|
Las montañas del oro y Los crepúsculos
del jardín de Leopoldo Lugones
(1897 y 1905)
Historia de mi muerte
Soñé la muerte y era muy sencillo;
Una hebra de seda me envolvía,
Y a cada beso tuyo,
Con una vuelta menos me ceñía.
Y cada beso tuyo
Era un día;
Y el tiempo que mediaba entre dos besos
Una noche. La muerte es muy sencilla.
Y poco a poco fue desenvolviéndose
La hebra fatal. Ya no la retenía
Sino por sólo un cabo entre los dedos...
Cuando de pronto te pusiste fría.
Y ya no me besaste...
Y solté el cabo, y se me fue la vida.
Leopoldo Lugones, Odas seculares, 1910.
Si para usted su cuerpo
era la vaina de una espada.
Si como Tirteo, el espartano,
creía en la suprema dignidad
de morir combatiendo por la patria.
Si admiraba el cintarazo viril
de la voz de mando, el olor a caballo,
a sudor y sangre salobre de la guerra,
si tenía, en fin, la convicción de haber nacido
águila soberana y no doméstica gallina,
convengamos, entonces, que suicidarse
con cianuro en un recreo del Tigre
fue un acto deslucido, en modo alguno épico,
para su afán de glorias y fastos militares.
Más coherente en nuestros días Mishima,
decapitado por su amante en un cuartel
luego de abrirse el vientre y ofrendar sus tripas
al milenario Imperio de la Aurora.
Juan José Hernández (poema inédito).
....................................................................................
Sobre un viejo escritorio de persiana de estilo inglés hay una
moderna notebook; y en una mesa circular de tres patas, dos tacitas de
porcelana y una primera edición de Las montañas del oro
(1897) comprada en una librería de viejo. Lo divertido de
esta edición es que enumera en la contratapa las obras anteriores
de Lugones rechazadas por los editores. ¿Humildad de Lugones? Más
bien soberbia, como quien da cuenta de los premios que no recibió
porque eso carece de importancia, o porque considera irrelevante el jurado
que se los negó.
Juan José Hernández habla sin inhibiciones, con gran sentido
del humor. Elige los adjetivos y adverbios con una prolijidad obsesiva;
y conserva la tonada tucumana que exige forzar el oído para no
perder ninguno de sus matices. Citando de memoria los poemas de Lugones,
da la impresión de haberlos escrito él mismo; tan incorporadas
tiene las cadencias, los cortes de versos y el remate de las rimas lugonianas.
Autor de varios libros de poesía, dos volúmenes de cuentos
y una novela, ha escrito también numerosos artículos y ensayos;
entre ellos Ideología y erotismo en Lugones, publicado
parcialmente en Cuadernos Hispanoamericanos, Madrid, con el título
Lugones: La luna doncella en su poesía erótica.
Dicho ensayo fue reescrito para ser leído como conferencia en el
Club del Progreso, ante un auditorio de porteños atónitos.
Haber escuchado esa conferencia me ayudó a entender de qué
manera Lugones podía ser releído en la Argentina, casi cien
años después de la aparición de sus libros más
célebres.
Veo que tiene una vieja edición de Las
montañas del oro...
Una vez estuve a punto de
comprar una edición facsímil de los años cuarenta,
pero llevaba la firma del hijo autorizando la edición y no la compré.
En Las montañas del oro hay algunos versos memorables: Sueño
bajo las palmeras, tan grandes que cada una parece una noche; o este otro
que hace pensar en una escultura art nouveau: Destrenza tu cabello como
un duelo sobre tu nuca artística. Pero en conjunto la obra es agobiante
por su tono ampuloso y su retórica de la muerte, que a veces bordea
lo caricaturesco: Une tu frágil esqueleto al mío... oh reina
rubia. A la vez, hay misteriosas acotaciones poéticas que me desconciertan.
Por ejemplo, cuando dice que las ballenas lloran al parir, como las mujeres;
o que el oso blanco duerme seis meses sin respirar y tiene la vergüenza
en su lengua negra. En algunos de estos versos de juventud aparecen ya
el mito de la luna y el tema de la novia espectral, eterna y lejana.
¿Sigue releyéndolo? ¿No le
parece que su influencia en la poesía argentina tiende a desaparecer?
Aunque dejara de leer a Lugones, seguiría no obstante
escuchando su acento en los mejores poetas argentinos. En Borges, por
ejemplo, que lo admiraba y comparaba su genio verbal con el de Quevedo.
