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Miguel Grinberg
LA CONSPIRACIÓN CRONÓPICA

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Mientras la hipocresía siga en libertad
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Sería
engañoso hablar de Sade sin abordar el problema de la naturaleza, de una teoría de la
naturaleza sin abordar el problema de las leyes, y de las leyes sin abordar la cuestión
moral. Ninguno de estos temas deja de referir al otro, y ninguno que no halla en el otro a
la vez su principio y su justificación. Vayamos más allá: también es difícil aislar
en este libro polisémico los textos de Sade, denominados «filosóficos», de los que
durante tanto tiempo han sido clasificados con la etiqueta de «eróticos». La filosofía
de Sade se encuentra a lo largo de todas sus obras, y esto precisamente porque preténdese
escandalosa. A pesar de esto su voz ha trascendido, han tachado de eróticos sus textos;
para darle el lugar de una calidad antojadamente inferior o ramplona, subalterna de
los grandes temas en total acuerdo con el pensamiento oficial; en todo caso
ese erotismo sea tal en la dimensión de la relación voluptuosa del hombre y su destino,
y no como han tratado de enmascarar un sistema filosófico subversivo que actúa en el
lugar del lenguaje, en una apariencia de erotismo perverso (quizá situado exprofeso por
Sade), que en su forma aparente contrapone su aparato epistemológico, con toda su carga
explosiva resonando con su onda expansiva en la proyección temporal, y en el espíritu de
quien se anima a introyectarlo para construir a su vez sobre él. Han exacerbado sus
perversiones, cuando estas eran solo y nada más ni nada menos que la misma pulsión de un
pensamiento y una visión diferente por donde se la buscara, sobre temas fundacionales
como la moral, el ateísmo, las leyes, la naturaleza, el hombre mismo al fin. Han argüido
que estas perversiones que provienen de su enfermedad, su locura, para dejar tranquilos a
los eruditos, para disimular todo un cuerpo filosófico de subversión de principios, para
una cultura que en el comienzo de su construcción, por su misma estructura, aletarga una
patología letal para el hombre como creatura capaz de generarla. El escándalo está
ahí, en la repetición y en el delirio de las torturas lúbricas, como en las injurias o
las demostraciones blasfematorias de quienes se entregan a estos actos. Es lo mismo,
existe el mismo proyecto: la agresión. El objeto de la agresión se halla bien
determinado, puesto que Sade nombra siempre abiertamente a su enemigo: el hombre
socializado, aquél que, de una manera hipócrita, se refugia en una especie de neurosis
endémica que él llama ora «moral», ora «religión», ora «deber». La familia,
célula social por excelencia, es el lugar privilegiado de la actividad sacrílega. En
torno al incesto se organizan todas las formas de transgresión. Existe cierto deleite
(lugar de placer) en la forma (su estética) en que Sade desarrolla las descripciones de
orgías incestuosas: en Justine hacen estremecer; en la Filosofía en el tocador hacen
temblar; en Juliette horrorizan. Sade sabe dónde toca, conoce el lugar exacto en que la
fisura amenaza destruir el edificio demasiado bien construido de nuestras convenciones
seculares. Ha comprendido que las pulsiones liberan en nosotros una lucha encarnizada
contra el despotismo cultural, una lucha tanto más dolorosa cuanto más se siga haciendo
en secreto. Ahí empieza, para Sade, el combate indispensable: obligar al hombre a luchar
«con el corazón en la mano»; obligarlo a que reconozca su animalidad, su naturaleza
profunda, en el fárrago de sus costumbres sociales; conducirlo a que reconozca por fin y
ante todo que nada, ni la ley, ni la razón, ni la religión acabarán con esta fuerza
loca y devastadora que es el instinto, un instinto que elige su objeto cuando y donde
quiere, arrastrado por su propio movimiento y siempre imprevisible. A tal punto lo han
querido silenciar, y tan vano ha sido el esfuerzo, incluso a expensas de él mismo, que
deseó que después de muerto, su tumba se confundiese en un monte, quedase oculta por el
follaje. Filósofo antisistémico, desprejuiciado, más allá de sus supinas
contradicciones, discutidor y crítico de sus maestros. Sade inaugura el pensamiento fuera
de los moldes culturales sin saberlo, sin enterarse da el pie para la ruptura en Hegel, y
signa el camino indescifrable hacia Nietzsche y luego Artaud pasando por la estética de
Wilde y los malditos, Rimbaud, Lautremont, Baudelaire, Daumal, y en una etapa posterior
como seguidor y epígono implacable Maurice Heine. Ley del caos o ley natural, la
irrisión de la carne y el hueso, la irremisibilidad de la materia encerrando el espíritu
en el tiempo de la vida que es el tiempo de la muerte al mismo tiempo y paradójicamente,
el peso de la condena a ser especie misma y el estar encadenado a la tierra durante este
período de <<vida_muerte>>. Incrustado en su materia degradable con el
transcurso de algo que define como tiempo pero que en realidad no sabe a ciencia cierta lo
que es.
