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El cobarde atentado sufrido por Estela Carlotto en la madrugada del viernes 20 de setiembre -tres escopetazos de Itaka calibre 12.70, disparados contra la puerta de su casa con total impunidad- nos obligan a decir Basta.
No se puede construir un presente de dicha si no decimos Basta a la lógica del terror.
No hay literatura ni arte (mucho menos periodismo cultural) que merezca ser escrito si los asesinos siguen sueltos sin que nadie les diga Basta.
No hay posibilidad de construcción si la vida de quien busca y defiende los valores de la vida corre riesgos, sistemáticamente, por el sólo hecho de abrir la boca para denunciar las arbitrariedades del sistema.
No por nada este suelo ha crecido bajo la enseñanza bíblica de "amarás a tu prójimo como a tí mismo".
No se puede concebir un futuro (mucho menos una estética) si los empleados de la muerte siguen cobrando tarifa de saldo a quienes los vuelven a contratar cuando se les dá la gana.
El atentado contra Estela Carlotto tiene el mismo olor nauseabundo que el mensaje mafioso que afrontó la hija de Hebe de Bonafini, María Alejandra Bonafini, el 25 de mayo de 2001, aunque en ese caso las marcas no fueron de Itakas sino de cachiporrazos, trompadas y cigarrillos encendidos.
El papel en que se inscribió aquel mensaje no fue la casa de la víctima sino el propio cuerpo -cráneo, vientre, brazos, espalda- donde los impotentes de turno inscribieron su odio con golpes y quemaduras, una rociada de whisky pensando tal vez en prenderle fuego y una bolsa de nylon en la cabeza que, paradójicamente, la salvaron de ser violada haciéndola desmayar a tiempo.
Pero la injusticia instalada en la forma de abusos contra las personas (y los atentados a Carlotto y Bonafini apenas si se suman a las muertes del 20 de Diciembre, Avellaneda y el Riachuelo) ya hasta parece la misma hoy que en los años más insoportables de la dictadura militar.
Y sus ejecutores no son muy distintos.
La pretendida pacificación que traerían los indultos menemistas se demuestra una vez más en su condición de farsa: ninguna paz social es posible si los que matan andan por la calle protegidos por funcionarios y jueces ineptos, inescrupulosos o corruptos.
Asimismo, la reaparición de personajes nefastos de la década del 70 en algunos medios de la prensa nacional, en formato papel, parecen convalidar la legitimidad del discurso -violento en lo económico, mafioso en lo político- que ha llevado a la Argentina al caos actual.
Desde un portal de internet que busca promocionar nuevos valores de la cultura parece poco lo que se puede hacer para decirle Basta a este estado de las cosas.
Pero sin embargo es mucho más de lo que se puede imaginar.
Nunca antes en la Historia hubo de hecho una herramienta de difusión tan masiva y democrática como ésta.
Como artistas que somos, como periodistas y escritores, como estudiantes e intelectuales, conocemos el valor que las palabras y la información tienen para una comunidad.
Sabemos que los repudios pueden llegar a agotarse cuando su repetición es la única sanción que adopta una sociedad, pero también que la impunidad disminuye por cada voz que multiplica su reclamo.
Limitada e imperfecta, así es la matemática de la democracia en el Tercer Milenio: los márgenes de la intolerencia política se achican a medida que aumenta el ejercicio del repudio en todo el mundo.
Una mujer se salvó de morir lapidada gracias a esto; una corte internacional puede llegar a hacer escuela declarando la ilegitimidad de compromisos financieros contraídos bajo gobiernos de facto.
No otra explicación subsiste, de hecho, para entender por qué los asesinos casi nunca matan en sus barrios.
Adherimos a la ideología del escrache porque es más difícil que un criminal pueda seguir siéndolo si lo cuestionan diariamente donde vive.
Y como entendemos que el terror tiene la triste costumbre de repetir sus escenas truculentas, repetimos que únicamente con la insistencia en su rechazo se lograrán frenar las oleadas que lo avalan y acompañan.
Nadie tiene derecho a ser ingenuo nuevamente, en la Argentina que parió a los peores represores de la segunda mitad del siglo XX.
Por eso repudiamos Basta a quienes pergeñan sus órdenes o conchabos de sangre.
Por eso exigimos Basta a quienes tienen que cruzar apenas unos pocos datos -listas de ayer con destinos de hoy- para identificar a los ejecutores de los trabajos sucios.
Por eso instamos Basta a quienes puedan reenviar los datos que posean para inmovilizar a la serpiente antes de que salga otra vez del huevo.
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Este mail ha sido publicado en el portal de difusión de la literatura inédita www.ayeshalibros.com.ar Si usted adhiere al contenido del mismo, por favor difúndalo.
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