Borges sabía de memoria un soneto que se titula, si mal no recuerdo,
Alma venturosa y comienza: Al promediar la tarde de aquel
día,/ cuando iba mi habitual adiós a darte/ fue una vaga
congoja de dejarte/ lo que me hizo saber que te quería. Era fantástico
oír el soneto recitado por Borges, que marcaba con énfasis
los acentos. En cambio, cuando recitaba a Carriego me sonaba falso. Con
Lugones ocurre que parece haber ensayado y agotado todas las posibilidades
del verso en la poesía argentina. Para no hablar de la rima, que
emplea con virtuosismo, sin miedo al ridículo. ¡Rimar gorila
con axila! También en Luz de provincia de Mastronardi
hay ecos lugonianos, en Pedroni, en Luis Franco, en Manuel Castilla, y
en tantos otros excelentes poetas. Hasta en Alejandra Pizarnik cuando
escribe: Dijiste: tus pechitos benjamines. Y me asusté. La influencia
de Lugones se hizo sentir también fuera del país. Octavio
Paz ha señalado la influencia de Lunario sentimental en López
Velarde. Lunario sentimental me parece un libro complejo, deslumbrante,
exasperante en el sentido de esa frase, creo que de Gide, sobre Victor
Hugo: hay que tener mucho talento para hacer soportable un poco de genio.
El libro, en todo caso, representa el intento de Lugones de desacralizar,
a fuerza de imágenes irreve-rentes y de ironía, el mito
de la luna que desde Las montañas del oro, pasando por Los crepúsculos
del jardín, alucina y gobierna su erotismo.
¿A qué se refiere exactamente?
Los poemas amorosos de Los crepúsculos del jardín ya están
bajo el influjo de la triple diosa luna y sus cambiantes fases que se
identifican en forma emblemática con la doncellez, la madurez y
la decrepitud de la mujer. La luna nueva es la infantina del romance anónimo
español, la belle dame sans merci de los trovadores franceses,
la amazona colérica y lozana del verso de Lugones. Esta es la interpretación
que he desarrollado en la conferencia que di en el Club del Progreso...
¿Cómo se relaciona el mito lunar
con la inclinación amorosa del poeta por las adolescentes?
Por las jovencitas de pechitos benjamines, o pintones; por las que erigen
osadamente el busto escaso. Las peligrosas Lolitas de Nabokov; pero sacralizadas
por el signo Luna-doncella, primera fase del ciclo lunar. En mi ensayo
he querido dar un explicación de la poesía erótica
de Lugones a través del imaginario poético, atendiendo únicamente
a ese signo. Por eso no me importó saber ni averiguar la edad ni
la identidad de la mujer o de las mujeres amadas por el poeta. El orden
de los signos, como es sabido, no precisa de lo real para articularse,
sino que actúa a un nivel simbólico, al margen de las vicisitudes
personales del escritor. En Lugones, el signo Luna-doncella remite a una
imagen casi infantil, y por lo tanto prohibitiva, que da origen a sentimientos
de afirmación viril, de culpa y de renuncia sensual. El poeta acabará
por identificar a la muerte con el plenilunio: Gota de la muerte/ plácida
y serena,/ gota de la copa/ de la luna llena.
En el primer poema de Los crepúsculos
del jardín, la muerte ya está presente. Cisnes Negros, llama
Lugones a las tres chicas agobiadas por el decoro que impone la estirpe
mientras pasean entre el bosque oscuro que tiene dignidad de catafalco.
En el poema que usted cita, la estética modernista (que es una
estética del lujo y de la muerte) acompaña al mito lunar.
También para Darío el cisne era el ave de la luna. La tétrica
dignidad de catafalco del bosque es el marco adecuado para las hermanas
enlutadas, que son casi niñas y pálidas como la luna. El
poema se cierra con la imagen de un cisne solitario que en el estanque
boga hacia ellas armoniosamente. El encuentro del poeta con su amada,
casi siempre una joven de aspecto lánguido y distinguido, ocurre
al atardecer. Los enamorados están sentados en el banco de un parque
y ella, muda y distante, permite que él acaricie sus dedos: Nuestro
amor fue un encanto de los ojos/ y un vago roce de tímidos dedos/
al insinuante halago del crepúsculo. Pero las manos de la amada
tienen además una especie de aura escalofriante: En esa tarde y
en ésta iguales miedos,/ igual tristeza en el follaje inerte,/
y tú a mi lado y en tus finos dedos/ una sutil insinuación
de muerte. El erotismo nacería del contraste entre las señales
mor-tuorias de las manos y los ojos estáticos de la amada, y su
ropa perturbadoramente infantil.
