Estela de Carlotto, presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo
   
“NINGUNA DICTADURA PUEDE BORRAR LA GENETICA DE LOS PADRES”
 

El 16 de mayo de 1985 Enriqueta Estela de Carlotto prestó declaración testimonial en el juicio a las juntas militares que se llevó a cabo en los primeros meses de ese año, bajo el gobierno del presidente Raúl Alfonsín. Tomó la mayor parte de su declaración el juez y camarista Ricardo Rodolfo Gil Lavedra, quien se mostró fundamentalmente interesado -según se desprende por el tenor de sus preguntas- en desentrañar la trama organizativa y delictiva de los nueve comandantes de las Fuerzas Armadas argentinas acusados en el juicio.


La señora de Carlotto debió narrar las penurias psíquicas y económicas a las que fue sometida por los militares procesados frente a la austera imagen de otros cinco camaristas: los doctores Carlos León Arslanián, Jorge Edwin Torlasco, Andrés José D Alessio, Jorge Alejandro Valerga Aráoz y Guillermo Agustín Ledesma. Los seis, incluido Gil Lavedra, estaban enmarcados, a los ojos de Carlotto, por los respaldos rectos, altos y severos de sus respectivas sillas de madera; detrás de ellos había un gran vitraux con la leyenda “AFIANZAR LA JUSTICIA” entre dos figuras angélicas de perfil representadas, a su vez, dándole la espalda a un delicado Cristo esculpido en plata.


Durante el citado juicio Estela Barnes de Carlotto, a la sazón vicepresidenta de la Asociación Abuelas de Plaza de Mayo, declaró lo siguiente:


-Que su hija Laura Estela Carlotto, estudiante de Historia secuestrada en 1977, participaba en la Juventud Universitaria Peronista.


-Que en realidad la represión se desató contra su grupo familiar el 16 de setiembre de 1976, con el secuestro de María Claudia Falcone, adolescente de La Plata, hermana de su yerno.


-Que el 1 de agosto de 1977 allanaron y robaron los bienes de la vivienda de su hija poco después de que ésta se mudara de vivienda a un domicilio desconocido.


-Que ese mismo día, por la noche, secuestraron a su esposo y padre de Laura, cuando éste fue a ver porqué demoraban tanto en devolver la camioneta que le había prestado para la mudanza.


-Que fue a pedir por él al general Bignone, hermano de una amiga suya llamada Marta Bignone; que el general Bignone le dijo que se iba a ocupar.


-Que su esposo fue liberado algunas semanas después, luego de que ella pagara 40 millones de pesos (unos 30.000 dólares actuales) por intermedio de una persona que se presentó a pedir ese monto tres días después de la detención.


-Que dejaron de tener noticias de Laura el 16 de noviembre de 1977, luego de varios meses de sólo mantener contactos telefónicos, ya que prefirió no saber dónde estaba viviendo para protección suya y de la familia.


-Que Laura Estela Carlotto tenía entonces 21 años.


-Que volvió a ver al general Bignone para exponerle el secuestro de la hija y pedirle por la vida de ella.


-Que, sumamente nervioso y alterado, esta vez el general Bignone le dijo: “Señora, usted ve lo que está pasando. Uno les dice que se entreguen voluntariamente, que se les reduce la pena porque ese lugar de rehabilitación que hemos inaugurado existe. Pero ellos se van del país y nos siguen fustigando o se quedan. Yo hace unos días he estado en Uruguay en las cárceles donde están los tupamaros, y le puedo asegurar que allí se fortalecen y hasta convencen a los guardiacárceles. Eso no queremos que pase aquí, señora; acá hay que hacerlo, hay que hacerlo...”.


-Que ante el pedido de ella de que le devolvieran al menos el cadáver de su hija, el general Bignone le pidió todos los datos posibles que tuviera, y si tenía algún seudónimo, porque así sería más fácil localizarla.


-Que entregó 150 millones de rescate (unos 120.000 dólares actuales) el 13 de diciembre de ese año.


-Que primero a través de un anónimo, el 31 de diciembre de 1977, y luego por boca de una mujer llamada Elsa Campos, recién liberada de un campo de concentración -unos galpones donde se escuchaba ladrar a muchos perros y también el silbido de un tren- que se acercó al negocio de su esposo, en abril de 1978, supieron que Laura estaba bien y con un embarazo de seis meses y medio.


-Que por eso le daban colchoneta y algo más de alimentación.


-Que la hija le había pedido a esa mujer que les avisara que su bebé iba a nacer en junio, y que estuviesen atentos en la Casa Cuna.


-Que, ya integrada a la Asociación Abuelas de Plaza de Mayo, presentó recurso de hábeas corpus ante el Juzgado N 2 de La Plata a cargo del doctor Russo, quien le mandó decir mediante su secretaria que se quedara tranquila.


-Que el 25 de agosto de 1978 recibieron una cédula de la subcomisaría de Isidro Casanova para que se presentaran a efectos que se les comunicarían en el lugar.


-Que afuera de la subcomisaría, en la calle, en plena noche, recibieron el cuerpo semidesnudo y baleado de su hija, que estaba en una furgoneta, propiedad del dueño de una empresa de pompas fúnebres llamado Dercole, junto a otro cuerpo joven, de sexo masculino, que resultó ser el de Carlos Luis Lahitte.


-Que el rostro de su hija estaba destrozado.


-Que la enterraron en La Plata, sin certificado oficial de defunción.


-Que poco después recibieron la contestación del recurso de hábeas corpus rechazado: se desconocía su paradero.


