Abelardo Castillo
   
LOS ANTROS CRUELES
 

"Ahora recuerdo en qué otra desencantada expresión me hace pensar la suya, en qué otros ojos observé el mismo mirar, pero no tiene nada que ver, nada que ver, es algo distinto y hasta opuesto, aunque deberé referirlo también, deberé narrarlo porque no podría acarrearlo conmigo más allá de la muerte. Parecía pueril, insignificante, pero no lo fue. Si se analiza bien se advertirá que no lo fue. Era el tono de un tipo de crueldad irreflexiva, maquinal, una crueldad que no se propone ser cruel."

La casa de Manuel Mujica Lainez, 1954

"El realismo bien entendido no es una escuela, ni una corriente, ni otra cosa alguna por el estilo; es el único modo de hacer obras de ficción. Incluso, obras fantásticas.”

Abelardo Castillo, Ser escritor, 1997

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Abelardo Castillo habla despacio, modulando cada una de sus frases. Sus apreciaciones pueden resultar polémicas o contradecir las modas de la época, siempre en beneficio de los textos; aun en el caso de un autor tan alejado de sus principios ideológicos como Manuel Mujica Lainez. La entrevista se desarrolló en su casa. Sentado en un sillón del living frente a un tablero de ajedrez, la única concesión que obtuve de él fue la de mover primero.

¿Clasificaría La casa como una novela de literatura fantástica?

No. Aunque Mujica Lainez es un excelente escritor de literatura fantástica, diría que es una obra realista que incorpora elementos fantásticos. Si el solo hecho de que en una obra aparezcan fantasmas la convierte en literatura fantástica, también tendríamos que poner en esa categoría al teatro de Shakespeare.

No me refería tanto a los fantasmas sino al hecho de que una casa hable.

Se trata de un recurso puramente literario.

¿Es una novela esotérica?

Sobre eso podríamos encontrar más elementos; si bien aparecen ridiculizados. A los personajes les da lo mismo mencionar a Poe que a Madame Blavatsky. Además, lo esotérico forma parte de una constante en la literatura argentina que va desde Arlt a Marechal, empezando por Lugones. De la misma manera, existe el vínculo con la política. Es muy fácil leer La casa como una novela antiperonista, escrita por un señor de clase alta. Esto la ubicaría, por decirlo así, entre los libros de la derecha. Sin embargo yo creo que, objetivamente, La casa es un libro de izquierda.

¿Cuál es, a su criterio, el concepto del arte y la literatura que se plantea en La casa?

Mujica Lainez no propone ninguna visión canónica del arte. En La casa no encontraremos ningún manifiesto sobre el Arte; quizás porque es la negación de lo que el mismo Mujica Lainez consideraba como Arte.

Los listados de libros y objetos de arte aparecen reiteradamente en La casa, como una modalidad retórica fríamente planificada. ¿No es el mismo gesto, por oposición, al que hace Borges al enumerar o citar sus libros favoritos?

No. Eso es como decir que un homosexual es un heterosexual reprimido; o que Marx se hizo comunista porque en el fondo era un reaccionario. Borges lo hace deliberadamente, con la intención de canonizar. Lo que muestra Mujica Lainez es una clase que se supone a sí misma como muy argentina, y que no tiene consistencia como tal. Lo “argentino” en La casa de Mujica Lainez pasa por el lenguaje. En esa casa todo el mundo habla de “vos”, cuando todos los escritores han hecho hablar a la clase alta usando el “tú”. Pero veamos este párrafo de las últimas páginas; cuando Zulema, la última dueña ya ha muerto y la casa se ha destruido. Yo experimenté un enorme alivio –dice la casa–, aunque me di cuenta de que era demasiado tarde. Después de Zulema moría yo. Ni siquiera gocé el placer del desquite. ¿Acaso me devolvía lo perdido? Lo perdido... Lo perdido... si hubiera sido posible que me lo devolvieran, ¿valdría la pena recuperarlo? Esto lo dice Mujica Lainez. Podría haber terminado el párrafo en “desquite”. ¿Por qué agrega lo que sigue? Allí aparece lo canónico, en esa pregunta. El mamarracho, ¿valía la pena recuperarlo? La respuesta es no.