¿Su ropa?
A Lugones le encantaba ojear figurines de moda. Decía que ojear
figurines era un pasatiempo grato a los poetas. De allí su rico
vocabulario modisteril: cintas, ruedos, linones, tules, rasos, gasas,
taffetas, moaré, ligas color crema, capotas, canesú y demás
fruslerías. La ropa, y también los zapatos de las mujeres:
Su trajecito parecía de colegiala/ y grandes hebillas brillaban
en sus zapatos.
¿Podría hablarse de cierto fetichismo
en la poesía de Lugones?
Por qué no. Lugones escribe: El campo contemplaba con éxtasis
impuro tu media negra. Habla de los pies de alabastro de su amada, diminutos
y besados, de su nervioso zapatito blanco. En la mayoría de sus
poemas, el deseo erótico no pasa por la mujer adulta. El título
de reina de las matrices que Darío le otorga a Venus le hubiera
chocado a Lugones, que veía en la fecundidad de la mujer el aspecto
plebeyo del amor, una fatalidad biológica que comparte con las
naturales vacas. La madurez sexual de la mujer, sus pechos generosos y
sus caderas anchetas, como diría el Arcipreste, le parecían
igualmente innobles. No respondían para nada a su concepción
de lo femenino como enigma espiritual y foco de irradiación mortuoria.
¿Los crepúsculos del jardín
resume una estética de la represión?
En todo caso, para Lugones fue todo lo contrario. Agotado el ímpetu
profético y las alegorías altisonantes de Las montañas
del oro, la publicación de Los crepúsculos del jardín
significó una especie de liberación para el poeta, si se
piensa en la época en que fue escrito el libro. Por primera vez
Lugones incorpora la moda femenina a sus versos, como código de
clase y ornamento interesado de atracción sexual. La naturaleza,
en vez de copiar el arte, como quería Oscar Wilde, copia prendas
íntimas femeninas. Una rosa en el huerto deshace su lento moño,
una magnolia en un vaso de agua semeja un corsé de inviolado raso,
y las flores de un almendro son iguales a los papelitos blancos que usan
las mujeres para rizarse el pelo. Pero no hay que confiarse demasiado.
A pesar de esas coloridas efusiones, la lira enlutada del poeta vuelve
a oírse cuando describe una alcoba donde hasta el íntimo
piano/ toma el aire de ataúd. O bien cuando en otro poema de Los
crepúsculos del jardín, un simple pellizco le sugiere imágenes
luctuosas: Sobre tu hombro pulcro,/ la huella de una caricia indiscreta/
se amorata como una violeta/ sobre el mármol reciente del crepúsculo.
El libro incluye El solterón, que la crítica
ha señalado como uno de sus mejores poemas modernistas; y León
cautivo, un soneto bellísimo en versos alejandrinos de incomparable
musicalidad. El verso final se desgrana como una perfecta escala musical.
Se ha dicho que Lugones, en los sonetos de
Los doce gozos había plagiado al uruguayo Herrera y Reissig...
Es falso. Lo que pasa es que ambos poetas adhieren a un mismo credo estético;
y se complacen en crear atmósferas decadentes y exóticas
con los consabidos sahumerios, gemas, pedrerías, enaguas de surah,
alamares bizantinos, ojeras voluptuosas y demás primores modernistas
que pueblan los sonetos eróticos de Los crepúsculos del
jardín, y los vuelven ornamentales, artificiosos, fríos...
¿Fríos? ¿No es erótico
el final del soneto Oceánica, con esa mujer de rodillas
frente al mar y la ola que se aguza entre sus muslos como una daga?
La frialdad, en algunos casos, no excluye el erotismo. Sade es helado.
Baudelaire también asocia el erotismo con la baja temperatura cuando
habla de la fría majestad de la mujer estéril, o cuando
se refiere a placeres más agudos que el hielo y el acero. El final
del soneto hace pensar en un afiche de la belle époque. De acuerdo,
el soneto es bellísimo, pero creo que no trasmite emoción
alguna. No tiene por qué hacerlo. Lugones aquí (y en otras
ocasiones) supedita el contenido a la forma; y para lograr ese fin convierte
al mar en un toro ardoroso que brama alrededor de la cintura de la bañista.