-Que la autopsia la hicieron con la autorización del juez doctor Ortel, la dirección del científico norteamericano Clyde Snow y la colaboracón de estudiantes argentinos de arqueología.

Salvando las diferencias de intención y las distancias temporales que existieron entre las preguntas de los jueces y las nuestras, estas fueron las cosas que sobre la vida y la muerte de su hija contó Enriqueta Estela de Carlotto dieciséis años después de aquella declaración ante la Justicia:


-Yo digo que en el juicio se prueba la victimización de una familia completa, porque en realidad todos fueron víctimas, desde la mayor, que es la desaparecida y asesinada; la segunda, que fue al exilio y vivió corrida; el tercerro, que se exilió voluntariamente porque no aguantó la soledad de sus hermanos y la muerte; y el cuarto, que fue el que quedó a la deriva, el que vivió la soledad y el vaciamiento de la familia, con una mamá prácicamente dedicada a la búsqueda de la verdad, la justicia y al sobrino. Y mi marido, que después de que lo liberaron tuvo que recuperarse y ahora está muy, muy enfermo; las enfermeades no vienen por sí solas: él era diabético y ahora es parkinsoniano, cuando nadie en la famillia sufrió esa enfermedad. ¿Por qué? Yo creo que son secuelas.


La entrevista para este libro se realizó en la sede de la Asociación Abuelas de Plaza de Mayo, el 4 de junio de 2001, por los días en que todo Buenos Aires juntaba firmas para apoyar su candidatura al Pemio Nóbel de la Paz.


-Cuando pasa el tiempo la gente pierde el miedo. Ni me acuerdo lo que dije, fue hace tanto tiempo...
Tal fue el primero de sus dos únicos momentos de duda referidos a sus declaraciones durante los juicios. Pero de inmediato, en un tono sereno y continuo, sin prácticamente interrumpir ni corregir su relato en ningún momento, comenzó a hablar con la sintaxis precisa y organizada que puede leerse a continuación.

1.
-¿Cómo, en qué circunstancias fue secuestrada su hija?


-Las circunstancias exactas, el hecho en sí no lo tengo, porque Laura estaba viviendo en Buenos Aires. No tenía la dirección ni con quien vivía. La fecha que tomamos como posible del secuestro es el 26 de noviembre del 77. ¿Por qué estaba Laura en Buenos Aires, si había vivido hasta el 2 o 3 de agosto en La Plata, si de hecho en varias oportunidades me dijo que no me preocupara, que a ella no la buscaban porque no había hecho nada...? “Lo que yo hago, mamá, no es importante. A mí no me buscan...”, decía. Cuando se dá cuenta de que la estaban siguiendo paso a paso es el primero de agosto del 77 cuando se muda de donde estaba viviendo, con una pareja y dos criaturitas, a la casa de otro compañero, y para hacer esa mudanza le pide prestada la camioneta del negocio al papá, mi esposo, que en ese momento tenía el negocio de pinturas ahí en La Plata, y le dice que la iba a devolver a las cinco y media de la tarde. El muchacho que la iba a ayudar era un compañero de militancia. Ese día son como pantallazos sueltos que uno puede juntar en la misma historia: mi esposo en la fábrica, yo ejerciendo la docencia, los demás hijos en su lugar (ya Claudia, la segunda de mis hijas, estaba escondida porque habían secuestrado a la hermana de su esposo, María Claudia Falcone...) Mi esposo espera, espera, espera el regreso de la camioneta a una hora determinada y a las ocho y pico de la noche me llama y me dice: “Mirá, no me han traído la camioneta, acá pasó algo raro”.


-¿Esa fue la frase: “acá pasó algo raro”?


-Si. Ellos eran estrictos con los horarios, por una cuestión de metodología. Fui a la fábrica y conversamos: “Voy yo a la casa, vos quedate”, me dice y me quedé. Mi historia es que me quedé hasta la una y pico de la mañana. Y ya cuando me di cuenta de que no venía y estaba ahí yo sin saber ni qué hacer ni qué pensar llamé a mi hermano y le comenté lo que pasaba. Me fue a buscar y fuimos hasta la casa. Serían las dos y pico de la mañana. Y encontramos toda la casa iluminada, abierta, con gente sacando cosas; quizás eran ladrones comunes, pero se veía que adentro estaba todo tirado. Por supuesto dimos una vueltita y seguimos de largo, porque era terrorífico. Ahí me doy cuenta de lo que había pasado. La historia de mi marido es que fue a la casa, la encontró en esas condiciones, allanada, totalmente rota, entró y cuando va salir lo detienen: había autos escondidos en las sombras esperando ver quién llegaba para secuestrarlo. Un muchacho le dijo: “Carlotto, entréguese, no se resista”. Sabían bien quién era. Bueno, la historia de él es su secuestro durante veinticinco días. ¿Pero qué pasó con Laura? Ella llamó a los dos días muy tranquila: “Hola, qué tal, cómo están, yo ya estoy acomodada...”. Le dijimos: “¿No te enteraste?”. Dice: “¿De qué?”. Le dijimos: “Nada, secuestraron a la pareja con la que vos vivías, mataron al chico Posky que te ayudó a hacer la mudanza y papá está secuestrado. Está desaparecido. No sabemos nada de él”. Ahí tomó conciencia y se va de La Plata.


-¿Dijo a dónde pensaba ir?


-Para nada. Empezó a llamar periódicamente preguntando si se sabía algo de su papá. Cuando Guido, mi esposo, fue liberado a ella le dio una enorme alegría, pero seguíamos sin saber de dónde provenían sus llamadas.