El psicoanálisis
ha confirmado, más tarde de una manera científica, una intuición que, en la época en
la que Sade escribió, tenía algo de utópico. Nada estaba preparado, sin embargo, para
llevar a cabo con éxito una empresa por aquel entonces tan audaz, tan profundamente
revolucionaria. Quizás fuese para compensar el desuso de los conceptos de que disponía
por lo que Sade buscó en el lenguaje y las representaciones fantasmagóricas la ocasión
de desahogar su odio de hombre y de preso. La desmesura es, al mismo tiempo, agresión y
revancha: la imaginación posee todos los derechos.
Encarcelado en la razón, atrapado en la lógica del pensamiento, mensurado por los
caprichos del espacio, reducido a su propia visión finita de todo. Y sobre todo,
responsable único y directo de la construcción y ocupación de su habitat, la cultura.
Cristalizado en la celda de su ser cultural, para llegar a ser siquiera una subjetividad
in praesentia, en el habla y sintaxis del universo, o un acuerdo in limine, como término
ad-hoc del álgebra del caos.
Los
acontecimientos históricos de la Revolución francesa brindaron a Sade la oportunidad de
verificar, al menos durante cierto tiempo, la aplicación práctica de algunos principios
suyos. Sade insiste entonces en la transgresión masiva de las obligaciones sociales: la
destrucción de las iglesias, la confiscación de los bienes de la familia real,
representante de Dios en la tierra, y sobre todo, la toma de la Bastilla son otros tantos
síntomas evidentes de la urgente necesidad que tiene Francia de sacudirse de encima el
yugo feudal y aristócrata. Sin embargo, el entusiasmo de Sade decaerá en seguida: si el
hombre natural ha nacido de la Revolución, el hombre integral aún está por nacer. Otra
forma de yugo lo mantiene todavía prisionero y estalla en el frenesí que manifiesta en
erigir nuevas leyes, otras obligaciones, como inquieto por sus propios instintos.
Condicionado de
por vida por la esclavitud de la palabra, constreñido por la irremisible condición de
sólo poder tener identidad reconociendo a su otro cultural, que al mismo tiempo aborrece
por su condición de tal. A todo esto y mucho más está condenado antes de sus propias
leyes mediocres y falibles cargadas de irrisión, que él mismo construye para condenarse.
Tal es la miseria de la humanidad, somos el ser despreciable por excelencia de toda la
creatura del universo y de la naturaleza misma <<nuestra madre>>.
¿Responderá su ley a esa miseria, por su prístino estatuto?. O ¿tal vez, sea necesario
fundir la idea humana en el mismo centro de la idea de lo humano para construirnos, a
partir no precisamente de la razón, y su forma en el pensamiento lógico,? , ¿estas
premisas nos empujarán a iniciar el retorno?.
Horacio Perez del Cerro
Buenos Aires,14 de Julio de 2002

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HOMERO
(Odisea VIII, 266-369)
Los amores de Afrodita y Ares |
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Entonces éste (el aeda Demódoco), tocando
la cítara, comenzó a cantar bellamente
sobre el amor de Ares y Afrodita, la de hermosa corona,
cómo se unieron al principio en casa de Hefesto
secretamente; él le regaló muchas cosas, pero deshonró el lecho y la morada |
| 270 |
de su dueño Hefesto. De
inmediato se fue hasta él con la noticia
Helios, que los había descubierto unidos en el amor.
Hefesto, ni bien escuchó la dolorosa relación,
fue apresuradamente a la fragua, maquinando en su interior malos propósitos;
ubicó el gran yunque en su base y forjó redes |
| 275 |
irrompibles, firmes, de modo que
quedaron bien fijas.
Entonces, después que fabricó este engaño, furibundo contra Ares,
se llegó rápido al tálamo, en donde estaba el amado lecho,
y a su derredor distribuyó las cuerdas en círculo por todas partes.
Todas ellas había sido sujetas desde arriba de los travesaños |
| 280 |
a modo de sutiles telarañas que
nadie podía ver,
ni siquiera los dioses bienaventurados. Así fueron construidos sus ardides.
