I)
Introducción
Con casi 12 millones de hectáreas destinadas a los cultivos transgénicos,
Argentina ocupa el segundo lugar en el mundo, detrás de Estados
Unidos, en la producción mundial de estos productos de la biotecnología.
Su contribución no es nada desdeñable por cuanto alcanza
un discreto 22% sobre el total global. Más allá de las polémicas
generadas en torno a un tema desde el vamos controvertido, las exportaciones
de soja (por citar el cultivo por excelencia en la Pampa Húmeda)
representan para la Argentina nada menos que 3.500 millones de dólares
anuales. Estas son a todas luces, cifras para tener en cuenta.
El ardoroso debate instalado alrededor de los transgénicos particularmente
en Europa, no ha tenido hasta el momento, mayor repercusión entre
los consumidores argentinos. La desinformación, la confusión
o la indiferencia han ganado rápido terreno y en el medio queda
un diálogo de posiciones enfrentadas que sólo encuentra
eco entre los conservacionistas, las organizaciones no-gubernamentales,
los productores, los economistas y las transnacionales. ¿Y el resto,
dónde está?
Un Debate Multiplicado
No resulta sencillo abordar el tema de los transgénicos, conocidos
en la jerga científica como “organismos genéticamente
modificados o manipulados” (OGM). No sólo por lo complicado
que es el tema en sí, sino también por la multiplicidad
de aristas que exhibe actualmente. Aspectos biológicos, sanitarios,
ambientales, tecnológicos, éticos, económicos, sociales,
comerciales y hasta políticos forman el denso enjambre de opiniones
contrapuestas que se escuchan alrededor del mundo entero.
La divergencia de conceptos ha encontrado dos polos bien diferenciados
a ambos lados del Atlántico... y del Pacífico. Mientras
Estados Unidos es el país con mayor producción mundial de
OGM, Europa y Japón no sólo se resisten a su cultivo, sino
también a su consumo. El primero se pronuncia a favor de un comercio
libre de restricciones. Los segundos exigen la diferenciación estricta
entre OGM y no-OGM. Luego de las catástrofes sufridas con el síndrome
de encefalopatía espongiforme bovina (EEB o “mal de la vaca
loca”) y los pollos contaminados con dioxinas, los consumidores
europeos se han vuelto sumamente rigurosos en lo que concierne a la seguridad
alimentaria.
En el Mercosur, la polarización también presenta sus agudos
contornos. Mientras Brasil y Paraguay son defensores de la postura europea
prohibiendo el cultivo de transgénicos en su territorio, Argentina
y Uruguay se sitúan en el lado opuesto. En los últimos 5
o 6 años, Argentina se ha convertido en el segundo productor mundial
de OGM. Y vaya dato curioso: el área que Argentina destina actualmente
para el cultivo de transgénicos, es apenas un poco menor a la superficie
total de Uruguay.
Hoy son cuatro los países del mundo que acaparan el 99% de la producción
de OGM: Estados Unidos y Argentina (con el 91%) y Canadá y China
(con el 8%) en ese orden. El 1% restante se reparte entre Sudáfrica,
Australia, México, Uruguay, Indonesia y algunos países de
Europa Oriental y Occidental. Entre todos, totalizaron casi 53 millones
de hectáreas sembradas en 2001. Esta cifra equivale a considerar
por ejemplo, como si un área similar a la península ibérica
(España y Portugal) estuviera íntegramente sembrada con
OGM.
Las Voces de la Polémica
El argumento más candente que sintetiza el problema de los OGM
radica en su impacto en la salud y el medio ambiente. Hasta el momento
no han aparecido pruebas científicas masivas, concluyentes ni categóricas
que convenzan a todos acerca del perjuicio que pueden causar los transgénicos.
Sin embargo, como reza el título de un artículo de la revista
de ciencia Food Quality, “La ausencia de evidencia... no es evidencia
de la ausencia.”