-¿La liberación ocurrió gracias al pago de 40 millones de pesos?


-Claro. Puedo suponer yo que ha sido por eso. Habían pedido un rescate de esa cifra. Benito Reynaldo Bignone me recibió en su casa en Castelar. Y ahí él dice: “Ve, señora, pagan justos por pecadores. No asumen las responsabilidades. Yo le voy a mandar a un amigo. Téngale confianza que él la va a ayudar. Pero no entregue dinero a nadie...” A todo esto yo ya había entregado esos 40 millones.


-¿Cómo surgió el pedido del dinero?


-La cuestión fue que cuando desapareció Guido yo empecé a moverme. Mi amiga íntima Beatriz Mariezcurrena tenía un cuñado, Martín, que conocía a una persona que tenía acceso a esos lugares. El fue el intermediario encargado de llevarle el dinero a una persona que yo no sabía en ese momento quién era pero que después lo supe: un tal Recalde Pueyrredón, un hombre de ultraderecha. El mismo día, o al siguiente del secuestro de Guido, el cuñado de mi amiga vino diciendo que le habían dicho que, para liberarlo, necesitaban 40 millones de pesos antes de las tres de la tarde del miércoles, porque tenían que dejar la “guardia limpia”. Sin saber qué más hacer, vi a cuanto abogado mafioso podía ver. Me acuerdo cuando entré y le conté lo que me pasaba a uno. Me mirí y me dijo: “Bueno, mañana tráigame ocho mil dólares. Yo después le traigo noticias”. Cuando comenté en el barrio quién era, porque a esa altura era todo un revuelo, me dijeron: “Noooo. Con ese tipo no. Mirá que ese te lleva la plata y no hace nada”.


-¿A cuánto equivaldrían esos 40 millones hoy?


-Por lo que me costó juntarlo sería como una casa o un departamento: 30.000 dólares, una cosa así. En un día salí a empeñar lo que tenía, a cobrar deudas de mi marido, a pedirle al prestamista y a los amigos. Todo en un día. Lo junté junto con los remedios de la diabetes de mi marido y se lo di a este muchacho.


-¿Desconfiaba de la policía como para hacer la denuncia ante ellos?


-Fui a la policía. No a la Jefatura sino en la Central, que está en la Calle 12 y 60. Yo no sé si les conté todo, porque lógicamente no le iba a dar a ellos elementos, pero les dije que mi esposo había estado buscando a su hija, que no había regresado a su hogar y que me averiguaran si estaba detenido en alguna dependencia. Y ahí me dijeron: “espere”, y empezaron a llamar a todas las comisarías. “No, señora, no se encuentra detenido en ninguna comisaría”. Lo que no hice fue ningún recurso de hábeas corpus. Yo ni sabía lo que era un desaparecido. En mi vida me había pasado una cosa así.


-Y fue más expeditivo darles el dinero...


-Claro. Por un lado. Pero a pesar de haber dado el dinero Guido no aparecía. Así que fui a hablar con Bignone a la casa, y ahí Bignone me manda a ver al coronel Rospide.


-¿Hablaba en esos días con Laura acerca de estos movimientos por encontrar a Guido?


-No. Nuestras conversaciones eran una cosa muy breve de “¿Hay novedades?”, “No, ninguna” y punto. No se podían dar explicaciones. Era muy riesgoso.


-¿Por qué riesgoso?


-Por los teléfonos intervenidos. Y porque podía ser capturada. En definitiva la habían ido a buscar a ella. En realidad por unos cuantos días le perdí el rastro a Laura. No sabía dónde se podía haber metido. No puedo saberlo. Después, cuando su papá recuperó la libertad, me llamaba a la escuela donde yo daba clases.


-¿Cuándo lo liberaron a Guido?


-El 25 de agosto del 77, tarde a la noche, serían como las once y media. Lo sacan de ese lugar, le devuelven la billetera, vacía por supuesto, y lo meten en el piso del asiento de atrás con los pies de los tipos arriba, y lo empiezan a traer para el lado de Lanús. El, que viajó durante treinta años a Avellaneda, y que todos los clientes los tenía por esa zona, se dio cuenta, por las vueltas de la rotonda, por los bocinazos que se daban en las camineras, por los comentarios que hacían, que lo llevaban por Lanús. Y ahí, en una villa miseria, encapuchado, muerto de frío porque era pleno agosto, le dicen: “Bajate, mirá para adelante y caminá. ¡No mires!”. Y él dice: “Bueno, ahora vienen los tiros por la espalda”. Cuando se queda así, quieto, parado, ya esperando... morir, siente que el auto se pone a andar, retrocede, las luces se pierden y el auto se va. Y lo dejan parado ahí, en medio de la noche. El dice que se sacó la capucha, miró el cielo, las estrellas y lógicamente fue volver a vivir, ¿no?, que todavía dice: “ me crucé con la gente de la villa, a uno le pedí un peine y cuando me miró salió pero corriendo porque realmente el estado en que yo estaba daba lástima”.


-¿Durante su detención lo interrogaron sobre Laura?


-Fundamentalmente. Lo torturaron muchísimo preguntándole por las dos hijas, por Laura y por Claudia. Y él les decía: “No sé dónde están, y si lo supiera, se imagina que no se lo voy a decir”. Ahí vio chicos y chicas colaboradores, que después se supo quiénes eran que lamentablemente fueron eliminados también. Y alguno le decía: “Carlotto, hable. Le conviene hablar. Diga lo que sabe”.


-¿Cuáles eran las actividades de Laura?