Y después, una vez que hubo colocado su engaño alrededor del lecho,
fingió irse a Lemnos, la bien construida ciudad,
que le era la más querida de todas las tierras. |
| 285 |
No mantuvo una vana vigilancia
Ares, el de las riendas de oro,
puesto que vio a Hefesto, el insigne artesano, irse lejos.
Se apresuró entonces a acercarse hacia la casa del ilustre Hefesto,
deseando el amor de Citérea, la de hermosa corona,
quien, recién venida de junto a su padre, el terrible Cronida, |
| 290 |
acaba de tomar asiento. Entró en
la habitación
y, tomándola de la mano, le dijo estas palabras, llamándola por su nombre:
Vamos, querida, gocemos uniéndonos en el lecho
porque Hefesto no está en casa, ya que por mucho tiempo
se fue a Lemnos, con los sintias de lengua bárbara. |
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Así habló, y a ella le pareció
agradable acostarse.
Se fueron entonces apresuradamente al lecho. Pero en derredor las
redes fabricadas por el ingenioso Hefesto se cerraron,
no permitiéndoles moverse ni levantarse.
Enseguida se dieron cuenta de que no había forma de escapar. |
| 300 |
Muy pronto
llegó hasta ellos el ilustre Cojo,
Volviendo de nuevo, antes de hubiera llegado a la tierra de Lemnos.
Helios, que le mantenía vigilancia, le contó el hecho.
Se apresuró a entrar en su casa, afligido en lo profundo del corazón.
Se detuvo en el vestíbulo; lo dominó una ira terrible. |
| 305 |
Gritó tan fuerte que se hizo
sentir por todos los dioses:
Padre Zeus y los otros dioses bienaventurados y eternos,
venid a ver estos hechos absurdos e intolerables,
cómo a mí, por ser rengo, la hija de Zeus, Afrodita,
me deshonra siempre y ama, en cambio, a ese Ares pernicioso |
| 310 |
porque es bello y tiene formadas
las piernas, mientras que yo
soy lisiado. Pero no soy yo el que tiene la culpa,
sino los dos que me dieron la vida, porque no debían haberme engendrado.
Pero observad cómo yacen en amor,
Habiéndose acostado en mi propio lecho. Al verlos, me angustio. |
| 315 |
No estimo en poco que ellos se
acuesten así,
amándose intensamente. Pero ambos no osarán ya más
acoplarse porque mi engaño y mi red se lo impedirán
hasta que su padre me devuelva absolutamente toda la dote
que yo le había entregado por esta muchacha desfachatada |
| 320 |
que, aunque sea un hermosa hija,
no es para nada comedida.
Así dijo, y se reunieron los dioses en el palacio de broncíneos dinteles.
Llegó Poseidón que ciñe la tierra; llegó el benéfico
Hermes; llegó también el soberano flechador Apolo.
Las diosas, siendo mujeres, se quedaron por pudor cada una en su
casa. |
| 325 |
Se detuvieron en los umbrales los
dioses, dadores de bienes.
Se produjo una risa prolongada entre los bienaventurados
al ver las construcciones del ingenioso Hefesto.
Entonces dijo uno mirando a otro que estaba cerca:
No prosperan las malas obras; el lento alcanza al veloz, |
| 330 |
como ahora Hefesto que, siendo
lento, atrapó a Ares,
el más veloz de todos los dioses que habitan en el Olimpo,
gracias a sus artificios, a pesar de ser cojo, y le exige la multa por
adulterio.
Así conversaban estas cosas entre ellos.
A Hermes le dijo el soberano hijo de Zeus, Apolo: |
| 335 |
Hermes, hijo de Zeus,
mensajero, dador de bienes,
¿no quisieras estar aprisionado en estas poderosas redes
para unirte en el tálamo a la dorada Afrodita?
Le contestó de inmediato el mensajero argicida:
Ojalá sucediera esto, soberano arquero Apolo, |
| 340 |
y que redes tres veces más
inextricables que estas nos retuvieran
por todas partes,
y que todos los dioses y las diosas nos vieran,
con tal de poder acostarme yo con la dorada Afrodita.
Así dijo, y se produjo una risa entre los dioses inmortales.
Pero Poseidón no se rió, sino que de inmediato pidió |
| 345 |
al hábil Hefesto que soltara a
Ares;
y dirigiéndole estas aladas palabras expresó:
Suéltalo. Yo te garantizo que él, como tú lo ordenas,
pagará todo lo que sea justo entre los dioses inmortales.
Y el ínclito Cojo le respondió de esta manera: |
| 350 |
No me pidas, Poseidón que
ciñes la tierra, semejante cosa.
Míseras son las garantías de los miserables para garantizar.
¿Cómo te lo exigiría entre los dioses inmortales
si Ares no satisficiere la deuda, una vez liberado de la red?