En el discurso inaugural en la Academia Argentina de Letras, Mujica Lainez hizo una larga enumeración de parientes directos y amigos de sus parientes que establecen una suerte de extensa genealogía literaria: de Florencio Varela a Miguel Cané, pasando por Ascasubi, del Campo, Mármol, Echeverría y “los proscriptos que en Montevideo salvaban a la patria”. ¿Quiso legitimar su ingreso a la Academia recordando que forma parte de un linaje argentino?

Es un linaje literario, claro. Y además una característica de cierta clase de argentino. Como dice un personaje de una novela mía: Acá todos vivimos desesperados por tener pasado, como las putas. En realidad descender es bajar; y nuestros antepasados no querían descender de nadie. Querían ser, que es una cosa distinta. Martínez Estrada se asombraba de que José Hernández no firmara Hernández Pueyrredón; cuando él mismo firmaba con dos apellidos porque Martínez le parecía demasiado poco, o quizás muy hispánico en el mal sentido de la palabra. José Hernández no tenía interés en descender de nadie.

Tal vez porque Hernández tenía la noción de estar fundando algo con su propio nombre y apellido. ¿Comparte Mujica Lainez esa ambición?

Exactamente. La misma que José Hernández. La misma que Borges. La misma que Arlt. La misma que los grandes escritores argentinos. Tampoco Sarmiento se pone el apellido de la madre. Son los descendientes los que después se han puesto dos apellidos. Y no precisamente por ser parientes de escritores. Antes estaban por un lado los Alvear, y por el otro los Anchorena. Después pasan a ser Alvear Anchorena o Anchorena Alvear. En realidad estaban fundando linajes y dinastías.

La voluntad de inscribirse en una tradición es muy fuerte en los escritores argentinos de la primera mitad del siglo. Sólo Borges parece superarlo y proyectarse a una tradición universal.

De todas maneras también él maneja modestamente una tradición patricia. Ahí están para probarlo su coronel Borges o su coronel Suárez.

¿Por qué elige Mujica Lainez el punto de vista de una casa para narrar su novela?

Ahí hay un doble juego de transgresiones. Una es elegir el femenino para narrar: “Soy vieja, revieja”. Así empieza La casa. Se sabe que Mujica Lainez era homosexual –cosa que por lo demás nunca ocultó, y hasta se jactaba de serlo–. De modo que el uso del femenino es una especie de chiste. No podía ignorar el malestar y el pequeño sobresalto que causan esas dos palabras: “Soy vieja, revieja”. La segunda transgresión es elegir un objeto de la realidad, una casa, que es muy significativo para su clase. La casa que cuenta la historia es una especie de casa simbólica que representa a una cantidad de casas de Buenos Aires, y una manera de ser aristócrata que el propio Mujica Lainez revela en pocas páginas.

¿Qué edad tenía cuando la publicó?

Alrededor de 40. Pertenece a la misma generación que Sabato, Cortázar y Bioy Casares. La casa de la novela nace en 1885, y su historia termina en el 30 y pico. Que Mujica Lainez decida que la voz de la casa empiece a narrar a los 68 años, en el momento de su demolición, no deja de ser otra broma. Dante, a quien Mujica Lainez cita mucho, se refería a las cuatro lecturas: la lectura literal, la lectura moral, la lectura anagógica y la lectura simbólica –que él denominaba alegórica–. La casa fue leída siempre de una manera literal. La fecha en que fue escrita (entre febrero y agosto de 1953) contribuyó a que se la considerara una denostación del peronismo y el ascenso de las clases populares –los que se convierten en dueños de la casa son una puta, un malevo y dos mucamas–. Pero lo que no se advirtió suficientemente es que la edad de la casa permite abarcar un ciclo que va desde finales de los 80 del siglo pasado hasta avanzados los 30 del actual. Las dos grandes crisis. La casa deja de ser la casa aristocrática, por llamarla así, durante la década infame. Ahí empieza su decadencia: en 1934, después de la revolución de Uriburu. El último dueño real de la casa se la cede a Rosa, mucama que es amante de Efraín desde hace doce años. Deliberadamente, La casa termina en la década del 30. Pero como Mujica Lainez la publicó en el año 54, siempre se hizo una lectura antiperonista; aunque en realidad la novela se refiere muy claramente a la caída del patriciado argentino después de la crisis del 30.