Como helenista, no podía ignorar que el mar, en griego, es femenino;
y que en francés mar y madre se pronuncian de la misma manera.
Según Pitágoras, lo acuoso y salado, como la noche y la
luna, pertenecen al universo femenino. Se me ocurre ahora que la dificultad,
el obstáculo quizá insalvable para los traductores del Cimetière
marin de Valéry radica en la contundente masculinidad de la palabra
mar en nuestro idioma.
Mar, en castellano, puede también emplearse
usando el femenino.
Tiene razón. Pero entre nosotros suena bastante raro, ¿no?
Salvo en la frase la mar en coche, que no sé qué significa.
Estaría bien si en vez de mariscos, dijéramos en cambio
frutos de la mar.
Usted ha dicho que a menudo, en los poemas de
amor de Lugones, el acto sexual no se consuma. En el soneto Delectación
amorosa, la frase tus rodillas exangües sobre el plinto ¿no
remite a un acto realizado y concluido?
A un acto sobre todo metaforizado. En ese soneto, el encuentro amoroso
de los amantes (como es habitual en Lugones) está presidido por
una luna enorme y un cielo poblado de murciélagos, a manera de
chinesco biombo. Más que en las rodillas exangües sobre el
plinto, la consumación erótica ocurre metafóricamente
en el último terceto: Y a nuestros pies un río de jacinto/
corría sin rumor hacia la muerte. Borges opinaba que esas escenas
eróticas en bancos, plintos y jardines eran jactanciosas y chocantes,
además de incómodas.
En el soneto anterior titulado El éxtasis,
luego de una descripción embelesada que celebra las amplias caderas
de una mujer, al final se oye el mugido de una vaca. ¿Se trata
de la necesidad de rimar praderas con caderas
o es un voluntario anticlímax?
Lugones cultiva los anticlímax. En su poema Luna de los
amores, donde aparece de manera velada y confidencial su conflictiva
inclinación erótica hacia las jovencitas, la escena ocurre
como de costumbre al atardecer. En la sala hay un piano que tiene dignidad
de ataúd, un reloj antiguo y muebles oscuros. Sentada al piano
está una clara doncella. Un virginal ruedo blanco adorna su vestido.
Es delgada y sensitiva, fina y sensible como flor de peral. El plenilunio
ilumina el ambiente. El reloj da la hora, y al mismo tiempo se oye en
el fondo a la mucama que está batiendo huevos en la cocina. El
detalle crea un anticlímax favorable al desarrollo narrativo del
poema.
¿Una ironía?
Es como una ironía... una forma de tomarse el pelo en medio de
esa atmósfera espiritual. Lugones, que se nombra a sí mismo,
es profesor de inglés de una chiquilina; y a la vez amigo de sus
padres que están muy preocupados por el aire enfermizo y el comportamiento
extravagante de su hija. Para tranquilizarlos, les insinúa que
quizás su alumna tenga el mal de luna; es decir que está
enamorada. Con una técnica que anticipa los Poemas solariegos,
se oye decir a la madre: Pero si aquí nadie viene fuera de usted.
Lugones se complace en imaginar que la jovencita lo ama en secreto, y
su corazón se preña de lágrimas oscuras. Después
agrega: No, es inútil que alimente un dulce engaño. El poema
forma parte de Lunario sentimental.
Borges decía que en ese libro Lugones
agota los modos de nombrar o figurar la luna.
Sí, sí. Lugones la nombró obsesivamente: con galantería
(pálida abadesa de una neutra abadía), con humor (luna colombina,
cara de estearina), con pavor (escarcha y luna, el mundo está tan
claro que da miedo). Borges dice en un poema que son inútiles y
vanas las imágenes con que los poetas de todos los tiempos han
pretendido representarla. Indescifrable y cotidiana, el mejor modo de
nombrar la luna sería simplemente la palabra luna. Imposible pedirle
a Lugones semejante sobriedad. En Lugones la luna es tema literario, pero
también mitología íntima y signo no verbal que lo
alucina. Detrás de la palabra luna se esconde toda la pasión
y el infortunio del poeta.
Hay otro Lugones, el de las Odas seculares, Poemas
solariegos y Romances de Río Seco, que parecería estar a
salvo del hechizo lunar.