-Era estudiante en la Universidad de la Plata. Seguía el profesorado de Historia. Pertenecía a la Juventud Universitaria Peronista y Montoneros. Ella tenía el rol de prensa, no sé si para publicar o imprimir. Laura no estaba en ninguna lucha armada. Más de una vez el papá le abrió desesperado la cartera a propósito y nunca encontró un arma. Evidentemente muchos las llevababan, lo mismo que la pastillita de cianuro, para defenderse o eliminarse antes de que los agarrararan y los torturaran para sacarles información.


-¿Conversaban de estos temas en las reuniones de familia?


-Previo a la dictadura tuvimos muchas conversaciones... Hemos hablado muchísismo, lógicamente. Me encontraba con ella en el centro, íbamos al cine... Yo veía cómo mis dos hijas mayores tenían una actividad política estudiantil. Claudia era de la UES, venía con sus compañeros, armábamos banderas. Todo normal, todo totalmente legal. A mí precupaba que fueran peronistas: yo, que venía de una familia completamente antiperonista, pensaba las cosas de la UES que se decían en la época de Perón, y se me ponían los pelos de punta. A Laura le gustaba la doctrina justicialiasta porque hablaba de igualdad, de ayuda a los más desposeídos, en fin, la doctrina justicialista, la obra de Eva Perón. Nosotros no podíamos entender que tuviesen esa simpatía y ese compromiso. Yo le decía porqué no iba a hacer beneficiencia. “Pero mamá, lo que yo estoy haciendo es para que no existan las Casas Cunas! Este país se derrumba, hay torturas, hay muertos, desaparecidos... Pero no te preocupés que a mí no me va a pasar nada...” Muchas veces nos encontrábamos los domingos para almorzar en un restaurante cerca de casa y ella venía llorando porque habían matado a un compañero o desaparecido a otro. Cuando se casó perdimos toda influencia y posibilidad de darle consejos. Se casó a los 18 años, en el año 72, ya cuando las Triple A funcionaban que daba terror. Mi miedo era que le pasara algo. De hecho con la Triple A en La Plata fue terrible: los muchachos, los sindicalistas aparecían muertos... Uno lo que quería era salvarla, preservarla, desviarla de eso, tratar de protejerla de la manera que uno sabía... Pero, ¿cómo te podría decir?, tengo como retazos. Y muy mala memoria... A veces mi esposo me cuenta cosas que yo no me las acuerdo... Es una historia muy pesada...


-La memoria funciona así. La memoria acomoda, la memoria corrige...


-Distorsiona, sí. Y con el tiempo las cosas se distorsionan o se idealizan. Se dramatizan... Tengo como imágenes, pero la historia cronológica, completa la he perdido. Quedó embarazada de ese primer matrimonio y en el interín perdió dos bebés, el segundo en un embarazo muy avanzado. Y yo la acompañé mucho. A los veinte se separó. Me quedan como sensaciones, imágenes... Una vez íbamos tranquilamente caminando por la calle 8 y de repente aparecieron miles de jóvenes cantando las consignas de montoneros, marhando al lado nuestro durante dos cuadras; yo me quedé dura porque esas cosas me daban miedo y ella se qudó al lado mío: “Qudate tranquila, mamá”, me dijo y a los dos minutos no había nadie. Después se reía: “Mirá los chicos, los compañeros, las cosas que están haciendo...” Eran estrategias militantes. Pero hubo otra vez, en una charla posterior, antes de que al papá lo secuestraran, que nos sentamos a tomar algo en una confitería también de la calle 8, pero un poco más hacia la 60, y tuvimos una charla fundamental. Ella me preguntaba por los hermanos a los que veía y a los que no, como Claudia, que ya estaba escondida; por el padre, mis abuelas y mi mamá... Así, de miles de cosas, y entonces le dije: “Laurita, tu papá quiere que te vayas. Tiene la plata, el lugar, todo para sacarte... Acá estás corriendo riesgos, vas a correr riesgos, te puede pasar algo...” Mi pregunta era: “¿No te dejan ir? ¿La Organización no te deja ir? Si vos te vas, ¿te consideran traidora? ¿te matan?”. Burguesa como era, yo estaba acostumbrada a creer todo lo que me decían. Se me rió: “Mamá, qué estás diciendo. Yo me voy cuando quiero. No me voy porque no quiero”. Le digo: “Pero papá...”. “No, no, no, mamá. Yo no me voy a ir. Yo estoy acá. Estoy bien. Estoy haciendo lo que debo. A mí no me va a pasar nada. Yo lo que hago no tiene importancia.” Y: “Nadie quiere morir. Tenemos un proyecto de vida. Nadie quiere morir. Pero seguramente miles de nosotros moriremos”.


-¿Así dijo?


-Así. “Pero nuestra muerte, mamá, no va a ser en vano”. Eso me lo dijo y se me grabó. Lo demás me lo olvido, pero eso no.


-Qué feo.


-Fuertísismo.

2.
-¿Era una revolucionaria su hija?


-Era una especie de revolucionaria con los pies en la tierra. La verdad que en la ciudad de La Plata estaban matando permanentemente. Y ella sabía. No quieras saber vos las anécdotas que tengo de las maestras que llegaban temprano, horrorizadas por lo que veían. Incluso a una le tiraron dos chiquitos para que los tuviera porque habían secuestrado al que los llevaba. Le dijeron: “Ya los venimos a buscar” y no vinieron a buscarlos y los tuvo que llevar a la Casa Cuna con un compromiso, un miedo y un enorme dolor por esas criaturas. Todos los días había historias patéticas.


