No hay misoginia. Es casi un fotograma difuso de cómo se comportaban
los varones porteños allá por los años 20 y los 30.
Una fenomenología, casi.
Lo que garabatean esos dioses con el humo son
corajudas sentencias de Rivadavia o de Sarmiento. Es la única
mención a los próceres patrios. No los retoma en ningún
momento del libro. ¿Por qué?
Quizá para olvidarse de una vez por todas del liberalismo de Rivadavia
y Sarmiento. Los menciona burocráticamente y después se
los saca de encima. Como que la vida de la gente ocurre sobre esta tierra
de concreto, mientras el proyecto liberal queda en la fantasía
celeste.
Así los personajes pueden salir a
buscar... al neocriollo, dicen. ¿Al neoargentino?
Algo así. Un poco a la manera de Xul Solar. Algo que da vueltas
alrededor de un eje americano. Allí el neocriollo sería
como el holograma o la proyección de una astrología. Una
astrología delirante, claro, de tan rigurosa que pretende ser.
¿Los próceres versus los vulgares
mortales que cantan El pañuelito?
Los dos mundos, sí. Siempre ese pensamiento binario...
Y esa intención política.
También. Medio posliberal, medio preperonista...
¿La misma intención política
de Hernández en Martín Fierro o Sarmiento en Facundo? ¿Establecer
las bases de la nacionalidad?
Al menos en la ambición de sus respectivos proyectos.
Nuestra literatura, dice en la página
43. Y pone el símbolo de la gallina. Una gallina como el símbolo
de Buenos Aires, pero por la elevación de su oro espiritual.
¿Por qué? ¿Porque vuela bajito?
¿Otra vez lo simbólico? Otro tipo de interpretación
que también cultivó Marechal en su máquina picacarne,
en su procesadora de lecturas. Mejor habría que analizar cómo
se lo leyó a lo largo de las décadas. En el 48, cuando sale
el libro; en el 66 cuando yo lo leo y el mercado lo recupera; y hoy, new
age, con esta otra manera de interpretar. ¿Por qué en los
tres casos pareció un poco demodé? ¿Habría
tal vez algo antigüito en sus formas de representar la vida?
¿Un fastidioso chauvinismo, tal
vez?
No necesariamente. Novelas profundamente argentinas se escribieron después.
Por ejemplo Rayuela, en París. O todo Cortázar, con esa
cosa nostálgica sobre la argentinidad zumbando permanentemente.
Como decía Viñas en un congreso en Cuba, allá por
los años 60: ¡Este Cortázar, siempre hinchando
las pelotas con las galletitas Bagley!. O Sobre héroes y
tumbas, otra novela argentina. No sé exactamente de qué
manera se da la argentinidad o el chauvinismo en Marechal; pero quizá
su intención programática se pasa de revoluciones por demasiado
argentina.
¿Por el vocabulario?
Ese es todo un tema: el léxico. Como si hubiera recorrido de punta
a punta el diccionario. Hacer listado de palabras e irlas utilizando arbitrariamente
para crear campos magnéticos que atraigan unas a otras. Un río
de palabras que no cesa y nunca vuelve atrás. Yo usé esa
técnica en El camino de los hiperbóreos. Marechal parece
que hubiera dado con la misma receta...
¿Corregiría mucho?
El arte de la corrección es el arte de darle naturalidad
a lo muy trabajado. Una serpiente retorcida que va borrando sus huellas.
No adivino muchas correcciones en Adán Buenosayres. El hecho de
haberlo escrito a lo largo de muchísimos años no significa
que lo reescribió durante todo ese tiempo. Lo abandonó muchísimo
tiempo. Tendría la idea previa: la famosa y a veces maldita idea
previa que lo enfría todo como un cadáver.
Sin embargo él no la enfrió...
No. El libro salió caliente. Por eso tiendo a pensar que no corrigió
mucho. La reescritura excesiva, aunque consiga la naturalidad, siempre
deja un fantasma de artificio, la sensación como de una prosa-robot
que hace de la literatura una cosa diferente entre las cosas de la comunicación.
Ese fantasma no lo veo en Marechal, aunque, pensándolo bien, dicen
que los fantasmas son invisibles, ¿no?
Lo cierto es que los prejuicios lo han
opacado durante años... En la página 43 creo encontrar el
mapa de la literatura argentina según Marechal. Marqué el
momento en que explica por qué la gallina es el símbolo
perfecto de Buenos Aires: Desplumo la gallina y la meto en la olla hirviente
de mi análisis. Le añado el choclo de la melancolía
y el alegre perejil del sarcasmo... y en total, un pucherete a la criolla.
¡He aquí nuestra literatura! En la página 46, el quimono
de Tesler condensa en sus dibujos el espíritu del neocriollo; en
la 47 dice que Buenos Aires es la perra que se come a sus cachorros para
crecer.
¿La cabeza de Goliat? ¿Martínez Estrada?
Compilé también un catálogo de irreverencias. Hegel
dice es un padre engreído; Beethoven, un guitarrero
sordo; Grieg, un acordeón de arrabal; Freud, un chancho alemán...
¿Existe un plan premeditado en Adán Buenosayres?
Si lo hay, es una mentira o un truco.
Las primeras páginas anuncian que la trama
está hilada con la agonía de un personaje, lo cual hace
pensar en un policial.
¡Pero si no hay trama! No hay intriga para nada. El libro está
construido sobre cierta patología clásica de algunos escritores,
que es la línea del viaje hacia adelante, el pasaje de un lugar
a otro. Una estructura de ficción que se apoya en el desplazamiento.
Todos se la pasan yendo de un lado para otro y el libro también;
todo va hacia, hacia... Si hubiera un plan, sería el de la minuciosa
puesta en obra de un viaje. El Quijote también es eso: no hay trama,
vuelta, enredo, sospecha, paranoia. Sólo la bella y libre esquizofrenia
del viaje.
¿Qué hay respecto de la pretensión
de innovarlo todo?
Técnicamente hablando, no veo innovación. Es el lenguaje
popular de Buenos Aires, es la referencia clásica, es compilar
la suma de lecturas... ni siquiera hay corriente de conciencia ni monólogo
interior al estilo Joyce. ¿La innovación está acaso
en la mezcla, en el puchero? No.
Al personaje de Schulze lo acusan de querer innovarlo
todo: primero el idioma de los argentinos, después la etnografía
nacional, luego la música. Lo que a usted le pasa es que posa de
genio le dice otro personaje. El demonio de la originalidad
lo atormenta todo día y noche.
Sin duda Marechal estaba hablando de Xul Solar. El neocriollo, la imagen
de lo americano y la búsqueda a ultranza de su dibujo abstracto;
todos esos viajes hablan de Xul.
¿Más que del propio Marechal? Hay
tantas tantas citas que pueden considerarse autorreferenciales....
No recuerdo dónde leí esta definición de clásico:
Un clásico es aquel que puede ser citado. A Marechal,
con su autoironía, le gustará que yo lo cite para confirmar
que ya es un clásico. La cita es la última frase de Adán
Buenosayres y dice así: Solemne como pedo de inglés. ¿Será
una autorreferencia? Quién sabe. Pero sea como sea tengo que decir
que yo amé en mi adolescencia la prosa de Marechal. Y aunque hoy
se me ha hecho un amor ya lejano y olvidado, sigo respetando mi adolescencia
y mis lecturas. Para tener dignidad hay que tener memoria.
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