Lo cierto es que debido a la inusitada presión en contra ejercida
particularmente por las organizaciones ambientalistas y la actitud de
los mercados europeos de rechazar importaciones de granos genéticamente
modificados, el cuadro de situación ha presentado algunas variantes.
Luego de un espectacular crecimiento en los principales países
productores entre 1996 y 1999, el área cultivada con transgénicos
ha acusado si no un retroceso, al menos un ligero estancamiento durante
los años siguientes.
Incidentes como el maíz transgénico StarLink®, no apto
para el consumo humano, que fue detectado en el 2000 en dos marcas diferentes
de “tacos” (tortillas de maíz que se expenden en México
y Estados Unidos en fast-foods tipo McDonalds) han acentuado aún
más las protestas. No sólo este suceso motivó el
retiro total del mercado de las semillas de maíz StarLink®.
También sensibilizó a muchos consumidores y alertó
a los conservacionistas y partidos ecologistas.
Así fue como diversas investigaciones cobraron notoriedad en el
mundo entero precisamente a través de estas fuentes. El caso de
las ratas de laboratorio que enfermaron tras ingerir papas transgénicas,
o la soja con genes de una nuez brasileña que provocó alergias
a personas sensibles a dicha nuez, o el maíz cuyo polen resultó
letal para las larvas de las mariposas Monarca, son sólo algunos
pocos ejemplos. Estos hechos fueron reconocidos por algunos y enérgicamente
refutados por otros. Muchos cuestionaron la representatividad de algunos
de estos ensayos; otros valoraron su rigor científico.
También han sido objeto de acaloradas discusiones otras cuestiones
intensamente debatidas como el peligro potencial de que los transgénicos
se entrecrucen con malezas o parientes silvestres generando supermalezas,
o que creen bacterias patógenas resistentes a antibióticos.
Mas el campo de batalla no sólo se circunscribe a estos aspectos
cruciales. Hay quienes objetan seriamente los propósitos de la
ingeniería genética. Desde que la clonación y la
fertilización in vitro comenzaron a surgir de los laboratorios
de investigación biológica, los principios éticos
han dominado el pensamiento de muchos. Desde que unas cuántas transnacionales
productoras de agroquímicos se fusionaron en unas pocas y se volcaron
de lleno a la biotecnología, el concepto de globalización,
monopolio y patentamiento de la vida ha sido manejado con singular recurrencia.
Desde que el mundo optó por “numerarse,” no ha dejado
de acusarse a los transgénicos de ser el vehículo propicio
para la explotación, el empobrecimiento y la pérdida de
biodiversidad del Tercer Mundo en manos del Primer Mundo. Y desde que
las exportaciones agropecuarias constituyen el principal sustento de muchos
países (la Argentina entre ellos) hay quienes contemplan a los
OGM como la panacea de la economía mundial.
¿Será todo esto tan así?
El Público Quiere Saber
Uno de los puntos claves aún por resolver en este debate multidisciplinario,
se encuentra centrado en el derecho del consumidor a conocer y elegir
lo que se come. En todo el globo se reclama el etiquetado de los alimentos
transgénicos, pero hoy sólo la Unión Europea, Japón,
Australia, Nueva Zelanda y Corea del Sur cuentan con legislación
al respecto.
Argumentando motivos de equivalencia sustancial por un lado, extrema dificultad
en la detección de OGM en alimentos elaborados por otro y razones
de altos costos de segregación de granos por el otro, las empresas
no se vuelcan en favor del etiquetado de transgénicos. Por ende
el consumidor, al menos en la Argentina, desconoce si el alimento que
acaba de comprar en un supermercado fue elaborado con materia prima genéticamente
modificada. Independientemente de que la información provista en
la etiqueta pueda resultarle útil o no, y más allá
de que la equivalencia sustancial tenga una justificación científica
o no, un gran porcentaje de consumidores defiende su derecho a saber y
permanecer informado.