-¿Qué otros retazos tiene de la vida de Laura?


-Vivía con su primer esposo a dos cuadras de casa. Después que se separó vivió con una amiga en un departamento justo enfrente de la comisaría de la zona. Yo le decía: “Pero estás acá, en la boca del lobo. Estos son los que salen a secuestrar”. Pero ella estaba por encima de todo eso. Era casi como un desafío. Como una audacia. No demostraba miedo. Sino convicciones. Convicciones muy fuertes.


-¿Cuáles eran sus proyectos de vida?


-Sus estudios eran de Historia, en la Universidad de Humanidades de La Plata, pero más que estudiar en el fondo militaba. Había un movimiento de juventud participante muy grande: convocatorias permanentes, arengas, salidas. Como ella ya no vivía con nosotros no conrolábamos y no podíamos saber cuántas materias había hecho, en qué año estaba o cuánto había cursado. De casualidad guardé una especie de parcial que tuvo que dar. Lo guardé, mirá vos, para poder demostrar a la sociedad, y más que nada a organizaciones como la OEA o las Naciones Unidas, que mi hija estudiaba y no era una terrorista: había que presentar un dossier del hijo para demostrar que era un ser humano, no un delincuente.


-¿Cuándo comenzaron a hacer esas denuncias?


-Algunas abuelas habían ido a Italia a ver al presidente y a parlamentarios. Después empezamos a ir a la OEA en Washington y a las Naciones Unidas en Ginebra. Las estrategias institucionales las fuimos inventando sobre la marcha. ¿Cómo podíamos demostrar que estábamos hablando de chicos que tenían un hogar, que muchos estaban casados y tenían hijos, que eran -como Laura- de una familia cristiana? Todo para ir en contra de la historia oficial, que hablaba de que eran asesinos, parias y demonios. Cuando lo armé ya Laura había sido asesinada pero lo hice para hallar a mi nieto. Lo encabecé con una foto de Laura cuando era bebita. Entonces puse: “Laura, a los nueve meses. Mi nieto tiene tanto tiempo. Se debe parecer a ella”. Y después empecé con fotos de los cumpleaños, de la comunión de una amiguita, de fiestas familiares, nosotros en la playa, el hogar, los seis juntos...


-¿Ayudó alguien de la familia en la confección de ese dossier?


-No, lo hice sola. Claudia ya estaba en el exilio. El varón, Guido Miguel, también estaba en el exilio. Con nosotros quedaba sólo el más chico. Así que yo a lo sumo hice alguna consulta con mi marido, para la búsqueda de algún papel. Y ahí puse, bueno, la constancia de esa materia que rindió; los certificados de embarazo, para demostrar que era fértil: o sea, que podía tener hijos. También todos los recursos de hábeas corpus que había presentado. Cada abuela armó uno.


-¿Cuánto tardaron? Debió ser muy movilizador hacerlo...


-Lo habremos hecho en un mes porque, mirá, ese sentimiento de que estás moviendo cosas quedó aislado por el compromiso y la necesidad que teníamos de encontrar respuestas para encontrar a los nietos. No era una cosa que me deprimiera. Había una fuerza de adentro. Como una fuerza de lucha. En el momento de acción guardás ese dolor enorme y trabajás. Es cambiar una cosa por otra.


-¿Qué más recuerda de Laura?


-Mirá, siempre digo que Laura fue una hija muy esperada, muy soñada. Nosotros tuvimos un noviazgo largo, y hablábamos de que íbamos a tener hijas mujeres. La primera se iba a llamar así por la canción de esa película de suspenso, “Laura”, que hizo Jane Tierney; el tema era la muerte de la protagonista: cómo la asesinaban y después no era que la habían matado a ella sino a otra persona... No tengo memoria ni siquiera para eso, mi marido se debe acordar de todo... La actriz ésta se destacaba muchísimo en ese rol misterioso... Laura nació un 21 de febrero de 1955. ¿Cómo fue? Una chiquita de mucha personalidad. Llena de convicciones. Le gustaba pintar, en su casa todo estaba hecho por ella, cuando fue más adolescente se creaba sus vestidos... A los trece años se puso de novia con un chico de dieciocho años, lo cual nos trajo un disgusto enorme, porque él nos parecía un hombre y ella una criatura, y ahí ya demostró su carácter: “Mirá, mamá, te puedo mentir y decir que no lo voy a ver más, pero sería muy feo. Yo te digo la verdad: lo voy a seguir viendo porque lo quiero. La opción la tenés vos”. Ahí demostró la fuerza de su carácter. Estuvo cinco años de novia con ese chico, un chico magnífco. Pero vivió apurada. Laura vivió apurada la vida. Todo rápido.


-Y de ese chico luego se separó...


-Ella se enojó con ese chico porque era demasiado absorvente. Ya empezaba a tener sus actividades militantes y había conocido al que fue su marido, a pesar de que yo también le dije “cómo estás segura, apenas lo conocés”, “porque lo quiero”, me dijo, y aunque hablé mañana, tarde y noche no hubo nada qué hacer. Entonces la acompañé a hacer todas las compras que necesitaba para su casa. No quiso fiesta de casamiento como no había querido fiesta de quince años -ni una torta aceptó!- pero hicimos una reunión familiar. Laura tenía una predisposición a la adultez un poco prematura. Y era muy responsable. Se puede hablar de que los adolescentes dan trabajo; ella fue todo lo contrario. Y muy compañera con el padre: le atendía el negocio, se divertía mucho. Y conmigo también. Bueno, ese es el recuerdo que yo tengo.