Sin embargo, son los obreros los que tiran abajo el aristocrático techo del comedor. La demolición comienza en el capítu-lo 3. Dos obreros encienden un fuego con restos de vigas. ¿No alude esa escena al famoso mito del asado peronista hecho con el parquet de las casas de los ricos?

No era un mito. Era relativamente frecuente que cuando deshacían las casas se hicieran el asado con las maderas. Y muy probablemente todavía lo sigan haciendo hoy. No entraban a las casas para romper el parquet. Si fuéramos obreros de la construcción y tuviéramos que hacer un asado, agarraríamos todo lo que fuera de madera. Por supuesto que después se hizo un mito; como el de las patas en la fuente de Plaza de Mayo. Pero Mujica Lainez dice también que a la casa le reconforta la demolición. La casa se alegra cuando llegan los obreros. Incluso la elogian, por primera vez en muchos años. Al encontrar un cuadro roto, uno de los obreros dice: ¿Sabés que está lindo? Me lo voy a llevar para casa. Lo limpio y pongo un marquito y se lo llevo a la patrona. Es un rasgo de evidente generosidad por parte de Mujica Lainez permitir que un obrero joven disfrute de la belleza de la misma manera que los dueños. Es el otro obrero, el mayor, quien le dice que lo tire. Sea esto deliberado o no, constituye el rasgo profundo de lo que yo llamo una ideología.

¿De qué ideología?

He señalado muchas veces que en La casa se da algo parecido a lo que sucede con las novelas de Balzac. Balzac declaró: “Yo escribo a la luz de dos verdades eternas, el catolicismo y la monarquía”. Sin embargo, toda La comedia humana constituye la crítica más feroz (yo diría la patada en el culo más feroz) a la religión y a la monarquía. Lúcidamente, Balzac –que incluso se cambia el apellido para pasar por aristócrata– nos describe la Francia monárquica que se transformará en la República. Es imposible concebir el personaje de Rastignac antes de la Revolución Francesa. Aun abominando de ese cambio, Balzac lo registra en profundidad. Y lo mismo sucede en muchas obras de Mujica Lainez. Lo que llamaría un compromiso inconsciente que lo ubica en la posición correcta.
Tolstoi decía que la humanidad avanza desde lo más bajo y oscuro hasta lo más luminoso y alto. Instintivamente. Walter Benjamin decía que el arte no puede más que decir la verdad. No es que se lo proponga, como creen algunos. No importa de qué lado estaba Goya cuando pintaba los fusilamientos. Pero cuando uno mira esos cuadros se identifica con los fusilados. Allí es donde se nota la verdad de Mujica Lainez, al margen de lo que opinara de la realidad social. En la página siguiente dice: Me reconfortó hasta cierto punto que esos dos obreros comieran ahí y hablaran como siempre de la guerra, de una guerra, de su guerra, mientras afuera caía la lluvia; y escuchar el ruido familiar de los platos, de los cuchillos gracias a los cuales el comedor seguía siendo eso, el comedor, a pesar de que lo han despojado del cielo raso y sus pintadas figuras, de la boisserie, del parquet que combinaba los hexágonos con los rombos, y a pesar de que en lugar de chimenea hay una boca embadurnada de hollín...

¿Qué tiene eso de reconfortante?

¡Su comedor sigue siendo su comedor! Páginas más adelante dice que una casa no existe si no se habita, una casa deshabitada es una contradicción. El hombre puede habitar en un páramo, puede habitar en la intemperie, y eso forma parte de las leyes naturales (por supuesto no lo dice con esas palabras). En cambio una casa deshabitada es contranatura. Es decir que el simple hecho de que su comedor vuelva a ser utilizado como comedor la reconforta, aunque los que coman allí sean ahora dos obreros. ¡Además, uno de ellos acaba de descubrir la belleza de un objeto ritual para la alta burguesía argentina!

Los dos obreros, ¿no anticipan a las dos mucamas que aparecen en el capítulo siguiente?

Claro. Pero antes de que ellos aparezcan ya hay muchísimos indicios del lugar donde estéticamente se pone Mujica Lainez.

¿Llamaría a esos indicios “tolerancia de clase”?

No. Los llamaría con lo que Benjamin denomina “la posición de la verdad en la obra de arte”. Yo no sé si Mujica Lainez era tolerante o no. No me interesa lo que pensaba Mujica Lainez de la verdad.

Esa narradora tan rara que es la casa, que no es del todo omnisciente, ni testigo...