La presión mundial por el etiquetado tiene su mayor asidero en
el acuerdo logrado en el Protocolo de Cartagena sobre Seguridad de la
Biotecnología (PCSB), celebrado en Montreal, Canadá, en
enero del 2000. Dicho protocolo establece una serie de pautas para la
regulación del comercio internacional de organismos vivos genéticamente
manipulados; no incluye productos derivados de OGM, como por ejemplo harinas
proteicas, piensos o aceites. De este modo, quedó acordado en Montreal
que las exportaciones de productos transgénicos destinados a procesamiento
y alimento o forraje, deberán ser identificadas por rótulos
con la leyenda “puede contener OGM.” Asimismo, luego de intensos
debates, se llegó a un acuerdo para incluir el llamado principio
precautorio en los lineamientos del protocolo. Mediante dicho principio,
cada país puede negarse a importar organismos vivos--semillas,
bacterias del suelo, peces u otros OGM--por consideraciones socioeconómicas
o si estima que los mismos pueden tener un impacto negativo en el ambiente
y la salud humana.
Mientras los ecologistas consideran el citado protocolo como “insuficiente
y ambiguo,” los productores sojeros argentinos en particular, han
visto con beneplácito la medida, por cuanto la misma no afecta
a las industrias afines. ¿La razón? Debido a medidas de
política económica sectorial que favorecían agregarle
valor al producto con impuestos diferenciales y aprovechando el aumento
del consumo mundial de aceites vegetales durante los 90, se desarrolló
un complejo agroindustrial oleaginoso considerado “eficiente”
por muchos; hoy la Argentina es el principal exportador mundial de estos
productos, que no contienen organismos vivos.
La Argentina Genéticamente Modificada
Titanes En El Ring
Y así es como el gran debate ha llegado a este
extremo sur del mundo. Desde 1990, cuando comenzó la batalla por
un acuerdo jurídico mundial en asuntos de bioseguridad a través
del Convenio de las Naciones Unidas sobre Diversidad Biológica,
la Argentina siempre siguió los lineamientos y las posturas de
los países agro-exportadores.
En 1996 y en el marco de dicho Convenio, se comenzó a negociar
el Protocolo de Bioseguridad con vistas a su aprobación en un lapso
no mayor a los dos años. Sin embargo y luego de enérgicos
debates, Estados Unidos creó que 1998 el llamado “Grupo de
Miami” al que rápidamente se integraron Argentina, Canadá,
Australia, Chile y Uruguay. La postura de este grupo no favorecía
la inclusión de las mercancías agrícolas dentro del
Protocolo.
Así es como en febrero de 1999, las negociaciones llevadas a cabo
en Cartagena, Colombia, tendientes a aprobar finalmente el Protocolo de
Bioseguridad, fracasaron notoriamente ante las presiones del Grupo de
Miami. El coordinador del Área de Biotecnología Vegetal
del INTA y miembro de la Comisión Nacional Asesora de Biotecnología
Agropecuaria (CONABIA), Esteban Hopp, explicaba la negativa argentina
al diario Clarín en su edición del 13/03/99: “Tememos
que [la oposición europea] sirva como pie para desconocer acuerdos
a nivel de comercio internacional y que lo usen como excusa para establecer
barreras para-arancelarias a nuestras exportaciones agrícolas.”
Basado en la no diferenciación entre organismos convencionales
y genéticamente modificados y en la exclusión del principio
precautorio, el citado Grupo insistió en que el Protocolo quedara
supeditado a los acuerdos comerciales de la Organización Mundial
de Comercio (OMC).
Nadie esperaba que la próxima reunión de la OMC denominada
Ronda del Milenio y celebrada en Seattle, Estados Unidos, a fines de 1999,
se convertiría en un fiasco. Intensas protestas de la Unión
Europea y los países en desarrollo, sumadas a las de grupos ecologistas
y organizaciones no-gubernamentales, condujeron al total fracaso de las
negociaciones. La imposibilidad de establecer un grupo de trabajo de la
OMC en biotecnología y las tensiones generadas en la reunión,
desembocaron en nuevas tratativas en Montreal en enero del 2000, donde
por fin se llegó a un acuerdo acerca del Protocolo de Bioseguridad.