Cuando no está alunado, o enamorado que es lo mismo, Lugones muestra
una notable capacidad de observación de lo real; se trate de una
tormenta de verano, un maizal, un gallinero, el vuelo de un pájaro,
o una libélula. Escuche cómo registra el vuelo de un picaflor:
Cruza el cielo de la tarde,/ y zumbando se pierde el picaflor,/ al sesgo
de su centella verde. O cómo describe en la Oda a los ganados
y las mieses el inicio de una tormenta: Viene ya el agua eléctrica
y sonora,/ hinchada en un sombrío azul de breva. O cómo
dice, con sencillez, que con la lluvia el campo se emociona. En las Odas
seculares hay una tierna evocación de su madre, doña Custodia:
Embellecía un rubio aseado y grave/ sus pacíficas trenzas
de señora. La sexualidad de los animales no lo perturba y puede
observarla con objetividad: Huele el toro a su vaca lentamente. Sin la
anestesia lunar y crepuscular, su poesía cobra resonancias épicas,
patrióticas: Llevo en mí la patria entera, escribe. Y también
en una carta a Darío: Mi alma vive en flameantes sobresaltos de
lucha, pues mi cuerpo es la vaina de una espada. Devuelto al mundo de
los hombres, se identifica con los caudillos de las montoneras en La guerra
gaucha y declara con sorna de compadrito criollo: Planta el culo de la
taba/ la existencia de un varón. Su héroe preferido fue
Aquiles, en tanto representa el arquetipo de las virtudes guerreras de
la antigua aristocracia griega. ¿Sabe cómo define Lugones
el sable granadero? Barra de luz viril.
¿Una pasión volcada al género
masculino, tal vez?
No. Bueno, no al menos en forma manifiesta. Pero si la hubo, se expresó
a través de la imaginería heroica de su poesía; solidaria
con su ideología política que sin duda fue retrógrada,
elitista y represiva. Lugones pasa por ser un helenista apasionado que
tradujo fragmentos de la Ilíada; sin embargo parecía ignorar
que el ideal de la cultura aristocrática y guerrera de los griegos
admitía y prestigiaba el amor homosexual. En su ensayo El
ejército en la Ilíada, Lugones no se da por enterado
de que el motivo por el que su admirado Aquiles vuelve al combate es porque
los troyanos matan a su amante y compañero de armas, Patroclo;
y él debe vengarlo aun sabiendo que el precio será su propia
muerte.
En su poema Lugones que se reproduce
aquí, usted menciona su suicidio en 1938 y lo asocia con el de
Mishima. Además del suicidio ¿encuentra en ellos algo más
en común?
Ambos fueron nostálgicos del pasado y empedernidos militaristas.
Lugones llegó a decir que el ejército era la última
aristocracia, la última posibilidad de organización jerárquica
en el país. Veía en el amor cortés de los trovadores
del medioevo un ideal de pureza al que era preciso volver para oponerlo
a la bajeza sensual de nuestro tiempo. Mishima, por su parte, ambicionaba
la restauración del Mikado en todo su antiguo ceremonial y su boato,
destruidos después de la derrota japonesa en la última Guerra
Mundial. Con esa intención consiguió reorganizar la orden
militar de los samurais. El escritor japonés se mató de
acuerdo con el ritual de esa orden, desangrado y finalmente decapitado
por otro samurai, que era su joven amante. Hace casi sesenta años,
Lugones (que había adherido al fascismo y proclamado la hora de
la espada) se suicidó en un recreo del Tigre. La mayoría
de la gente supone todavía que se pegó un tiro con la
nena, que así llamaba Lugones a la pistola con la que iba
siempre armado. Pero no, no hubo ningún disparo: se suicidó
bebiendo cianuro. Una forma de muerte que, para decirlo de algún
modo, no encajaba con su imagen de intelectual belicista.
¿Usted cree, como Borges, que Lugones
abusaba del diccionario?
En La guerra gaucha sobre todo. Eso la vuelve por momentos ilegible.
Llevado por su manía castiza y restauradora, resucitaba palabras
que son correctas pero que nadie usa.
¿Hay un doble discurso en Lugones?
Máscaras más bien; disfraces que ocultan y por lo tanto
revelan o insinúan en su poesía amorosa una zona vedada
que el poeta no puede expresar. Donde se siente más el esfuerzo
por disimular, por crear una especie de máscara de su verdad, es
en la poesía amorosa. Bernardo Canal Feijóo escribió
un ensayo donde sostiene que en el erotismo de Lugones hay una inminencia
de incesto afanosamente soslayada, que no hay motivos para presumir autobiográfico.