La casa se enoja con la grosería de los sucesivos dueños que se van degradando junto con ella. Yo me refiero al sentido de la obra literaria. A mí no me inte-resa lo que declara Balzac mientras escribe La comedia humana. Lo que me interesa es lo que escribe Balzac cuando escribe La comedia humana. No me interesa lo que se dice de Rudyard Kipling, cantor del Imperio, etcétera. Me interesa cuando escribe un cuento de El libro de las tierras vírgenes donde un visir del reino educado en Inglaterra se despoja de sus títulos y se va a vivir entre los animales.

Me llaman la atención sus citas. En cuanto a La casa, no es un libro cuyas citas literarias sean importantes.

Las citas literarias son bastante cómicas. Y la biblioteca es de segundo orden.

Historia de la humanidad, de Lorente; 10 encuadernados en rojo de Historia de Roma; el Larousse...

Al mismo tiempo hace hincapié muy sutilmente en las encuadernaciones: pasta española, cuerina roja...

Sin embargo, la casa dice que cuando el dueño habla con ese fondo parece que viniera “de lo hondo del tiempo”.

Porque cada vez que empieza un discurso se remite a Licurgo o a los emperadores romanos. Y también eso hay que leerlo tal como está escrito. Sobre todo al final, cuando la casa hace una mezcla muy cómica de libros de autores de cuarta, casi desconocidos. Es lo que leía esa clase. Leían porquerías; y Mujica Lainez lo sabía bien. ¿Cómo podría aparecer allí un gran libro? La casa lo dice desde el principio: en realidad ella es “vieja” para nosotros; porque en Europa una casa con menos de doscientos años no existe como antigua.

¿Mujica Lainez trabajó su novela con ironía o con obsesión de zoólogo?

Con cierta objetividad del zoólogo y hasta de entomólogo; pero con una ironía feroz. La ironía se nota en todos los niveles: cuando habla del sexo de los habitantes, cuando describe a los cuatro hijos de la primera familia, dos lindos y dos feos... Además, ¿cómo empieza la decadencia de la casa? Con un pecado. Paco, que después va a parar al manicomio, mata al más lindo de los chicos tirándolo por el balcón.

A Tristán. Su fantasma queda circulando eternamente por la casa junto a un caballero misterioso.

Sí, ese caballero antiguo que lo acompaña es realmente muy misterioso. Uno puede darle la significación que quiera.

¿Una relación homosexual eterna, tal vez?

La alusión a la homosexualidad es muy directa en la novela. Cuando en una de las fiestas el italiano saca a bailar a una señorita de la casa, el boxeador le da una tremenda bofetada y después le acaricia la cara diciéndole que lamenta haberlo lastimado. La relación homosexual es evidente. Incluso hay una gobernanta que se encierra en su cuarto para besar la fotografía de otra gobernanta. La casa los contiene a todos; y sabe lo que algunos ignoran.

¿Puede ver más de una cosa al mismo tiempo? Por momentos, esta especie de diosa romana se disculpa de no haber podido prestar atención a determinada cosa, porque estaba escuchando tal otra en otro sector.

Hay cosas que la casa ignora. Por ejemplo, nunca entiende del todo los motivos de su existencia o lo que la mantiene económicamente. Su psicología, por llamarla de alguna manera, es la del hijo del fundador. No tiene la menor idea de cómo llega el dinero. Habla de unos campos y de cierta enfermedad de las vacas; pero como es una casa de Buenos Aires dice no conocer el campo ni la llanura.

¿Se trata de un uso del punto de vista a la manera de Henry James? La casa no se entera de lo que no puede ver ni escuchar...

Justamente. Pero hacia el final uno advierte que la casa sabe mucho más de lo que nos ha contado. Entonces aparecen algunas referencias vergonzantes... Además la memoria le está fallando; porque es vieja y la están demoliendo, etcétera.

¿En qué lugar de la casa podría ubicarse la memoria?