El Grupo de Miami impuso sus lineamientos en algunos aspectos, pero tuvo
que hacer concesiones en otros, por lo que el principio precautorio quedó
definitivamente establecido.
En el marco de su alineación con el Grupo de Miami, Argentina continúa
con su modelo agro-exportador basado muy especialmente en la soja con
resistencia a herbicidas (casi el 100% de la soja cultivada en Argentina
es transgénica) y más aún, en sus derivados, aceite
y harina, en ese orden. Las estimaciones de la Secretaría de Agricultura,
Ganadería, Pesca y Alimentación (SAGPyA) arrojan para la
producción sojera en el período 2001-2002 una suba del 17,5%
respecto del ciclo anterior. También se han registrado incrementos
en el área sembrada y en los rendimientos por hectárea en
comparación con el período 2000-2001.
Según afirma la Asociación de Semilleros Argentinos (ASA),
respecto al complejo oleaginoso local, “estamos frente a una industria
que, de continuar adoptando las nuevas tecnologías como lo ha hecho
hasta hoy [OGM y técnicas de la llamada ‘siembra directa’]
tiene la posibilidad frente a los Estados Unidos, de liderar el mercado
mundial de alimentos y ser la base de una integración industrial
vertical.” Sin embargo, muchas otras voces se hacen oír en
contra de este vaticinio.
Y En Este Rincón...
En su artículo “El Comercio de Transgénicos en América
del Sur: Elementos Políticos-Jurídicos para su Tratamiento
en el Marco de la Integración Regional,” la investigadora
de la Fundación Ambiente y Recursos Naturales (FARN) María
Fabiana Oliver presenta sucinta y acertadamente a los grandes protagonistas
de la contienda.
La autora establece tres pilares fundamentales de opiniones, representados
por: a) las compañías semilleras, b) los agricultores y
c) los ecologistas y organizaciones de consumidores rurales. Es llamativo
notar que en esta clasificación, el consumidor urbano, es decir,
aquél que vive en ciudades conformando el 84% de la población
argentina (un 50% concentrado en Buenos Aires y su área metropolitana)
queda excluido. Y esa exclusión no obedece a ningún error
involuntario.
Las compañías semilleras se encuentran representadas en
la Argentina por Nidera S.A. (que controla aproximadamente el 70% del
mercado de la soja), Monsanto S.A.I.C., Syngenta Seeds S.A., Ciba-Geigy,
AgrEvo S.A., Novartis S.A., Dow AgroSciences S.A., Advanta Semillas, Pioneer
Argentina S.A, Astra-Zeneca y otras multinacionales, además de
las firmas locales Relmo, Don Mario y La Tijereta. A su vez, numerosas
instituciones nacionales han conformado el Grupo de Biotecnología,
como por ejemplo, Asociación de Semilleros Argentinos (ASA), Instituto
de Negociaciones Agrícolas Internacionales (INAI), Asociación
Argentina de Productores en Siembra Directa (AAPRESID), Cámara
de Sanidad Vegetal y Fertilizantes (CASAFE), Foro Argentino de Biotecnología
(FOARBI o FAB), Cámara de la Industria Aceitera de la República
Argentina (CIARA) y Bolsa de Comercio de Rosario, entre muchas otras.
Precisamente la ASA se encuentra llevando a cabo una campaña virtual
de difusión sobre los propósitos, alcances y perspectivas
de la biotecnología a través del portal Por Qué Biotecnología,
a semejanza del estadounidense-canadiense Whybiotech.
La posición de todos estos organismos (en su gran mayoría,
privados) frente a la innovación introducida por los OGM es clara
y contundente, según queda enunciado en el sitio web de Monsanto
Argentina: “Las promesas de la biotecnología agrícola
residen en aumentar la productividad y reducir costos; generar innovaciones
y mejoras en los alimentos y conducir a prácticas agrícolas
más ecológicas. Contribuir, en suma, a la agricultura sostenible,
que utiliza los recursos con respeto al medio ambiente y sin hipotecar
a las generaciones futuras.” Sin embargo, el mayor énfasis
en la utilidad de los OGM ha sido puesto en su rol clave para paliar el
hambre y la pobreza en el mundo, afirmación que ha encontrado no
pocos detractores.