Hay algo que está insinuando, pero nunca lo tiene claro. O no lo
puede decir. O no lo quiere decir.
En un dossier de Diario de Poesía,
Charlie Feiling escribió que Los crepúsculos del jardín
es casi un libro pornográfico.
A mí me parece un libro medio kitsch, con tantas mujeres ojerosas
y enjoyadas, con manos de abatida aristocracia, torturadas de diamantes
y languideces felinas; o esas otras, de aspecto aniñado, que eran
las preferidas del poeta. La moda de la época, al acentuar la levedad
y el aire infantil de la mujer, creó un tipo de belleza femenina,
la mujer-niña (la femme enfant), que le vino de perillas a la inclinación
erótica de Lugones, pues le permitió expresarla dentro de
lo socialmente aceptable. La mujer-niña sustituyó a la luna
doncella. La novia espectral de Lugones cedió temporariamente su
lugar a un pérfido mamífero rosa, que lo seduce con sus
gestos y su aspecto aniñado. Melindres y rulos en tirabuzón,
estilo Mary Pickford, la Novia de América del cine mudo norteamericano,
idéntica a la muchacha del soneto La coqueta de Los
crepúsculos del jardín... Bajo los fluidos bucles en que
flota/ su rubia cabeza de fina beldad/ recluye en el ámbito de
la ancha capota/ con mimo adorable su puerilidad. Como lo he dicho antes,
Los crepúsculos del jardín responde a la estética
del modernismo; con su publicación en 1905 Lugones abandona el
tono de poeta visionario, típica del romanticismo. Darío
pensaba que los poetas eran torres de Dios, pararrayos celestes; y por
eso cuando leyó Las montañas del oro llamó a Lugones
Almafuerte de alta temperatura; por aquello del poeta como visionario
con una misión trascendente, divina, justiciera...
No parece estar muy convencido.
Es que vale la pena recordar que a la par de las corrientes literarias
de la época, influyeron en su poesíael espiritismo y la
teosofía, que estaban en boga a fines del siglo pasado.
¿La muerte es un tópico de escritores
de derecha?
No necesariamente; aunque parecería estar demasiado presente o
latente en esa ideología, y estalla de pronto en el grito ¡Viva
la muerte! de un mutilado general franquista, o reúne con
el nombre Novios de la Muerte a una banda de asesinos de pelo
cortado al rape. Amar y morir, qué dos cosas más parecidas,
exclama Lugones; que en su poesía amorosa aspira a la aniquilación
junto a su amante virginal, en el momento en que su deseo claudica heroicamente
y ella (casi una niña) se desvanece en azules lejanías,
o se convierte en compasivo serafín.
Borges, como discípulo y admirador de Lugones, heredó la
elocuencia de su maestro, su prurito épico y su lira galante; herencia
que fue pulida y sabiamente atenuada por su talento de escritor. Esto
es evidente si comparamos la imaginería heroica de los dos poetas.
La de Lugones, basada en los valores de fuerza y soberanía, con
sus cóndores asesinos, tigres solares y espadas regeneradoras,
se nos antoja hoy una antigualla retórica. La imaginería
heroica de Borges se aparta de la fanfarria lugoniana; no aspira a perpetuarse
en celebraciones y arengas patrióticas. Se muestra sobria y precisa
al evocar algunos nombres de su sangre: Mis antepasados fueron militares
y estancieros;/ uno peleó contra los godos,/ otro, en el Paraguay,
cansó su espada... Borges se refiere en un poema a la deseable
dignidad de estar muerto, y uno se pregunta qué dignidad otorga
la muerte. Tonterías. Prefiero esta simple reflexión de
Cernuda: Morir parece fácil,/ vivir es lo difícil.
¿Coincide con David Viñas en
que Lugones fue un hidalgo provinciano que bajó a Buenos
Aires a hacer carrera?
No. Era criollo Lugones. Yo diría que fue un provinciano pobre,
un cabecita negra medio achinado, orgulloso y respondón; y que
debió enfrentarse con el racismo y la frivolidad de los porteños.
Tenía un inmenso talento poético y una infatigable curiosidad
intelectual. Nunca dijo que descendía de estancieros ni se jactó
de que su bisabuelo fuese primo de Rosas. De sus antepasados criollos
sólo rescata a un oscuro militar, el coronel Lorenzo Lugones: Formó
parte del primer ejército de la patria,/ falleció en la
pobreza, pero con dignidad. Otros tiempos, ¿no es así?
|
 |