Y así le contestó Poseidón, el que sacude la tierra: |
| 355 |
Hefesto, si el endeudado Ares al ser
liberado,
huyendo, no satisficiere la deuda, yo mismo te la pagaré.
Le respondió entonces el ínclito Cojo:
No me parece bien rechazar tu palabra.
Y así diciendo, la fuerza de Hefesto soltó la red. |
| 360 |
Una vez desatado de esos lazos, estando ya
libre,
de inmediato se levantó y se marchó a la Tracia;
hacia Chipre se fue en cambio Afrodita, amante de las sonrisas,
a Pafos, en donde tiene un santuario y un altar perfumados.
Allí las Gracias la bañaron y la ungieron con aceite |
| 365 |
divino, que proporciona belleza a los dioses
inmortales,
y le vistieron hermosas ropas, admiración para el que las viera.
Así cantó el ilustre aeda, mientras Odiseo
gozaba en su corazón oyendo, y también los otros
feacios de largos remos, célebres navegantes. |
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SAFO
Plegaria a Afrodita
(Fragmento 1)
Afrodita inmortal de rico trono,
hija engañadora de Zeus, te ruego,
no me turbes con penas y preocupaciones
el alma, señora.
Ven en cambio, otra vez a mí
escuchando desde lejos mis voces,
tú que, habiendo abandonado la casa de tu padre,
en tu carro de oro llegaste.
Hermosos pájaros veloces
te acompañaron por la negra tierra
desde el cielo, batiendo alas rápidas
a través del aire.
Llegaron enseguida. Y tú, oh feliz,
sonriente en tu rostro inmortal,
preguntaste por qué yo sufría todavía y por qué
todavía te invocaba,
y qué era lo que deseaba
en mi loco corazón: ¿A quién esperas todavía
conducir hacia tu amor? ¿Quién,
Safo, te ofende?
Y si ella huye, pronto te seguirá;
si no acepta regalos, los ofrecerá;
si no ama, pronto amará
aunque no lo quiera.
Vente ahora, líbrame del peligroso
afán y cuantas cosas desea que se realicen
mi corazón, realízalas; tú misma
sé mi compañera de lucha.
(Fragmento 20)
... y deseo y ansío...
(Fragmento 48)
Viniste; hiciste bien; yo te deseaba;
refrescaste mi alma quemada de deseo...
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ANACREONTE (Fragmento 29)
Deseo acostarme contigo; te comportas con modales graciosos.
(Fragmento 79)
Amo otra vez y no amo
y estoy loco y no estoy loco.
(Fragmento 88)
Yegua tracia, ¿por qué huyes de mí sin piedad,
mirándome de costado? ¿Crees que ya no sirvo para nada?
Sabe que podría colocarte el bocado con facilidad
y, sosteniendo las riendas, hacerte girar en el mojón de la carrera.
Ahora, en cambio, pastas en el prado saltando, retozando,
porque no tienes jinete experto que te monte.

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SÓFOCLES Himno a Eros
(Antígona, versos 781-801)
Canta el Coro
Eros invencible en la lucha,
Eros que te precipitas sobre las posesiones propias,
que en las delicadas mejillas
de la joven posas,
y rondas del otro lado del mar
en las cabañas de los campesinos;
y ninguno de los inmortales puede huir de ti,
ni tampoco los hombres efímeros
que al tenerte se enloquecen.
Tú de los justos injustos
pensamientos arrancas para su ruina:
y tú entre estos hombres un enfrentamiento
familiar provocaste convulsionándolos.
Vence de los ojos el claro
deseo de la dispensadora de felicidad,
la novia, también ella participe en el gobierno de las grandes
leyes; invencible hace
su juego la diosa Afrodita.
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ESTRATÓN DE SARDES
La Musa de los Muchachos
Antología Palatina XII, 15
Si una tabla le mordió las nalgas a Gráfico en el baño,
¿por qué tengo que aguantarme yo que soy hombre? Hasta la madera siente.
Antología Palatina XII, 188
Si besándote hago mal y consideras que esto es una injuria,
devuélveme lo mismo en castigo, besándome también tú.
Antología Palatina XII, 245
Todo animal irracional se acopla solamente; los que somos racionales
tenemos sobre los animales la ventaja de haber descubierto cómo darla por el culo. Pero
todos los que están bajo el dominio de las mujeres,
no tienen ninguna ventaja sobre los animales irracionales.
Antología Palatina XII, 240
Comienzo a tener canas en las sienes
y el sexo me cuelga entre los muslos,
los testículos son inútiles y la difícil vejez me alcanza.
Ay, sé culear, pero ya no puedo.

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