En lo que respecta a los agricultores, particularmente aquellos con suficientes
recursos, la adopción conjunta de semillas genéticamente
modificadas y de la técnica de siembra directa ha traído
sus ventajas, al menos por el momento. El logro de un mejor control de
malezas y plagas, por un lado ha reducido eficazmente los costos de producción,
puesto que la diversidad de agroquímicos de antaño se ha
reducido ahora a un solo producto: un herbicida a base de glifosato. Por
otra parte, ha originado un incremento en los rendimientos por hectárea
respecto a los cultivos convencionales, dado que las pérdidas ocasionadas
por las plagas o las malezas son menores. En el caso de la soja--el cultivo
transgénico por excelencia en la Argentina--el investigador del
Grupo de Ecología del Paisaje y Medio Ambiente del Centro de Estudios
Avanzados de la UBA, Walter Pengue, señaló durante una entrevista
para la diario La Prensa (14/01/2001) que “la semilla transgénica
es una comodidad, además de un tema económico. El productor
lo único que hace es usar [herbicida] glifosato y se olvida de
todo. El control de las malezas en soja era un verdadero problema.”
No obstante el propio Pengue ha mencionado serios inconvenientes que podría
acarrear el uso intensivo de glifosato a largo plazo, como así
también otros efectos de impacto directo en el medio ambiente.
Finalmente los ecologistas y organizaciones de consumidores rurales mantienen
una postura absolutamente desfavorable hacia los OGM. La filial local
de Greenpeace es en la Argentina la entidad que lleva adelante, entre
otras, una campaña en favor del etiquetado obligatorio de alimentos
transgénicos bajo el título “Exigí Saber.”
La organización declara que “los organismos transgénicos
no obedecen a un requerimiento de la UNICEF o de la OMS, sino a la lógica
misma de la tendencia del mercado.”
Las argumentaciones que esgrimen los conservacionistas y ONG giran esencialmente
alrededor del peligro potencial de la presencia de organismos vivos en
el medio y sus implicaciones sobre la salud y la biodiversidad. “Somos
testigos de la liberación masiva de organismos desarrollados por
ingeniería genética que son experimentados en forma extensiva
por los productores agropecuarios y transforman a nuestro país
en un inmenso laboratorio de pruebas de estas nuevas biotecnologías,”
afirmaba la representante argentina de la Red Alerta Sobre Transgénicos
(REDAST) en su campaña de 1999.
Una rama local de la REDAST, el Grupo de Reflexión Rural, ha denunciado
públicamente las implicaciones económico-sociales que conlleva
el cultivo de OGM, advirtiendo sobre la imposibilidad de que el paquete
tecnológico (semilla OGM-glifosato-maquinaria de siembra directa)
represente un modelo de agricultura sustentable para el pequeño
y mediano agricultor, por la dependencia que crea con las compañías
semilleras. “El modelo rural que se nos impuso es sencillamente
de exportación de commodities, de concentración de tierras
y de exclusión de poblaciones,--expresa el activista del GRR, Jorge
E. Rulli--. Veinte millones de hectáreas de las mejores tierras
agrícolas están hoy en manos de no más de 2.000 empresas.
En los años 90 se produjo la mayor transferencia de campos de toda
la historia del país, siendo reemplazada la vieja oligarquía
vacuna por una nueva clase empresarial oligopólica y prebendaria.”
Agria y feroz contienda, si las hay. En el juego del “tira y afloje,”
tratemos de explorar a continuación las dos caras de la moneda.
Pero antes, echemos una mirada histórica a los acontecimientos
que a través de las épocas se han ido encadenando hasta
desembocar en la ingeniería genética de la segunda mitad
del siglo XX y veamos cómo se presenta la situación actual
de la biotecnología, ya en el Tercer Milenio.
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