-¿Cuándo la vió por última vez?


-El 31 de julio de 1977.


-¿En una reunión, un encuentro...?


-Fuimos todos a Buenos Aires a pasar el día a la casa de una tía y unos primos. Claudia estaba escondida pero la vimos. Laura ya estaba separada y hacía su vida. Generalmente los domingos íbamos a comer asados al Parque Pereyra Iraola, pero ese día fuimos a la casa de esta tía. Era la pelea de Monzón, no me acuerdo cuál, una muy importante. Yo veo que en un aparte ella le cuchichea algo al papá. Al ratito se corta la transmisión y se pasa una arenga de los montoneros, contra la oligarquía y por la liberación. Es que ella sabía que esas interferencias que hacían con las radios portátiles se iban a repetir durante la pelea. Y después que la dijeron ella se reía. En el viaje de regreso, que veníamos todos juntos, le dice al papá: “Viste, papá que la iban a pasar”. Estaba realmente contenta.


-¿Guarda cartas, papeles sueltos de ella?


-No muchos. Ese parcial que te dije. Tengo una última carta que le escribió a Remo, su hermano menor. No tiene fecha pero fue para octubre. Le dá consejos -dijo y entonces le pedí que la leyera completa.
“Querido Remo:
¿Cómo estás después de tanto tiempo? Tantas cosas pasaron y nosotros no pudimos charlar. Me acuerdo mucho de vos. Los compañeros ya te conocen de tanto que hablo de mi hermano. Te quiero mucho y te extraño mucho también. Siempre te tengo presente igual que al resto de la familia. Espero que todo lo que vivimos y hoy nos toca pasar, este distanciamiento físico, no te joda, que entiendas que es doloroso pero desgraciadamente necesario por nosotros mismos y por la lucha que todo un pueblo que quiere justicia y merece que nosotros peleemos por ello. Tenemos que tener confianza. Toda esta masacre y persecución que sufrimos nosotros como muchas familias no puede ser eterna. Somos más y queremos la justicia. Por eso vamos a vencer y poder estar juntos nuevamente. Hoy me arrepiento de no haber profundizado más nuestra relación, charlar más cuando nos podíamos ver, pero no importa. No tenemos dejar que estas circunstancias nos separen. Al contrario, nos debe unir cada vez más y aunque sea por carta estar juntos y charlar, por eso quiero que vos también me escribas cuando tengas oportunidad de contestarme. Contame cómo estás, qué pensás, qué hacés, cómo te va en la escuela con tu novia, ya que me enteré de que tenés otra compañera. Quisiera que me sientas realmente como una amiga y que tengas confianza en mí y me cuentes todas tus cosas, que todos los días me cuentes un poquito, me lo escribas y después me lo mandás todo junto. Por mi parte estoy muy bien, te habrás enterado que tengo compañero, que es muy petisito, muy macanudo. Yo lo tengo cansado de tanto hablar de ustedes. Me gustaría que lo conozcas. Posiblemente en el verano nos podamos ver y así estar unos días juntos, ¿te gustaría? Así que acordate cuando hagas planes para el verano que te tenés que reservar unos días para nosotros. Me contó papi que no jugás más al tenis. ¿Por qué? ¿Te aburriste? No dejes que lo que estás viviendo te tire abajo. Tenés que ser fuerte y ver las cosas con optimismo. Tratá de charlar con Quibo, con mamá y papá que ellos te pueden ayudar mucho. Son muy macanudos y aunque pienses que a veces no te entienden, como nos pasa a todos algunas veces, te das cuenta después que no es así. Tené presente que toda la lucha que llevamos adelante los montoneros es dura muchas veces pero a la vez hermosa ya que peleamos por amor, por amor al pueblo, a la justicia y a la libertad. Y aunque a veces entreguemos hasta nuestra vida lo hacemos convencidos de que es necesario y es ésta para nosotros la forma de ser felices. Remo, no dejes de escribirme. Un beso muy, pero muy grande de quien te quiere mucho. Chau.
Laura”


-Acá sí habla más políticamente.


-¿Dónde le iba a escribir Remo, si desconocían su dirección?


-Teníamos una forma de conectarnos. Ella nos mandaba cartas a la casa de un familiar y Guido se las llevaba. Después que fue liberado Guido dejaron pasar un tiempito, se aseguraron que las cosas estaban bien y en su lugar y empezaron a planificar encuentros. Se vieron muchísimas veces con Guido. Por lo general en Buenos Aires, en lugares determinados, y ahí mi esposo conoció a este compañero petisito del que habla en la carta.


-¿Por qué no hubo encuentros con usted?


-Por seguridad. Como mi marido tenía un comercio y viajaba mucho a Buenos Aires no llamaba la atención. En cambio a mí me podían seguir. Justo para el mes siguiente iba a ir. “La próxima vez, mamá...”. No, no me decía mamá. Podía correr peligro. “La próxima vez vengan los dos”. La escuché tranquila. Lógicamente perseguida. Pero con nosotros siempre se mostraba tranquila. Una vez le entregó a mi esposo una carta para otra persona y él la abrió, como buen padre, y ahí el llamado era desesperado: “Quedamos pocos. Estamos cercados. Por favor...” Claro, eran grupos que cuando los rompían quedaban dispersos.


-¿No surgía de vuelta la posibilidad de que se fuera del país, en esos encuentros?


-Mi marido siempre le tiraba algo. Pero ella no quería. Fue una cosa muy fuerte en ella esa militancia. Y no sólo en ella. Porque Laura no es sola. Estamos hablando de 30.000. Estas historias son cotidianas.