No sé. No puedo hablar de la casa como si fuera un personaje humano. Y me estoy refiriendo a Mujica Lainez; que además de este libro escribió veinte más, y era lo suficientemente hábil para saber qué estaba haciendo. Él inventó, como narrador de la novela, un personaje que prácticamente no tiene antecedentes en la literatura universal. Quizá uno de esos antecedentes sea El elegido de Thomas Mann, donde la historia es narrada por “el espíritu de la leyenda”, recurso aparentemente ingenuo que alcanza, sin embargo, una gran profundidad. Convengamos en que se trata de un recurso o convención sumamente difícil de utilizar sin caer en el ri-dículo. Es lo que sucede en el primer capítulo de La Bolsa de Julián Martel, donde se describe Buenos Aires desde el punto de vista del viento que recorre sus calles. Uno se pregunta: ¿cuándo terminará este plomo?

¿La casa es un libro neoclásico? Neoclásico en relación al panteísmo de los romanos, que tenían dioses para todas las cosas. Hasta para las escobas.

No creo que sea neoclásico. La casa es un libro totalmente contemporáneo y argentino. Más que rasgos neoclásicos, Mujica Lainez tiene un trasfondo naturalista que se nota en sus descripciones. Aunque sus recursos son muy originales. No específicamente en La casa, pero sí en Bomarzo, hay descripciones hechas todas en plural. Por ejemplo: las jarcias hacían tal cosa, los marineros tal otra, las lavanderas otra... ¿Todos lo hacían? Uno de los rasgos del naturalismo es generalizar, mientras que aquí sucede lo contrario: se individualiza.

Mencioné el neoclasicismo en relación a los valores. No hay Dios alguno en esa casa; y ella sólo cree en sí misma. ¿Porque es ella misma una diosa?

No. Porque es un símbolo. Los que cuentan su historia son los tapices; o bien el techo italiano por el que ella manifiesta una curiosa simpatía, pese a reivindicar a cada rato su ascendencia hispánica. Todos estos objetos testimonian sobre el gusto de la alta burguesía argentina, que era muy cachivache y que lo sigue siendo. Las aristocracias americanas (tanto la de Estados Unidos como las del resto de América) se constituyeron como “aristocracias del dinero”. O de lo caro. Así es que la casa está llena de cosas carísimas, que no son necesariamente obras de arte. Más aún, creo que la ausencia de grandes obras es absolutamente deliberada: no hay un Rodin, no hay un Corot, no hay un Degas... Siempre son pintores o escultores de segundo orden. Los dueños de la casa invitan a príncipes europeos que en las suyas tienen cuadros de Tiziano; pero aquí no aparecen los Tizianos sino los príncipes que los tienen. Todo eso es deliberado. Incluso la cantidad de objetos es abrumadora. De allí que la descripción se vuelva por momentos verdaderamente barroca.

Entonces es tiempo de releer La casa y corregir las interpretaciones que se hicieron en el momento de su publicación. A la lectura ideológica antiperonista, habría que agregar la del libro tomado como catálogo en clave de los códigos y gustos de la clase alta argentina.

Mujica Lainez no vuelca para nada sus conocimientos de arte en la novela. Por el contrario, describe una casa típicamente argentina. Por ejemplo: el abuelo era rosista y usaba una divisa punzó que trucan en su fotografía con una flor rara y más grande de lo que corresponde, porque estaba mal visto descender de rosistas. Ese abuelo representaba a La Mazorca, y no se correspondía con una familia unitaria de clase alta. Para justificar esa flor desmesurada, inventan que el abuelo era un donjuán que tuvo algo que ver con Manuelita Rosas, con lo cual (dice con mucho humor Mujica Lainez) la divisa punzó que se pretendía ocultar reaparece con más fuerza. O cuando la casa ya pertenece a Rosa y a Zulema (las mucamas), y ellas buscan los documentos que avalan el pasado hispánico. Mujica Lainez se regodea describiendo genealogías que inventan una aristocracia apócrifa. Y lo hace de manera muy deliberada. No como un escritor de Boedo (Arlt no lo hubiera podido hacer sencillamente porque desconocía los mecanismos), sino como Lampedusa en El Gatopardo. O salvando las distancias, como Tolstoi en Guerra y paz, o Proust al describir la aristocracia francesa.
Hacia el final de la novela, la casa describe la decepción dibujada en el rostro de uno de los personajes de esta manera: Ahora recuerdo en qué otra desencantada expresión me hace pensar la suya, en qué otros ojos observé su mismo mirar, pero no tiene nada que ver, nada que ver, es algo distinto y hasta opuesto, aunque deberé referirlo también, deberé narrarlo porque no podría acarrearlo conmigo más allá de la muerte. Parecía pueril, insignificante, pero no lo fue. Si se analiza bien se advertirá que no lo fue. Mujica Lainez está indicando al lector que no se trata de una puerilidad; y al mismo tiempo le da un diapasón: Era el tono de un tipo de crueldad irreflexiva, maquinal, una crueldad que no se propone ser cruel. El tono que hay que examinar muy de cerca para juzgarme, bajo cierto aspecto pero no totalmente... Porque esto equivaldría a juzgar a una orquesta por el grado de ajuste de uno de los instrumentos. Tantas cosas debería contar. Mi vida está hecha de detalles, de minucias... Fue algo que ocurrió hace mucho tiempo, hace más de cuarenta años. Gustavo y María Luisa han invitado al príncipe Marco Baldini, y hay catorce invitados a la cena. Ese mismo día alguien llama para excusarse; de modo que invitan al preceptor (digamos un obrero), y el tipo se pone el frac y está muy contento y habla de más y se emborracha. Todos se sienten incómodos; pero recién al final el personaje se entera de que sólo lo invitaron porque faltaba una persona en la mesa (“Adiós, Luis XIV”, le dice Dolores al despedirlo). Es como si Mujica Lainez nos dijera (y lo dice) sin la menor inocencia: Somos capaces de hacer cualquier cosa, estamos llenos de supersticiones pueriles y podemos destrozar la vida de una persona para que no haya trece en la mesa.