-¿Fueron mártires?


-No. Ellos querían vivir. Claudia está viva, tiene seis hijos y una alegría y optimismo de vivir enorme. No eran kamikazes, no, no, no. Lo que pasa que la cacería fue terrible. No era una persecución política en la que llevaban preso a alguien que dijera algo indebido. Acá era el secuestro a cualquier hora, rompiendo puertas en la madrugada llevándose viejos, jóvenes y después la tortura y la muerte.


-¿Qué noticias tuvo del cautiverio de Laura y cómo llegó a tener noticias de que había tenido un hijo?


-A Laura nosotros la damos por desaparecida el 26 de noviembre. Quisimos averiguar, tuvimos alguna información equivocada. Guido sabía, por su propia experiencia, que a los chicos les clavababn una inyección de Pentotal en la espalda para matarlos, entonces yo pensé que la habrían matado así, enseguida. Yo no sabía que estaba embarazada. Posiblemente ella esperaba el verano para darnos la noticia. Seguramente no querría preocuparnos. Ahí volví a verlo a Bignone, que me recibió muy loco, con un arma sobre el escritorio, y me dio una arenga: “Ve, señora, uno les dice que se entreguen voluntariamente pero siguen desprestigiándonos en el exterior! Acá hay una cárcel modelo para que se recuperen!”. Yo le pedí que no la mataran, que si había cometido un delito la juzgasen y condenasen, que la familia la iba a esperar. “Usted dice eso, pero yo vengo del Uruguay, donde los tupamaros que están en las cárceles se fortalecen en sus convicciones, crean problemas, convencen a los guardiacárceles... Acá no queremos esto. Acá hay que hacerlo”.


-Eso es calcado. Así lo dijo usted durante el juicio a las juntas.


-Porque eso me quedó grabado. Porque eso fue la lápida. Ahí yo dije bueno, si me la mataron, quiero recuperar el cuerpo, no quiero volverme loca como tantas madres buscando en los cementerios y en las tumbas anónimas. Ahí él me preguntó cómo le decían, cuál era su apodo. Y me fui destruida. Eso fue creo que un 17 de diciembre. Mi marido me estaba esperando con el auto a unas cuadras. También había que tener coraje para entrar a ese lugar. No sabías si volvías a salir. El 31 de diciembre recibimos un anónimo por correo donde nos dicen que Laura estaba bien, bajo fuerzas de seguridad, con su compañero. Que perdonáramos el anonimato por razones obvias.


-¿Decía dónde estaba exactamente?