¿No representan los pisapapeles que colecciona Paco (algunos de mal gusto) un mundo en miniatura, como el que los lectores vamos siguiendo habitación por habitación?

Sí. Algunos de mal gusto, como el cuarto japonés que la casa detesta por sus mamarrachos, por sus cachivaches. Pero la historia no está contada habitación por habitación. Está contada con cierto desorden, según va y viene la memoria. La casa se va acordando de las cosas al ritmo de una viejita esclerótica, y creo que eso también es deliberado. Además, la destrucción de la casa es consecuencia de un pecado muy anterior a que las mucamas se adueñen de ella. El primer crimen lo cometen los dueños legítimos. Después los malevos cometen otro, con la colaboración de uno de los objetos de la casa. Ella dice que no lo vio, pero entre los tapices se comenta que una estatua movió la mano para que la víctima cayera rodando por las escaleras.

Al margen de Bomarzo, ¿cree que La casa tiene también algo que ver con la ópera y sus tensiones musicales?

Puede ser. Mujica Lainez es en general muy operístico. En la novela se cita continuamente La Traviata. La única mención de una obra literaria importante es La Divina Comedia; pero sólo porque un malevo llamado Leandro cita indirectamente a Dante. El resto de las obras citadas son de segundo orden. Y al final esto se transforma en un potaje formidable, cuando Leandro canta tangos que deslizan una metáfora irónica de la propia casa: No me han dejado ni el pucho en la oreja de aquel pasado malevo y feroz. Por lo demás, la prostituta Dolly lleva libros que hacen que la casa recupere su interés por la lectura. Pero en general los libros sólo cumplen la función de objetos que se suman a otros objetos.

¿Uno de los méritos de este libro radicaría –a su criterio– en la renuncia del autor a explicitar sus gustos personales, tentación que los autores argentinos no soslayan demasiado?

Como novelista de La casa, Mujica Lainez no se deja ganar por su propia cultura, que es mucho más vasta que la de todos sus personajes.

¿Los objetos de la casa son sensuales?

Sobre todo los italianos. Son totalmente eróticos. Les encantan las malas acciones.

Pero son voyeuristas.

Lógico. Son objetos.

¿Por qué hay tantos fantasmas?

No lo sé. Pero quizá sean las partes más bellas del libro. Está ese fantasma muy misterioso que acompaña a Tristán; el Caballero, anterior a la construcción de la casa. Y Tristán, que a medida que la casa se va destruyendo se vuelve cada vez menos visible, como ciertos espíritus en Swedenborg. Pero no todos se convierten en fantasmas, quizá tampoco la misma casa... Lo que sí sé –con seguridad– es que La casa desarrolla una metáfora de la caída del patriciado argentino como ningún otro libro lo hizo antes. Insisto en que es una de las novelas más inquietantes, más testimoniales y si la palabra estuviera de moda, más subversivas de la literatura argentina.


por Alejandro Margulis

   
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