-No, no, no. Eso tuvo que haber sido escrito antes de que lo asesinaran a él, porque al compañero de Laura lo asesinaron antes del 28 de diciembre. Un amigo de Guido también le trajo noticias de que “la hija de Carlotto” estaba bien. Después, el 17 de abril, se acerca una mujer al negocio de Guido y le dice con mucho miedo que había ido a llevar un mensaje de Laura. Habían estado juntas en un lugar que no sabía dónde era -que había el silbido de un tren, que había ladridos de perros, que mucha gente que entraba y salía, torturas, gritos- pero que Laura estaba bien, con seis meses de embarazo, y ahí nos enteramos que estaba embarazada. Laura nos mandaba a decir que le daban de comer un poquito mejor y que el bebé iba a nacer en junio de ese año, y que si era varón lo iba a llamar Guido, como su papá. Y que yo lo buscara en la Casa Cuna. Eso fue una enorme alegría: estaba viva, esperaba un hijo, cómo la iban a matar. Nos iban a entregar al nene y después a ella le iban a dar la libertad cuando quisieran. Era la lógica humana. A partir de ese momento empiezo a pensar en jubilarme para poder criar a mi nieto. Me contacto con las Abuelas, que yo no sabía que ya estaban trabajando, inicio mi jubilación anticipada... que me llega el 30 de agosto... tres días después de enterrar a Laura.
-¿Se agrupó con Abuelas antes de saber que su hija había fallecido?
-Claro. Unos meses antes. Me agrupé por el mes de abril. Todavía tenía la ilusión de que la iban a dejar en libertad o pasar a disposición del Poder Ejecutivo. Todos los días leíamos las listas enormes que aparecían en el diario. Una vez apareció una Carlota y todo el mundo me llamó para decirme que había aparecido: “No, Carlota dice. Carlotto es el apellido.” Además yo pensaba que en cualquier momento me entregaban el bebé. Empecé a buscarlo en la Casa Cuna y en otros lugares. Y ahí me junté con las Abuelas para hacer las gestiones en común... Y bueno, después no tuve más mensajes directos. Tuve la realidad, que fue el asesinato de Laura. Pero buscando información sobre otros chiquitos en el año 80 me encuentro con gente en San Pablo, Brasil, cuando venía el Papa, y ahí una chica me empezó a hablar de una chica liberada llamada Rita que había tenido un nene varón, a quien habían liberado el 24 de agosto en las últimas horas de la noche para que se encontrase con su familia y su hijito. Cuando me contaba que esa chica Rita tenía un papá con negocio de pinturas me di cuenta de que estaba hablando de Laura. “Mirá, vos estás hablando de Laura, mi hija, pero mi hija no fue liberada; mi hija fue asesinada”, le dije. “No, a Rita la liberaron”, contestó. “Si la hicieron bañar, cambiar... Yo le ofrecí un corpiño de encaje negro para que se llevara de recuerdo... A esa chica la liberaron. La sacaron con Carlitos, un compañero”. Y yo dije: “Sí, justamente hubo dos muertos. Me la entregaron muerta”. Ahí yo tengo información de cómo estaba, qué hacía y qué decía. Después me encuentro con María Laura Bretal, que también estaba embarazada y tuvo su bebé en agosto y además la liberaron. Tengo un conscripto de testigo que vio el nacimiento en el Hospital Militar Central. Tengo una parejita en La Plata que también estuvo con Laura. Mi hija ya era medio experta: los atendía, exigía atención médica, le daba su comida a los otros, porque esa chica de La Plata estaba medio desnutrida. Y bueno, cuando la sacaron esa noche le dijeron que la iban a liberar pero ya se dio cuenta de que la iban a matar y se despidió de sus compañeros. “Mirá, nos van a hacer boleta”.
-¿Eso lo contó la otra chica?
-Me lo contó Alcira Ríos, que ahora es la abogada nuestra. A Carlitos lo enterraron como NN. A Laura nos la entregaron. A mí me querían dar los dos cuerpos, pero no me querían decir quién era el otro muerto. Les digo a los funebreros: “Si me dicen quién es me lo llevó, y busco a su familia!”. Me dicen: “No, no sé, no sabemos...”
-¿Por qué piensa que a usted sí le entregaron el cuerpo de su hija?
-Por este Bignone. A mí no me cabe ninguna duda de que este Bignone habrá dicho: “Cuando le toque que la maten le entregan el cuerpo porque yo se lo prometí a la madre”. Un torcido gesto de honor podrido, como el que tienen ellos.
-¿Volvió a ver alguna vez a Bignone?
-No. Ni lo he visto ni he hablado con él. Sí lo tengo en la cárcel domiciliaria. “Lo tengo”, digo porque ese tipo estaba libre de culpa y cargo por ser miembro de la cuarta Junta, y no es así: él es tan asesino como los demás. Y ahora está preso en su casa por sustracción de bebés. Alguna vez dijo que la señora de Carlotto lo perseguía desde 1983. Yo no lo persigo a él ni persigo a nadie, aunque Laura en el cautiverio dijo: “Mi mamá no les va a perdonar a los milicos lo que me están haciendo. Y los va a perseguir mientras tenga viva”. Lo cual significaba que me conocía más que yo misma porque yo no era mujer heroica. Nunca había participado en nada. Era una mujer de un origen de clase media baja, criada en épocas dulces si se quiere; nunca me iba a imaginar que iba a seguir toda mi vida a esto. Tenía razón Laura.
-¿Lo siente como una especie de mandato?
-No. Digo que ella sabía lo que yo iba a hacer. Primero porque siempre fui muy leona con mis hijos. Cuando había un conflicto escolar siempre iba a favor de ellos; yo era maestra y sabía cómo son a veces de tiranos los maestros. Me podían hacer cualquier cosa a mí, pero a un hijo...
Entonces noté que a su espalda, en el pequeño despacho donde nos habíamos estado conversando recluídos, porque el resto de la sede de Abuelas estaba copado por un equipo de la televisión que filmaba una telenovela, había una discreta foto en blanco y negro de Laura Carlotto, colocada sobre una cartulina verde claro, sin siquiera un vidrio encima para preservarla del polvillo del aire. Es una mujer bella, joven, de pelo oscuro y ojos renegridos.
-Tenía 18 años ahí. Es una de las fotos del casamiento que yo la aislé del resto y la puse acá.
-Y desde entonces se ha dedicado a buscar a su nieto...
-Si, porque al contrario de lo que se puede pensar, que enterrar una hija destruye para siempre, como la muerte no fue por mandato de Dios sino de la injusticia del hombre, yo estoy luchando por la verdad y la justicia para ella. Y el encuentro del nieto es fundamental. Es parte de la historia de Laura y de su hijtito, que hace poco cumplió 23 años.
-¿Está segura de que lo va a encontrar?
-Estoy segura. Este año ya encontramos varios. Así que yo no sé si un día no va a tocar el timbre de esta casa. Si tiene la duda de su identidad...
-¿Cómo lo imagina ahora, que tiene la misma edad que tenía la madre...?
-Al no conocer al papá, yo me lo imagino como ella. Lo que más me atrae pensar es que va a tener los ojos de Laura. Oscuros, un marrón marrón, grandes. Y quizás el pelo, un pelo pesado, el pelo caído del que Laura estaba orgulloso. En lo demás puede parecerse o no; puede ser menudito como ella o quizás haber salido a un tío alto. Ahora, por el trabajo que se tomaron de llevarla a Laura a dar a luz al Hospital Militar Central, desde La Plata a Buenos Aires para que tenga una atención buena; por el que se tomaron preguntándole pocas horas antes de que naciera qué color de ajuar quería para el bebito, que ella dijo: “blanco”, y se lo habrán comprado... A las pocas horas del parto llevaron de vuelta a Laura a La Plata, pero mi nieto quedó ahí. Estas precauciones no son casuales. Por eso pienso que mi nieto debe estar en poder de una persona importante, militar o civil. Ya lo tenían para alguien. Porque los otros chicos nacieron en los campos clandestinos, en el suelo, en las comisarías... Laura era inteligente y era bonita. A veces los padres ladrones quieren una garantía. A lo mejor ideológicamente ahora es totalmente distinto a sus padres, porque lo criaron así. Debe estar criado por alguien con dinero, seguramente yendo a alguna universidad privada, viviendo una vida acomodada... Pero ¿sabés qué tiene él? La genética de los padres. No se puede borrar éso. Ninguna dictadura va a poder hacerlo.


por Alejandro Margulis

   
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